Falta de atención
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Falta de atención

María Fernanda Ampuero

Cuando ustedes lean esto ya será el futuro. Ustedes sabrán mucho mejor que yo ahora qué pasó con este planeta, ¿pudimos parar la plaga? ¿Murieron millones de personas? ¿Billones? ¿Me morí yo? ¿Se murió mi madre? Díganme que no se murió mi madre. Pienso en ustedes, lectores del futuro (porque un mes, dos meses, ya parecen un futuro lejanísimo), que saben cosas que yo no sé y los envidio. La sensación de incertidumbre, tan hermana del terror, mata poquito a poquito: el virus del espíritu. Mientras ustedes leen en el futuro, yo les escribo del presente. Hay toque de queda, así que abajo, en la calle, pasan nada más un policía motorizado, dos. El resto es silencio. La ciudad de Quito al otro lado de mi ventana parece una foto fija a la que le borraron con Photoshop las personas y los carros. Parece, digo, el fotograma de una película apocalíptica. Parece también algo que algún loco inventó. Díganme, por favor, que se acabó. Díganme, por favor, que en el futuro nos hemos vuelto a mover como cuando se quita la pausa a un video. Díganme, de verdad se los pido, que vencimos. Hoy, en el pasado de todos ustedes, donde yo estoy, lo que teníamos se transparentó hasta desaparecer. “Todo lo sólido se desvanece en el aire”, tituló Berman a su libro, y así vimos nuestras cotidianidades convertirse en deseos, en imposibles, en pasado. Es impensable hoy y ahora hacer algún plan de futuro. Nada más salir al supermercado se ha convertido en una aventura y, para algunos, en una fatalidad.

Transitamos las calles tan familiares con sensación de peligro. La ciudad que se ha tomado el virus, la ciudad enferma, genera desconfianza. Nadie se besa. Nadie se abraza. Cubrimos la mitad de nuestras caras con una mascarilla que nada más muestra unos ojos aterrados tal vez no por hoy, sino sobre todo por mañana. Mañana. Qué frágil era todo, ¿no? La certeza de que el lunes y que el miércoles y que el jueves nos asomaríamos a la ventana a ver el tráfico despiadado de Quito, maldeciríamos la hora, tomaríamos el café, saldríamos a trabajar. Y ahora el lunes, el miércoles y el jueves miramos por la ventana a la nada. Hay quien dice que en el futuro, donde ustedes viven, le daremos play otra vez a la vida, pero que nunca volveremos a ser iguales: esta pandemia, dicen, cambiará el tuétano del espíritu del ciudadano del siglo XXI. Vaticinan que seremos más solidarios, más conscientes, más respetuosos con el mundo y sus criaturas, más, ¿cómo decirlo?, humanos.

Yo no voy tan lejos. Mi pesimismo, fiel como un perro, no ha hecho más que acercarse a mí para que le acaricie su pelaje rasposo. Mientras paso mi mano por su cabezota oscura, recuerdo el poema Falta de atención de Wislawa Szymborska y nada más espero que nunca más vivamos sin sorprendernos de la inmensa maravilla de la cotidianidad. “Ayer me porté mal en el cosmos. Viví todo el día sin preguntar por nada, sin sorprenderme de nada. Realicé acciones cotidianas, como si fuera lo único que tenía que hacer. Aspirar, espirar, un paso tras otro, obligaciones, pero sin pensamientos que fueran más allá de salir y volver a casa. El mundo podría ser tenido por un mundo loco y yo lo tuve para mi propio y trivial uso”.

Falta de atención Wislawa Szymborska.

Ilustración: Maggiorini
Edición 456-Mayo 2020

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