Skip to main content

Gérard Garouste el gran pintor francés

por Efraín Baus

Loco y figurativo, Gérard Garouste es uno de los principales artistas
contemporáneos. Museos y coleccionistas de todo el mundo se disputansus óleos.

Artista Gérard Garouste
“El otro y el torero”, 2019. Fotografías: Cortesía G. G.

Flashback recurrente: Siendo un niño de siete años, Gérard está sentado a la mesa junto a su padre y a su madre. Ella sirve el agua de una jarra cuando el padre se levanta, va a otra habitación y regresa con una pistola que deja sobre la mesa. “Si vuelves a sostener la jarra por el cuello y no por el asa, te mato”, sentencia.

Setenta años más tarde, Gérard Garouste es uno de los más importantes artistas franceses contemporáneos y acaba de ser homenajeado con una gran retrospectiva en el Centro Pompidou, que reunió más de 140 cuadros, esculturas, grabados e instalaciones que resumen su trayectoria artística de más de cincuenta años.

Nacido en París en 1946, su obra debe entenderse fundamentalmente desde la violenta y dura infancia marcada por la relación con su padre, un antisemita y colaboracionista que hizo negocio de la venta de los bienes expoliados a los judíos durante la guerra.

Pero también desde sus problemas mentales, que lo sumían en crisis de delirios y largos períodos de depresión, y lo llevaron a estar sucesivamente internado en instituciones psiquiátricas por varios años.
En esta entrevista exclusiva realizada en Francia, se refiere sin tapujos a su infancia traumática y su inestabilidad psíquica, tal como lo reseñó en su autobiografía El intranquilo, que publicó en una suerte de ajuste de cuentas una vez que su padre falleció.

La pintura me escogió

Con voz profunda y hablar acelerado dice: “Cuando era niño amaba mucho los insectos y quería ser entomólogo, pero fracasé en absolutamente todos mis esfuerzos en el campo intelectual. Fui entonces hacia algo que me era más natural. Toda mi vida había dibujado y pintado. La pintura me escogió, no fui yo quien escogió la pintura”.

Recuerda, sin pesar alguno, que en la escuela jamás confió en lo que pasaba por su cerebro o en sus pensamientos; solo confiaba en lo que sus manos hacían. “Soy como alguien que está en el agua y se ahoga, y el primer reflejo es mover las manos, aun si no sabes nadar. Yo movía mis manos y tenía confianza en lo que ellas hacían. No sé hacer nada más”.

Artista Gérard Garouste
“La copa del estribo”, 2007.

Sus primeros años escolares estuvieron llenos de fracasos, burlas y complejos. Sufrió esa pedagogía tan francesa, empleada hasta hace poco, del bonete de burro sobre la cabeza, o del dictado mal calificado pegado a la espalda del estudiante durante el día. Por su incapacidad, su padre lo llevó a la consulta de un neurólogo que le salvó la vida.

El galeno entendió su entorno familiar y, a sus diez años, le preguntó si quisiera ir a un internado. Su respuesta afirmativa se transformó en recomendación médica. Así llegó al que considera fue un refugio. Ahí fue feliz, a pesar de convivir con “hijos mal amados, bastardos, niños perdidos y olvidados”, como describe el lugar su compañero en esa escuela, el Premio Nobel Patrick Modiano.

No pudo aprobar su bachillerato, pero ingresó a la Academia de Bellas Artes, donde también se sentía perdido. Piensa que la mayor aportación de la academia fue permitirle acceder al restaurante universitario y evitarle el servicio militar.

Fue en el Louvre donde aprendió a ser pintor. “Iba con una gran lupa, a veces hasta con un cuentahilos. Tenía ya debilidad por la pintura española y me quedaba en las obras de Velázquez, Goya y El Greco. Me fijaba al detalle en sus empastes y en sus barnices. Muchas ocasiones los guardias me obligaban a retroceder”.

Figurativo a pesar de todo

Artista Gérard Garouste
“Chartres”, 2007.

Sus inicios pictóricos se dan en medio del gran auge del arte conceptual. “Saliendo de Bellas Artes me doy cuenta de que la vanguardia era Marcel Duchamp con los ready made y cosas extrañas como un urinario en la mesa. Estuve tan desorientado que tenía que volver al inicio, preguntarme ‘¿qué es la pintura?’ y pintura es lo que hago con mis manos, no lo que hago con mi cabeza. No soy un filósofo, soy un pintor”.

Y decidió convertirse en un pintor en el sentido clásico y mantenerse figurativo, a pesar de todo. Tan clásico que, en esos convulsos momentos de 1968, cuando la sociedad parisina ardía por ver el mañana, Garouste pactaba con el pasado. “En esa época hasta fabricaba yo mismo los colores. Mezclaba los pigmentos, los óxidos, el aceite de linaza. Consultaba con una química y con el director de restauración del Louvre sobre las técnicas de los clásicos”.

Señala que hacer pintura al óleo es hacer pintura atemporal. Y respecto a su técnica, dice que “la idea es ir lo más simple posible en la forma para abordar lo más importante, que es el fondo, lo que ponemos en escena. Vivimos una época que está demasiado pendiente de la forma, que busca seducir por medio de nuevos procedimientos o técnicas. El arte conceptual era una invención, pero el arte no debe estar sujeto a una invención”.

