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Mundo Diners al día

Marina Yuszczuk: “El vampiro más que diabólico o impuro es un depredador”

por Pablo Concha

Marina Yuszczuk
La escritora argentina Marina Yuszczuk, autora del libro 'La sed'. Foto: Anita Bugni.

El mito del vampiro es casi tan viejo como la literatura. Desde ‘Drácula’ de Bram Stoker no existe escritor consagrado en el terreno de lo extraño que no lo haya tratado. La escritora Marina Yuszczuk lo explora en la novela ‘La sed’. 

Los chupasangre tienen un encanto especial y un poder de seducción intenso, a diferencia de cualquier otra criatura del inframundo. ‘La sed’ de Marina Yuszczuk (Buenos Aires, 1978) tiene como protagonista a uno de estos seres, una vampira que llega al Buenos Aires del siglo XIX escapando de una muerte segura en Europa y que en su proceso de adaptación y supervivencia en el nuevo mundo es testigo del crecimiento desordenado de la ciudad y de una parte importante de su historia. 

‘La sed’ es una de las pocas novelas de vampiros escritas en nuestro idioma. ¿Por qué cree que esta temática no es tan popular en la narrativa de nuestro continente?

Porque la figura del vampiro tal como la conocemos es de origen anglosajón (en la literatura al menos) y es muy difícil de “trasplantar” a nuestras culturas. Sin ir más lejos, cuando empecé a escribir sobre esta vampira me hice muchas preguntas al respecto y encontré que la historia argentina le ponía límites a mi personaje. ¿Podía tratarse de una vampira aristocrática, al modo de Drácula, que es un conde y se paga un viaje en barco para llegar hasta Londres porque se compra una abadía allí? 

Yo sentía que nada de eso tenía cabida dentro de la tradición argentina, que es de inmigración europea de clases bajas, trabajadoras. Entonces fui pensando el personaje a partir de esa figura del inmigrante europeo que llega a una Buenos Aires todavía premoderna, como polizón en un barco, y que no tiene nada. 

En ‘La sed’ no solo es importante la historia y la tradición, sino las dos voces que narran: la vampira y la editora Alma. ¿Cómo fue la construcción de estos personajes?

Las dos son melancólicas y con una conciencia muy aguda de lo que les falta. En el caso de la vampira, que pierde a su madre de una manera horrible, quería que fuera una huérfana que compensa con brutalidad esa falta, y que por momentos siente que no le falta nada. Pero esos momentos son efímeros, porque la fatalidad del vampiro es la misma que padecemos nosotros: no se puede llenar. 

Entonces tiene que empezar de nuevo, todo el tiempo. Me parece que la necesidad del vampiro, y su forma particular de alimentarse, tienen un potencial increíble para la creación (y por algo no dejan de aparecer nuevas versiones de vampiros) porque le dan forma a nuestra necesidad de encontrar lo que nos llena afuera de nosotros mismos, que es erótica pero también es vergonzosa.

¿Fue necesaria mucha investigación sobre la arquitectura de Buenos Aires en los siglos anteriores o sobre los inicios del cementerio de La Recoleta?

Fue necesaria porque toda la novela surge de esos espacios, de la imaginería que despliegan y que, ante todo, nos enfrenta con lo que la muerte fue para otra época. Nosotros, sobre la muerte, no imaginamos nada. Tenemos una muerte sin imágenes. 

A veces una cruz, para las personas que son religiosas, pero nada más; no hay ángeles que nos cubran con sus alas, o con su sombra, ni mujeres que lloren desconsoladas, flores que pierdan sus pétalos… todo ese dramatismo, que está en el Cementerio de la Recoleta y en tantos cementerios antiguos, me interesa porque es bello, pero sobre todo porque nos es ajeno.

Los vampiros de ‘La sed’ son diferentes de los que hemos visto con anterioridad. ¿Qué tanto quería desligarse de la tradición sobre estos seres y qué tanto pensó sobre las formas de exterminarlos?

