
Es un hombre duro, inclusive áspero, al que le cuesta sonreír. Está claro que no trata de ser simpático. Prefiere una cortesía fría y distante, y se concentra en la precisión de sus palabras: quiere ser exacto en cada adjetivo y certero en cada definición. Rodrigo Borja, presidente del Ecuador entre 1988 y 1992, es un político consecuente y sin recesos, que –junto con León Febres Cordero y Osvaldo Hurtado, sus dos más habituales adversarios– ha dominado la política ecuatoriana desde el rescate de la democracia, en 1979.
Por cierto, Rodrigo Borja fue político desde siempre. “Y es que yo siento dolor por el Ecuador”, dice, para explicar que, al cabo de su gobierno y de cuatro candidaturas presidenciales, siga en la brega diaria de la feroz política ecuatoriana, al extremo de que nadie descarta que vuelva a ser candidato para el período que se iniciará en enero de 2003. Él asegura, sin embargo, que lo que en realidad quisiera es dedicarse a sus libros, sobre todo a su Enciclopedia de la Política, cuya primera edición publicó en 1997 el Fondo de Cultura Económica, de México, y a la que Borja sigue nutriendo cada día, infaltablemente, con la tenacidad y la constancia que lo caracterizan.
Nacido en 1935, en Quito, de familia ilustre y sin manchas, Rodrigo Borja fue siempre un hombre competidor y de lucha, dispuesto en todo momento a medir fuerzas y talentos. Sus partidarios lo consideran brillante; sus detractores opinan de él exactamente lo contrario. Lo que nadie niega es su constancia, que ha demostrado con creces, y su honradez, que no ha sido puesta en duda. A pesar de que él no lo admite, pues afirma que tiene inmensa acogida en el “Ecuador profundo”, es notoria su falta de carisma: su entrada no causa esos silencios y esos vacíos que acompañan cada movimiento de los líderes dotados de capacidades magnéticas. Pero Borja ha suplido esa carencia con esfuerzo, estudio, austeridad y un carácter serio y severo, que lo han convertido –a pesar de todas las dificultades− en un conductor de multitudes.
Doctor Borja, ¿usted morirá en la política?
No necesariamente. Yo ya hice, cuando terminé mi gobierno, que muriera mi actividad política y, como usted ve, yo seguí viviendo.
Pero usted sigue haciendo política…
Pretendí retirarme y dedicarme a mis libros, a mis investigaciones, a escribir mi enciclopedia, que por su misma naturaleza es una obra permanentemente inconclusa. Hoy mismo tengo mil páginas para agregar. En esto trabajo todos los días. Es un libro que no tiene fin. A él me dediqué, con exclusividad, durante cinco años. Y mi deseo sería seguir dedicado a estas ocupaciones intelectuales, que son tan gratificantes.
¿Qué pasa, entonces? ¿No puede dejar la política?
−Regresé a la política por el dolor que sentí por el Ecuador. Y es que no hay país en el mundo que eventualmente no tenga un mal gobierno o un gobierno corrupto, pero la tragedia ecuatoriana es haber tenido cuatro gobiernos lamentables (Durán-Ballén, Bucaram, Alarcón, Mahuad) en apenas siete años. Eso explica todo el quebranto del Ecuador.
¿Cuánto tiempo después de haber dejado la Presidencia sintió ese “dolor por el Ecuador”?
Cuando empezaron a marchar mal las cosas. Mi primera desilusión fue ver que se abandonaba la tesis del arbitraje papal, que era la única que hubiera abierto un espacio a la equidad en el arreglo del problema limítrofe ecuatoriano-peruano. Me angustié al ver que nos llevaban a las negociaciones diplomáticas directas, en las que se invitaba al país más poderoso a imponer sus tesis. Eso me dolió mucho. Y también la tragedia de nuestro pueblo, la pobreza, el derrumbe de la economía, de los salarios, el aumento de los desempleados. Todo eso me impactó tan duramente que resolví salir de mi estudio y retornar a la acción política.
Y si hubiera un buen gobierno y a usted le pasara ese “dolor por el Ecuador”, ¿se retiraría de la política?
Sí, yo me apartaría para siempre. No dejaría la preocupación por mi país, claro, pero sí esta vida a salto de mata que es la política en el Ecuador.
Y así, en esta vida a salto de mata, ¿volverá a ser candidato a la Presidencia?
No tengo esa intención. Si de mí dependiera, no volvería a ser candidato. Yo volví a la política solamente por solidaridad con mi pueblo, que es digno de mejor suerte.
Si no depende de usted, ¿de quién depende que vuelva a ser candidato?
Depende de la situación del país, de sus circunstancias. Depende de a dónde vaya a parar el Ecuador después de este proceso tan confuso de autonomías.
¿Le preocupa la descentralización?
Yo soy partidario de la descentralización y siempre lo fui, inclusive antes de que este tema se discutiera abiertamente. Pero tampoco puede permitirse que, con la bandera de las autonomías, el Ecuador sea descuartizado.
