Uno
Hace fu, cuando Kito tenía todavía esperanza y el norte no era una zona sagrada ni, más tarde, una forma de desesperación urbana, la Tuentifor era la meca del día y de la noche.
Como todo en esta vida, había nacido de la nada y, más precisamente, de una quebrada llamada Jerusalén, frontera sur de la apacible capital de los años 20. Con nostalgia modernista se la rellenó y se la transformó en una suerte de alameda. Pero esa etapa romántica no duró una vela y solamente quedó su nombre: Avenida 24 de Mayo.
Con el tiempo y las aguas y la multiplicación de sus habitantes, sobre todo hacia el sur, se volvió una avenida trunca, de ancho torso y patas cortas. Como tobogán, bajaba a toda madre y al rato, es decir, cuatro o cinco cuadras después, fenecía estampada en un inútil puentecito, hediondo a meado de borracho. Por último, desecha y sin nombre, se desparramaba hacia La Ronda, que era una calle colonial casi de cuento, pero malo.
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