¿Cómo pudo mantenerse leal a su planteamiento figurativo en medio de tantas vanguardias? “Mi interés eran los textos fundamentales como La Divina Comedia, el Quijote o los textos bíblicos. Lo que me interesa son los signos en una historia, en una leyenda. Pienso en la Biblia que cuenta historias, como todas las religiones, como todos los mitos griegos, pero lo que me interesa es entrar en una mitología para abordar el estudio de sus signos y saber cómo se construye esa historia, más que la historia misma”.

Entre el arte y la locura

El primer delirio llegó una mañana de verano. Garouste lo detalla en su biografía. El manto de la locura se posó sobre él y simplemente escapó de la casa en la que pasaba vacaciones con su esposa embarazada de su primer hijo. Caminó sin rumbo, viajó en camiones y en un tren trató de hacerse arrancar los brazos por el que venía en sentido contrario. Fue internado en un centro y empezaron los tratamientos con antisicóticos, que lo llevaban directamente a la depresión. Era maníaco depresivo o bipolar.

Artista Gérard Garouste
“Pinocho y el juego de dados”, 2017.

Otras crisis vienen en primavera. “Una noche de mayo estaba en mi taller. Al colgar el teléfono, súbitamente tuve la impresión de que sobre mi escritorio todo estaba alineado de manera muy precisa. Pensé que era una broma. Miré el piso y tuve la misma visión: geometría en alta dosis. Tomé una regla y medí los trazos. Salí del taller y estaban alineadas hasta las piedras de la grava. Era hermoso y estaba maravillado. Miré al cielo. Milagro. Todas las estrellas estaban unidas por cuerdas luminosas. Solamente Dios podía haber hecho algo así”.

Durante diez años se sucedieron las recaídas, los internamientos, las fugas del hospital y las nuevas terapias. Del delirio no se sale, o se sale fortalecido: “El delirio es un agujero negro del que se escapa en un estado de extrema sensibilidad, beneficiosa para la pintura sí, pero la vinculación legendaria entre locura y arte es a menudo una generalización romántica. La creación requiere fortaleza. El ideal de pintor no es Van Gogh, si no se hubiera suicidado, habría pintado cuadros aún más extraordinarios. El ideal es Velázquez, Picasso, quienes construyeron una obra y una vida al mismo tiempo”.

Desmontar los mitos

La obra de Garouste está marcada por su interés en desmontar los mitos. “Todos los mitos, sean griegos, bíblicos o hasta los cuentos chinos, giran en torno a simbolismos relativos, por ejemplo: al agua, la tierra o el fuego. Lo que me interesa es tomar una mitología particular y ver cómo funciona al interior de ese mito. Me interesa pero no por razones religiosas. Mi trabajo es comparable al de un psicoanalista frente a un sueño”.

Artista Gérard Garouste
“Los tres maestros y los gansos gordos”, 2017.

Su obra ha recorrido y analizado los textos fundamentales de la cultura occidental. Ha pintado extensas series en las que deconstruye e interpreta las descripciones de La divina comedia, Don Quijote o Gargantúa. En sus cuadros plantea una dimensión lúdica, en la que guarda claves y mensajes escondidos. Plantea un juego entre lo visible y lo oculto, que debe ser descubierto.

Es precisamente uno de estos cuadros, “Adhara”, el que le abriría la puerta al reconocimiento internacional. Expuesto en 1982 en Nueva York, el cuadro lleva oculto el trazado de la constelación Canis Maior, y tiene el nombre de una de sus estrellas más brillantes.

Y fue nadie menos que Leo Castelli, el más influyente marchante de arte de la segunda mitad del siglo XX, quién reconoció el talento de Garouste.

El marchante, que tenía entre sus fichados a Warhol, Pollock, Kooning, Kandinsky y decenas de los principales representantes de todas las escuelas, pidió a Garouste preparar cuadros para una exposición individual. El reconocimiento internacional llegó de inmediato y las galerías del mundo entero se disputaban sus cuadros.

El pintor reconoce que su producción era muy lenta y que no le interesaba satisfacer el ritmo de la demanda. “Lo que amo de la pintura es que me puedo alejar del sistema de las galerías, de las exposiciones, del circuito”.

Conversión al judaísmo

Artista Gérard Garouste
“Honi y su círculo”, 2018.

El estudio de los textos bíblicos llevó a Garouste poco a poco a adentrarse en el Talmud, la Torah y la Qabbalah. Ello, además, le hizo proponerse aprender hebreo.

¿Ese interés en el hebreo y el judaísmo es una forma de reivindicación o catarsis frente a lo vivido en su infancia? “Si estudiamos los sueños en la Biblia, vale estudiarlos en su idioma original, que es el hebreo. Pero también tengo una mirada particular hacia el hebreo por los antecedentes de mi familia, que era antisemita y racista”.

Durante los últimos treinta años, Garouste se reúne semanalmente con rabinos, filósofos y profesores para avanzar en esos estudios que, dice, lo han salvado porque le han permitido deshacerse de todas las certezas que le impusieron en la infancia y a no buscar una verdad absoluta. Ese grado de profundización en el estudio del judaísmo lo llevó a la conversión.

Tantos años de búsqueda, de crisis mentales y trabajo duro han rendido sus frutos: son más de seiscientos los cuadros colgados en los principales museos, galerías, instituciones y colecciones en Europa, Estados Unidos, Canadá, Argentina e India. Valió mucho la pena que Garouste se haya mantenido fiel al arte figurativo.

Etiquetas: