¡La patria y el líder!

Hace cien años nació el fascismo, cuando Benito Mussolini tomó el poder en Italia

Tomar el poder era, en la práctica, una misión muy improbable, casi imposible. Y él lo sabía. La idea de marchar sobre Roma era buena: miles de combatientes de camisas negras de los ‘Fasci di Combattimento’ avanzando hacia la capital, provenientes de todas las regiones del país, enviarían un mensaje muy potente de determinación y fuerza.

Ya a nadie le quedarían dudas de que el Partido Nacional Fascista estaba listo y resuelto a gobernar. Ese era su destino, que se cumpliría tarde o temprano. Pero, por ahora, esa marcha sería insuficiente, no sólo porque el ejército impediría la toma de la ciudad, sino también porque las columnas tendrían dificultades muy severas de transporte y de abastecimiento. En todo caso, según resolvió el ‘Duce’, valía la pena intentarlo.

Para entonces, los fascistas controlaban ya varias ciudades (Génova, Parma, Livorno, Ancona, Trento…), que las habían tomado unas semanas antes con despliegues enormes de violencia. Los socialistas, cuyos grupos de choque habían sido abrumados por la reciedumbre y la disciplina de los camisas negras, optaron por recurrir a su influencia en los sindicatos obreros y llamar a una huelga general.

Los nervios de toda Italia se crisparon. El gobierno, mientras tanto, estaba “asomado a la ventana, sin hacer nada”, de acuerdo con la muy gráfica descripción contenida en un informe policial de aquellos días. El primer ministro, Luigi Facta, era un hombre íntegro y bien intencionado, pero débil de espíritu, siempre vacilante y desbordado por los acontecimientos.

Ante la inacción del gobierno, los fascistas tomaron la iniciativa: “Si la huelga no termina antes de cuarenta y ocho horas, nosotros nos encargaremos de terminarla”. La amenaza fue tan rotunda que también fue eficaz. Fue entonces cuando, en Nápoles, Benito Mussolini hizo un juramento final ante seis mil de sus combatientes alineados en formación militar impecable: “Les digo, con la solemnidad que el momento requiere, que nos darán el gobierno o lo tomaremos marchando sobre Roma, en cuestión de días o, quizá, de horas”. Era el 24 de octubre de 1922. Esa misma noche, reunido con su estado mayor, fijó para cuatro días después la fecha de la marcha. Sería el 28 de octubre.

Pero Mussolini no se engañaba: era muy improbable, casi imposible, que la marcha concluyera con la toma del poder. Por eso prefirió quedarse en Milán, donde tenía su cuartel general en las oficinas del diario Il Popolo, en cuya portada publicó el 27 una proclama feroz “contra una clase política de cretinos e idiotas que en cuatro años no ha sido capaz de darle un auténtico gobierno a nuestra patria”. Además, ante la posibilidad cierta de que la marcha fracasara y de que hubiera retaliaciones, improvisó un plan para huir en automóvil a Suiza. Y aguardó con impaciencia y ansiedad.

Cumpliremos nuestro deber…

El gobierno, declarándose prudente y paciente, siguió asomado a la ventana. Y el 28 miles de fascistas se lanzaron a las carreteras. A las pocas horas comenzaron a llegar —por teléfono y, sobre todo, por telégrafo— reportes de que los camisas negras requisaban vehículos y armas, tomaban prisioneros, cortaban líneas telefónicas y ocupaban edificios públicos, estaciones de trenes y polvorines del ejército. Desde el mediodía cayeron lluvias torrenciales en gran parte del país, que no disuadieron a las huestes enardecidas de Mussolini pero sí crearon más confusión sobre la situación política. Nadie sabía el alcance preciso de lo que estaba ocurriendo.

Ante el riesgo de que la situación se desbordara, el gabinete había declarado ya, esa mañana, el estado de guerra, que si bien requería la firma del rey había servido para movilizar algunas unidades militares, que ya estaban asumiendo la administración civil en zonas estratégicas y destruyendo tramos de las vías férreas y cerrando carreteras para obstaculizar el avance de los fascistas y sus operaciones de abastecimiento. (“Con muy poca efusión de sangre, utilizando un número mínimo de tanques y aviones, el ejército hubiera podido desbaratar fácilmente el avance fascista”, según la evaluación de Laura Fermi, biógrafa de Mussolini, un diagnóstico compartido por la mayoría de los historiadores.)

La verdad era que los fascistas avanzaban a tientas, guiados por jefes locales sin ninguna visión estratégica y siguiendo un plan general vago y parcial, sin información actualizada de lo que estaba sucediendo con el resto de sus camaradas. Iban, además, mal armados, con pocas municiones y casi sin agua. No estaban previstos campamentos ni algún lugar para acuartelarlos. Reinaba la improvisación.

