
El Estudio de Actores se ha convertido en un espacio de aprendizaje y exposición escénica que ha formado a varios personajes de la movida cultural quiteña. A través de algunos elementos del guion teatral, contamos su historia.
Argumento
Esta historia podría iniciar en septiembre de 2011, cuando se fundó el Estudio de Actores. Pero eso sería como pensar que una obra se reduce a su estreno y todos sabemos que nace mucho antes.
León Sierra Páez (Quito, 1974) disfrutaba de las noches de teatro y de la bohemia española, hasta que la burbuja inmobiliaria reventó en 2008. Durante dieciséis años, Madrid fue su espacio de aprendizaje. Allí no solo se formó como actor y director, sino también como realizador de audiovisuales y productor de espectáculos.
En ese tiempo, fue parte del engranaje cultural madrileño: desde la sala alternativa Ensayo100, de la que fue comisario de programación, hasta la Escuela de Actuación del argentino Jorge Eines, donde fue parte del equipo docente. Durante más de una década, León absorbió las experiencias, la disciplina y la pasión por las artes escénicas.
La crisis económica lo obligó a regresar a Ecuador. Daba clases en el InCine, pero sentía que solo dos meses en cada semestre eran muy poco para enseñar actuación. Fue entonces cuando tomó un camino diferente. Inspirado en Eines, su mentor, replicó su modelo pedagógico en Quito.
Así nació hace quince años el Estudio de Actores como un espacio de creación de personajes a través de la improvisación. El ensayo constante es la columna vertebral en tres etapas, repartidas anualmente: los naturalismos (crear un vínculo entre actores desde las vivencias), realismos (el inicio de un distanciamiento de lo personal para crear un personaje) y estilos (un cuerpo entrenado para interpretar cualquier papel).

Escena
Ingresar al Estudio de Actores es como pasar a ser parte de un fotograma de una película de Pedro Almodóvar. Sillones de diversos colores y una variedad de afiches de distintas obras estallan frente a los ojos del visitante.
Así es la sala de espera que da la bienvenida dentro de una antigua casa del Centro Histórico. Todo se apaga cuando se cruza un pequeño corredor y se entra al teatro; una caja negra de 9x5 metros cuadrados con quince butacas que están listas para recibir al público.
Estas pueden multiplicarse hasta llegar a sesenta. Todo depende de la puesta teatral y del espacio que se necesite para ponerla en marcha, o pensando en la cantidad de audiencia.
Que una obra tenga éxito es relativo. León explica que muchas veces se han presentado propuestas noveles y revientan en acogida. Mientras que actores conocidos y con mayor difusión han saboreado la soledad de las sillas. “Esto es un misterio y sucede en Ecuador o España”, asegura.
Durante cinco años el Estudio de Actores funcionaba en una pequeña sala del barrio Bellavista, en el norte de Quito. Desde 2016 se encuentra en las calles Manabí y Benalcázar gracias a una “renta más que solidaria, humana” por parte del papá de Gonzalo Estupiñán, una de las caras más visibles del proyecto.
Dos causas motivaron la mudanza al casco colonial quiteño: pensar al teatro desde un decrecimiento económico (una reducción en cuanto a producción sin alterar la calidad); y la inspiración del afamado grupo teatral colombiano La Candelaria, que se asienta en el centro bogotano.

Personajes
Si bien León es el personaje central de la puesta en escena llamada Estudio de Actores, no es el único. Un elenco coral se ha ido construyendo a través de los años. Al principio, acogió a algunos egresados del InCine, así como a otros interesados en una formación más rigurosa.
Entre esos personajes están Diego Coral, Fabián Patinho, Gonzalo Estupiñán y Daniela Sánchez B. Ellos sintetizan el trabajo colectivo que se ha desarrollado en esta sala. Patinho escribió ‘Las mentiras de Autora’, la cual ha sido dirigida por Coral y cuenta con las actuaciones de Estupiñán y Sánchez.
También entran en escena Daniel Gudmudsson, Juan Sebastián Ruales y Ana Lía Borja, ahora docentes del Estudio de Actores. Ellos han interrelacionado su trabajo. Fueron parte del remontaje de la emblemática obra Años 90. Borja dirigiéndola y sus compañeros interpretándola.
Lorena Robalino es otra actriz fruto de la sala experimental. Este rostro reconocido de la pantalla ha participado en adaptaciones como Háblame como la lluvia y déjame escuchar o Mary para Mary. Esta última un monólogo que encara a la filósofa feminista Mary Wollstonecraft junto a su hija, la novelista Mary Shelley (autora de ‘Frankenstein’), y que ha traspasado el telón del Estudio de Actores.
Carmen Elena Jijón, Joce Deux, Juan Daniel Terán, Nathaly Guamán, Tadeo Lugo se suman a estos y otros personajes de la movida teatral quiteña producto de este espacio.
Estudio de Actores
- Cuenta con un espacio permanente de entrenamiento llamado gimnasio actoral.
- Tras tres años de formación, proponen La Cantera del Estudio. Durante dos años los estudiantes van trabajando sus producciones para presentarlas.
- La sala del Teatro Sangre, ubicada en la Casa Santa Bárbara (García Moreno y Manabí) se suma al Estudio de Actores.
- Para más información, cartelera y clases puedes revisar: https://www.estudiodeactores.net/inicio

Diálogo
Para romper la cuarta pared y conectarse con el público, en el Estudio de Actores no solo se crean obras propias. Varios dramaturgos y escritores son parte de las exploraciones, tanto para los estudios como para los montajes.
Textos del grupo español La Tristura o escritos de los ecuatorianos Jorgenrique Adoum y Santiago Vizcaíno se han llevado al escenario. Como parte de este menú teatral también aparecen autores que han trascendido en el tiempo como Tennessee Williams, Antón Chejov y Bernard-Marie Koltès.
En cuanto al proceso de formación, las reflexiones del ruso Konstantín Stanislavski sirven de base. “No trabajamos con su primer momento, el de las emociones, sino con un segundo Stanislavski, ese que se centra en las acciones físicas”, detalla León.
Esto se complementa con el método Suzuki y la técnica Viewpoints. Ambas exploran lo instintivo y se concentran en lo que pueda transmitir el cuerpo: que movimientos y gestos rompan las fronteras del idioma y quiebran las barreras entre intérpretes y espectadores.

