Espinosa, la historia y la guitarra.
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Espinosa, la historia y la guitarra.

Por Pablo Cuvi.

Fotografía: Juan Reyes y archivo de Carlos Espinosa.

Edición 451 – diciembre 2019.

Entrevista---1

Buena falta hacen los historiadores en un país novelero y desmemoriado como el Ecuador que cada y cuando tropieza con la misma piedra. De modo que Carlos Espinosa Fernández de Córdova (Quito, 1960) apuntó muy bien cuando emprendió la carrera de Historia en Tufts y la Universidad de Chicago. Desde entonces ha investigado temas tan ricos como el barroco de la época colonial o la república católica de García Moreno, que fuera vista como un modelo al otro lado del charco.

Su rigor intelectual y algo en su acento delatan los muchos años que vivió afuera. Ha sido profesor en algunas universidades de Francia, Estados Unidos, en la Flacso quiteña y en la Universidad San Francisco, donde enseña historia y relaciones internacionales. También colabora semanalmente con 4pelagatos. Sin embargo, la mejor hora del día es la que dedica a una vieja pasión: la guitarra clásica. Hablamos poco después de la ocupación indígena de Quito. Él toma café; yo, agua de viejas.

—¿Eres de familia quiteña?

—Mi mamá es de origen guayaquileño, es Huerta, una familia muy vinculada al liberalismo…

—¿Con Raúl Clemente Huerta?

—De la misma familia, su abuelo había sido muy cercano a Eloy Alfaro: Bartolomé Huerta. Y también tiene origen cuencano por Fernández de Córdova. Mi papá era de una familia quiteña de militares por varias generaciones; inicialmente fue militar, luego se convirtió en funcionario internacional de la OPS-OMS; por eso viví gran parte de mi vida fuera del Ecuador, en otros países latinoamericanos y Estados Unidos. Estuve en seis, siete colegios en diferentes países.

—¿En qué país de América Latina te tocó  vivir algún evento político importante?

—Estuve en Guatemala en la primera fase de la represión y de la guerrilla, tenía seis, siete años, estudiaba en el colegio Americano de Guatemala, se llamaba colegio Maya y fue blanco de varios atentados de la guerrilla, con el secuestro de decenas de alumnos, incluido mi hermano; les soltaron, pero son experiencias que te marcan. Luego vivimos en Venezuela cuando todavía existían los focos de guerrilleros rurales.

—Douglas Bravo…

—Exacto. Y llegué adolescente a Estados Unidos, en los años setenta, en una época de desilusión ante el fracaso de la contracultura y los movimientos políticos de los años sesenta.

—¿Por qué decidiste estudiar Historia?

—La historia es una forma de entender el mundo, de encontrar un sentido en un mundo confuso.

—¿Pensabas venir a vivir en el Ecuador?

—Siempre tuve una añoranza de América Latina, me parecía el continente de la esperanza, donde se luchaba por la justicia social; todo visto desde lejos, el continente en general, no tanto este país porque mi vínculo con el Ecuador se había debilitado muchísimo. Sabía que quería regresar a América Latina en algún momento, nunca me gustó la cultura americana a pesar de que pasé por un proceso de americanización; me parecía una cultura materialista, vulgar; los suburbios en los que vivía eran un espacio casi de barbarie. Y en la universidad, en Boston, tenía muchos amigos europeos y me sentí muy atraído por las corrientes europeas tanto de izquierda como de derecha.

—¿Cómo así fuiste a la Universidad de Chicago? Tenían mala imagen los Chicago boy’s, ahí quedaba la fábrica de diablos.

—En los años setenta la historia como disciplina tenía un gran prestigio. Para el marxismo, la historia era la clave para entender la realidad. Y estaba también la Escuela de los Annales (que se originó en Francia), que tenía enorme prestigio: la aplicación de las ciencias sociales a la historia resultó extremadamente productiva. Fui a la de Chicago porque es una excelente universidad, con un debate de ideas que no tiene ninguna otra en Estados Unidos.