Pero también el gobierno estaba mal informado, porque no sabía con algún grado de certeza cuánta gente avanzaba hacia Roma ni de qué armamento disponía. Todos eran cálculos y suposiciones. Lo que, sumado a la indecisión invariable de Luigi Facta, hizo que campeara la pasividad.

Antes de firmar la declaración del estado de guerra, el rey Víctor Manuel III hizo consultas con varios generales: si el ejército recibía la orden de enfrentar a los fascistas, ¿lo haría? La respuesta fue elocuente: los militares cumpliremos con nuestro deber, pero tal vez sería mejor que no nos pusieran a prueba…

El rey, consciente de las simpatías que despertaba el fascismo entre la oficialidad, se negó a firmar el decreto. (Sabía también que Mussolini había admitido que “la vida italiana depende en grado muy considerable de la monarquía, encarnada en la Casa de Saboya”.) Facta, entonces, tuvo que revocar el estado de guerra. El ‘Duce’ comprendió de inmediato que el pánico había cundido en Roma.

En Bolonia, con Benito Mussolini al frente, en la Marcha sobre Roma, 1922.
En Bolonia, con Benito Mussolini al frente, en la Marcha sobre Roma, 1922. Los camisas negras fueron organizados por Mussolini como el instrumento de acción violenta por parte de su movimiento fascista. Fotografía: wikimedia.org

El poder tan ansiado

Mussolini se supo ya, con razón, el dueño de la situación. El poder tan ansiado, desde sus años de socialista arrogante y peleador, al fin estaba al alcance de la mano. Se había sentido desde joven el ejemplar ideal del superhombre de Nietzsche, dotado de una voluntad indomable de poder, una inteligencia superior y una intuición infalible, que le habían permitido capitalizar en su favor la frustración tremenda causada por el Tratado de Saint-Germain-en-Laye, firmado en 1919, al término de la Primera Guerra Mundial, en el que al Reino de Italia se le habían hecho unas concesiones territoriales y económicas escuálidas, a pesar de los ofrecimientos hechos por Gran Bretaña y Francia en 1914 para que las tropas italianas entraran en combate contra las Potencias Centrales.

Habían transcurrido tres años y medio desde que creó los ‘Fasci di Combattimento’ y menos de un año desde la inscripción del Partido Fascista y ya Benito Mussolini estaba a las puertas del poder. El gobierno se desmoronaba y, con la capital tomada por los camisas negras, al rey no iba a quedarle otro camino que llamar al ‘Duce’ para que restaurara el orden en Italia. Y es que, por esos días, Europa entera estaba sumida en una crisis económica y social profunda, después de la Gran Guerra (en la que, por primera vez, había desaparecido la distinción entre militares y civiles: la matanza había sido indiscriminada), a lo que se añadía la epidemia de gripe española. Toda esa década, la de los veinte, sería de pobreza y tristeza.

Pero en Italia a esa crisis se agregaba la frustración por el reparto geopolítico de la posguerra. Era un reino joven, nacido en 1861, separado muchos siglos del esplendor del Imperio Romano. Aspiraba, como todo gran país de aquellos tiempos, a tener colonias. Pero no le habían asignado casi nada. Y esa frustración estalló en la forma de una radicalización política que se trasladó a las calles, en las que primero los socialistas y después los fascistas crearon grupos de choque que se enfrentaron sin tregua. Y, con el camino abierto por Gabriele D’Annunzio, Mussolini supo por dónde debía dirigirse hacia el poder.

En efecto, el poeta se había acostumbrado durante la guerra a una vida belicosa, de aventuras, riesgos altos y exaltación del valor (Friedrich Nietzsche, otra vez), y en septiembre de 1919 había dirigido una fuerza militar que copó la ciudad de Fiume, forzó la salida de las tropas aliadas de ocupación y la incorporó al Reino de Italia. La denominó Reggenza del Carnaro y, partiendo de instituciones comunales de la Edad Media, agrupó a los productores (“los únicos que pueden llamarse verdaderos ciudadanos”, dijo) en diez corporaciones autónomas, que cobraban sus propios impuestos y creaban sus insignias, emblemas, ceremonias y ritos. Fue el primer ensayo de un Estado corporativista. D’Annunzio había marcado el rumbo que seguiría Mussolini.

El 28 de octubre de 1922, con los camisas negras ocupando Roma y el estado de guerra revocado, Luigi Facta renunció: su gobierno estaba caído. El rey intentó, al apuro, que se formara alguna coalición amplia y moderada para salir del paso. Pero a esas alturas ya todo era en vano, porque Mussolini sabía que sin los fascistas no podría haber un gobierno duradero. Y él no quería una parte del poder. Quería todo el poder. Y Víctor Manuel III, de la Casa de Saboya, tuvo que ofrecérselo. El Duce llegó a Roma el 30. El régimen fascista había empezado.

