George Sand, al todo o nada
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George Sand, al todo o nada

Es posible que la buena salud de la que goza hoy la literatura femenina se deba, en buena parte, a la senda señalada por Aurore Dupin, más conocida como George Sand.

Por Diego Pérez Ordóñez

George Sand (1804-1876), como el personaje exagerado que era, solía evitar las zonas grises y las tibiezas. No era mayormente aficionada a las medias tintas, a los paños fríos. No le bastaba con reformar el mundo, quería subvertirlo, darle la vuelta y reinventarlo. Se supone que era practicante de grandes y a veces desmedidas emociones y pasiones, con igual desmesura en el arte, en la literatura, en la amistad y en la generosidad.

Para que no quepa duda de lo anterior, cambió su nombre de nacimiento, Aurore Dupin, por el engañosamente masculino George Sand cuando se dio cuenta de que el mundo literario francés estaba prácticamente vedado para las mujeres. Claramente no estaba dispuesta a tolerar barreras o techos de cristal en su camino a ser de las más populares y prolíficas autoras de su época. Su objetivo era el afán de totalidad, la ausencia de matices.

En este sentido, el carácter de George Sand representa, a un tiempo, diversas vertientes de la singularidad. Fue, durante una buena época, una de las novelistas y periodistas más reconocidas y respetadas de Europa (se dice que llegó a vender más libros que Víctor Hugo en Inglaterra, por ejemplo). En su faceta de escritora obtuvo el sello de admiración de dos de las figuras más representativas del siglo XIX, Gustave Flaubert, estilista y creador de una escuela literaria que ha trascendido hasta nuestros días y, por otro, Fiódor Dostoievski, maestro de los recovecos psicológicos y cronista de la sociedad rusa decimonónica. En ninguno de los dos casos, críticos fáciles o al alcance de la mano. También gozó de la amistad y de la consideración de Iván Turguénev, clave en la “europeización” de la literatura rusa, en particular de la propagación de Guerra y paz del conde Tolstói más allá de los Urales.

Su influencia literaria —la de George Sand— no se limitó al siglo antepasado. Por ejemplo, en la saga de En busca del tiempo perdido, en algún punto el joven narrador —que luego se develará como Marcel— recibe de su abuela varios libros como regalo, entre ellos las novelas de la Sand. Otra iniciadora y quemadora de trochas, Virginia Woolf, mencionó a la artista francesa en Una habitación propia, un ensayo rompedor e iconoclasta, como modelo de escritora que, debido a las injusticias de su tiempo, se vio obligada a tomar una identidad alternativa, como en el caso de Charlotte Brontë. En su concepción de la literatura como modo no solamente de expresión artística sino de emancipación, Woolf se valió de los caminos trazados por George Sand como modelo a seguir.

“Puesto que a las mujeres les estaba prohibido el acceso a la platea, Sand acudía vestida como un hombre, con un largo abrigo militar, pantalones y chaleco (la moda de la época), cravat, sombrero y botas claveteadas, atuendo que solía lucir también en otros espacios”

A Sand le encantaba escandalizar, encandilar y dar de qué hablar, como herramienta política. No se debe olvidar que la Francia de la época de la escritora se debatía entre los últimos estertores de la Revolución, los efectos sísmicos de la era napoleónica, la restauración monárquica, las revueltas y la Comuna y, por fin, la instauración de un nuevo régimen imperial. Hay que añadir a la ecuación el París que migró de la alta cultura al aparecimiento de la tradición de los cafés y de los cabarets, de la pintura estrictamente académica al movimiento artístico que derivó en los impresionistas. El París de Baudelaire, de los bulevares y de los caminantes estetas.

También hablamos de las décadas de las grandes plumas, del prenombrado Víctor Hugo, de Stendhal, Maupassant y Zola, por citar una lista corta. Con ese ambiente por antecedente, el historiador Orlando Figes nos cuenta que George Sand, en la Ópera de París: “Puesto que a las mujeres les estaba prohibido el acceso a la platea, Sand acudía vestida como un hombre, con un largo abrigo militar, pantalones y chaleco (la moda de la época), cravat, sombrero y botas claveteadas, atuendo que solía lucir también en otros espacios”. Cuesta creer, desde la perspectiva actual, que por entonces las mujeres tenían que obtener permiso policial para vestir de hombre. Pero es fácil comprender que, también en esos años, el atuendo masculino pudiera resultar subversivo y cargado de contenido político. Genio y figura, Sand gozaba de usar su estatus y su notoriedad como dínamos para el cambio. Era, pues, un manifiesto caminante.

