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Eutanasia en el Ecuador ¿es momento de debatirla?

por Gabriela Verdezoto Landívar

pildoras eutanasia
Fotografía: Shutterstock

Si pudiera escoger su último día, Mónica Mayorga elegiría una comelona de hornado con jugo de guanábana, su comida favorita. Quisiera pasarlo con gente que la quiere y con Pelusa, su perra blanca con la que posa para su perfil de WhatsApp. La mascota es más que eso, es su hija, confidente y enfermera. De fondo sonaría “Sweet Sixteen” de Billy Idol, “You Got It” de Roy Orbison y “La canción de Harlem” de Fady Elkoury: “regresa a mi vida/ y te haré feliz/ te daré todo mi amor/ sin ti estoy tan solo/ vivo tan infeliz / solo con tanto dolor”.

Mónica Mayorga vive en Ibarra, tiene 51 años y padece metástasis ósea y aneurisma cerebral. Todo eso empezó el año 2015 cuando tuvo cáncer de seno. Ha tenido que lidiar con la distancia, la falta de dinero, de medicamentos, de citas y de especialistas. Las quimioterapias se las hacía en el Eugenio Espejo, en Quito. Tenía que venir sola desde Ibarra y volver con todos los efectos secundarios encima. Esperaba tres meses para una consulta médica.

Ahora se atiende en el hospital público de Ibarra, el San Vicente de Paúl, donde hay apenas un oncólogo. Toma morfina cada dos días porque los dolores son insoportables, pero la morfina también le da mucha náusea y vómito. Adicionalmente, le prescribieron cincuenta gotas diarias de Tramadol, un potente analgésico que le produce somnolencia todo el tiempo. La morfina y el tramadol le quitan la claridad sobre sí misma y su entorno. Ella lo describe como “estar en el limbo”.

Mónica camina con dificultad porque también tiene un tumor en su rodilla. Los dolores de cabeza son intensos y le hacen perder el equilibrio. Pero eso se solucionaría si ella tomara tres veces al día una pastilla que cuesta tres dólares cada una.

—Yo apoyo la eutanasia —dice Mónica—. Deberían respetar nuestra decisión, somos nosotros los que sufrimos cada día dolores extremos. Me ha tocado caminar y pasar madrugadas fuera del hospital para sacar una cita. No tengo trabajo y siento que soy una carga para los demás. Es nuestro cuerpo, es una decisión personal.

La eutanasia permitiría a pacientes como Mónica decidir sobre el final de su vida. El procedimiento se realiza en tres etapas: primero se les induce a una sedación total, luego se les inyecta relajantes musculares y, por último, potasio, que hace que el corazón deje de latir. Todo esto se hace bajo supervisión médica. Este procedimiento solo está legalizado en siete países en el mundo, entre los cuales se incluye un latinoamericano: Colombia. El primero en aprobarla fue Holanda en 2002. Le siguieron Bélgica, España, Luxemburgo, Canadá y Nueva Zelanda.

—He pensado en la eutanasia. Pero aquí no es legal. Mi caso es complicado y no tiene cura. Los efectos secundarios de las medicinas son terribles. Es difícil sentir que uno se está muriendo, mientras la gente le repite “Ya le va a pasar”, insiste Mónica.

Un debate justo y necesario

César Paz y Miño es un reconocido genetista, miembro de la Academia Ecuatoriana de Medicina, que ha sido enfático en que al menos se debe empezar a discutir sobre la eutanasia en el país.

Paz y Miño recuerda que, ya en la Antigüedad, los griegos usaban métodos de muerte piadosa en casos de malformaciones y enfermedades terminales. Se lamenta que actualmente ni siquiera se lo trate en lugares como la Asamblea Nacional. Según él, esta ausencia de discusión sobre el tema muestra que los tabúes y los sentimientos religiosos resquebrajan la posibilidad de reflexiones sociales importantes.

—Yo soy un defensor de la eutanasia y del derecho a elegir sobre nuestra propia vida. Hay pacientes que ya no pueden valerse por sí mismos, que dependen de otras personas, de los seguros de salud y hasta del sistema de salud público que no resuelve sus problemas, quitándole toda la dignidad a esa vida.

