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¿Es usted un neoludita?

O quizá le resulte más familiar la expresión de bicho raro. ¿Su teléfono celular no es un smartphone? O, lo que es mejor, ¿no tiene y jamás ha tenido un teléfono celular? ¿Facebook y Twitter son esas famosas redes sociales en las que usted jamás se ha enredado? ¿Su computadora conserva todavía aquellos monitores aparatosos que ocupan una buena porción de escritorio? O lo que también podría ser mejor —o peor—, ¿no tiene computadora, jamás la ha tenido y no se plantea tenerla nunca? Como usted, pocos. Eso ya lo sabe. Una especie en extinción. Neoluditas, les llaman.

neoludita. Término inusual. Ni siquiera lo contempla el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. La palabra es un anglicismo —neoluddism— y proviene de otra que tampoco existe oficialmente en español: ludita.

Por Paulina Gordillo

Los luditas fueron unos valientes y poco recordados obreros ingleses que participaron de manera breve en la historia británica. Su hazaña fue poner en jaque a los peces gordos que se habían hecho con el poder económico derivado de la Revolución industrial. Eran pues, los contrarrevolucionarios de la gran revolución, que demandaban su derecho al trabajo y al salario digno que las máquinas recién introducidas les habían arrebatado. Para llevarlo a cabo se inspiraron en un tal Ned Ludd, un calcetero que en 1779 había prendido fuego al telar en el que hacía jornadas de entre catorce y dieciséis horas diarias.

El sociólogo argentino Christian Ferrer, en su libro Cabezas de tormenta, afirma que Ned Ludd jamás existió: “Fue un nombre propio pergeñado por los pobladores para despistar al general del ejército inglés, Maitland”. Existiera o no, lo cierto es que la conciencia popular engendró un héroe y se apropió de su nombre para autodenominarse e inocularse de su arrojo: una noche de abril de 1811, armados con mazas y martillos, destruyeron la maquinaria de varias fábricas del condado de Nottinghamshire. El contagio se propagó a las comarcas aledañas. Solo ese día se devastaron más de 70 telares y, según la historiadora Marjie Bloy, entre marzo de ese año y febrero del siguiente, destrozaron cerca de mil máquinas.

El ídolo local se convirtió en el mayor enemigo nacional y el ejército británico preparó a diez mil hombres para darle caza —muchos más soldados de los que se enlistaron para hacer frente a las tropas de Napoleón—. Una treintena de trabajadores, supuestos cabecillas del motín, fueron los primeros condenados de la historia a morir en la horca por el delito de destrucción de maquinaria. Pese al rechazo general de las autoridades, los luditas tuvieron defensores de la talla de Lord Byron, quien pronunció un célebre discurso ante la cámara de los lores, a favor de su causa.

Curioso es que, de manera paralela a lo que estaba ocurriendo en los distritos textiles, la escritora londinense Mary Shelley escribía su novela Frankenstein. Hay quien relaciona estos dos acontecimientos e incluso se ha llegado a decir que la idea de Shelley surgió a raíz de las revueltas luditas. Los burgueses —el doctor Victor Frankenstein— utilizan máquinas —el monstruo— que sustituyen a las personas y adquieren tal poderío que son capaces de contravenir las órdenes de su creador. Si existe un género de novela ludita, esta sería la primera y quizá también una de las más sobresalientes.

Las exigencias de los seguidores de Ludd subsistieron durante una década, ahondaron la grieta de clases —el epíteto ludita rápidamente fue utilizado para designar a cualquiera que perteneciera a un estrato social bajo y aún hoy es usado de manera peyorativa— y cruzaron fronteras pues, en años posteriores, ocurrieron hechos parecidos en Alemania, Bélgica y España.

 

La palabra olvidada

Mayo de 1978. Un profesor de ingeniería de una universidad norteamericana recibe en su despacho un extraño paquete proveniente de Chicago. Movido por la intuición que despiertan las cosas anormales decide llamar al guardia de seguridad del campus. El bulto le explota en las manos. La policía, como es de esperar, investiga el caso.

Un año después, una bomba de fabricación casera humea en el portaequipajes del vuelo 444 de American Airlines, obligando al piloto a volver a tierra. El dispositivo no llega a detonar debido a un fallo en el mecanismo del temporizador. Los investigadores elevan el caso a la categoría de terrorismo. Desconocen casi todo sobre la presa que han de capturar, pero su impecable proceder les hace sospechar que han tropezado con una mente prodigiosa. Los del FBI lo bautizan, sin demasiada imaginación, como Unabom (la sigla de University and Airline Bomber).

