Edición 430 – marzo 2018.
En ese entonces era tan joven, tan volcán en erupción, que a menudo necesitaba estrellarme contra los vitrales o jugar a la ruleta rusa en solitario y sin revólver. O al menos grafitear, pues, gracias a sus riesgos, evacuaba esa rabia, esa pelota de nervios y desazón. Lo otro era que en esa época ya empezaba a gangrenarme la escritura propiamente dicha. Solamente que en lugar de poemas me brotaban piedras, almidón de arroz, bambalinas.
Cierra la boca y aprende, me dijo en sueños un maestro. Así es que, sin nadie que me acolite, me zambullí con todo gusto en la lectura, pues, en efecto, como dice Bolaño, lo normal, lo placentero, hasta lo elegante, es leer; escribir es lo anormal.
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