Erupciones y exorcismos
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Erupciones y exorcismos

Por Rafael Lugo.

Ilustración: Tito Martínez.

Edición 455 – abril 2020.

Hace algunas semanas un periódico de Quito publicó un reportaje sobre un sacerdo­te que se dedica a los exorcismos. Más allá de lo pintoresco del asunto y de la evidente pu­blicidad al mito católico (pues no hay mejor “prueba” de la existencia del famoso ángel caído que de pura maldad se dedica a poseer seres humanos para enojar a taita Dios que una buena película o historia sobre un exorcismo), me quedo con la estadística presentada por el mismo sacerdote en su entrevista:

Según él, “desde 2016 ha realizado más de cuatro mil intervenciones, de ese total quin­ce fueron exorcismos, incluso con levitaciones”, según afirma. El resto corresponde a “casos de­rivados de situaciones psicosomáticas, obsesio­nes, paranoias” (“Quito tiene exorcista oficial”, diario Últimas Noticias, 18 de febrero de 2020).

Esta estadística del sacerdote, como decía, es el dato que rescato pues es una muestra más de cómo la magia y el misticismo van perdien­do espacio con el avance de la civilización y la ciencia. No es gratuita la referencia del mismo Constantine criollo a la enorme mayoría de sus experiencias como exorcista que se explicaron racionalmente como obsesiones o paranoias. Según esos números el 99,62 % no resulta­ron ser cosas del demonio y posiblemente esto enojará a algún teólogo pues, sin Darth Vader, no hay Star Wars.

Sin duda, habrá quien sostenga que esas mínimas quince experiencias sin explicación ra­cional aparente son la “prueba” de que el dia­blo existe y, por lo tanto, el infierno también y, en consecuencia, el cielo sí existe pues de dón­de más iba a caerse expelido por revolucionario el otrora Luzbel. No obstante, la especulación ante lo desconocido, que por costumbre y des­conocimiento fue explicado por siglos como algo sobrenatural atribuible a alguna deidad, va desapareciendo. Es innegable el declive de lo místico ante lo que sí se sustenta en hechos y evidencias.

No es descabellado pensar que, hace unas cuantas décadas, esas famosas cuatro mil in­tervenciones hubieran sido todas o casi todas calificadas por el exorcista como verdaderas posesiones diabólicas, de Satanás en persona,

o de cualquiera de sus viceministros. Hoy ni el mismo actor principal puede sostener esa locu­ra. La tecnología también ha llegado a matar a Dios más eficazmente que el mismo Friedrich Nietzsche: hace rato que no se le “aparece” ninguna virgen a pedir que le construyan una iglesia a ningún pastorcito. Sin video no hay milagro, señores y señoras. Ni “levitaciones”, por cierto, así que esos quince despegues son altamente sospechosos.

Miremos un poco hacia el pasado cercano, un terremoto o una erupción volcánica hace no tantos años eran atribuidas a algún dios. Los espantados vecinos del sacudón optaban por rezar o sacrificar una virgen (nunca se sacrifi­có al sacerdote del sol, por cierto) o a falta de vírgenes culpaban a alguna “bruja”. Y no exa­gero, no ha pasado tanto tiempo desde que en la ciudad de Baños de Agua Santa sacaban a pasear a la estatua de la Virgen para calmar al Tungurahua. Hoy entendemos que esos son fe­nómenos naturales explicados por geólogos, a los que les hemos dado el encargo de aprender a predecirlos, ojalá pronto. Hace unos días nos burlábamos del pastor evangélico que culpaba al “ateísmo” de los chinos por el corona virus. Hace tiempo no nos hubiéramos burlado, hu­biéramos rezado para sanarnos. Y volveríamos a rezar en el velorio.

A lo que voy es que aquellas cosas que no lográbamos entender van disminuyendo a una velocidad que nuestras ganas de leer lamen­tablemente no igualan. Y aunque ignoremos, por decisión propia, las explicaciones científicas basadas en evidencias sobre un cerro de cosas, no significa que la explicación a lo que sucede deba ser mágica, milagrosa o cualquier otra cosa por el estilo.

Lo que me lleva a concluir que en unos po­cos años más el oficio de sacar diablos de las personas desaparecerá porque esas “quince” experiencias con “levitaciones” se convertirán en parte de la realidad y tendrán una explica­ción racional.

Pero no hay que perder la fe, amigos, pues de todas formas hay un milagro de por medio en toda esta historia. Desde 2016 hasta la pre­sente el sacerdote tuvo que realizar más de dos intervenciones diarias para llegar a las cuatro mil que contó en su entrevista. Y para este por­tento laboral yo no encuentro explicación.

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