Error de casting
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Error de casting

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Por Ana Cristina Franco

En mi rico historial de hazañas amorosas, me he permitido conquistar a seres únicos. Hoy quiero recordar a tres.

Empecemos por el metrosexual. Dicen que todo lo que pidas se te dará, y tengan cuidado, porque es verdad. Pero hay que escoger bien las palabras porque Dios se lo toma todo muy a pecho. Lo sé por experiencia. Una tarde que esperaba un taxi en medio de un atasco, pensé, vacilando conmigo misma: “¡Dios, si realmente existes, compruébalo enviándome un chico en moto”. Cinco minutos después, lo juro, llegó un chico en moto: deux es machina. El individuo paró en medio del tráfico y me invitó a subir a su potro motorizado como en las películas cursis (aunque en la superficie me erizo, en el fondo me estremezco cuando mi vida se parece a una película cursi).

Obviamente, el final no fue de película. A medida que nuestra relación “progresaba”, el señor demostró ciertas anomalías. Miraba con devoción una revista cuando exclamó: “¡Qué guapo está el novio de Estéfani Espín!”. Al escucharlo me quedé seca y, acto seguido, me culpé. ¡No seas prejuiciosa! ¿Qué, los hombres no tienen libertad?, por favor, hay que ser open mind. Solo que cuando le encontré besando a mi mejor amigo ya no pude ser tan open mind. Tengo un problema con los gays: parece que me gustan demasiado. ¿Será que el pastor Zavala puede ayudarme? Ahora que lo pienso debe tener mucho tiempo libre.

Cuando superé el trauma del metrogay, tuve el gusto de conocer al Poeta. Este espécimen se caracteriza por su pinta de roquero que se quedó en los noventa: saco de Bill Cosby, jean desgastado, pelo largo recogido en una cola de caballo con un chunchi… Suele ser antropólogo que ha egresado y está “haciendo la tesis” ya 15 años. Hay que reconocer que es buen interlocutor, al menos este en particular lo era. Podíamos pasar horas citando a Sartre y bebiendo vino. Vino que yo pagaba, claro, porque cuando llegaba la cuenta, dicho individuo iba al baño o contaba monedas de un centavo que sacaba de una chauchera que daba vergüenza propia y ajena.

Por último, asomó el “suicida bulímico”. El joven me invitó un trago y empezó presentándose de manera alentadora: “Por suerte llamaste, porque hoy me iba a matar….” No sabía venderse. O no tenía la mínima intención de hacerlo. Tenía ganas de decirle: “¡miénteme, por favor, al menos miénteme!” Pero qué me iba a mentir. Si algo bueno tenía es que era sincero. Y eso era malo. “Soy un mediocre”, decía mientras me enseñaba las fotos de un negocio de cepillos de dientes que tenía y que, por supuesto, había quebrado. Estaba “depre” ya 20 años. Y pensaba que estaba gordo. Dicen que las mujeres somos las que nos vemos gordas, pero este señor se pesaba dos veces por día, después se medía la cintura, y buscaba en Internet las dietas más eficientes… ¡Ni el metrogay era tan disciplinado!

La próxima vez que le pida un hombre a Dios, haré una aclaración: Dios, si de verdad existes, compruébalo enviándome un hombre HETEROSEXUAL en moto (la moto era bacán), que tenga por lo menos plata para la gasolina y ganas de vivir un mes o dos hasta ver cómo nos va.

Yo no quiero “igualdad”. Yo sí quiero que me presten el abrigo y que paguen la cuenta. Las feministas les malcriaron a los hombres. Valerse por sí misma debe servir, sobre todo, para conseguir que a una le inviten un grueso y jugoso filete.

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