Escocia quiere irse
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Escocia quiere irse

Por Jorge Ortiz.

Fotografías: Shutterstock.

Edición 467 – abril 2021.

En mayo empezará la ruptura con el Reino Unido si la pelea entre sus líderes no detiene el proceso.

La de 2014 había sido una decepción dolorosa, inesperada: 55,3 por ciento de los escoceses, muchos más de los previs­tos, habían votado en contra de indepen­dizarse del Reino Unido, a pesar de que el gobierno en pleno, encabezado por el primer ministro Alex Salmond, había desplegado una actividad empeñosa y resuelta para convencer a su gente de las ventajas de romper una unión política con Inglaterra que había empezado en 1707 pero que, al cabo de tres siglos y de unas cuantas desavenencias, se había agotado. Para colmo, Salmond se había sentido obligado a renunciar e irse, con lo que el Partido Nacional Escocés ha­bía quedado en las manos de una joven impetuosa y carismática, pero inexperta, Nicola Sturgeon, que nadie sabía por qué rumbo llevaría a Escocia.

Sí, los independentistas escoceses se sintieron abatidos por el resultado ne­gativo del referéndum, cuya realización había sido pactada con el gobierno inglés, aprovechando la fragilidad de carácter de su primer ministro, el conservador David Cameron. Por entonces, septiembre de 2014, la economía de Escocia no depen­día vitalmente de la de Inglaterra gracias a que frente a sus costas, en el mar del Norte, estaban las mayores reservas de petróleo del Reino Unido. Parecía ser el momento perfecto para la ruptura. Pero falló. Habría, entonces, que esperar con paciencia y resignación que se presentara otra ocasión, lo que, al menos en el corto plazo, no iba a ocurrir. Pero ocurrió.

Ocurrió, en efecto, cuando Cameron, que a su fragilidad de carácter sumaba una falta de visión política de largo plazo, llamó a otro referéndum fatídico: les preguntó a los británicos de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte si querían permanecer en la Unión Europea o separarse. Y, confir­mado que aquello de ‘vox populi, vox Dei’, ‘la voz del pueblo es la voz de Dios’, es una expresión aclamada y repetida desde antiguo pero con demasiada frecuencia desacertada, el ‘brexit’, es decir la sepa­ración, ganó. Pero no ganó en Escocia, donde la permanencia obtuvo un elo­cuente 62,01 por ciento de los votos. Fue entonces, junio de 2016, cuando a los par­tidarios de la independencia escocesa les llegó la ocasión que estaban esperando.

La cristalización de esa ocasión está prevista para mayo venidero, el jueves 6, cuando en las elecciones locales, si no sucede algo inesperado y sorprenden­te, el Partido Nacional Escocés obtendrá la mayoría absoluta en el parlamento de Escocia (71 de los 129 escaños dicen las encuestas, por lo general bastante acer­tadas en las islas británicas), con lo que la primera ministra Sturgeon impulsaría para finales de 2021 o comienzos de 2022 la realización de un segundo referéndum de independencia. Eso será, por cierto, si antes la unidad de los separatistas escoce­ses no vuela en pedazos, dinamitada por la lucha por el poder, cada día más agria y ya muy personal, entre dos viejos socios y amigos: Alex Salmond y Sturgeon.

ALEX SALMOND fue absuelto hace un año de los trece cargos por acoso sexual, incluidos dos por violación, y recibió una compensación equivalente a 500.000 libras esterlinas por los gastos legales. El exlíder del SNP y mentor de la propia Sturgeon acusó a la ministra principal y a su marido Peter Murrel, director ejecutivo del partido, de haber urdido una campaña de venganza personal contra él.

Líos de faldas

El problema empezó en agosto de 2018, cuando Salmond fue procesado por trece denuncias de delitos sexuales presen­tadas por nueve mujeres, incluyendo dos de intento de violación, que habría cometi­do entre 2007 y 2014, cuando era el jefe del gobierno de Escocia. En esos años, según reportes de la prensa local, las funcionarias y empleadas del parlamento se pasaban las unas a las otras la recomendación de que evitaran quedarse a solas con el por enton­ces primer ministro. Salmond negó con vehemencia las acusaciones y las describió como “intrigas políticas”. Fue detenido en enero de 2019 y puesto delante de los jue­ces, que en marzo de 2020, tras un proceso tormentoso, lo declararon inocente, aun­que dejando constancia expresa de que lo hacían por falta de pruebas.

