Gentes de placer

Así llamaban en la Corte española de los Austrias a los enfermos mentales, personas con enanismo o niños con malformaciones que reyes y nobles “coleccionaban” atraídos por su ingenio, rareza o inocencia y que, además de espectáculo, proporcionaban el contrapunto ideal que el soberano precisaba para transmitir una imagen de magnanimidad ante sus vasallos.

“Las meninas o La familia de Felipe IV“, Diego Velázquez, 1656 Mari Bárbola fue una mujer con enanismo que vivió en la Corte española. Era miembro de un grupo conocido como la gente de placer que servía dentro de la Corte para alegrar y servir a la familia real y a la nobleza. Esta mujer fue inmortalizada en la famosa obra de Velázquez conocida como “Las meninas“. Fotografías: Wikimedia.org

Aunque la presencia de estas “gentes de placer” fue habitual en otras cortes europeas y en los círculos reales de antiguas civilizaciones en todo el mundo, los Habsburgo serán recordados como una de las dinastías que más interés demostraría hacia estos personajes: entre 1563 y 1710, se “inventariaron” 127 bufones en la Corte madrileña.

Se sabe que varios de ellos gozaron de una vida acomodada, con paga y criados a su servicio. Algunos ocuparon cargos de relevancia, colaboraron en tareas de espionaje y fueron inmortalizados por grandes artistas como Diego Velázquez. 

“El bufón Diego de Acedo ‘El Primo’”, Diego Velázquez, ca. 1640. Don Diego de Acedo, mujeriego y con fama de conquistador, está documentado en la nómina de palacio desde 1635 hasta su muerte en 1660.

Pater familias

“Para el rey Felipe formaban parte de su familia”, explica Ángel Aterido, doctor en Historia de Arte, en una entrevista para Mundo Diners. “No era el concepto de familia biológica que tenemos hoy en día”, aclara. “Su concepto de familia se remontaba a la antigua Roma: el pater familias era el responsable de los criados, de toda la unidad familiar en este sentido”.

“Las meninas” es el perfecto ejemplo de esta noción: el único miembro de la familia real retratado es la infanta Margarita, el resto son sus asistentes, su séquito. Se trataba, pues, de personas que se incorporaban al elenco de la Corte porque eran consideradas rarezas, o porque habían demostrado tener verdadero ingenio, o porque el monarca las había conocido en un viaje o a través de un intermediario y se forjaba un vínculo afectivo entre ellos.

“A todas estas personas, que de otra manera estaban abocadas a una vida bastante difícil, se les brindaba una oportunidad de vivir igual que cualquier otro miembro de la casa real”, señala el experto.

Mercado de monstruos

La “vida difícil”, a la que se refiere Aterido, no es otra que la que durante milenios han sufrido las personas con discapacidad: si no morían de recién nacidos en manos de sus progenitores, crecían en la mendicidad o terminaban siendo exhibidos en los llamados “mercados de monstruos”, en los que el negocio de seres humanos resultaba tan rentable que niños en apariencia sanos eran raptados para ser desfigurados o encerrados en cajas de madera para frenar su crecimiento y ser vendidos como “enanos artificiales”.

Entre los siglos XV y XVII, la moda aristócrata de comprar personas con alguna invalidez llegó a traspasar fronteras. “De la misma manera que España parecía producir locos para el resto de cortes (se buscaban enfermos en los manicomios y se los recluía en las fortalezas con la creencia de que los reyes ‘oirían la verdad solo de boca de los locos’), Polonia era el tradicional origen de muchos de los enanos palaciegos de media Europa”, narra el historiador Fernando Bouza, en su libro Locos, enanos y hombres de placer.

El mito

“Tenemos un poco mitificada la imagen de los bufones”, explica Aterido. “Había de todo. De hecho, el nombre oficial, que ahora es políticamente incorrecto, era el de hombres de placer, cuando el sentido de placer era acompañar, divertir al rey y no necesariamente de forma ridícula”, concluye.

Solían recibir una recompensa monetaria en forma de ración que se cobraba de por vida: alimentos, vestidos, joyas, muebles, armas, propiedades o, a veces, ascensos y títulos de don o doña. Algunos tuvieron renta suficiente como para mantener criados, pagar dotes y dejar herencias considerables.

Así, gracias al catálogo publicado por el archivero José Moreno Villa en 1939, sabemos que “el bufón Miguel de Antona recibió heredades del rey Felipe II y escudo de nobleza (…); don Diego de Acedo fue nombrado de la Secretaría y Estampa, y don Nicolás Pertusato (retratado en ‘Las meninas’) subió a ser Ayudante de Cámara”.

Personas con enanismo fueron también reclutadas como compañía ideal de príncipes o infantas: la portuguesa Magdalena Ruiz, por ejemplo, fue elegida para cuidar de la primogénita de Felipe II. Hizo fortuna y pudo dejar una renta vitalicia a su hija.

Otro célebre enano de compañía fue el flamenco Bonamí —tan célebre que los epitafios de su tumba fueron escritos por Lope de Vega y Luis de Góngora—, el “regalo” de la infanta Isabel Clara Eugenia para el recién nacido Felipe IV y que lo acompañaría durante su infancia.

