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Duros de sentar

por Esteban Michelena

Perder la titularidad puede ser el inicio del fin. Cancha inclinada, contra viento y marea quedarse entre los once por décadas, hasta cuando les gritan “viejos”, es un reto del que pocos salen bien librados. En su edad culminante, tres leones alfa cuentan cómo lo logran. Un relato en honor a los largos trayectos, recorridos con grandeza.

En Catar gané un puñado de dólares. Aposté que, con 37 años, sería el mundial de Messi: un genio en edad culminante no se va sin ganar lo que falta. Superó críticas y derrotas, reinventó su liderazgo; de cara a la cancha y a la bravísima hinchada argentina.

El fútbol es cada vez más de atletas veinteañeros, entrenados desde niños en entornos y métodos casi infalibles. Pero los sobrevivientes de una especie que no admite su extinción saltan la regla: viejos leones alfa cazando en la jungla de los ungidos airosos.

¿Cómo lo logran? Como ese niño que sueña ser pirata y reinar sobre los mares. Así se juegan la vida: con esa pasión, esa imprescriptible fe en sí mismos y al amparo de sus dioses.

Esta nota pasa por la armadura del coraje y la paciencia del sabio; revela una inquebrantable determinación que alienta un poderoso fuego interno, ardiendo todo el tiempo. Y que quien nació fajado para Rey León muere siendo Rey León.

Tuka Ordóñez: furia de la dignidad

Fútbol Tuka Ordóñez.
“Si debo pasar entre tres gigantes, yo paso. Si debo morderte por mi comida, sal de ahí. Yo te muerdo”.
Tuka Ordóñez

Fotografías: Juan Reyes.

De niño, papá lo vestía de blanco entero. “Quiero ser marino”. Isidro clavó sus ojos en el techo de la casita de caña. Roberto es tocado por la magia de la pelota y sueña con estadios llenos. “No era bueno, no había escuelas ni plata”.

Con dieciséis años, grandote, conoce que en 9 de Octubre hay chance. Pasa la prueba, va al primer equipo. Solventa sus carencias con la pelota entrenando solo, en la canchita de Isla Trinidad. “Me rebotaba todo, hasta una toalla mojada”.

Cuando pidió para los cuatro buses para ir a entrenar en la Martha Roldós, a Sonia Ayoví le dolió ser firme. “Toma, hijo, los de ida”, dijo. “Los otros los inventaba yo: vendía en buses, lustraba zapatos, baldeaba aceras”. Hizo de pregonero: “¡Palo santo para el mosquito!”. Y respondía el barrio: “¡Con tu ñaña me desquito!”. Lo del 9 se esfumó.

Pasan cuatro años, Tuka da guerra. Él, que soñó ser marino, es estibador en el muelle de Caraguay: carga la comida, que no hay en su mesa, en los barcos que van a Galápagos. “Fui oficial de albañil”. Camina cada cancha, nadie le pone un centro. Papá se va. El mayor de cinco hermanos en su cuartel de invierno. “Cocinaba seco de huevo, arroz, verde, menestra, atún, sardina; vasito de Quaker. A la noche, café con pan”.

Eso comía Tuka. “Nos desafían en Zona Diablo los duros del barrio. Índor del intenso, rapidísimo, técnico; contra la pared de la iglesia, mejoré con la pelota”. Lo ve Marlon Minda, ojeador de Duffer Alman y Otto Morcillo: va a un Sudamericano sub-20. “Jugaba de tres o de cinco. Mis test sorprenden a Duffer: me sacó mis aretes y me trabajó de nueve”.

Tiene una tregua. Concentra y alterna con cracks como Antonio Valencia. Tuka fue por Espol, de segunda. “Gente dura, clubes grandes. Nunca más llamaron”. ¡Volver al barrio! “Venía de hoteles, comiendo carne, ensaladas, fruta. Mi casa de caña, ese calor”. Un mortal bota la toalla. “Soñaba con un colchón para descansar. Juré que resistiría”.

Cumple veintiséis. Rocky Balboa tropical sigue entrenando solo, con pelados de la calle. “Negro vago, anda a camellar, me gritaban. Viajaba a Otavalo como albañil. Pedí a Dios que no me dejara caer”. Y lo oyó: en Delfín de Manta sobrevive en la B.

En 2013, firmando por Barcelona, se cae el contrato. “Me encerré a llorar.” Juega en River Plate, serie B. “Un año más acá y desapareces”, le dijo su mánager. En 2015, cuando iba a firmar por Delfín, sonó su teléfono. “Era Dios: Mushuc Runa, recién ascendido a la A. Esa noche viajé a Ambato”.

Se le abre el arco con doce goles. Pasa por Cimarrones de México. Entre 2017 y 2019, con Delfín, un vicecampeonato, un campeonato, dos Libertadores; un año en Emelec. En 2021 Aucas. El DT Bidoglio lo humilla y baja a entrenar con canteranos.