Salmond contraatacó por vías políti­cas y legales. Primero acusó a Nicola Stur­geon y sus allegados, incluyendo a la cúpula del Partido Nacional Escocés, de haberse confabulado para impedir su regreso a la política y, eventualmente, su recuperación del cargo de primer ministro, arrebatándo­selo a Sturgeon. Después logró que los jue­ces declararan que una investigación parla­mentaria impulsada por el gobierno había sido ilegal, por lo que recibió medio millón de libras esterlinas de indemnización para el pago de las costas judiciales. La guerra entre los dos líderes escoceses había empe­zado y ya no se detendría.

Si bien Sturgeon reconoció que en la in­vestigación parlamentaria habían sido co­metidos errores y excesos, también rechazó “la insinuación absurda de que se procedió con malicia y de que se había forjado una conspiración”. Más aún, la actual primera ministra respaldó los procedimientos poli­ciales y judiciales que condujeron al encar­celamiento y el enjuiciamiento de Salmond, además de que aseguró que, “como mujer, me niego a aceptar que hombres poderosos en cualquier ámbito utilicen con finalida­des sexuales su nivel y sus conexiones”.

A lo largo de un año, desde su absolu­ción, Salmond se dedicó a acusar a su su­cesora, que antes fue su amiga y confiden­te, de haberle mentido al parlamento du­rante la investigación del caso, lo que im­plicaría una violación grave del código de conducta ministerial, un texto legal muy valorado por los escoceses. El dictamen judicial sobre esta acusación es esperado para finales de abril o principios de mayo, es decir para los días inmediatamente previos a las elecciones, lo que podría in­fluir con mucha fuerza en los resultados, en el futuro político de Nicola Sturgeon y también, por supuesto, en la posibilidad de que sea convocado el segundo referén­dum sobre la independencia. Con todo lo cual a los separatistas podría quemárseles el pan en la puerta del horno.

Una meta, dos caminos

Cuando el Reino Unido resolvió sepa­rarse de la Unión Europea, en el desatina­do referéndum de junio de 2016, el Partido Nacional Escocés se encontró con el ca­mino despejado hacia el segundo referén­dum. Sólo había que encontrar el momen­to oportuno. Pero en los casi cinco años transcurridos desde entonces —en los que las reservas británicas de petróleo empeza­ron a mostrar síntomas de agotamiento, el siempre errático Boris Johnson asumió el gobierno en Londres y al mundo entero le cayó una epidemia atroz— los dos líderes independentistas escoceses se convirtieron en enemigos furiosos y, para colmo, opta­ron por fórmulas distintas para concretar la ruptura con el resto del país.

Es así que mientras Nicola Sturgeon, con el apoyo de la mayoría de su partido, quiere seguir las vías legales hacia la se­paración, empezando por un referéndum pactado con el gobierno de Londres, Alex Salmond prefiere tomar por los atajos de una consulta unilateral, “al estilo catalán”, incluso corriendo el riesgo de que tanto el gobierno británico como la Unión Europea rechacen la validez de ese procedimiento. Sturgeon tiene, al menos por ahora, mayo­res apoyos que su rival, pero Salmond ya le declaró la guerra, está dispuesto a bajarla de su pedestal y es un político recio y sagaz que ya se ha quitado de encima a muchos adversarios.

Desde Londres, Boris Johnson —quien a pesar de sus visibles desaciertos en el combate de la pandemia parece estar só­lido en su posición de primer ministro— anticipó ya que no aceptará un segundo referéndum, una posición que tiene res­paldos en los otros dos grandes partidos escoceses. En el Laborismo, que durante muchos años dominó la política local, un sector amplio está resuelto a apoyar al Par­tido Nacional si, con la mayoría absoluta que conseguiría en las elecciones de mayo, decide convocar a ese segundo referén­dum, mientras que otro sector sigue pen­sando que, a pesar de desajustes y desave­nencias, todavía es preferible ser parte del Reino Unido. Algo similar ocurre con los conservadores, cuyo nuevo líder, Douglas Ross (quien se hizo popular como árbitro de fútbol), no descarta el segundo referén­dum, discrepando de los tradicionalistas del partido, que son firmemente unionistas y que, incluso, están tratando de convencer a su líder anterior, Ruth Davidson, de que regrese a la actividad política para ser la abanderada del mantenimiento de Escocia en el Reino Unido.

