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EDICIÓN 500

Futureando

por Rosa Jijón

“A la pregunta sobre lo que será dentro de veinte años el arte contemporáneo, la primera reacción es un gran vértigo: la velocidad de las transformaciones sociales y culturales me hace difícil colocarme en un escenario futuro.

Rosa Jijón Diners N°223~2000
Rosa Jijón Diners N°223~2000. REVISTA MD.

Para imaginar el futuro hay que comprender el presente, acercarse sin prejuicios a los insólitos espacios de pensamiento crítico, las especulaciones tecnológicas y los terrenos de disputa de lo simbólico, que caracterizan el arte en nuestra región y a nivel internacional.

El arte contemporáneo parece orientado a varias corrientes de pensamiento sobre la poscatástrofe, en particular aquella que se enfoca en la prefiguración de la crisis, de un supuesto fin del mundo o de los escenarios ‘post’, como el poshumano (¿abandonar lo humano para buscar alternativas de existencia?). Es interesante en este sentido un editorial reciente de la revista online E-flux sobre la exploración y la creación de otros mundos en el arte, donde se cuestiona si acaso imaginar nuevos escenarios utópicos es un modo para evadir las verdaderas injusticias estructurales, las catástrofes climáticas y los autoritarismos crecientes que delinean nuestras sociedades.

Con la llegada de los NFT, los artistas entran en el mercado del arte como libres empresarios, activando nuevas formas de liberalismo capitalista, sin intermediarios ni filtros y preocupados exclusivamente por maximizar las ganancias.

El espectador, cada vez más emancipado, en palabras de Jacques Rancière, podrá acceder al arte de manera directa y personalizada, pero con el riesgo de atravesar una experiencia sensorial puramente individual que privatiza la relación entre el ser humano y la obra, y consecuentemente debilita el rol público al que el arte debe aspirar. Los dispositivos de uso y consumo del arte, como los lentes para explorar espacios en el metaverso, o las exposiciones que se concentran en ofrecer experiencias unipersonales, van desmantelando la idea de espacio compartido, de diálogo y de reconocimiento colectivo de las obras de arte.

Por otro lado, según T. J. Demos (Against The Antropocene), la crisis sistémica que vive el planeta, en especial la crisis climática, obliga a los artistas, museos, galerías, coleccionistas, curadores, académicos e instituciones como las bienales a reorientar radicalmente el enfoque y los modos de operar sus agendas y contenidos. Un tema importante para los años por venir es la selección de fuentes de financiamiento y auspiciantes, para evitar caer en la trampa del green washing y de art washing, ambas estrategias de mercadeo y maquillaje cultural que utilizan las grandes empresas extractivas para liberarse de sus responsabilidades sociales y ambientales.

Es así que el arte socialmente comprometido o “arte de interacción social”, como lo llama el artista y educador mexicano Pablo Helguera, va a conquistar su espacio propio en nuestra región y a nivel mundial. En el Ecuador es interesante asistir a la proliferación de iniciativas y espacios independientes de producción de arte, así como el fortalecimiento de formas híbridas de creación: galerías y espacios de arte independientes y autónomos, residencias de arte en territorios y comunidades, exposiciones colectivas autofinanciadas, proyectos de colaboración entre artistas y ateneos, festivales de artes vivas junto a comunidades urbanas, por nombrar algunos ejemplos.

En síntesis es mi deseo imaginar una constelación de iniciativas, experimentaciones, prácticas y producciones artísticas directamente relacionadas a reivindicaciones y disputas sociales y ecológicas, que hasta hoy se muestran fragmentadas, y que se genere una narración colectiva que la posicione como subjetividad cultural y política, permitiendo un debate amplio en el que participe la mayor cantidad de público posible”.

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