En el 85, Unabom consigue su primera víctima. Se trata del propietario de una tienda de comunicación. El hecho de que los destinatarios de sus cartas estén siempre relacionados con la tecnología obliga a los peritos a replantearse el perfil y entre los distintos adjetivos que utilizan para describirlo aparece uno, inusitado para un criminal: el de neoludita.

La palabra, que parecía haberse quedado dormida en algún pie de página de un libro de historia, se desperezaba luego de dos siglos sin ser pronunciada. Los luditas de antaño habían evolucionado hacia un estado nuevo, neo. Aquí ya no se trata de destrozar maquinaria de trabajo para exigir mejores condiciones laborales, aquí lo que parece ocurrir es que un individuo anónimo decide dar la voz de guerra al enemigo tecnológico.

La cacería del Ned Ludd moderno duró diecisiete años: la más larga y una de las más caras en la historia de los servicios de inteligencia de Estados Unidos. En 1995 el misterioso Unabom vuelve a desafiar a sus persecutores con una carta que envía al New York Times, en la que se compromete a dejar la violencia a cambio de que el periódico publique un manifiesto al que había titulado La sociedad industrial y el futuro.

En este expresaba su rechazo al sistema que surgió a raíz de la revolución industrial y sobre cómo, a causa de lo que él denominaba sociedad tecnoindustrial, las personas habían llegado a un estado de sobresocialización, desnaturalización y falta de libertad. La publicación del manifiesto fue también su condena: un señor llamado David Kaczynski reconoció en el escrito algunas reflexiones que había escuchado de la boca de su hermano Ted y lo denunció.

Se trataba del reconocido matemático y filósofo Theodore Kaczynski quien, antes de cumplir los treinta años, se había recluido en una cabaña construida por él mismo en la montaña, desprovista de electricidad, agua corriente y de cualquier artilugio tecnológico. Un neoludita en toda la regla. Fue capturado ese mismo año y al día de hoy permanece aislado en una prisión de máxima seguridad.

El ludismo aquí y ahora

Ahora bien, el caso de Kaczynski es muy particular: su tecnofobia fue llevada al extremo de la criminalidad. Si sus atentados tienen algo de lo que sacar provecho es que devolvieron a la superficie un vocablo en desuso, pero con una carga importante de historia y actualidad. Los luditas del siglo XIX volvían a ser recordados y los luditas del siglo XX encontraban un nombre con el cual identificarse.

El temor de los luditas del siglo XIX fue frágil y hasta silencioso, y aparentemente se extinguió cuando el capitalismo industrial se afianzó como sistema. La supuesta tranquilidad duró unas cuantas décadas, pues las amenazas atómicas de la Segunda Guerra Mundial, o los desastres nucleares como los de Chernóbil, estimularon otra vez los recelos frente a las bondades de la tecnociencia. Resulta curioso también que, a la par de estos aciagos acontecimientos, la ciencia ficción literaria y cinematográfica reapareció como un género de moda. Ahí estaba Orwell y su 1984, Bradbury y su Farenheit 451. El viejo Frankenstein volvía al ataque.

Hemos cruzado la frontera entre siglos y este ha sido bautizado como el de la Era Digital. Llamativa denominación, pues unas cuatro mil millones de personas no tienen acceso a ningún tipo de nueva tecnología. La minoría restante, sin embargo, parece no poder concebir su vida sin el soporte de esos artilugios que le facilitan la existencia. Y aunque resulte casi imposible, entre esos miles de millones de cíborgs que van por ahí con un smartphone en la oreja, una tablet bajo el brazo o una laptop sobre la mesa, están también los indómitos luditas.

Uno aquí, otro allá. De vez en cuando, se llenan de valor y convocan alguna protesta en contra de los todopoderosos tecnológicos o de las centrales nucleares. Eso sí, sin hacerle asco a sus propias paradojas: si quieres que una convocatoria funcione, tienes que echar mano de las redes sociales o la blogoesfera. Los mismos hackers son considerados un tipo de nuevo ludita.

En el ludismo contemporáneo, la tibieza de sus defensores es la norma: no hay destrozos ni atentados, ni siquiera protestas masivas, pero sí un sentir permanente de que hay algo que se nos escapa, de que hemos perdido el control sobre nosotros mismos, y a la par del control, la libertad. Escándalos como el de Julian Assange o Edward Snowden los ponen en alerta y su nostalgia por aquella época en las que lo artesanal y lo táctil era lo cotidiano.

Los nuevos luditas no reniegan de la máquina como lo hicieron sus predecesores. Es el sistema el que cuestionan y su reivindicación busca recuperar la independencia y el control sobre la propia vida que, al parecer, sí existía antes de estar todos conectados.

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