(A propósito del árbitro Ross: tan fracturada está la sociedad escocesa en el tema de seguir o salir del Reino Unido que la rivalidad invencible entre los dos equipos de fútbol más populares y exito­sos, el Celtic y los Rangers, ambos de la ciudad de Glasgow, que siempre giró en torno a un eje religioso, ahora también expresa la división entre independentis­tas y unionistas. En concreto, el Celtic es el club de los católicos y los partidarios de la independencia, mientras que quie­nes se identifican con los Rangers son protestantes y quieren que se mantenga el vínculo con el Reino Unido.)

La ministra principal de Escocia, NICOLA STURGEON, se enfrentó a una moción de censura por el papel de su gobierno en la investigación por acosos sexuales contra el exministro principal Alex Salmond. El escándalo ha abierto una guerra civil en el Partido Nacional Escocés y amenaza con frustrar la posibilidad de un segundo referéndum de independencia.

¡Queremos Europa…!

En septiembre de 2014, cuando ese 55,3 por ciento de los escoceses votó en contra de la independencia, un argumen­to fue determinante para ese resultado: si Escocia salía del Reino Unido salía tam­bién de la Unión Europea. Y no le sería fácil reingresar. Más tarde, en octubre de 2017, cuando los independentistas cata­lanes efectuaron un referéndum secesio­nista —que fue inconstitucional y en el que no participó ni siquiera la mitad de la población—, las autoridades europeas advirtieron que no permitirían la entrada a la Unión de ningún país que resultara de la ruptura ilegal con cualquiera de los países miembros, que por entonces eran veintiocho. Ni Cataluña ni Escocia.

La situación es, ahora, exactamen­te la contraria: desde el 31 de enero de 2020, cuando el Reino Unido concretó su “brexit”, Escocia quedó fuera de la Unión Europea a pesar de que en la consulta de 2017 el ‘no’ a la salida ganó con amplitud entre los votantes escoceses. En la actua­lidad, según la percepción de la inmensa mayoría de los académicos y los perio­distas, el porcentaje de quienes prefieren ser parte de la Unión Europea a serlo del Reino Unido está bastante por encima del 62,01 del resultado del referéndum. Y es obvio que así sea: el mercado europeo es de 447,7 millones de personas con altos ingresos, frente a 66,6 millones (incluidos los escoceses) del Reino Unido.

Más aún, los independentistas esco­ceses —al contrario de los catalanes— tienen bien diseñado lo que sería un país propio, desvinculado de Inglaterra, Irlanda del Norte y Gales y dirigido, al menos en sus fases iniciales, por el Par­tido Nacional Escocés, que ha logrado erigirse en el portaestandarte de un na­cionalismo abierto y benigno, dotado de un claro sentido de identidad nacional y sin el carácter arrogante y nostálgico del nacionalismo inglés. Es, además, una or­ganización de amplio espectro político, pues si bien se define como socialde­mócrata, abarca desde el centroderecha hasta el socialismo democrático. Lo complementarían, desde la oposición, los dos partidos históricos de las islas británicas, es decir el Conservador, re­presentante de la derecha tradicional, y el Laborista, portavoz de la izquierda obrera.

Claro que no todo sería color de rosa para una Escocia independiente. Si consi­guiera salir indemne de la guerra fratrici­da actual entre Sturgeon y Salmond, si lograra doblegar la resistencia del gobier­no británico a permitir un segundo refe­réndum de independencia, si el resultado de la consulta en efecto fuera favorable a la secesión y, finalmente, si formara un gobierno plural en capacidad de represen­tar a todos los estratos de la sociedad, el nuevo país tendría que subir cuestas muy empinadas, desde la adaptación de su eco­nomía a una nueva moneda (el euro en lugar de la libra esterlina) y la pérdida del acceso libre de sus productos al mercado británico, que es su fuente primaria de in­gresos, hasta sus resultados académicos deficientes, la baja calidad comparativa de su sanidad pública y el consumo de dro­gas muy extendido entre sus jóvenes. Re­tos enormes. Pero si la opinión pública no da un vuelto súbito y de ciento ochenta grados, lo que parece muy improbable, tarde o temprano Escocia se convertirá en un país independiente, como no lo ha sido desde 1707.

