Epitafio
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Epitafio

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Por Mónica Varea ///

Como un ritual morboso, durante mis insomnios suelo planear mi epitafio. Honestamente no quisiera que dijera alguna vulgaridad que no me represente ni tampoco una simpleza que hiciera a la gente pasar desapercibida, sin inmutarse, frente a mi tumba.

Le comenté a Santi mi preocupación y falta de creatividad frente a esta situación y él como siempre se fue por el camino sin vericuetos, ¿por qué te complicas?, me dijo, yo en tu tumba he de poner: “Aquí yaces y haces bien, tú descansas, yo también”. ¡Pero ese epitafio es de lo más trillado!, protesté, ¿no crees que me merezco algo mejor? No seré una Alice Munro ni un Julio Cortázar pero soy una cuentera de cierto prestigio, le dije furiosa, tiré la puerta y me fui al banco, al municipio y al supermercado. Fue justo después de este periplo que supe exactamente cuál debía ser mi epitafio.

Una de las primeras cosas que observé en este tenebroso recorrido fue que perdí la gracia de la juventud, los servidores públicos y privados ya no me dicen: “seño”, ni siquiera: “mija”, ¡me dicen: “madrecita”! o lo que es peor: ¡“mi señora”!

En el banco pasó lo indecible, el saldo de mi cuenta difería de un computador a otro. En la ventanilla me decían que no había fondos pero en el escritorio del gerente de la agencia, mi situación no era tan mala. En el municipio recibí cinco respuestas a la misma pregunta, además, variaba el tiempo que auguraban duraría mi trámite, este iba desde “hoy mismo” hasta 120 días. En el supermercado, la cosa no mejoró, mantuve diálogos absurdos con todos y cada uno de los percheros a quienes consulté por un producto: Señor, ¿tiene huesos blancos?, pregunté frente a la sección de mascotas. El hombre me miró y le dijo a su compañero, ¿conoces huesos de colores? Al siguiente le solicité huevos Pío y se puso a tararear los pollitos dicen pío, pío, pío… finalmente la cajera me dijo que yo no era la de la cédula. Sí soy, pero un poco más vieja, le dije tímidamente y ella con toda la gracia de su juventud, que le sobraba, se regresó donde el empacador y le susurró: ¿un poco?

Saaanti, ya decidí sobre mi epitafio, grité a mi regreso; ¿que, flaca como siempre?, me interrumpió muerto de risa, como si este asunto no fuera serio. No te burles y atiéndeme: en mi tumba primará la sobriedad (no quiero mármol ni pendejadas que dejen a mis deudos, como deudos propiamente dichos, o sea endeudados). Sobre una lisa piedra de río y con letra recta y legible, tal vez una simple Times New Roman, tienes que poner únicamente: “Mi señora murió de trámite”.

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