En 2022 el DT Farías le da la confianza. Y brinca el nueve pura sangre. En abril pasado, ante Flamengo, el pueblo lo pone en cancha y, superando al mundialista David Luiz, marca el gol del triunfo.

A sus 38, guapea, ríe, celebra. “Todo es obra de Dios”. Y rogó: “Ponme en la final. Y te la gano, padre”. En noviembre de 2022 Aucas es campeón, tras 77 años. Dice que trabaja como si tuviera veinte años, que ama su colchón aniñado y su nevera llena.

En camerino reza. “Pido a Dios la armadura y la espada. Él me quiere guerreando”. El primero en llegar, el último en irse; duerme largo. No dejó su verde y devora mariscos y asados, bandejas de ensalada y fruta. “Si debo pasar entre tres gigantes, yo paso. Si debo morderte por mi comida, sal de ahí. Yo te muerdo”.

Jugará hasta los cuarenta. En Manta quiere su fundación para que los niños aprendan pelota. “Que no pasen lo que yo. No es justo, no sé si aguanten”. Y remata. “Mamá es de Borbón, papá de San Lorenzo. Esmeraldas me quema el alma. De esta, salimos de rodillas, rogando al padre. Por ahí demora. Pero de oír, oye”. Y te lo dice Tuka.

Cristian Pellerano: seguir siendo

Cristian Pellerano - fútbol
“Hacerte valer: la pelea es en cancha y yo la amo”.
Cristian Pellerano

Al volver a casa, tras los funerales de mamá, Cristian cayó ante el asalto de la soledad. Sitiado por esa pérdida, a sus doce años, siente que ese ángel le faltará todas las mañanas, esa bendición para ir por la pelota. “Si superas un golpe de esos, nada te derrumba”.

Se inicia a los cinco años en la escuela, con pelotas de papel envuelto y, por años, en los torneos de baby fútbol, los de cancha de baldosa, en Buenos Aires; con la divisa del Estrella de Maldonado, barrio Palermo. “Decidí ser futbolista”.

A los dieciséis se ratificó, pero River Plate, su cuna, lo echó. “Los DT buscaban grandotes y, entonces, yo era más bien bajo”. El Atlanta Fútbol Club es el último tren. “Chao fiestas de colegio, casorios. Haces todo, tienes condiciones. Y el porcentaje de lograrlo es demasiado bajo”.

Llegar y quedarse, con variables incidiendo todo el tiempo: la vibra del DT o del dirigente, las lesiones. “No me rompí, hasta hoy. Si enfermo, sano pronto”. Su hermano llegó a la selección y a Europa. Hoy, con 39 y lesión de rodilla, juega en la segunda argentina. “Suerte y genética. Fuertes sí somos”.

Estar al cien por ciento, no declinar en la omnipresente incertidumbre. “Más de una vez pude haber desistido”. Su padre, Ricardo, fue capitán de Argentinos Junior cuando debutó Maradona. Abrigó a grandes como Bochini, al mismo Diego. Exigía militancia y rigor”, cuenta de él, que en los ochenta, jugó por el Deportivo Cuenca ecuatoriano.

Saber llegar a viejo es el desafío. Las relaciones con el DT son clave. En 2014 va al América de México y, de la mano del DT Gustavo Matosas, es campeón de la Concacaf. Cambia la directiva y el nuevo DT lo saca. A los 32 años el futuro es incierto, sigue en México tres años.

Juega la fortaleza emocional. “Hacerte valer: la pelea es en cancha y yo la amo. Desde niño, lo tomas o lo dejas, ese rato; no hay tiempo para no actuar. Fui al Morelia y la rompimos”. Viene el trayecto, la memoria. “Perdí a mamá, lo demás podía llegar”.

DT y colegas extraños: una tensión que sostiene. “La familia, la fe. Soy devoto de la Virgen de Guadalupe, desde Argentina. Me casé en su capilla, la llevo tatuada. Cuando lo del América, fui a su basílica, le puse velita, pedí luz para decidir”.

Con 35 llega a Independiente del Valle y desde 2015: una final Libertadores, una Copa Sudamericana, una Recopa, una liga ecuatoriana. El juego del club le es propicio. “Protagonista en la posesión del balón, no corriendo tras él; el equipo es corto, el desgaste es menor”. Un referente de un cuadro que disrumpió entre los clubes ecuatorianos, primero en rankear en el top ten mundial. Ahí manda don Pelle.

Una docena de divisas, más de quinientos partidos, 54 goles, 10 títulos, 41 años. El volante explica su formidable veteranía en las horas de vuelo y el dominio de la posición, la intuición, control de tiempos y espacios; claridad al salir. Un 24/7 para bien comer, dormir, cuidar la herramienta. Más su lúcida dosis de filosofía. “El deseo de ser, de ir siendo, seguir siendo”.