¿Están tratando de descuartizar al Ecuador?
Me temo que algunas personas pretenden eso, bajo el estímulo del gamonalismo y de las oligarquías, que quieren desvincularse de los controles y quieren tener sus propios superintendentes y sus propios contralores, que estén bajo su dominio, de manera que los controles no sean nacionales.
Es decir que lo que quieren es el descontrol…
Exactamente. Para hacer lo que les venga en gana.

Y por esa vía, ¿hay peligro de desintegración y desaparición del Ecuador?
La entidad política llamada Ecuador puede debilitarse enormemente, puede trizarse en una multitud de intereses regionales y particulares. Se podría llegar a la desintegración si el tema de las autonomías no fuese manejado con patriotismo y sensatez. En concreto, la descentralización no puede incluir a los organismos de control, que tienen que seguir siendo nacionales.
Usted dijo, al empezar esta entrevista, que posiblemente no morirá siendo político. ¿Nació siendo político?
No. Mi vocación política no apareció muy temprano. Apareció, más bien, cuando estaba en el colegio. Tenía 15 ó 16 años. Yo era muy cuestionador, muy contestatario. En el colegio ya fui candidato y sufrí mi primera derrota electoral: perdí las elecciones a la presidencia del consejo estudiantil, por 3 ó 4 votos, frente a un compañero de sobrados méritos llamado Franklin Maiguashca. Después, en la universidad, participé en la política universitaria y tuve mi primer triunfo electoral: gané las elecciones para la presidencia de los estudiantes de derecho.
De ahí a la política nacional, ¿cuánto transcurrió?
Casi nada. Muy joven, en el año 62, cuando estaba cerca de cumplir 27 años, fui elegido diputado, por una alianza de partidos llamada Frente Democrático Nacional, que en el 56 apoyó la candidatura presidencial de Raúl Clemente Huerta, en el 60 la de Galo Plaza y más tarde, en el 68, la de Andrés F. Córdova.
De ahí en adelante la política lo absorbió…
No del todo. Al mismo tiempo que entré a la política, ya me puse a escribir. Mi primer libro fue de derecho político y constitucional. Lo escribí de 1959 a 1964. Y mi último libro, la enciclopedia, todavía lo estoy escribiendo y completando. Y quisiera no dejar nunca de hacerlo.
El político Rodrigo Borja, ¿nació o se hizo?
Creo que tenía el germen interno de la política, aunque mi familia no fue de políticos militantes. Mi bisabuelo fue un hombre público muy respetado, el doctor Luis Felipe Borja, un gran jurista, autor de los comentarios al Código Civil. Mi abuelo, que llevaba el mismo nombre, fue también jurista. Ambos intervinieron ocasionalmente en la política, por ejemplo en 1910, conformando una junta patriótica ante la amenaza de agresión militar peruana. Mi padre no fue un político realmente activo, aunque encabezó con Leonidas Plaza un alzamiento armado contra Arroyo del Río, que dejó muchos muertos y muchos heridos. Plaza fue apresado. Mi padre logró evadir el cerco, y en la cajuela de un taxi huyó hacia el sur, llegó a La Ciénega, la hacienda del coronel Juan Manuel Lasso, quien le prestó cuatro caballos y un guía. Después de 17 días de travesía por los páramos, lejos de las carreteras, llegó a La Toma, en Loja, donde un amigo, el señor Hidalgo, dueño del ingenio Monterrey, le cambió los caballos cansados por otros frescos, para que siguiera hacia el sur, hacia el Perú, donde pidió asilo territorial.
Pero, entonces, usted lleva la política en la sangre…
Probablemente esos antecedentes familiares algo tuvieron que ver en el despertar de mis intereses políticos.
¿Por qué se hizo liberal?
Porque no había otra opción: por entonces no había sino conservadores, liberales y socialistas-marxistas. Lo más cercano a mi pensamiento era el liberalismo.
¿El socialismo marxista nunca lo atrajo?
No, salvo en su filosofía y en algunos elementos interesantes, como el materialismo dialéctico. Además, si el mundo fuera altruista y no egoísta como es, yo creo que la mejor doctrina sería la marxista. Pero el marxismo no tiene los arbitrios para manejar a un ser humano egoísta. Por eso crea, como ya pasó en los países socialistas, una tecnoburocracia centralizada y abusiva, que reúne en sus manos la totalidad del poder político y económico, hasta multiplicar el autoritarismo.
Lo que está diciendo es, entonces, que como de lo que se trata es de gobernar a seres humanos, no a ángeles, es mejor el liberalismo que el socialismo…
Lo mejor es el socialismo democrático, que contiene elementos positivos de las dos grandes doctrinas, para aplicarlos a la realidad de los seres humanos y de sus sociedades.
¿Y lo que más se parecía al socialismo democrático era, en los años sesentas, el liberalismo radical?