Esa ausencia de dignidad tiene un eco en la realidad de quienes viven escuchando los silbidos de la muerte. De enero de 2015 a febrero de 2019 hubo 4627 suicidios en el Ecuador, de esos, 348 tuvieron como presunta motivación una enfermedad terminal, según datos de la Dirección Nacional de Delitos Contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Extorsión y Secuestros de la Policía Nacional (Dinased).

Un estudio del abogado José Luis Vázquez, de la Universidad Andina Simón Bolívar, va más allá de la mera especulación y evidencia que la cuarta causa del suicidio en el país es padecer una dolencia catastrófica.

—Esa idea religiosa de “soportar la vida como venga” no nos permite reflexionar sobre los derechos personales —dice Paz y Miño— pero hay personas que ya no quieren seguir viviendo en condiciones médicas completamente desfavorables.

Aclara que la eutanasia no tiene relación con el suicidio, de hecho, prefiere llamarla “muerte médica asistida” y explica que el proceso, en los países donde se la ha aprobado, incluye la evaluación de un comité médico, el pedido y la voluntad expresa del paciente y la comprobación de un estatus psicológico estable.

En el Ecuador no hay normativa alguna y cualquier médico que aplique una eutanasia podría ir a prisión por homicidio.

La muerte digna

El padre Alberto Radaelli no pudo despedirse de su madre cuya vida se apagó en una sala de cuidados intensivos. Eso lo motivó a crear la Fundación Ecuatoriana de Cuidados Paliativos (Fecupal). Radaelli no apoya la eutanasia porque la considera “un crimen a la vida”.

La Iglesia católica no aprueba esta práctica. Una muestra de su postura la dejó ver el papa Francisco, el 22 de octubre de 2022, cuando fue enfático al aseverar que “Si matamos con justificaciones, acabaremos matando cada vez más”. Lo dijo en Francia, en una convención que es parte de los debates de ese país que está camino a tratar una ley sobre la eutanasia.

—El acto más humano es ver morir en tranquilidad a un ser amado —dice Radaelli.
Con lo que sí está de acuerdo Radaelli es con la sedación terapéutica, porque para él este camino es completamente opuesto a la eutanasia. “Es dormir a la persona para que no sufra los dolores, molestias y estragos del cuerpo en sus últimos momentos”.

El director de Fecupal es partidario de lo que se denomina muerte digna, que consiste en “acompañar a la persona hasta el final de sus horas de manera natural, tan solo con medicación contra el dolor, sin adelantar las decisiones de Dios”.

En sus veinticinco años asistiendo a personas para que tengan una muerte digna, Radaelli confiesa que hay partidas que lo han marcado. Está la de Julexi, una joven que llegó desahuciada y cuyo último deseo era ir al mar. Cuando supo que su cuerpo no iba a resistir más, dejó el centro médico donde se trataba y se fue con su familia a la playa. Falleció al día siguiente. O la partida de Jess, de veinticuatro años, que tenía tantos dolores que optó por la sedación terapéutica, luego de terminar un cuadro en el que agradece todo el apoyo a la fundación.

La memoria del cura lo lleva luego hasta Joaquín, un niño de cinco años con una enfermedad terminal que pidió un helado a las doce de la noche. Radaelli cuenta que, por suerte, encontró uno de vainilla en la cocina y se lo dio. Joaquín lo disfrutó como quizá nadie lo haría. En el televisor pasaban Los Pitufos cuando el pequeño se acabó el helado y su brillo se apagó. Era la 01:15.

El otro caso es más reciente, ocurrió hace poco y Radaelli lo aborda con un dejo de protesta. “Hace unos días murió un niño de tres años. Estuvo aquí mes y medio. Tenía un tumor cerebral. Nunca le dieron el pase a un hospital público. Eso es una eutanasia social y lo digo en voz alta”. Su fe y sus convicciones no le impiden reconocer que al sistema de salud actual parecería que “le saldría más barato legalizar la eutanasia que dar presupuesto para expandir los servicios de cuidados paliativos”.

Padre Alberto Radaelli eutanasia
El padre Alberto Radaelli, presidente de FECUPAL y Director Administrativo Hospice San Camilo.

Cómo vivir la muerte

En 2006 el doctor Gustavo Dávila y Alex, su hijo adolescente que padecía de cáncer, regresaron al Ecuador. Alquilando una avioneta privada, dejaron atrás quince meses de hospital y encierro. En Quito los dos días de vida que le pronosticaron los médicos en Estados Unidos se volvieron diez de abrazos, risas, llantos, besos, promesas, legados y paz.