Un invierno en Mallorca, cuaderno de viaje autobiográfico escrito por George Sand, relata las vivencias de su viaje y de su estancia con Chopin en la isla de Mallorca.

En ella casi todo resulta en paradojas. Para empezar era fruto de un matrimonio desigual, cuestión que hace un par de siglos, para una persona de su posición, podía resultar determinante. En las ramas del árbol genealógico de su padre se columpiaban mariscales de Francia, reyes de Polonia, príncipes alemanes y soberanos daneses. No tan frondoso, del lado materno el árbol era modesto y más bien opaco.

En Francia el siglo XIX también representó la tensión entre la monarquía y los primeros estertores del republicanismo. Si bien George Sand tomó una posición ambigua respecto del régimen de Luis Napoleón Bonaparte y se opuso a los excesos radicales de la Comuna, también de acuerdo con Orlando Figes, siempre fue un preeminente espíritu republicano: “(Sand) propugnaba una especie de socialismo utópico basado en el amor. En el Bulletin de la République, publicado por el Ministerio del Interior, escribió una serie de Cartas al pueblo en las que declaraba que la República era el ‘Gobierno de todo el pueblo, la organización de la democracia, ¡la república de todos los derechos, todos los intereses, todas las inteligencias y todas las virtudes!’”.

También hay que tomar nota de la muy celebrada relación entre Sand y Frederic Chopin, que representó una de las alianzas más novelescas entre dos mentes excepcionales, a la vez que caracteres disímiles: ella, más bien decidida y frontal, dispuesta a no tomar prisioneros. Él, conocido por su carácter introspectivo, delicado y enfermizo. Su idilio evidentemente fue migrando de la pasión amatoria a la complicidad, del cuidado propio de la amistad en la edad madura a la inevitable ruptura. Fue durante su especie de luna de miel en Mallorca cuando Chopin compuso sus Preludios. Fue también en Mallorca donde, por las humedades y condiciones del lugar en el que habían tenido que habitar —la cartuja de Valldemossa—, se deterioró inevitablemente la salud del músico. Agréguenle la agresividad de la población local que, en 1838, consideraba a la pareja, que no asistía a misa y que no estaba casada, como una dupla inmoral y ajena a las buenas costumbres.



La respuesta de Sand a la hostilidad de la isla, de sus frustraciones con la población y con la sociedad local, fue Un invierno en Mallorca, a medio camino entre una novela y una crónica de viajes, en la que describió la antipatía con la que ella y Chopin fueron recibidos en una entonces comunidad cerril, campesina y conservadora. Luego de la aventura fallida en Mallorca vino la separación final: Sand y Chopin apenas se vieron una vez más, por accidente en 1848, y Sand no se presentó al funeral del pianista.

La querencia territorial también fue clave en el desarrollo del arte de George Sand. En este sentido, Nohant, una casa palaciega familiar en la región de Berry, también jugó un papel fundamental en la construcción del mito. En esta casa campestre George Sand erigió una especie de salón literario musical —al estilo de las grandes damas del Antiguo Régimen— con participación de tan notables caracteres como los novelistas Balzac o Dumas hijo, el músico Liszt, o el pintor Delacroix. Las veladas artísticas incluían lecturas de pasajes y textos, piezas musicales y, como especial novedad, la adaptación de un teatro. Nohant fue su querencia y su patria. En esas tierras George Sand cumplía su estricto ritual literario de escribir de corrido veinte páginas diarias, desde la medianoche hasta el amanecer. A pesar de las advertencias en contrario de sus médicos, en su avanzada edad siguió con su costumbre de tomar baños en el río Indre, un afluente del Loira, a la vez que temía quedarse sin existencias de tabaco. A veces cigarrillos que ella misma liaba; otras, robustos cigarros.

Testigo de buena parte de su siglo, Aurore Dupin murió en sus territorios en 1876, con aires de precursora y disidente. Su figura irradia e ilumina nuestros tiempos. Es posible que la buena salud de la que goza hoy la literatura femenina se deba, en buena parte, a la senda señalada por nuestro personaje.

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