Fronteras
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Fronteras

Fronteras
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta

Uno

Estoy desnuda ante una extraña. Tan lejos y tan cerca. Mientras me pone cera caliente en el vello púbico, me cuenta que su padre murió hace dos meses con coronavirus. No pudo ir al entierro porque él estaba en Venezuela y ella aquí. Su madre ha muerto también. Le queda una hermana. Tiene veinte años. Gana menos de doscientos dólares al mes, trabaja más de ochenta horas a la semana.

Soy impotente. Inmóvil. Permito que ella hurgue esos lugares inhóspitos de mi cuerpo. Las manos repasan mi piel como pétalos, tan suavemente que me cuesta creer que sea una extraña. Las fronteras del cuerpo y las fronteras de la tierra, pienso. Dos extrañas cerca. Ella extraña en un país, yo extraña en una camilla de operaciones en un momento tan íntimo y ajeno a la vez.

Dos

Nunca juré la bandera. No es que me opusiera conscientemente al acto. Pero la primera vez que hubiera podido hacerlo, en lugar de sostener la bandera como una heroína y llevarla en mis brazos, me desvanecí ante ella. Antes de que pudiera besarla, mi cuerpo, mareado de sol y patriotismo, eligió desmayarse. La segunda oportunidad, en lugar de rendirle pleitesía, me oriné en la marcha. No fue un intento de acto performático en el que, en aras de evidenciar que lo íntimo es político, intentara manchar con fluidos impuros a la patria. Simplemente fue el resultado de un ataque de risa que terminó en bochorno.

Según Wikipedia “se llama patria a la tierra a la que un individuo se siente ligado por vínculos de diversa índole, como afectivos, culturales o históricos”. Pero el nombre para ese lugar es masculino. Se refiere a un territorio determinado por la posesión en el que los padres otorgan la legitimidad a los hijos y los bastardos son relegados; el apellido lo da el varón, quien conquista (y explota) la tierra y las mujeres. No por nada la similitud etimológica: patria, padre, patriarca.

¿Y Matria? Ese término, reinventado por filósofas y escritoras, propone la feminización de los atributos asociados a la nacionalidad, imaginando al territorio no como un lugar de posible explotación, sino al contrario, como un lugar capaz de contener y dar vida. Suena lógico que la tierra sea femenina, que tenga que ver con amamantar, cuidar, mantener la vida.

Hay una frase memorable de la película Martín (Hache): “El que se siente patriota, el que se cree que pertenece a un país, es un tarado mental. La patria es un invento. Tu país son tus amigos”. Es decir, el territorio es definido por la hermandad. Para mí la patria, matria, tierrita, pachamama o como se la llame, sería un lugar seguro donde te acepten, te acojan, sin importar tu género, de dónde vengas o el apellido que tengas.
Un lugar en el que, aunque todos sean distintos, puedan ser amigos.

Tres

Mientras lavo los platos, escucho en la radio que una artista ha borrado el muro que separa México de Estados Unidos, pintando un cielo. El azul de la obra de arte se confunde con el horizonte, el color derrumba todo lo que nos separa.

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