Por Gonzalo Dávila Trueba.
Ilustración Camilo Pazmiño.
Las reservaciones en un restaurante son siempre la oportunidad para lucirse: mesa perfecta, copas alineadas que brillan de transparentes, cubiertos suficientes para que el cliente ordene lo que a bien tenga y, por supuesto, la presencia del Cocinero Mayor. Esto claro, si no recibe la reservación El Estupiñán, quien, en la ocasión que nos atañe, dedujo que llegaría la señora Fuentes con seis. La señora Fuentes, por cierto, nos entregaba con regularidad, peces y mariscos de Puerto Bolívar.
Como la batalla diaria aún no daba inicio fui al bar a por un café, momento en el que me percaté que una señora gesticulaba para hacerse entender.
—What can I do for you, madame?
—My name is Mrs. Belafonte and I have a reservation.
—Oh! Of course, your reservation is ready. Would you like to wait for your friends to arrive in the bar?
—Sure thing! Thank you.
¿Belafonte? Me sonaba el apellido pero cuando llegaron y el primero de ellos era Richard Gere, me dio soponcio o pánico escénico y encima más resultó que la dama era la esposa de Harry Belafonte.
¡Maravillosos y sencillos todos, de suerte que me atreví a decirles que tenían toda libertad para ordenar, sin saber, lo que yo diga.
Al unísono dijeron: It’s okey.
¿Y ahora?, ¡imaginación!: ¡la mar en cada plato!
En el centro y arriba de cada fuente dos ostras Rockefeller style, a la izquierda y derecha de ellas, un langostino jurásico; en la parte baja calamares, pulpo y nuevamente calamares. ¡Listo!
¿Listo? ¿Y los cangrejos?
¡Que sean la entrada!
Sus pinzas, bañadas en jugo de naranja, pimienta negra, aceite de oliva, flor de sal, caviar iraní y, de manera coqueta, una cucharita de plata con mermelada de ají.
A las ostras —empotradas en sal gorda— las sazoné con mantequilla, apio, rúcula, cubitos de pan, gotas de pernod y las envolví en tocino que debe de estar crujiente al salir del horno.
Los jurásicos deben ser langostinos de aquel tiempo pues son del orden de los 100 gramos, lo que permite cortarlos “mariposa” y adobarlos con pimienta negra, sal, enharinarlos y ponerles gotas de salsa de soya, mientras en la sartén la mantequilla fundida indica que ya es momento de colocarlos y prensarlos con una pesa de hierro redonda y caliente. Cáscaras y patitas deben quedar perfectamente hechas, lo que resalta olor y sabor. Al voltearlos dejarán ver las manchas negras de la salsa caramelizada, lo cual amén de vistoso lleva por nombre excelencia.
Al pulpo, cocido como Dios manda, lo pincelamos de aceite de oliva y así, en el grill, que se tueste para ser troceado y colocado en la fuente cuando su punto amerita.
Los calamares, salteados en mantequilla aromatizada de ajo, perejil y vino blanco, inducen a buscar el pan para no desperdiciar nada de su maravilloso sabor.
Para remate, helados de las frutas prohibidas del paraíso: taxo y guanábana.
—We shall never eat like this again in our lives —dijo Richard al despedirse, lo cual me dio satisfactorancia en el corazón y fotos imperecederas en el celular.