Fernanda Duque Mendoza, talento que vuela alto
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Fernanda Duque Mendoza, talento que vuela alto

Por Elisa Sicouret Lynch.

Fotografías: cortesía.

Edición 462 – noviembre 2020.

Esta investigadora oriunda de Santo Domingo de los Tsáchilas, candidata a un doctorado en Neurociencia y asistente de investigación en la Universidad Estatal de Georgia en Atlanta, hace noticia por su descubrimiento de que el colibrí andino, conocido como Estrellita ecuatoriana, registra el canto más agudo entre todos los pájaros y es el único en su especie capaz de vivir a más de cinco mil metros de altura.
Lo que más amaba y amo hasta ahora es que la ciencia me da la oportunidad de entender el mundo y lo que tengo a mi alrededor con una nueva perspectiva.

Las aves emiten cantos con frecuencias que van desde los dos a los ocho kilohertzios (kHz). Pero hay una especie que supera a todas las demás con vocalizaciones por encima de los trece kHz que, en ocasiones, incluso pueden llegar a los dieciséis. Y esta no es su única característica extraordinaria: se trata, además, del único colibrí en el mundo que puede vivir a más de cinco mil metros de altura. ¿Su hábitat natural? Nada menos que los páramos del Ecuador.

Quien descubrió las asombrosas particularidades de este prodigio de la naturaleza es la científica ecuatoriana Fernanda Duque Mendoza, cuyas investigaciones han representado un hallazgo sin precedentes y, por eso, ha enfocado su tesis de doctorado en Neurociencia por la Universidad Estatal de Georgia en Atlanta, Estados Unidos, precisamente en este diminuto colibrí andino de apenas catorce centímetros, conocido como Estrellita ecuatoriana.

Fernanda, nacida hace 32 años en Santo Domingo de los Tsáchilas, pero residente en Quito desde temprana edad, realizó el descubrimiento casi por casualidad en conjunto con su ahora esposo, el también científico Carlos Antonio Rodríguez Saltos: “Lo conocí en 2013. Para entonces él ya estudiaba en Estados Unidos (hoy es investigador posdoctoral en la Universidad de Texas en Austin) y fue de visita al Ecuador por Navidad. Amigos en común nos conectaron porque él estaba haciendo un PhD en Neurociencia, que era en lo que yo quería especializarme. Nos conocimos y nos caímos bien. Él buscaba quien lo acompañara al Rucu Pichincha y, un poco en broma, me apunté a la aventura. Cuando pregunté cuál era el propósito de la salida, me dijo: “Vamos a buscar a la Estrellita ecuatoriana”. Leí sobre este pequeño colibrí y quedé fascinada ante la posibilidad de que fuera capaz de vivir tan alto en las montañas. Ese día en el páramo nació una historia de amor para mí, o dos… ¡Ese día me enamoré de ese colibrí! Aquel 2 de enero de 2014 también obtuvimos la primera grabación del canto de altas frecuencias de la Estrellita ecuatoriana y prometimos que investigaríamos estos cantos”.

Entonces, poco podía imaginar Fernanda que, seis años más tarde, lo que comenzó casi por pura curiosidad definiría el curso de su vida en el aspecto académico, profesional e incluso personal. Que lo que siempre soñó alcanzar desde niña se haría realidad a una escala insospechada.

—¿Cuándo te diste cuenta de que te atraía la ciencia? ¿Fuiste la típica niña que jugaba con experimentos de química o la vocación surgió más adelante?

—Quise ser científica desde muy pequeña. Siempre fui muy curiosa y tuve la suerte de que mis padres (Fernando Duque y Anaiz Mendoza) fomentaron en mí esa curiosidad y libertad para explorar. Fui superafortunada de que ellos nunca me encasillaron en roles de género o me dijeron que no podía hacer algo. Yo jugaba con dinosaurios, carros y tractores, y también con muñecas y Barbies; de hecho, prefería siempre los primeros. En quinto grado, todas las tardes, pedía permiso para hacer los deberes en la casa de una amiga que vivía cerca. Hacíamos los deberes rapidísimo y nos “escapábamos” a un laboratorio que había en el barrio. La laboratorista, muy buena gente, nos dejaba observar en el microscopio lo que quisiéramos y le llevábamos hojitas de plantas, patitas y alas de moscas, pedacitos de piel, cabellos. ¡Era toda una aventura! Lo que más amaba y amo hasta ahora es que la ciencia me da la oportunidad de entender el mundo y lo que tengo a mi alrededor con una nueva perspectiva.