El símbolo de la resistencia

Mel Gibson como William Wallace, en la película de 1995, Braveheart.

Fue una jornada de victoria y de gloria, en la que él y sus hombres (unos guerreros rudos e indisciplinados, bastante primitivos, pero de un coraje insuperable) hicieron huir en desbandada al pulcro y ordenado ejército inglés. Era el 11 de septiembre de 1297, un día frío y ventoso de un otoño precipitado. Y allí, en el puente de Stirling, William Wa­llace y sus combatientes, no más de ocho mil, habían vencido a los diez mil soldados comandados por el conde de Surrey, uno de los lugartenientes de mayor confianza del rey de Inglaterra, Eduardo I Plantagenet, a quien sus súbditos apodaban Piernas Largas.

Siete años antes, en 1290, Eduardo ha­bía intentado unir los dos reinos, que eran vecinos pero rivales, por medio del casa­miento de su hijo mayor, también llamado Eduardo, con Margaret, nieta y heredera de su abuelo, el rey de Escocia, Alejandro III. Todo parecía ir bien hasta que, unos meses más tarde, Margaret murió de manera súbi­ta. El rey inglés decidió, entonces, anexionar Escocia por la fuerza. Suponía que, con una buena preparación, la suya sería una campa­ña rápida y sin complicaciones.

La muerte de Margaret causó una tor­menta política en Escocia: el trono de los Dunkeld se había quedado sin herederos, por lo que las dos grandes familias nobles del reino, los Bailleul y los Bruce, se lanza­ron a una disputa encarnizada, que facilitó los planes del rey inglés. En efecto, Eduar­do I invadió Escocia en 1296 y, aunque no conquistó todo el territorio, sí hizo avances considerables en tierras escocesas.

Por entonces, William Wallace era un joven impetuoso aunque confundido, que a sus veintiséis años de edad todavía no sabía qué hacer con su vida. Su propósito inicial de hacerse monje (para lo que había estudiado teología, cuatro idiomas y algo de historia en la abadía de Dunipace) se había disipa­do con el pasar del tiempo, sin que Wallace hubiera descubierto en él alguna otra voca­ción. Lo que sí tenía claro es que no quería ser súbdito de los ingleses.

Fue por eso que, acompañado por un grupo de amigos y vecinos que reclutó en su comarca, a mediados de 1296 lanzó un ata­que contra un destacamento inglés y mató a cuantos soldados pudo. Dos días más tar­de fue capturado y metido en un calabozo. Pero, quién sabe cómo, unas semanas des­pués reapareció en su pueblo, más resuelto que nunca a dar pelea.

El año siguiente lo dedicó a reclutar y preparar un ejército, con el que, el 11 de sep­tiembre de 1297, logró su gran victoria en el puente de Stirling. Nombrado ‘Guardián de Escocia’, el título de mayor lustre y poder del reino, siguió con su campaña en contra de los ingleses, hasta que el 1° de abril de 1298 el ejército inglés, al mando directo de Eduardo I, derrotó a las fuerzas escocesas en la batalla de Falkirk. Wallace logró romper el cerco de sus enemigos y evadirse. Pero se convirtió en un fugitivo.

Durante siete años y medio se libró de trampas, emboscadas y persecuciones y, si los relatos medievales son ciertos, incluso viajó a Francia en busca de una alianza con­tra Inglaterra y hasta llegó a Italia para pedir el apoyo del pontífice romano. Sea como fuere, lo cierto es que, delatado por algún traidor, fue capturado por los ingleses el 5 de agosto de 1305, juzgado por alta traición y condenado a muerte. La sentencia fue cumplida dieciocho días más tarde, cuan­do fue ahorcado, emasculado, eviscerado y decapitado. Después su cuerpo fue cortado en cuatro partes, cada una de las cuales fue enviada a una ciudad distinta de Inglaterra y Escocia “como advertencia a los rebeldes”.

Su estatua principal, con una réplica de su espada de un metro y medio de largo, está ubicada en Aberdeen, en el extremo oriental de Escocia, frente al mar, y no se parece en nada al ‘Braveheart’ de la película que en 1995 protagonizó Mel Gibson…

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