
El fútbol tiene la capacidad de cambiar vidas en cuestión de segundos. Everardo Rose lo sabe bien. El delantero panameño, nuevo refuerzo de Universidad Católica, habla con la serenidad de quien ha entendido que el balón no solo representa una profesión, sino una herramienta de transformación personal y colectiva.
Su llegada al fútbol ecuatoriano no es solo un fichaje internacional más, sino la historia de un jugador que trae consigo raíces, cultura y una mentalidad forjada en la élite del fútbol centroamericano.
Mundial 2026 y raíces
Ser parte de la selección de Panamá marcó un antes y un después en su carrera. Haber integrado el grupo que consiguió la histórica clasificación al segundo Mundial de su país le permitió dimensionar el verdadero impacto del fútbol en la vida de un deportista. “Ahorita me doy cuenta que el fútbol nos puede cambiar la vida en un momentito”, reconoce Rose, con la claridad de quien ha vivido el sueño máximo de cualquier jugador.
Ese orgullo panameño lo acompaña a donde vaya. Para él, Panamá no es solo un lugar en el mapa, es una identidad que lleva “siempre en el corazón”. Desde sus costumbres hasta su gastronomía, Everardo no renuncia a sus orígenes. Entre risas, confiesa que uno de los sabores que más extraña es el del “saus”, un plato tradicional panameño a base de pata de cerdo, similar a un ceviche, que representa esos pequeños vínculos cotidianos con su tierra.
En Ecuador, sin embargo, ya empieza a construir nuevos afectos. Aunque su proceso de adaptación culinaria aún está en marcha, hay un plato que ya se ganó su preferencia: el “encebollado”. Así, entre sabores conocidos y nuevos descubrimientos, Rose se va integrando a la cultura local, una experiencia que describe con gratitud por el trato humano que ha recibido. Para él, una de las mayores similitudes entre Panamá y Ecuador es la calidez de su gente: “te reciben, te hacen sentir como uno de su familia”.
Altura, frío y adaptación
La adaptación no ha estado exenta de desafíos. Quito le presentó dos rivales inesperados: el frío y la altura. Aunque ya muestra avances respecto a sus primeros días, admite que sigue batallando con las condiciones geográficas, una prueba física y mental que asume como parte de su crecimiento profesional.
En ese proceso, el camerino se ha convertido en un espacio clave de integración. La convivencia con jugadores ecuatorianos ha sido natural y cercana, formando rápidamente una “linda familia”, donde la complicidad, el humor y hasta la jerga local se comparten. Palabras como “ñaño” ya forman parte de su día a día, reflejo de una adaptación que va más allá de lo futbolístico, menciona que tiene una buena relación con todos, sin embargo siente una mejor afinidad con Carlos Medina, uno de los jugadores importantes de la defensa cammarata, Rose lo describe como “jodedor”.
Dentro del vestuario, la música también ha servido como puente cultural. Artistas panameños como Barbel suenan entre los compañeros, demostrando que el intercambio cultural fluye en ambas direcciones. Aunque Rose comenta que no es él quien pone la música en el camerino, la disfruta mucho, sea cual sea la música entonada.


Crecimiento y ambición
En lo deportivo, Everardo destaca el aprendizaje constante que ha encontrado en Universidad Católica. En poco tiempo, siente que el club le ha brindado herramientas para potenciar su rendimiento, con un objetivo claro: competir al más alto nivel y pelear por nuevos campeonatos. La exigencia es alta, pero la asume con responsabilidad, no como presión. Representar a Panamá y defender los colores del club quiteño es, para él, un compromiso que honra con trabajo colectivo.
Rose entiende su rol más allá de los goles. Se define como un jugador que prioriza al equipo, consciente de que el éxito no siempre se mide en estadísticas individuales, sino en victorias compartidas. Además, asume con orgullo la posibilidad de ser un puente futbolístico entre Panamá y Ecuador, siguiendo el camino de otros compatriotas que abrieron esa puerta antes que él.
Un mensaje para las nuevas generaciones
Su historia también tiene un mensaje para las nuevas generaciones. Desde muy joven supo que quería ser futbolista, pese a que en su familia existían otras opciones deportivas como el béisbol o el baloncesto. A los 12 o 13 años comenzó su formación más estructurada, convencido de que el esfuerzo diario es el único camino. “Que no se rindan”, aconseja a los niños que lo admiran, recordando que, aunque el trayecto no es fácil, “al final del camino siempre sale la luz”.
Hoy, Everardo Rose inicia un nuevo capítulo en su vida. Con la humildad de quien aprende, la identidad de quien no olvida sus raíces y la ambición de quien quiere ganar. El delantero panameño ya empieza a dejar su huella en Universidad Católica, construyendo, partido a partido, una historia que une culturas, países y sueños a través del fútbol.