Ese mismo año Dávila, como se lo prometió a su hijo, empezó a ofrecer cuidados a personas con cáncer y ha visto morir a miles ellas. Dice que apoya los cuidados paliativos, ese es su trabajo diario. Quienes lo conocen y han escuchado sus palabras de aliento, en los grupos de apoyo de la Fundación Jóvenes Contra el Cáncer, lo consideran como su segunda familia.

Esta fundación también está a favor de los cuidados paliativos que proponen acompañar a los pacientes hasta su fin y según su voluntad. Esto puede incluir el rechazo a intervenciones médicas extremas como intubaciones, alimentación por sonda o procedimientos que no aseguren una curación. Solo se les provee medicamentos para paliar el dolor. Si la decisión del paciente es que no le den reanimación en caso de un paro cardiaco, habría que respetar ese pedido. También es acompañar psicológicamente a la familia.

Es cumplir sus deseos, es festejar el tiempo que queda.

De acuerdo con Dávila siete de cada diez jóvenes con cáncer —a quienes opta por llamar guerreros— han preferido morir en sus casas. No quieren partir rodeados de equipos médicos porque, en muchos casos, su angustia se ahonda con el sonido de las máquinas de los hospitales.

—La muerte digna es ir más allá de la medicina, es humanizarla. Es entender la muerte, aceptarla, vivirla, abrazarla —explica Ruth, una dedicada voluntaria en la organización Jóvenes Contra el Cáncer.
Ella rechaza la eutanasia y cree que la solución es el acompañamiento paliativo hasta el final.
Dávila vive para ofrecer ayuda y apoyar a pacientes con cáncer y enfermedades terminales, sin embargo, ha visto tantas situaciones que no puede oponerse a que alguien decida, por una enfermedad terminal, poner fin a su vida.

—Estoy de acuerdo con la eutanasia —dice—. He visto chicos amputados una pierna, luego otra, que comen por sonda, que ya no tienen independencia y cuya voluntad era no seguir, pero no tuvieron la opción. El guerrero entrega todo, pero hay momentos en que deja caer su espada y, aunque es duro, tenemos que respetar ese proceso y esa voluntad. Hay quienes intentan mantener o reanimar a sus seres queridos a pesar de que ellos ya quieren descansar. Entonces, sí, en eso es imprescindible un testamento vital y que la persona, desde las primeras fases y con todo el conocimiento, deje claro qué puede soportar, qué no y hasta cuándo.

Las posiciones son distantes, sin embargo, tanto quienes defienden como quienes rechazan la eutanasia están de acuerdo en algo: hay que empezar a hablar de las condiciones en que llega la muerte a los pacientes terminales.

Mientras tanto, Mónica Mayorga recuerda que son muchas personas las que están en la misma situación que ella. Entre los dolores, los medicamentos, la somnolencia y, acompañada de Pelusa, cuenta sus pesares a su muro de Facebook. Al mismo tiempo, su atención coquetea con los memes y la música romántica.

Distanasia

Otra opción, es la distanasia. Consiste en utilizar la medicina, la tecnología y la ciencia hasta el final. Es prolongar la vida con todos los métodos posibles. También se la conoce como ensañamiento terapéutico. Sin embargo, es una prolongación que puede llegar a ser dolorosa, costosa y tan poco digna porque no se toman en cuenta los deseos y las decisiones del paciente, sino las de los médicos y la familia.

Suicidio asistido

mat jean luc godard suicido asistido

Jean Luc-Godard, el famoso cineasta francés, sí pudo tomar la decisión de cuándo y cómo morir. Lo hizo gracias a la opción de suicidio asistido. Él quiso morir la mañana del 13 de septiembre de 2022 en su casa en Suiza, acompañado de sus familiares. Y así fue. Tomó el medicamento recetado por el médico y su vida se apagó. A esto se le llama suicidio asistido.

Esta forma de morir, que no es sinónimo de eutanasia, está regulada en Alemania, Suiza, un estado en Australia y nueve en Estados Unidos.

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Acerca de Gabriela Verdezoto Landívar

Periodista, geógrafa y viajera. Cursa la maestría de literatura con mención en escritura creativa en la Universidad Andina Simón Bolívar. Finalista del concurso Excelencia Periodística de la SIP 2022. Madre de dos niños pequeños.
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