Estrella mía.
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Estrella mía.

Por Milagros Aguirre.

Ilustración: Adn Montalvo E.

Edición 449 – octubre 2019.

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Tengo ahora una estrella que acompaña mi camino. Quiero creer que es así. Que va conmigo y junto a mí, con sus ojos brillantes y juguetones.

Mi estrella fue valiente como nadie. Generosa como nadie. Adoptó a todas mis amistades desde que yo era una niña y las hizo suyas. Abrió siempre las puertas de la casa y acogió con una sonrisa cálida a todos quienes pasaron por su vida y por la mía. Gran anfitriona, con flores siempre para alegrar la casa, siempre con elegancia y con una alegre vanidad.

No dejó que momentos oscuros le nublaran la vista. Los vivió, sí. Y lo hizo con intensidad, caminando al filo del abismo. Mi estrella cariñosa y solidaria, cómplice, amiga y compañera. Estaba siempre atenta al mundo y a sus problemas, siempre por la justicia, siempre indignada con la corrupción, siempre por las libertades. Mi estrella trabajó con los más débiles y marginados, los enfermos mentales, devolviéndoles el color y la sonrisa, y lo hizo sin pretensiones: solo acompañando, riendo, caminando junto a ellos.

Mi estrella se paraba de cabeza por los nietos y repartía en cuatro partes iguales lo poco que tenía. Y escribía cuentos, cartas de navegación y cartas a la locura, con una dosis de humor y otra dosis más grande de poesía. Y pintaba flores de todos los colores en madera, en tela o en cerámica porque no podía estar quieta. Mi estrella ponía siempre agua en las raíces de sus amistades y estas crecían fuertes y diversas. Mi estrella siempre acertó a descubrir al asesino de la serie policial y siempre gozó con el sabor del chocolate.

Mi estrella fue muy amada. Nos enseñó el valor de las cosas pequeñas, las cosas que no se ven. Le gustaba caminar y madrugar. Caminaba horas enteras recorriendo la ciudad y sus veredas. De vez en cuando se detenía para saborear un buen café. No desmayó cuando empezó a faltarle el aire. Nunca desmayó, aunque dar cuatro pasos se convirtieron en un esfuerzo tan grande como subir una montaña. Pero no se detuvo, siempre con ganas, siempre con ánimo y con coraje, enseñándonos lo único importante: respirar profundo, inhalar y agradecer por cada segundo del soplo de la vida.

Cuando faltaba el aire más seguido, ella cerraba los ojos pero no para descansar, sino para  recorrer las calles de Buenos Aires y sus cafés, las calles de París, las plazas de Madrid, iba a los museos, al teatro y a los conciertos, tomaba un buen vino o un jerez en Estambul o en Barcelona. Abría los ojos y nos contaba de sus viajes y compartía los libros que la invitaban a descubrir otras tierras más lejanas que algún día, cerrando los ojos, visitaría.

Tengo hoy una estrella que me toma de la mano, ríe conmigo, habla de amor, inventa recetas. Hoy es estrella y es mi más lindo recuerdo.

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