—¿Tanto así?

—Sí, estuve después en Harvard y me pareció un desierto espiritual en comparación con Chicago. Lo que pasa es que en Chicago se enfrentan corrientes de izquierda con corrientes de derecha, y también hay un interés en la tradición intelectual europea.

—¿Cuándo empezaste a dar clases?

—Obtuve el doctorado en 1990 y mi primer trabajo fue en un college de élite de Estados Unidos. Luego fui brevemente profesor en una de las universidades estatales de Nueva York y vine a pasar vacaciones en el Ecuador. Hice contacto con la Universidad San Francisco y con la Flacso, y decidí pasar una época aquí; me casé, pero luego volví con mi esposa a Estados Unidos.

—¿Cuál es la diferencia, en términos académicos, entre dar clases en Estados Unidos, la relación con los alumnos, y acá en el Ecuador?

—(Carraspea). Buena pregunta. En la Flacso estás tratando con un estudiantado de posgrado, politizado, que pertenece a algún tipo de izquierda en general.

—El correísmo fue fuerte ahí.

—Fue fuerte, pero las otras corrientes también: el ecologismo, el feminismo, alumnos que tienen militancia en organizaciones, en oenegés. En Estados Unidos los estudiantes tienden a ser mucho más diversos ideológicamente, hay de derecha, de izquierda y apáticos porque el modelo político norteamericano promueve la apatía, valora sobre todo la vida privada versus la vida pública.

En cuanto a la Universidad San Francisco, sí sientes que estás formando a un grupo que va a ser influyente en el país y sobre los cuales puedes tener más impacto que en Estados Unidos.

—¿Tus alumnos adónde van a trabajar?, ¿con qué título salen?

—En la Flacso era director de la Escuela de Historia, formé historiadores. La mayoría ya tenía trabajo en otras universidades, lo que buscaba era consolidar su carrera académica. No hay mucho espacio para los historiadores en el Ecuador o en otros países latinoamericanos, los espacios están monopolizados por las generaciones anteriores. Y en la San Francisco formamos sobre todo estudiantes de Relaciones Internacionales, que encuentran trabajo en oenegés.

—Hasta donde sé, la única universidad que da título de historiador es la Católica.

—A nivel de pregrado, sí. La Flacso tenía doctorado en Historia; ahora entiendo que tiene maestría; la Andina tiene ambos. Lo que me atrae de la San Francisco son las Artes Liberales porque es un enfoque interdisciplinario que no reduce los discursos.

Todos los estudiantes deben tomar cursos de ciencias sociales y humanidades, que son una reflexión no tan académica sobre el buen vivir, la buena persona, la buena sociedad.

—Entre los trabajos o libros que has hecho, ¿cuál es el que más te gusta?

—El Inca barroco creo que es un proyecto valioso, que confrontó el discurso de la utopía andina, de una cultura autóctona que habría logrado mantenerse a lo largo de la Colonia y que era la fuente de los proyectos políticos indígenas de esa época.

—¿Tú dices que eso no sucedió?

—Lo que planteo es que la cultura barroca logró penetrar de alguna forma todos los sectores de la población y que los proyectos políticos, incluso el del restablecimiento de la autoridad inca, eran producto de la cultura barroca y del marco institucional colonial. Es un libro irónico pues lo que parece emancipador es en realidad producto del poder.

El proyecto sobre la república católica me parece interesante, en parte por esa atracción que ejerce en mí la religión porque me criaron en un mundo secularizado, carente de sentido, y la trascendencia tiene una enorme atracción aunque no la comparto. Es muy interesante que en el siglo XIX existieran otras visiones de la modernidad, de una modernidad trascendente y no inmanente, y que en ese terreno el Ecuador se haya convertido en un modelo global.