Bueno, hay un dato importante si se piensa en el vampiro gótico y es su pertenencia al reino de lo demoníaco, por oposición a lo divino. El vampiro es una aberración dentro del flujo de las almas, que al morir deberían ir al cielo; se trata de una criatura que trastoca ese orden, ya sea a partir de un pacto con el diablo o con las fuerzas oscuras, o por contaminación. 

Ese esquema es muy difícil de sostener en un presente, digamos, laico. Por eso muchas ficciones contemporáneas tratan al vampiro simplemente como otra especie, pero perteneciente, de algún modo, a la naturaleza. Pienso por ejemplo en ‘Let the Right One In’ (la película), o en ‘Only Lovers Left Alive’, donde el problema principal es cómo conseguir sangre en un mundo donde no se puede andar mordiendo a la gente por ahí, ni dejando huellas en todo lo que uno toca.

Su trayectoria

Yuszczuk es autora de ‘La inocencia’ (Iván Rosado), ‘Lo que la gente hace’ (Blatt & Ríos), ‘¿Alguien será feliz?’ (Blatt & Ríos) y ‘Los arreglos’ (Rosa Iceberg), entre otros títulos. ‘La sed’ fue publicada por la editorial Blatt & Ríos. Con esta historia la autora ganó la primera edición del Premio Nacional de Novela Sara Gallardo. 

vampiro

¿Los vampiros como una especie más en la naturaleza, con algunas semejanzas con los humanos y nada más?

Exacto, es un poco lo que te decía recién, que la idea de Dios se reemplaza por la idea de Naturaleza y entonces el vampiro ya no es tanto que sea impuro, o diabólico, sino que es un depredador. Y nosotros tenemos una relación bastante rara con esta noción de especies que matan a otras para alimentarse, porque matamos, pero delegando esa acción en otros, cosa que suceda fuera de nuestra vista. Somos y no somos (depredadores, carnívoros, lo que sea).

En la novela el ansia por la sangre despierta una necesidad casi sexual. ¿Cómo manejó el equilibrio entre hambre/deseo/miedo?

Más que un equilibrio, creo que fue al revés: el deseo es lo que desequilibra todo. En el caso de la vampira, si bien su impulso tiene que ver con la alimentación y la supervivencia, yo la terminé sintiendo bastante cerca de la figura del artista, o del escritor. 

Porque ella tiene dos modos de alimentarse: uno más inmediato, más destinado a satisfacer una necesidad, y otro más sofisticado, porque monta esas escenas que son como cuadros vivos y después se lamenta de que no le duren nada. 

La maternidad es otro tema importante. ¿De dónde vino esa idea de introducir la figura madre-hija en una historia de vampiros?

Creo que el costado más aberrante y hasta el más humillante de la figura del vampiro es el de un bebé, más allá de su autoridad, del poder que detenta y del modo que maneja a sus víctimas. Creo que es algo tan asqueroso que hasta queda mal decirlo. Y todo bebé es un vampiro antes que nada, succionando el alimento del cuerpo de su madre. No hay que ir muy lejos para encontrar una relación con la maternidad. 

Creo que también hay algo de vampirismo cuando la mujer extrae el semen del varón, en fin, fíjate que la del vampiro es una figura en la que se anudan tantas cuestiones y eso que todavía no hemos hablado de la violencia, de la violación que subyace a toda historia de vampiros. 

¿Le preocupó en algún momento que ‘La sed’ pudiera no ser bien acogida por pertenecer a un género trillado como el de los vampiros?

No, la verdad que cuando la estaba escribiendo no pensé nada. Después sí me llegaron muchos comentarios del tipo: “la verdad nunca hubiera leído una novela de vampiros, pero me gustó”. Está bien, yo siempre digo que hay que tener prejuicios, no tenemos tanto tiempo en la vida como para leer todo ni aceptar todo.

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