El 27 de abril de 1945, al amanecer, Benito Mussolini fue detenido en un retén de partisanos comunistas cuando intentaba huir a Suiza. Para entonces, ya toda esperanza estaba perdida: la derrota de los nazis en la batalla de Stalingrado, terminada en febrero de 1943, había cambiado el rumbo de la Segunda Guerra Mundial en favor de los aliados, que en julio de 1943 desembarcaron en Sicilia y, al mando del mariscal Bernard Montgomery, atravesaron raudamente Italia. En un intento desesperado por salvar su trono, Víctor Manuel III destituyó al ‘Duce’, ordenó su detención y nombró un nuevo jefe de gobierno, con la instrucción expresa de negociar la paz.

El 12 de septiembre fue liberado por un comando alemán de paracaidistas, que le transmitió una orden categórica de Hitler: establecer en las zonas bajo control militar nazi un nuevo país. Fue la República Social Italiana, con capital en Saló. Mussolini era el jefe del gobierno, pero en realidad quienes mandaban eran los alemanes. Sin embargo, ya todo era inútil: el avance aliado fue arrollador, por lo que en abril de 1945 Mussolini trató de escapar. Lo capturaron el 27.

Al atardecer del 28 llegó la decisión del Comité de Liberación Nacional, formado, con respaldo aliado, por los opositores al fascismo: Mussolini debía ser fusilado “como un perro rabioso”. La orden fue cumplida sin demora. Después, su cadáver fue ultrajado por la multitud y, junto al de su amante, Clara Petacci, colgado boca abajo, de un poste. Dos días más tarde, el 30 de abril, Adolf Hitler se suicidó en Berlín. La guerra europea terminó el 8 de mayo y, con ella, la era del nazismo y del fascismo.

¿Qué fue (o es) el fascismo?

Benito Mussolini fascismo.
Benito Mussolini.

“El fascismo —palabras de Benito Mussolini, julio de 1919— es un movimiento de realidad, de verdad y de vida. Es pragmático. No tiene ‘ismos’ apriorísticos ni finalidades remotas. No promete los habituales cielos del idealismo. No pretende vivir eternamente. Ni siquiera mucho tiempo”. En aquellos días el fascismo era nada más que una idea, difusa aunque impetuosa, sin diseño preciso, nacida de la frustración de millones de italianos por unos acuerdos de posguerra a los que consideraban mezquinos con su país.

Tan difusa era la idea que con demasiada frecuencia una declaración contradecía a la otra. Mussolini lo justificó diciendo que “nos permitimos ser revolucionarios y reaccionarios, aristocráticos y democráticos, legalistas y anarquistas, todo, según las circunstancias de lugar y tiempo en que tengamos que vivir y actuar”. Había, no obstante, un plan político básico, el “Programma di San Sepolcro”, publicado el Il Popolo cuando fue creada la organización nacional de los ‘Fasci di Combattimento’.

Dividido en cuatro áreas (política, social, militar y financiera), el Programa del Santo Sepulcro esbozó de manera muy elemental lo que sería la esencia del fascismo y de los movimientos afines, como el nacionalsocialismo alemán y el falangismo español: el corporativismo. “Queremos la formación de un consejo nacional con trabajadores técnicos de todos los sectores, elegido por la colectividad profesional o por ocupación, con poderes legislativos”. Ese cuerpo colegiado sería el mayor órgano político, sólo por debajo del Consejo Nacional Fascista.

El resto del programa eran generalidades y golpes de efecto (salarios mínimos y jornadas máximas, revisión de los contratos con el Estado, nacionalización de las fábricas de armas, impuestos extraordinarios al capital, confiscación de los bienes de las órdenes religiosas…), por lo que, en ausencia de una doctrina pulida, el fascismo fue moldeándose en el ejercicio del poder a partir del 28 de octubre de 1922.

En esos veintiún años, hasta que Víctor Manuel III le retiró el poder (pues en la República Social Italiana ya no mandaba Mussolini), el fascismo se delineó como una ideología totalitaria, enemiga de la democracia liberal, ultranacionalista y militarista, que se afirma en la exaltación del líder y de valores como la patria o la raza y que se sustenta en una disciplina rígida y un apego total a las cadenas de mando. Cree también en la movilización permanente de las masas, el control absoluto de la educación, la información y la opinión y en la neutralización de toda voz que atente contra la unidad nacional y el pensamiento oficial. Plantea, además, una economía mixta para lograr la autarquía mediante políticas económicas proteccionistas e intervencionistas.

Con la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento de las atrocidades cometidas en esos años, en especial el Holocausto, los términos “nazi” y “fascista” se volvieron peyorativos. “Fascismo”, en particular, ha sido aplicado desde entonces —erróneamente, por lo general— a cualquier movimiento político o gobierno con perfiles autoritarios o nacionalistas, al extremo de que los contornos de la ideología fascista han quedado difuminados y se han vuelto borrosos. Mussolini sin duda se sorprendería sabiendo con cuánta soltura se usa hoy el término que él forjó para tomar el poder hace exactamente cien años.

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