Cuando estudiaba en el colegio Maya de Ciudad de Guatemala, 1966.
Cuando estudiaba en el colegio Maya de Ciudad de Guatemala, 1966.
De vacaciones en la isla Contadora, Panamá.
De vacaciones en la isla Contadora, Panamá.
El día de su boda con María Lorena Correa, en Quito.
El día de su boda con María Lorena Correa, en Quito.

E INDIGENISMO

—¿Cómo es tu vida familiar?

—Soy casado con María Lorena Correa, una abogada brillante que viene de una familia política e intelectual y tengo tres hijos. Viví muchos años de soledad como estudiante universitario y de posgrado, así que valoro muchísimo la vida familiar. Y toco guitarra clásica, la toqué desde niño.

—¿Seguiste cursos desde niño?

—Sí, estuve con un alumno de Segovia y con otro de Julian Bream, que era un gran guitarrista clásico.

—Con la guitarra también empatas con tu gusto por el barroco…

—Sí, toco piezas de Bach, música del renacimiento español o italiano y en los últimos meses estoy descubriendo a Leo Brouwer, el gran compositor cubano para guitarra clásica, moderno. Es una de mis pasiones, dedico casi dos horas al día a tocar guitarra clásica, es una suerte de meditación pero al mismo tiempo exige una gran concentración, es la mejor receta para combatir el Alzheimer porque realmente te mantiene en un nivel de alerta mental total.

—¿Has tocado con algún grupo?

—A los catorce años ya tocaba en recitales universitarios. Lo dejé por varios años y retomé cuando mis hijos empezaron a interesarse por la música hace unos cuatro años. Hay una escena musical muy interesante entre los adolescentes en el Ecuador, se está haciendo mucha música y creo que ellos forman parte de eso.

—¿Y la literatura?, ¿qué literatura te gusta?

—Leo principalmente historia, teoría social y filosofía. En una época leí mucha literatura clásica europea del siglo XVIII hasta principios del siglo XX; creo que es la literatura que mejor conozco. He leído algo de literatura latinoamericana pero, a pesar de que Latinoamérica me ha interesado como objeto de estudio, la tradición y la literatura europeas han sido mucho más atractivas para mí.

En mi trabajo he aplicado las corrientes de pensamiento europeas a Latinoamérica y he encontrado afinidades, apropiaciones extremadamente interesantes de la tradición cultural europea en todas las épocas hasta los años cincuenta, que es cuando se da la americanización y se corta ese vínculo con Europa. Antes de eso, el catolicismo, por ejemplo, era una corriente internacional en los años veinte y treinta, y el fascismo tuvo una enorme influencia en el Ecuador en esos mismos años.

—¿Enorme?

—Yo diría que enorme combinado con el catolicismo social, con el que tenía una afinidad muy fuerte. El catolicismo social buscó construir una sociedad católica desde la sociedad civil mediante sindicatos, asociaciones y esta corriente estaba muy alineada con los fascismos europeos.

El movimiento católico en los años veinte y treinta es fascinante: las figuras clave en esa época no eran los intelectuales liberales, eso es un mito, eran Julio Tobar Donoso, Jacinto Jijón y Caamaño, Remigio Crespo Toral, hasta cierto punto Jorge Luna Yépez. Y hubo una serie de periódicos muy dinámicos.

—Sin embargo, los otros sonaron muchísimo más.

—Lo que pasa es que los otros se convirtieron en hegemónicos con La Gloriosa y la instalación de la Casa de la Cultura. Eso generó una cultura hegemónica nacionalista de izquierda que duró hasta los años noventa, probablemente.

—Mantuvieron un indigenismo que ya estaba estética e históricamente superado.

—Claro, que impidió la renovación modernista; el estilo internacional casi no tuvo influencia en el Ecuador. Sí, el impacto de esa corriente a largo plazo fue extremadamente negativo, provocó un estancamiento de la cultura ecuatoriana que no participó en el boom o en las corrientes artísticas modernistas de la posguerra.

—¿Cuál es la situación de la historia cuando vuelves al Ecuador, considerando, por ejemplo, que no hay ni una biografía completa del ecuatoriano más importante del siglo XX: Velasco Ibarra?

