Gangotena, el extraterritorial
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Gangotena, el extraterritorial

Diners 467 – Abril 2021.

Por Diego Pérez Ordóñez
Fotografías: Cortesía Instituto de Patrimonio Cultural

Diagonal a la iglesia de Santa Bárbara, la casa natal del poeta Alfredo Gangotena (1904-1944) mantiene algo de su aspecto de inmueble imponente, a pesar de los sucesivos fraccionamientos, de las desafortunadas intervenciones arquitectónicas y del deterioro generalizado de la ciudad. Situada en la calle principal del Quito antiguo, la García Moreno, la casa supura historia y misterio. Hay que cruzar los dedos para que algún vecino abra por fin la quebradiza puerta —rodeada de un todavía atractivo marco de piedra oscura— para husmear y tratar de echar un vistazo al interior.

Una rápida y curiosa ojeada deja distinguir un patio amplio aunque desvencijado, signado por la célebre pila de la que, se supone que en 1822 y con motivo de un baile para celebrar la visita de Simón Bolívar, se puso a circular vino en honor del Libertador. Todavía hay restos del esplendor antiguo de la casa familiar, vistas de los generosos corredores, de la arquería, de detalles de los ribetes de viejas cornisas. Sin embargo, los remanentes ceden paso, rápidamente, a las características de la ciudad nueva, a los buses que apremian los frenos en la bajada, a los parlantes que promocionan estruendosamente productos mágicos (pomadas curativas, aguas milagrosas, olorosas especias), al constante olor a palo santo que impregna esta parte de la ciudad. Del lugar natal del poeta subsiste ya muy poco, quizá la imagen comparada con alguna fotografía antigua o la descripción hecha por alguno de sus amigos. Sobre la calle García Moreno, cualquier rastro de Alfredo Gangotena se difumina con cada día que pasa.

Escrita buena parte en francés (en vista de que Gangotena había estudiado Ingeniería en París y de que su familia mantenía vínculos con aquel país) su obra poética transita entre lo espiritual, lo barroco, lo místico y lo cerrado. Porque la poesía de Alfredo Gangotena no es de primeras impresiones o de sensaciones inmediatas. Se hace necesario descifrarla, dejarla reposar y escrutarla, con el fin último de descubrirla palmo a palmo. De la poesía de Gangotena no brotan imágenes instantáneamente ni quedan posos o vestigios a inicial lectura.

Se trata, por contra, de la construcción poética de un espíritu afligido, de un pensador melancólico pero poseedor de una sensibilidad estética inigualable, de un artista extraterritorial. Hay que coincidir con el veredicto de Iván Carvajal, él mismo poeta esencial y ensayista de trascendencia, en que: “Quito y Guayaquil eran, hacia 1930, pequeñas ciudades que apenas superaban los cien mil habitantes, localizadas en los Andes y sobre el Pacífico, fuera de los circuitos culturales fundamentales del continente, de tal manera que una poesía de contenido filosófico, dialogante con la tradición cristiana y con la modernidad occidental, resultaba absolutamente excéntrica en el medio cultural, centrado en polémicas entre hispanistas e indigenistas”.

Concuerda con Carvajal la estudiosa Adriana Castillo de Berchenko, para quien el brote de los abatimientos de Alfredo Gangotena coincide con su regreso a Quito, a pesar de la tutela de los volcanes, de los cielos azules y de las vistas dramáticas. “El reencuentro con el espacio de los orígenes fracasa y el sentimiento de pérdida, el golpe de la ajenidad maduran, son llaga viva”. La sensación física de proscripción se suma, según ella, al abandono de la lengua materna y de su cultura original (andina, española) y la adopción de lo francés, incluyendo el reconocimiento de sus pares. Ignorado en el Ecuador, celebrado en Francia, Gangotena pasó buena parte de sus días en destierro interior.