SUEÑOS QUE SE CUMPLEN

Antes de especializarse en Neurociencia, Fernanda Duque siguió la carrera de Administración de Empresas en la Universidad San Francisco de Quito y le faltó solo un semestre para obtener el título. De manera simultánea, en la misma alma máter, estudió Psicología y se graduó en 2012. Trabajó dos años en la Universidad Yachay Tech y, previamente, también había tenido otra experiencia laboral como visitadora a médicos para poder cancelar el crédito estudiantil que mantenía con la USFQ. “Con el pago de la última cuota en 2014, renuncié a las farmacéuticas y me preparé para aplicar al PhD y continuar con mi sueño de tener una carrera como científica”, afirma.

En 2016 le llegó la esperada oferta para hacer un doctorado en la Universidad Estatal de Georgia en Atlanta, con los doctores Walter Wilczynski y Laura Carruth. Consideró “una suerte poder hacer mi PhD en la misma ciudad donde estaba mi novio, Carlos Antonio, luego de mantener una relación a distancia por un año y medio. Así que no lo pensamos más y decidimos que, cuando llegara a Estados Unidos, viviríamos juntos. En 2017 él me pidió matrimonio en las faldas del Chimborazo, mi lugar favorito en el mundo. Nos casamos dos meses después en la corte de Decatur, la ciudad en la que vivimos cerca de Atlanta”.

—En el Ecuador la ciencia no está muy desarrollada. ¿Permanecerás en el extranjero, considerando que afuera hay más oportunidades? ¿O regresarás al país?

—Siempre fue mi idea estudiar en el extranjero, especialmente porque la carrera que me interesaba no existe en el Ecuador. Además, crecí viendo poco apoyo y recursos destinados para la investigación científica y lo que yo quería era ser investigadora. Pero tengo la esperanza de que eso cambie y que cada vez haya más oportunidades para hacer investigación. Por el momento, quisiera seguir ganando experiencia en Estados Unidos. Creo que puedo contribuir más a la ciencia de mi país desde acá, obteniendo recursos para hacer investigación y estableciendo colaboraciones con científicos en el Ecuador que nos permitan avanzar la ciencia y el desarrollo de los estudiantes ecuatorianos que se preparan en las aulas, los laboratorios y el campo. No tengo por ahora fecha de regreso, pero sí la convicción y el compromiso de seguir realizando investigación en el Ecuador y fomentando colaboraciones con científicos de allá.

—¿Qué sugieres para impulsar el desarrollo de la ciencia en el Ecuador?

—Lo principal es que haya inversión en investigación por parte del Estado y que sea un compromiso que vaya más allá de partidos políticos o promesas de campaña. La inversión en educación e investigación son críticas para el desarrollo de la ciencia y el país. Por eso es importante que los ciudadanos entendamos cómo funciona la ciencia y que es un proceso que lleva años pero que, si somos pacientes, podremos ver los frutos y los beneficios de esta inversión. Por otra parte, para hacer investigación se requiere no solo recursos económicos, sino también insumos y equipos, muchos de los cuales no se producen en el Ecuador. Una de las cosas que más me ha impactado es que hacer investigación en mi país es carísimo y esto nos pone en desventaja frente a otras naciones.

ÚNICO EN EL MUNDO

Conocida comúnmente como Estrellita Ecuatoriana, esta especie de catorce centímetros de altura tiene el canto más agudo entre los pájaros. El Oreotrochilus chimborazo canta con una frecuencia fundamental de 13,4 kHz mientras el resto alcanza notas de hasta 16 kHz, el resto de aves emiten vocalizaciones que van generalmente de 2 a 8 kHz.

El proyecto más importante en el que Fernanda trabaja al momento es su disertación de doctorado sobre la evolución de los cantos de alta frecuencia en los colibríes andinos, especialmente la Estrellita ecuatoriana. Adicionalmente colabora con un estudio sobre cómo el estrés afecta la percepción y la respuesta de las hembras a los cantos y cortejos de los machos de su especie. Y, además, junto con su esposo, planifican una próxima investigación sobre otra ave que vive en el Ecuador.