—Regresé al Ecuador cuando recién iniciaba el régimen de Febres Cordero. Quito me atrajo mucho, la ciudad colonial me parecía fascinante, ya tenía un interés en la cultura barroca y en cierta cultura humanista, parroquiana pero que todavía existía.

Ese momento, la historia ecuatoriana seguía siendo una historia marxista, socioeconómica. Hubo alrededor de la revista Cultura del Banco Central algo de investigación histórica, pero yo ya había dado el giro hacia la historia cultural, hacia una historia no marxista. Me impresionó que el debate siguiera siendo los modos de producción, la revolución; a mí me interesaba el barroco, la historia de la cultura más que la lucha de clases.

—Pero el que originó o empujó mucho el estudio del ethos barroco en México fue Bolívar Echeverría y, si había un marxista ecuatoriano bien formado, era él.

—Totalmente de acuerdo, pero tengo la impresión de que Bolívar Echeverría no era tan conocido en esa época en el Ecuador y recién empezaba a elaborar la teoría del barroco. En mi evolución intelectual pasé de la historia marxista, de cierto interés en el trotskismo, a la historia cultural, en parte por las corrientes neoconservadoras en Estados Unidos y un rechazo al marxismo, al comunismo. Yo estaba entre la historia posmodernista, que no era de derecha, y las corrientes neoconservadoras al principio de los años ochenta. Entonces había dado un giro hacia la derecha y me llamaba la atención que la historiografía ecuatoriana y los medios universitarios ecuatorianos estuvieran todavía muy alineados con la epistemología de izquierda.

—Hiciste tu tesis doctoral sobre el barroco. En mi época se lo veía como una forma de comunicación y propaganda de la Iglesia, ¿o no?

—Sí, es una sociedad del espectáculo, una estetización de la política, de la vida, una pluralidad versus el racionalismo de la modernidad central. Mi visión del barroco era parecida a la de Bolívar Echeverría; de hecho, me encontré con él a principios de los años noventa en Quito y conversamos extensamente; participé en uno de sus libros colectivos. Un punto en el que no estábamos de acuerdo era si la sociedad posmoderna era una sociedad neobarroca o si el barroco era una alternativa política social al capitalismo neoliberal.

—¿Este ethos barroco con su desmesura, con su despilfarro, alimentaría más bien al populismo frente a la austeridad del ethos protestante?

—Yo estaba pensando más bien en la importancia de la representación, en la estetización de la vida, en los aspectos culturales más que económicos. No sé si el populismo tenga una base barroca; creo que tiene una base fascista por un lado y democrática por otro: el populismo nace en el contexto del fascismo de los años treinta y cuarenta en Argentina. Lo que me parece afín al barroco en la sociedad posmoderna es la sociedad del espectáculo y la pluralidad, una sociedad multicultural, la celebración de las diferencias.

—Volviendo al siglo XIX, en la respuesta del clero que estudiaste tú no hay barroquismo. ¿En qué se ha transformado el barroquismo de la Colonia?

—El proyecto de la república católica es un proyecto antibarroco, por eso su arquitectura es el gótico…

—¿El gótico de la Basílica?

—El de la Basílica, que es tardío pero representativo. El catolicismo de la segunda mitad del siglo XIX es un catolicismo disciplinario compatible con la sociedad moderna, un proyecto de modernización que acepta la libertad individual, aunque la regula…

—Osvaldo Hurtado, en Las costumbres de los ecuatorianos, critica fuertemente la labor oscurantista de la Iglesia en el siglo XIX en términos de educación, de oposición a la ciencia y a la modernidad.

—Bueno, no se opone a la ciencia claramente la republica católica que construye el Observatorio Astronómico, que trae a científicos de Europa, que mejora infinitamente la educación universitaria, que promueve el arte; entonces, no es anticientífica. Claro que la ciencia tenía sus límites impuestos por el dogma; sin embargo, había un margen de maniobra importante para la ciencia. Era un proyecto que buscaba preparar a la población para el capitalismo.