Facundo Martínez y los graderíos de Dios

Facundo Martínez - fútbol
“Salgo del camerino, miro al cielo. Le hablo, me oye”.
Facundo Martínez

El invierno ataca. Facundo comparte techo con seis compañeros del Atenas de San Carlos, un modesto club uruguayo. Acostado, acomodándose la almohada, suspiró una sonrisa. “Es mío, es el más bello lugar del mundo”. Había cumplido veintiún años.

A sus diez, pasabolas y canterano de River Plate, Martínez conoció al Burrito Ortega, Aimar, Saviola. “Sueñas ser como ellos”, recuerda. “Locos por River. Con papá, el abuelo, íbamos a popular, a delirar con las murgas. La camisa de la cábala, en el micro ensayar los cantos; la grada, sentir cómo vibra”.

Facu se jugó infancia y juventud como un aprovechado alumno de este gigante de América. Atesorando cromos, los muñequitos que venden en los kioscos. Con dieciséis años la tiene clara. La ilusión ya se llama “trabajo”. Y un día, los chicos amanecen adultos.

“Laburas toda la semana, vas bien; pero el viernes no estás entre los convocados”. La duda mete alta presión. “¿Seré tan fuerte para enfrentarlo?”. Y la apuesta cobra lealtad. “Cero fiestas, poco tiempo en familia”.

Con diecinueve años debutó en primera. “Gallardo, Salas, Mascherano; Falcao e Iguaín, de mi promoción. Entro al cambio, no desentono”. Y hasta ahí llegó. “Nunca más”. Sobrevive seis meses en reserva, lo liberan. Cae en fuera de juego, agarrado a nada.

El fútbol es el impredecible resplandor de la gloria. Hechiza, pide todo y, a veces, no da nada. Facu enfrenta el pase al vacío. “Ayudaba a mi tía en el negocio, otros seis meses sin jugar, entrenaba solo”. En 2006 el Atenas: dos años, ganando el básico. En 2009, con veintitrés años, llega a la U. Católica: van catorce años y es su diez, capitán y referente.

Acá le salió todo. Antes sumó cicatrices y sabiduría. “Pruebas tu capacidad de resistir. Eso enseña más que la victoria y lo valoro como la lección poderosa que me permitió seguir y me sostiene”.

Seguir a sus 38, sortear relaciones complejas en los equipos. “De niño aprendes: los histriónicos, los reservados, los intensos. Yo me blindo en el respeto, eso aprendí en casa. El tema es estar dentro”.

Es que calentar banca puede tragarse el trayecto y el futuro. Y encima, eso de la mala racha. “Mostrar al DT que mereces su confianza. No buscar culpables, estar listo a los minutos en que él prueba si, contigo adentro, ganan él y el equipo”.

Concurre aquello de pasar de héroe a villano en noventa minutos. “Bielsa: el éxito y la derrota son impostores. A los dos, distancia. Si ganas, no eres el mejor. Y si pierdes, no eres el peor. En la derrota aprendes. Y queda lo que dejaste atrás, lo que venciste”.

Facu cree que su larga vida futbolera pasa, además, por la pasión: vive, estudia, siente, lee, mira, come fútbol. “Y conversaba con Pellerano: ante la juventud y virtudes físicas, anticiparse a la jugada y llegar segundos antes”.

Gimnasio, dieta, descanso. Cruzar airoso la etapa culminante. “Disfrutarlo: llego temprano, veo los juveniles, cuál puede servir. Y seguir intentando el gran logro de la Católica, que no ha sido campeón. Eso te mueve, más que la fama y el dinero”.

Unos caen antes que otros. “Acudes a Dios, me fortalezco en la familia, mi esposa”. Valeria es graduada en Diseño de Moda, nunca pudo ejercer; hoy tiene un gimnasio. “Soñó conmigo cuando no había nada”. Y su abuelito, esa omnipresente mirada: la del que te oye, te abraza, te banca, te entiende.

“Emilio, un luchador en Crucecita, forjó familia en barrio duro, en Avellaneda, cerca de la cancha de Independiente. Imprentero, de pocos estudios; rebelde a su destino, leía de todo, escribió sus memorias. Con él iba a las menores, a la cancha. Vino, a sus 92 años, a verme jugar en el Atahualpa”.

Le contó al abuelo que se recibió de DT, que lucha por salir campeón con Católica y luego sumar desde la zona técnica o gerencia deportiva. “El club que me dio todo. Mi sabiduría, el oficio: devolver a Católica la forma en que jugó en mi vida”.

Emilio murió. Hasta el sol de hoy, el diez siente su abrazo. “La cara que puso cuando vio su rostro tatuado en mi pecho”. Por eso siempre eleva su ritual. “Salgo del camerino, miro al cielo. Le hablo, me oye”. Y él, que salta con pie derecho. Y el abuelo, que lo bendice. Desde arriba, desde los graderíos de Dios.

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Acerca de Esteban Michelena

Cronista y escritor. Luego de 36 años ha logrado un estilo literario y cinematográfico que, desde la crónica, mereció el Premio Nacional de Periodismo Jorge Mantilla de El Comercio por tres años consecutivos.
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