Envidias y adulaciones

“Arrigo el peludo, Pedro el loco y el enano Amón”, Agostino Carracci, ca. 1598-1600. El pintor retrata a bufones: un hombre con hirsutismo, otro con discapacidad mental y un enano. Todos ellos considerados atracciones similares a los loros y las plantas exóticas.

La gente de placer no tardó en despertar rivalidades entre los allegados al rey. La literatura inquisidora de la época arremetió contra ellos y exigió su expulsión de las cortes, denunciando el aparente pecado que encarnaban. Muchos, como Juan Rana, uno de los bufones más afamados del Siglo de Oro, fueron llevados a juicio por sodomía.

Hubo también cortesanos que intentaron ganarse la consideración de los bufones con adulaciones y regalos. Otros llegaron a fingir locura —como el conde Alonso Enríquez de Guzmán— para hacerse un hueco en alguna residencia nobiliaria.

Los bufones más ingeniosos fueron también muy temidos, ya que eran los únicos que tenían licencia, aunque limitada —el bufón Barbarroja fue desterrado por su impertinencia—, para burlarse ferozmente del rey y sus cortesanos.

Pequeños espías

La naturaleza inofensiva que se les suponía a los bufones les concedió el privilegio de acceder a información relevante antes que a cualquier otro cortesano, puesto que el rey los tenía siempre cerca, incluso en aquellas largas “jornadas” hacia sus colonias u otros reinos. Era habitual emplearlos de emisarios o involucrarlos en los asuntos políticos más oscuros, confiándoles misiones de espionaje.

A este respecto, Fernando Bouza describe cómo el enano François Montaigne actuó como informante clave del embajador de Carlos IX en Madrid, al dar cuenta de una conversación privada sobre los planes de Felipe II de invadir Francia.

Manuel Pons, en un artículo publicado en el diario El Nacional, refiere cómo fueron “convertidos en un siniestro instrumento al servicio de los dos partidos cortesanos que, durante buena parte de la centuria de 1600, se disputaron el poder”.

Cuenta que, durante la revolución catalana de 1640 contra la Corona española, el enano Manuelillo de Gante, miembro del círculo más estrecho de Felipe IV, fue enviado en misión secreta a Italia para urdir el asesinato de Pau Claris, proclamador de la primera República catalana. De Gante jamás fue acusado, sin embargo, como concluye Pons: “los elementos que gravitaban en torno al crimen lo apuntaban claramente”.

Gente de placer en el arte

Si bien el registro pictórico de bufones en escenas colectivas no es raro en la historia del arte, el primer hombre de placer retratado individualmente data de 1445 y se le atribuye al francés Jean Fouquet. El personaje, representado con gran realismo y vivacidad, se llamaba Gonella y era uno de los bufones de la Corte de Ferrara de Italia.

Otro de los retratos de bufones más famosos es el que Cosimo de Médici encargó al italiano Andrea Mantegna: un desnudo de su bufón favorito, confidente y amigo, Nano Morgante. Valerio Cioli lo inmortalizó también en una escultura de la fontana del Bacchino en Florencia.

“El retratista flamenco Antonio Mo-ro fue quien inauguró una estética de presentación de estos personajes nunca antes explorada: sin paternalismos, sin enfoques peyorativos”, explica la socióloga de la cultura Aldana Hereñú.

“Cosme Pérez alias Juan Rana”, anónimo, siglo XVII. “Nano Morgante”, Agnolo Bronzino, 1552. “El bufón Calabacillas”, Diego Velázquez, ca. 1637-1639.

En 1560 Moro representó a un hombre manco, apodado Perejón, que hacía de “perico” para el rey Felipe II, y lo hizo del tú a tú, obviando la tradición de representar a las personas con discapacidad como el contrapunto de la imagen del rey.

“La perspectiva que adopta el pintor es de frente, como poniéndose al mismo nivel del personaje. Es lo que hace a estos retratos excepcionales”, nos responde Ángel Aterido cuando le preguntamos por el maestro sevillano Diego Velázquez, el más prolífico pintor de bufones de la historia.

Fueron cerca de veinte retratos de personas con discapacidad o enanismo (el 15 % de su obra) y coinciden con la década de 1630, la de su triunfo como pintor de cámara. Ningún otro artista barroco dedicó tanto esfuerzo ni ningún otro rey, como Felipe IV, invirtió tanto dinero con este fin. Coincidió también que había dos residencias nuevas que decorar: el Buen Retiro y la Torre de la Parada. “Si el rey colgaba estos cuadros en sus palacios es porque los quería tener ahí, como parte de su familia”.

Son cuadros que tienen un cierto movimiento que evoca a la propia existencia de los personajes: ahí tenemos “El primo”, con su mirada directa e inquisitiva hacia el espectador (idéntica a la de la enana Mari Bárbola en “Las meninas”); “Calabacillas”, presentado en un primerísimo primer plano y su cándida sonrisa; “El bufón Barbarroja”, con la furia en los ojos, a punto de desenvainar la espada; o “El niño de Vallecas”, con esa expresión confusa que nos aproxima a su propia ambigüedad física y psíquica.

Mientras que los retratos de los reyes eran hieráticos e imperturbables, los de las “gentes de placer” de Velázquez desataron una libertad artística y un tratamiento narrativo novedoso y, hasta cierto punto, revolucionario, de una fuerza y expresividad insólitas.

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