El estudio de la Estrellita ecuatoriana —cuyo nombre científico es Oreotrochilus chimborazo— empezó en 2014 con aquella primera grabación que hizo la pareja, pero luego quedó en stand by debido a las ocupaciones laborales de ambos. Lo retomaron en 2015, utilizando dinero de su propio bolsillo: “Así compramos los equipos de acústica que usamos hasta hoy en nuestro trabajo. Planificábamos las salidas de campo por Skype y yo reclutaba a mi hermano, mis padres o amigos para ir al campo a buscar a la Estrellita ecuatoriana y recolectar más grabaciones de estos cantos. Cuando vine a Estados Unidos a hacer el doctorado, la idea de mis tutores era que estudie epigenética y comportamiento social en Anolis (lagartijas). Yo estaba feliz con eso, pero me había prometido que igual continuaría trabajando en el proyecto del colibrí. En mi primer día en la universidad me reuní con Walter Wilczynski, mi tutor y un gran neuroetólogo, quien me preguntó sobre los avances del estudio de los colibríes. Le conté emocionadísima sobre lo que teníamos hasta el momento. Para mi sorpresa me dijo: ‘Laura (Carruth) y yo creemos que puedes hacer este proyecto como tu tesis de doctorado. Es un gran hallazgo y no debes permitir que muera’. Walter, quien falleció este verano a causa de cáncer, fue clave para que este proyecto sea lo que es hoy y que yo crezca como científica y ser humano”.

Hasta ahora los esposos han publicado dos papers (en Current Biology, 2018, y Science Advances, 2020), pero tienen algunos más en espera. Y para financiarse cuentan con el apoyo de diferentes oenegés e instituciones especializadas.

—¿Qué aspiras a conseguir con el hallazgo del canto de la Estrellita ecuatoriana?

—Me gustaría enfatizar la importancia de la conservación y de que estas iniciativas se generen e implementen en conjunto con las comunidades locales. Cada una de las especies que tenemos en el Ecuador ha recorrido un largo camino para adaptarse a las condiciones de su hábitat. Con la rápida destrucción de estos lugares, no les estamos dando tiempo a los animales para adaptarse a las condiciones cambiantes en su entorno y muchas especies desaparecerán en tiempo récord. La Estrellita ecuatoriana, que actualmente no se encuentra categorizada como una especie en peligro, enfrenta una amenaza inminente si no conservamos los páramos. Lo mismo sucede con el bosque nublado y las especies endémicas de esa zona.

LECCIONES DE VIDA

Fernanda es asistente de investigación en el Instituto de Neurociencia de su universidad, que en 2019 le otorgó la beca Honeycutt Fellowship como reconocimiento por ser uno de los alumnos de doctorado con mejor desempeño. También es becaria Brains & Behavior, ayuda económica para estudiantes doctorales cuya investigación multidisciplinaria contribuye al avance de la neurociencia. Además, el año pasado obtuvo el Premio Konishi para Investigación Neuroetológica de la Sociedad Internacional de Neuroetología (ISN).

—¿De qué cosas te sientes más orgullosa?

—De mi “rebeldía” como niña y adolescente para impedir que mi amor e interés genuino por aprender y cuestionar el mundo me fuera arrebatado por el sistema educativo tradicional y la sociedad, que usualmente promueven la memorización y la obediencia antes que la curiosidad y el pensamiento crítico.

—¿Algún capítulo difícil que te hubiera gustado cambiar o que te dejó alguna lección?

—Un momento muy difícil fue el segundo año en que trabajé como visitadora a médicos. Tuve una depresión muy fuerte que se alimentaba de mi miedo de pensar que tal vez nunca iba a poder cumplir mi sueño de dedicarme a hacer investigación. Fueron meses muy difíciles y sentía que nadie a mi alrededor podía entender realmente lo que me estaba pasando. Así que me aislé y no le conté a nadie lo que me ocurría; me condené a enfrentar eso sola. En retrospectiva creo que lo único que cambiaría de esa experiencia es compartir con mi familia lo que me sucedía para que ellos pudieran entender y acompañarme. Creo que eso hubiera hecho el proceso menos doloroso para mí y para ellos.

—¿Qué te falta por hacer en lo personal y profesional?

—Me falta viajar. En especial quisiera poder ir al Sudeste asiático y a África para aprender más sobre la diversidad de especies que tienen allá. Por supuesto, como científica apenas estoy empezando y tengo muchas metas que cumplir a lo largo del camino. Lo más importante que quisiera conseguir es que los más jóvenes puedan ver en mí un ejemplo de que, a pesar de los obstáculos, es posible encontrar su lugar en el campo de la ciencia que ellos escojan.

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