A punta de palmadas y pitazos, el señor Albuja nos reúne y sin necesidad de pistola nos dispara: el miércoles próximo empiezan las clases de natación, el que no viene con pantalón de baño me nada como vino al mundo. El Vargas, hijo del portero de la piscina municipal, salta como canguro de puro contento.
Mamá está preciosa, de lo alegre, de lo pintada, incluso se le han triplicado las pestañas. Y todo porque va a cantar milongas y tangos en la feria de Ibagué. Mamá se despide con un beso volado y me promete volver el domingo, trayéndome de regalo nada menos que un pantalón de baño de marca colombiana. Todas esas noches practico natación en la cama hasta quedarme dormido.
Después, sueño que me ahogo y fuera de la piscina no hay nadie, o que mis compañeros de grado se amontonan a carcajadas en torno a mi cuerpo hinchado de agua. Mamá no llega sino el martes y a medianoche. Entra en mi dormitorio, me da un beso en el pómulo y metiéndome su perfume en la oreja me susurra: ya estoy aquí, tesoro. Yo finjo despertarme.
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