Gangotena vivió silenciosamente pero a fuego cruzado. Con la añoranza de París, de sus círculos intelectuales, de la correspondencia con sus colegas y contemporáneos, de la incesante vida cultural de la ciudad europea. Con la ansiedad de su vuelta a la capital andina, pacata, monacal, entretenida desde siempre en las viejas querellas entre anticlericales y ultramontanos, comarca de chismes y murmuraciones. Al poeta tiene que haberle pesado el aire estático de la ciudad, su lento decurrir del tiempo, su propensión a que no pase nada de trascendencia. “Sin embargo —sentencia Carvajal— es indudable que la obra de Gangotena, junto con la de Dávila Andrade, Carrera Andrade y Escudero, configuran el ámbito de mayor altura e intensidad poética de donde fluyen las fuentes de la poesía contemporánea ecuatoriana”.

Pese al ostracismo inicial (Gangotena era un poeta estetizante, no nacionalista y exquisito, es decir, un blanco fácil para las críticas), las celebraciones por el centenario de su nacimiento, en 2004, trajeron la renovación del interés en su obra. Aparecieron estupendos y eruditos ensayos que procuraron desentrañar sus poemas, una colección de epistolarios, reverdecidas tesis sobre el origen y el análisis de su construcción poética, nuevas ediciones de sus trabajos en el Ecuador, España y Francia. Sin embargo, al menos para mí, uno de los documentos de mayor valor respecto del carácter de Alfredo Gangotena, de su esencia, al tiempo que una explicación lúcida respecto de sus trasiegos, es el texto de la charla que uno de los últimos amigos en verlo, en 1944, Carlos Tobar Zaldumbide, pronunció en su momento. El testimonio de Tobar, originalmente leído en el recordado Art Forum en 1993 (con motivo de la publicación bilingüe de Tempestad secreta), arroja luces y sombras sobre el extrañamiento del artista, respecto de las razones de su exilio. “Alfredo era un ser melancólico, acosado por la añoranza y por la incomprensión —glosa el antiguo diplomático—. El abismo intelectual y anímico que se interponía entre él y los miembros de su más cercana familia —con la excepción quizá de su hermana Fanny— le compelían a un aislamiento taciturno y dolorido. Tanto más cuanto que esa incomprensión se extendía a lo ancho y a lo largo de una buena mayoría de la intelectualidad conciudadana de aquel entonces que no quería, o no podía, comprender al escritor, que consideraba, despectivamente ‘extranjerizante’ y ‘afrancesado’”.

En esta conferencia —que pocos meses después fue publicada en una revista cultural local y que recientemente ha sido incluida en las memorias de Tobar Zaldumbide, editadas en privado por su familia— se menciona que Gangotena había adaptado unos departamentos privados en la casa de la calle García Moreno, con el fin de albergar su biblioteca, colgar algunos cuadros y recibir a un pequeño grupo de amigos (entre los que se contaba el excanciller). “Las veladas solían transcurrir en amenas charlas sobre temas generalmente literarios, en lecturas, en recitaciones, en comentarios y, alguna vez, en escuchar partes de una sobresaliente colección de discos, en la que, aparte de la buena música, se destacaban algunas traducciones de Shakespeare, recitadas en francés por artistas franceses de excepcional calidad”. Añade Tobar que el poeta Gangotena, un ser melancólico de estatura mediana, estaba constantemente arropado para mitigar el frío de las noches del viejo Quito, al tiempo que, en una escena ciertamente proustiana, se había mandado a hacer un inhalador especial, que aspiraba con disciplina.

Calle García Moreno, Quito. ca. 1890 – 1900.

Alfredo Gangotena murió a resultas de complicaciones colaterales derivadas de una apendicitis, en una lluviosa noche de 1944, según las evocaciones de Tobar Zaldumbide. Fue necesario el paso de décadas para que, superados parcialmente los prejuicios respecto de sus aficiones culturales, de sus orígenes sociales, de su dualidad de idiomas, la obra literaria de Gangotena fuera reconocida como cardinal para la poesía contemporánea. El fantasma de su expatriación, de sus minuciosos gustos y sensibilidades, sigue con nosotros.

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