“Fallamos, pero al final la mataremos…”
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“Fallamos, pero al final la mataremos…”

Fallamos

Por Jorge Ortiz

            “Que esto sirva de lección”, dijo, sin ningún remordimiento e incluso con mucho orgullo, el portavoz de los talibanes paquistaníes cuando se supo que uno de sus comandos, armado hasta los dientes, había atacado a balazos a una niña de quince años, sola e indefensa, y —según se creyó al principio— la había matado de un tiro en la cabeza.

            Más tarde, cuando se supo que la niña había sobrevivido de milagro, aunque estaba herida de gravedad e inconsciente, la reacción del portavoz talibán fue aún más resuelta y, literalmente, lapidaria: “esta vez fallamos, pero al final la mataremos…”.

            La condenada a muerte es, y ya el mundo entero la conoce, Malala Yousafzai, una niña linda y valerosa, que cometió el pecado inexpiable de querer ir al colegio y, peor todavía, de reclamar que todas las niñas, como ella, puedan hacerlo. Algo intolerable para quienes están convencidos, como lo están los feroces talibanes afganos y paquistaníes, de que para las mujeres las funciones reproductivas y domésticas son anteriores y superiores a cualquier formación intelectual y profesional.

            Y es que en esa zona (toda la tensa e inmensa franja fronteriza entre Afganistán y Paquistán, donde los talibanes ejercen una influencia decisiva e incluso controlan militarmente extensas áreas) la educación es, casi, un privilegio masculino: en 200 de los 412 distritos en que está dividido el territorio afgano las niñas están impedidas de ir al colegio, por imposición de los barbudos combatientes del islamismo radical.

            Los motivos talibanes son evidentes: las niñas educadas se casan más tarde, tienen menos hijos, adquieren independencia económica y, como consecuencia, asumen el control de sus vidas, lo cual afecta al sistema patriarcal defendido por los intérpretes más puritanos del islam beduino.

            Por eso, 43 por ciento de las niñas que viven en las zonas controladas por los talibanes, a uno y otro lados de la frontera, están casadas, quieran o no quieran, antes de los 18 años. Y, también por eso, su promedio de escolaridad es de 5,9 años, muy por debajo del promedio mundial de 11,6.

            En 2009, cuando los talibanes tomaron el valle del Swat, en Paquistán, cerraron todas las escuelas. El padre de Malala, que era rector de un colegio, se quedó sin trabajo, y Malala sin tener dónde estudiar. Por entonces aparecieron en Mingora, la capital de la región, unos periodistas que, recogiendo testimonios, hablaron con la niña y, después, difundieron su queja por el cierre de su escuela. Su valentía y elocuencia hicieron que cada vez más periodistas la buscaran. Y Malala se hizo famosa.

            Unos días después del atentado, mientras Malala empezaba su recuperación lenta y difícil en un hospital inglés, otra niña de su edad fue decapitada en la misma región, pero al otro lado de la frontera, en el distrito de Khanabad, porque se negó a casarse con un pariente que, rechazado y ofendido, se sintió en el deber de castigar a quien había violado el atávico código de las tribus pastunes, que priva a las mujeres de casi todo derecho a decidir.

            Y es que, diez años después de haber sido expulsados del poder por las tropas americanas, los talibanes empezaron a salir de sus cavernas, a bajar de las montañas y a desenterrar sus fusiles. Y hoy ya controlan cientos de aldeas, donde están haciendo lo que hicieron entre 1996 y 2001: quemar escuelas, prohibir que las mujeres estudien y trabajen y confinarlas a cal y canto en sus casas. Y a quienes se oponen, como Malala, se les dispara un tiro en la cabeza. Y punto.

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