—¿Por qué entonces el ataque fundamental de la Revolución liberal es contra la educación católica y a favor del laicismo?

—Por los diferentes proyectos modernos; por el hecho de que el liberalismo logró que se lo definiera como la única vía a la modernidad cuando eso no era cierto, había otras vías a la modernidad, incluyendo la modernidad católica, la república católica; eso también lo ha señalado Juan Maiguashca, que sigue siendo profesor en la Universidad de Toronto.

—¿Estudiaste también relaciones internacionales?

—Cuando se dio la guerra del Cenepa y las acciones posteriores, me di cuenta de que el mito del Ecuador amazónico era un enorme obstáculo para llegar a un acuerdo y dejar atrás a ese lastre que era el conflicto territorial. Escribí artículos de opinión en distintos periódicos, proponiendo una posición más flexible, más conducente a la paz y criticando algunos elementos del mito territorial. Además, propuse a la Universidad de Harvard un proyecto sobre conflictos territoriales y nacionalismos territoriales en Latinoamérica, gané una beca, fui allá, dediqué dos años a este tema y escribí varios artículos. Luego vino la guerra contra el terrorismo en Estados Unidos y se intensificó el conflicto colombiano. Como ese conflicto se desbordó hacia el Ecuador, me interesó mucho la serie de ilegalidades, de tráficos ilícitos que había en la frontera, el tema de la seguridad fronteriza y dediqué algunos años a eso.

PÉNDULO IZQUIERDA-DERECHA

—Parece una estupidez que el Reino Unido se haya embarcado en el Brexit y que Estados Unidos haya elegido a Trump, pero tiene que haber una lógica detrás de esto, ¿no?

—Desde 2008 hay cuestionamientos muy fuertes al liberalismo tanto político como económico. La idea de la democracia representativa basada en elecciones despolitiza a la población, concentra mucho poder en las élites mediadoras y eso ha generado una desconfianza frente a las élites políticas, un divorcio entre la población y el sistema democrático liberal. Me parece que eso es una parte de la crisis: la desconfianza frente a las élites y también frente a los expertos, y ese es el elemento que deriva en el populismo. Eso también tiene que ver con las redes sociales, donde todos podemos expresar nuestras perspectivas sin mediadores de opinión. La despolitización que promueve el énfasis en la vida privada ha llevado a una desligitimización de la democracia liberal. Luego, a nivel económico, la creciente desigualdad en Estados Unidos, que es un producto directo del neoliberalismo que se consolida en los años ochenta a nivel global.

—En esa época se llamaban los neocon, la Thatcher, Reagan…

—Ese es otro tema interesante: ver cómo el neoliberalismo, que se debería basar en la libertad individual, se conjuga con el conservadorismo religioso, con el conservadorismo moral, en muchas partes del mundo, incluyendo muchos países latinoamericanos. Entonces, hay un descontento frente a las élites políticas, frente a la desigualdad que genera el liberalismo, al hecho de que los bienes públicos fueron desmontados, y esto ha dado lugar a varios fenómenos actuales: al populismo volcado en contra de las élites políticas; al fortalecimiento del ala radical demócrata en Estados Unidos, que está planteando la redistribución frente a la economía neoliberal; a múltiples movimientos de protesta que hemos visto desde 2008 y que han sido especialmente fuertes en Chile, en el Ecuador, en Francia desde el año pasado con los gilets jaunes.

—Hablando de Francia, Bertrand Badie, un politólogo que cuestiona la idea de hegemonía, dice que Estados Unidos, que impulsó la globalización, ahora impulsa lo contrario, tampoco quiere ser el policía universal y tiene desconcertado al mundo.

