Edición 427 – diciembre 2017.
La madre de familia del departamento de Archivo era la Esthercita. Y no solamente por ser la más antigua, sino por su connatural sentido de la abnegación. Su escritorio era enfermería y botiquín, y apenas alguien tosía o tenía jaqueca, ella diagnosticaba el mal y suministraba el medicamento adecuado. Igualmente estaba presta cuando alguien tenía otro tipo de pesares, de tal manera que su rol de enfermera se estiraba hasta ser paño de lágrimas.
Y de allí, no le quedaba sino un jeme al deleite chismográfico en el que era más oído que palabra e infundio. Era alta y seca, como una garza y, a través de sus 65 años, aún se entreveía una bella mujer ojiverdosa, de gestos lentos y refinados. Varias veces al día me visitaba en la trinchera, un rincón penumbroso de la enorme oficina poblada de 40 escritorios con sus respectivos mecanógrafos. Algo así como el oficinón de Brazil, de Gilliams.
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