Juntamos a tres escritores y viajeros: un colombiano, una francesa y un griego. Lo hicimos para mostrar cuánto conmueve esa literatura que resulta de moverse por el mundo pisando territorios prohibidos.
A lomos de elefante o a bordo de viejos automóviles, gentes de todo tiempo se han internado en territorios ignotos, a menudo en busca de lo que nunca se les perdió. Y es que para viajar no hace falta una meta, sino solo esa necesidad desesperante de llenar el vacío que es, a la vez, maldición y cualidad humana. Los viajeros de esta crónica reescribieron su vida mientras pisaban tierras prohibidas.
Una yogui francesa en la ciudad del cielo

La mujer estaba a punto de desfallecer, entonces su lazarillo sacrificó su ración de comida, un pedazo de cuero que ni siquiera el agua caliente había suavizado, para evitar que colapsara. Ella nació en Francia y su nombre era Alexandra David-Néel (1868-1969), y él, Yongden, su criado y discípulo. La meta de ambos era Lhasa, capital del Tíbet, que estaba cerrada para los europeos.
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