—El orden liberal político económico era impulsado por la hegemonía norteamericana y esa hegemonía se ha resquebrajado con la multipolaridad, con el ascenso de potencias que claramente no son liberales: Rusia y China; y, sí, con la intención de ciertos sectores en Estados Unidos de dejar de sostener ese orden liberal a nivel internacional y concentrarse en los intereses norteamericanos. Entonces hay fuertes cuestionamientos a la globalización, hay críticas populistas que tienen como blanco la migración, o la mediación política por parte de las élites, o las obligaciones de Estados Unidos frente a la globalización.

—¿Cuál es la tesis central del trabajo sobre la derecha en los últimos años?

—La derecha latinoamericana vuelve a surgir por el agotamiento de los Gobiernos de izquierda en los últimos cinco años…

—¿Eso incluye al Ecuador?

—Sí, porque con el Gobierno de Lenín Moreno hay una fase de clara derechización: se han adoptado políticas de austeridad, se busca construir una sociedad de mercado, una democracia liberal basada en el equilibrio de poderes. Esa derecha es neoliberal, busca recuperar la institucionalidad liberal, pero eso significa una democracia liberal que despolitiza al electorado, que enfatiza la vida privada de las personas y que es fuertemente mediada por las élites.

Al mismo tiempo, hay una corriente moralista muy fuerte frente a las crecientes demandas a favor del reconocimiento de derechos Glbti. Pero es una derecha que no tiene un proyecto.

—¿Cómo ha funcionado en los últimos veinte años el péndulo?

—A principios de los años ochenta, de un desarrollo liderado por el Estado que buscaba industrializar las economías latinoamericanas se dio un giro hacia la derecha neoliberal, esa derecha enfrentó las crisis financieras de los años noventa por la desregulación financiera, por la insistencia del FMI en tasas fijas, en subir los intereses para atraer la inversión extranjera. Eso provocó crisis muy fuertes a finales de los años noventa y en ese contexto se dio un giro hacia la izquierda, que aprovechó el commodities boom que permitió cierto nivel de redistribución, pero ese giro hacia la izquierda fue capturado por el modelo de populismo autoritario de izquierda.

—Pero lo que mueve al electorado es la situación económica, no si es de izquierda o derecha.

—Sí, la principal pregunta es si estás mejor o peor que hace cuatro años y con base en ese criterio cobran prestigio o se desprestigian los modelos. La izquierda resultó ser autoritaria y corrupta, pero lo que realmente la desprestigió fue el colapso de los precios de los commodities. Ahora, la austeridad implementada por los nuevos Gobiernos de derecha, como el de Argentina, está generando mucho descontento. El caso del Ecuador es complejo porque el agotamiento del modelo correísta significa que la izquierda ha dejado de existir, hay un vacío. El daño que hizo Correa a la izquierda es tan profundo que lo que existe ahora es un remanente del correísmo que no tiene mayor potencial político. Y los indígenas, que no tienen un proyecto de país porque el Estado plurinacional no interpela a un amplio espectro de la población.

—¿Y qué proyectos tienes tú?

—Estoy colaborando en Archival City, un proyecto basado en Europa que investiga los archivos de cuatro ciudades en el mundo, una de ellas Quito. Estamos realizando un mapeo, catalogando y digitalizando los archivos religiosos de la ciudad, y haciendo una reconstrucción mediante maquetas digitales de ciertos aspectos de Quito cada cien años. Es una metodología llamada Máquina del Tiempo, porque permite explorar cómo era una ciudad en otras épocas. El otro proyecto se llama Meridional Republicanism y explora los distintos tipos de discursos y regímenes republicanos en el siglo XIX. Como te decía, aquí hubo una variante fascinante del republicanismo universal, la república católica de García Moreno, que sirvió como referente para los conservadores católicos en lugares tan diversos como Francia, Quebec y Roma. En la Biblioteca Nacional de Francia encontré más de cien libros y artículos que se referían a la república de García Moreno como un modelo de Estado cristiano, como una alternativa al orden liberal.

—Increíble, no tenía ni idea. ¿Y qué pasa con tu hobbie?

—(Sonríe). Quiero ampliar mi repertorio de guitarra clásica.

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