Fiesta del demonio

fiesta del demonio
Ilustración Miguel Andrade

Cuando se casó la Fabi se hizo una fiesta tan grande que, aparte de exterminar todo el gallinero, asaron una pareja de chanchos. Orquesta, cajas de güisqui, barril de ron, cien invitados. Como es normal, empezó con el vals, aunque lo bailaron todos menos la novia que ya no podía más con su barriga, en la que parecía brincar, mugir un ternero. Mientras se hacía el brindis con champán nacional y discursos pendejos, los novios se esfumaron y no rumbo a la luna de miel sino directo a la maternidad.

Entonces sí, se desató el zafarrancho. Papá, pequeñito y mostachudo, atorado por la corbata, brindaba y lamboneaba con superiores e inferiores. Mamá, pintada como geisha y con toda su gordura haciendo equilibrio en sus tacones, repartía risas y brindis con las señoras de los señores. De paso, coqueteaba con el capitán Garfio, papá del novio, que también era militar. Yo, que de nacimiento soy invisible, estaba en todas partes con mi ojo avizor. En las tres salas, en el jardín que entorna la piscina, en la cocina grande como capilla, donde una caterva de mujeres y el maricón del Churos se afanaban en los últimos toques de la comilona.

Cuando cayó la noche y el baile hacía temblar la casona, yo, con los primos babosos que eran tres y al timón el Richard, un primo semigringo con cara de futuro matón, logramos abrir el candado de la casa vieja. Allí estaban, guarecidos o escondidos o presos, un terceto de vejestorios: dos bisabuelos y una bisabuela, que ya estaban mitad fosilizados mitad locos de tanto seguir algo así como vivos.

El Richard propuso un jugueteo con ellos, que lo había aprendido en una especie de TikTok mezclado con Halloween. Llevamos herramientas, disfraces, música, bebida y hasta hierba.

Mientras en la fiesta los adultos bailaban, bebían, se embutían comida, nosotros jugábamos con los tres esperpentos que más bien parecían muñecos de ventrílocuo de hace un siglo. Verlos desnudos daba miedo porque eran algo así como muertos vivientes, que algo se movían y soltaban gemidos de ultratumba.

No se diga la bisabuela con el traje de novia, cuando hacía un conato de baile sin mover las piernas y la boca pelada bien abierta, como si por ella chorreara la oscuridad. Por último, hicimos con ellos un trío de años viejos embutiendo entre sus huesos y las ropas, papel y trapos. No sé en qué hubiera terminado si se le permitía al Richard rociar los cuerpos de gasolina.

Aburrido de tanta infamia, me escabullí rumbo a la fiesta de los mayores. La piscina y sus contornos estaba desolada a causa del frío, aunque un par de borrachos estaban metidos hasta con corbata en el agua. En la sala principal había empezado ya la fase de secretos de familia develados y la trifulca encendía sus motores.

Hubiera querido matarme, pero a esas horas me dio desidia. A la final, cogí una presa de gallina y mordiéndola me fui al dormitorio de los varones. Entonces vi una enorme sombra tambaleante, que yo sabía quién era, encaminándose al dormitorio de mis hermanas pequeñas.

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