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Por Ana Cristina Franco

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Hace mucho tiempo, en una sesión de medicina alternativa, me dijeron que uno de mis problemas era que tenía permanentemente abierto un punto energético que se encuentra cerca del corazón y que filtra las emociones. Es como un diafragma natural que protege el alma, que decide qué dejar pasar y qué no. Pero en mi caso estaba siempre abierto. Yo me enamoraba, me ofendía, me impresionaba. La vida me hacía añicos. Era un ser transparente que no podía ocultar sus sentimientos. Protagonizaba mi vida al cien por ciento. Con sangre, con carne, de cabeza en el mar.

Tenía catorce años cuando, a escondidas de nuestros padres, tomamos una media de norteño por primera vez. De repente el miedo y el temblor habían desaparecido. Mis amigos y yo bailábamos tango y la alfombra se movía como un barco sobre unas suaves olas. ¡Hay que estar siempre ebrios! Les dije a mis amigos sin saber que parafraseaba a Baudelaire. Pero no es tan fácil… lastimosamente. El efecto del alcohol pasó en unas horas y yo volví a ser yo. No pude entregarme al alcohol para siempre. Algo en mí intuía que el alcoholismo conduce inevitablemente al cristianismo.

Con la marihuana nunca me fue bien, lo he escrito ya. Creo que la razón es simple: no necesito estar más dentro de mí, sino más bien salir. Salir de mí un ratito (Dios, libérame de mí, ¿quién lo dijo?), ¿no es aburrido, insoportable, ser siempre una misma? ¿No tendríamos los seres humanos derecho, licencia, para ser otros, al menos un rato?

Tal vez la diferencia entre comedia y tragedia sea solo el tiempo”.

Creo que ese era el sentido de la fiesta. Permitirse ser otro/a por horas. Como los rituales andinos populares en los que le tapan los ojos a Jesús o las celebraciones paganas en las que se sacrifica algo (sacrificar algo para no sacrificarse a uno mismo); la abolición de la prohibición/ley justa y necesaria para desfogar la energía reprimida, para que al otro día los empleados (o sea nosotros, o al menos, yo) puedan volver a trabajar.

Pero la fiesta en pandemia es una contradicción. Y quizá por eso el polémico tema de las muertes por covid por romper el toque de queda en carnaval. Es que no basta con el zoomdungueo. Se necesita bailar, perrear, sentir otros cuerpos, o mejor decirlo de plano, ya qué, otras cuerpas, suena más pagano. Una fiesta en la que se pueda olvidar el dolor del encierro, de las muertes, al menos por horas. En la que se pueda salir de la cárcel del cerebro confinado, bailar cuerpo a cuerpa y tomar del mismo vaso.

Pero no hay chance. La realidad son pantallas, mascarillas, sesiones de psicoanálisis por Zoom. Y en vez de estupefacientes de fiesta, a mí me quedó la opción de tomar gotitas o pastillas que me permitan tolerar. ¿Se puede escribir bajo esos efectos?, le pregunto a un amigo. Él me contesta que, superada la depresión, uno se concentra y camella. Compruebo que tiene razón. En mi caso lo que me ha pasado es que el filtro cerca del corazón al fin funciona bien. Tal vez demasiado bien. Ahora hay una barrera. Es como ver la vida desde una ventana con vidrio doble. Y a medida que los días pasan tengo la sensación de abandonar el papel protagónico para sentarme en una cómoda butaca a espectar mi vida. Alguna vez hablábamos con mi mamá de cómo las cosas con el tiempo resultan graciosas. Perder el vuelo en tu cumpleaños es una desgracia, pero años después, incluso días después, resulta gracioso. Tal vez la diferencia entre comedia y tragedia sea solo el tiempo. Y ahora sucede que yo he dejado de protagonizar mi vida trágicamente para convertirme en el coro. A los veinte años perder el protagonismo me hubiera resultado insoportable, pero como ya no tengo complejo de diva, me conformo con mi butaca. Es más, pásenme el canguil.

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