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Foto de perfil

Por Mónica Varea

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¡Por Dios, mamá, no puedes andar por la vida sin Facebook!, me dijeron mis hijas y Dios que es Dios; me abrieron una página, pero cuando oí acerca de la foto de perfil puse el grito en el cielo. Estarán locas, con esta narizota voy a poner foto de perfil, ¡ni lo sueñen, tengo dignidad!, pero luego entendí de qué iba la cosa y acepté todas las condiciones, tanto que ahora tengo más de mil amigos.

Cada día, al abrir un ojo, lo primero que hago es ver el Facebook y fijarme en las fotos de perfil, que por cierto no son de perfil, son de frente, de filo, de ida o de vuelta, pero siempre son fotos bien respetables donde cada quien luce bastante mejor de lo que es, gracias al cirujano o al Photoshop, pero bastante mejor. Yo misma tenía una foto de estudio donde salía regia, pero me di cuenta de que esto es un error y que hay que asumir las canas, las arrugas y demás deterioros causados por el tiempo, así como los desperfectos de fábrica, ¡es lo que hay!, y así debemos mostrarnos, no está bien que la gente se forme una imagen distinta de nosotros.

Me pasó hace poco en un matrimonio. Una pareja llegó un poco tarde, ya todos estábamos sentados y ellos no encontraban lugar; en nuestra mesa había dos sitios, entonces les hice una seña para que nos acompañaran. Muy simpáticos, ambos médicos, al rato la charla fluía como el vino. No nos hemos presentado dijo ella, soy Mónica Santamaría; somos tocayas, yo soy Mónica Varea. ¿Cuál, la que escribe en la revista Mundo Diners?, yo le leo siempre. Sí, la misma, dije agradecida y ella continuó, no le puedo creer, ha sido súper distinta a como me la imaginaba. ¿Más vieja?, pregunté yo, segura de saber la respuesta. No solo eso, pensé que era más joven y ¡fumadaza!

Por eso cambio con frecuencia mi foto en Facebook para que nadie me imagine como no soy, yo creo que luzco de la edad que tengo y que cierta gracia aún conservo, pero gracias a la honestidad de las fotos y de la gente, poco a poco voy viendo la cruda realidad.

Un día en una feria del libro yo llevaba cajas, traía estanterías, colgaba afiches, no paraba. Amablemente un chico de otra librería se ofreció a ayudarme diciéndome: Yo le ayudo, señito, usted ya no está para estos trotes. Hace poco mi amiga Luli Camacho me dijo: ¡Cómo te ha crecido la nariz! Y, finalmente, mi hermana Alicia me encontró recién salida de la ducha, con una toalla en la cabeza, me miró fijamente y con cierta nostalgia y tristeza me dijo: ¡Qué bestia Moca, qué exacta eres a papá… pero muerto!

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