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EDICIÓN 500

Escribir discursos

por Alejandro Carrión

Bueno, es una habilidad: la de hablar por otro, una simulación consentida por el simulado, que a veces produce buenas entradas o satisfacciones. Yo viví un tiempo de ella.

Escribir discursos
ILUSTRACIÓN ® DIEGO CORRALES.

Alguna vez les conté, en este mismo espacio, cómo escribí un Manifiesto a la Nación para la firma del general Alberto Enríquez cuando era dictador. En mi paso como “oficial de número” por el Ministerio de Gobierno, escribí discursos para varios ministros, que no viene al caso nombrar. Y finalmente...

Recibí un día, que está marcado como inolvidable en mi autobiografía nunca escrita e imposible de escribir, un cable enviado desde Washington. Era de Galo Plaza, entonces secretario general de las Naciones Unidas. Me decía que el doctor Carlos Sanz de Santamaría, secretario general del Comité de la Alianza para el Progreso, necesitaba “un editor en español” y que él le había dicho que Alejandro Carrión era el “hombre ideal”. Si yo estaba de acuerdo en tal cosa, que me aprestara a trasladarme a la capital de los Estates en un plazo improrrogable de ocho días. Sueldo: tres mil dólares mensuales, sin impuestos.

En general, todo me pareció muy aceptable, lo último especialmente y eso que no tenía la menor idea de la significación verdadera de aquello que por primera vez mis oídos atrasados de morador del tercer mundo oían: “editor en español”.

Claro está que estuve en Washington en el plazo improrrogable de ocho días. Cuando fui a la Cancillería en pos de la visa diplomática que me tocaba, Alfonso Barrera Valverde, entonces subsecretario general, me dijo: “¡Qué valiente eres! ¡Dónde te vas a meter! Dicen que una Cancillería es un infierno chico. Pues sabe que la OEA es una Cancillería grande”. Estaba seguro de ello, pero me parecía que tres mil dólares mensuales era una buena coraza para que no quemen mucho las llamas en ese infierno.

Le caí bien al doctor Sanz y él, claro está, me cayó bien. Lo principal era escribir artículos, declaraciones de prensa y discursos para él y por él. Para que me acostumbrara a su fraseología, a su estilo, me tuvo leyendo libros, artículos y discurso suyos durante un mes, me tomó examen y salí aprobado. Podía perfectamente escribir, hablar y pensar como si fuese el doctor Sanz. Así me ha hecho Dios: capaz de aprender lo que fuese, como fuese, donde fuese, con tal de sobrevivir. Y allí iba a sobrevivir con tres mil dólares mensuales, dense cuenta. Y a… ¡veinte sucres por dólar! ¡Demonios!

Así trabajábamos: el doctor Sanz se contraía conmigo y con su secretaria puertorriqueña Anita, encantadora persona que pronto fue muy cordial amiga. A veces iban colaboradores como el señor Kriege Vassena o el señor Rosenstein Roda o un joven panameño llamado Arditto Barletta. El doctor decía que para tal día, generalmente cuatro o cinco después de la sesión, necesitaba un discurso para veinte minutos, ante tales gentes, con tal oportunidad: una sesión solemne, un banquete, una primera sesión en un simposio, en fin. El tema central del discurso será… y venía el tema.

En el texto se comenzaría desarrollando el siguiente concepto (y venía el concepto), se citaría a tal autor de tal libro y a ese otro de tal artículo en The Economist, por ejemplo. Libro y revista estaban a mi disposición. El desarrollo del concepto podría, si me parecía bien, abarcar esta paradoja (y venía la paradoja, muy intencionada). Luego podía rememorar lo que hizo el doctor Alberto Lleras Restrepo en tal oportunidad (y se refería al hecho) y relacionarlo con lo que Galo Plaza dijo últimamente (y venía lo que nuestro don Galo dijo últimamente). En este momento, ya a la mitad del discurso, sería conveniente algo rotundo para producir un aplauso y al recomenzar la lectura un chiste adecuado al tipo de auditorio (y se decían algunos, para que yo escogiese y si a mí se me ocurría alguno, pues bien podría ser usado). Y enseguida se entraba a desarrollar de nuevo, pero más ampliamente el concepto inicial, para terminar con una declaración contundente, escrita de tal manera que pudiera ser citada y fácil de ser abreviada para titulares de la prensa y para tema de entrevistas con reporteros especializados.

Anita tomaba taquigráficamente todo lo dicho y cuando volvíamos del almuerzo, porque estas reuniones siempre terminaban en un almuerzo en uno de los más finos restaurantes de la capital, con un martini seco, vino blanco y rojo y un coñac sublime, Anita, que había almorzado un sándwich y un cafecito, tenía ya lista la transcripción, los libros y revistas que debían utilizarse. Y... ¡a trabajar!

Tuve suerte. Con mi primer discurso tuve tanta suerte como con el que escribí para la señorita Changaimina en la cantonización de Gonzanamá, que ya les he contado. El doctor Sanz dijo que con razón Galo había dicho que “Alejandro Carrión era la persona ideal”. Yo sentí que mis tres mil dólares mensuales sin impuestos se me consolidaban. La vida, en realidad, no fue difícil para mí en ese período y aprendí mucho. Casi, casi me convierto en un perfecto kikuyo de angora. Casi, pero mi vieja constitución de poeta lírico me salvó.

Posteriormente escribimos el libro La revolución silenciosa, que publicó la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica en su Biblioteca de Economía, y que es una verdadera historia de la Alianza para el Progreso y de los esfuerzos por la integración americana hechos hasta entonces. Es verdad que yo escribí todo el libro, pero el libro es íntegro del doctor Sanz, por cuanto se siguió el mismo sistema que para los discursos. Cierto es que un día Roberto García Peña, el chico, no el grande, que estaba en Washington con un cargo en otra entidad internacional y era muy amigo mío, tanto como su ilustre tío el director del diario El Tiempo de Bogotá, me dijo: “Ya sé que estás escribiendo un libro con el bonito seudónimo de Carlos Sanz de Santamaría”, pero eso no pasaba de ser una malacrianza amistosa.

El libro fue un éxito y es una autoridad hasta ahora en su tema.

Un año después, cuando yo era ya un maestro en la curiosa materia de mi trabajo, se disolvió la Alianza para el Progreso, el doctor Sanz se fue dejándonos desolados, y don Galo, haciéndose cargo de mi humanidad, me nombró jefe de la División Editorial, otro trabajo realmente curioso, del cual les contaré algún día, “si me dura la tarde”, como sabía decir mi tío Benjamín. Mi colaboración con el doctor Sanz y una media docena de gente de diverso tamaño, que componía, conmigo, su corte, fue placentera: toda esa gente era buena gente y tanto, que les pareció que yo también lo era.

(Este artículo fue publicado originalmente en la edición de la revista Diners 118, en la sección “Una cierta sonrisa”, marzo de 1992. Su último artículo para la revista Diners­).

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Autor

Acerca de Alejandro Carrión

(Loja, 1915 - Quito, 1992), poeta, novelista y periodista. Como periodista publicó con el seudónimo Juan sin Cielo. Con Pedro Jorge Vera, fundó la revista La Calle y dirigió la revista literaria "Letras del Ecuador".
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