Yo entré, efectivamente, al Partido Liberal, pero de las primeras cosas que hice fue escribir un folleto llamado Nueva Interpretación de la Doctrina Liberal, que es el basamento de nuestra ideología socialista democrática. Ahí caí en desgracia a la vieja guardia liberal.
Sin embargo, la doctrina que triunfa hoy en el mundo, irresistiblemente, es el liberalismo…
No. En muchos de los países más ricos de Occidente las posiciones neoliberales han sido derrotadas. Fíjese en Europa: en 12 de los 15 países de la Unión Europea hay gobiernos socialdemócratas.
¿Y usted fue liberal hasta cuándo?
Me afilié al Partido Liberal porque necesitaba un instrumento para hacer política, pero siempre fui contestatario en mi propio partido, hasta que terminé por desafiliarme. Fue entonces cuando me dediqué a formar un partido socialista democrático, la Izquierda Democrática, que fue lo que siempre soñé. Era 1970.
Dicen que, por esa época, a cada persona que entró a la Izquierda Democrática usted la reclutó y que cada pared con color anaranjado usted la pintó. ¿Es cierto?
Sí. Yo era, por entonces, abogado y profesor en la universidad. Trabajaba hasta el mediodía de los viernes. A esa hora me iba con compañeros y amigos, y cuando eso no era posible nos íbamos solos mi mujer y yo. Volvía a Quito los lunes al mediodía. Recorrí varias veces todo el país. Mucha gente que nunca había entrado a la política, porque creía que “política” era una mala palabra, entró a nuestro partido. Recluté dirigentes y militantes en cada pueblo y en cada caserío. Y en los caminos me detenía a pintar la leyenda “Izquierda Democrática: Justicia Social con Libertad”. Fue una época maravillosa. Pero fue también una época muy difícil.
¿Por qué fue muy difícil?
Mucha gente nos miraba con lástima: “¡Pobres! Pintando piedras en el camino”. Y es que en esa época era muy difícil popularizar un nombre y un partido. No había televisión. La labor política era mucho más personal, casa por casa, pueblo por pueblo. Realmente agotador.
Agotador, sin duda, pero por la forma en que lo cuenta parece que usted disfrutó mucho esa época.
Sí. La primera vez que salimos, ya como grupo político organizado, casi lloro de la emoción.
¿Llora usted fácilmente?
No.
Pero, me decía, ese día casi lloró de la emoción.
Sí. Era 1976. Hicimos una caravana de unos 40 ó 50 vehículos, de Quito a Cotacachi. Yo iba al frente, abriendo el camino. Fue fantástico. Además, nosotros fuimos los primeros en incorporar banderas a la acción política. Antes, cada partido tenía su bandera, pero no era la multitud la que flameaba banderas. Eso causa emoción, mística.
Después vino la primera campaña presidencial…
Sí. En el año 78, el partido ya se había consolidado y ya podíamos entrar en una campaña nacional.
Dicen que usted soñó toda la vida con ser Presidente.
Creo que lo pensé por primera vez en los tiempos del colegio. No tengo una fecha. Pero una idea inconfesada, interior, debe haber aparecido por esa época.
Cuando usted fue candidato por primera vez, en 1978, ¿en verdad pensó que podría ganar?
No. Esa campaña tenía el propósito fundamental de hacer conocer nacionalmente al partido, someterlo a su primera gran prueba electoral, difundir su credo. Por eso, la noche de la elección yo dije que “hemos perdido una batalla, pero no la guerra”.
En 1984, cuando volvió a perder, ¿sintió que ahí sí había perdido la guerra?
Claro. Ahí sentí que había perdido. Pero tampoco me desalenté. Inmediatamente escribí un pequeño folleto, llamado La lucha continúa. Y no descansé ni un solo día: desde la mañana siguiente a las elecciones me dediqué, otra vez, a recorrer el país, agradeciendo a la gente por su apoyo. Fue muy emocionante ver a multitudes llorando por la pérdida.
¿Por qué perdió, si esa elección ya parecía ganada?
Por fraude electoral, Jorge. Por fraude electoral. Esta es la primera vez que lo digo.
¿Quién hizo el fraude? ¿Y cómo?
Lo hicieron mis adversarios políticos. Se tomaron las mesas electorales, por las buenas o por las malas, y a las cinco de la tarde, cuando se contabilizaban los votos, los adulteraron, anulando mis votos y marcando los votos en blanco a favor de mi adversario. Eso lo reportaron los elementos militares que custodiaban las mesas. Pero los militares no tenían ninguna atribución para intervenir en el proceso. Fueron mudos testigos de lo que ocurría. Así sucedió. Nunca lo dije. Esta es la primera vez que lo digo.
¿Por qué no lo dijo antes?
Porque no me pareció elegante escudar la pérdida. Preferí seguir luchando.
Y así llegó a 1988...
En el 88, el partido y sus planteamientos ya eran imprescindibles. Había gobernado la derecha y había tenido un gran fracaso.
¿Febres Cordero fracasó?
Así me parece.
¿Fue un mal presidente?
Creo que sí.
¿Fue un buen alcalde?
Me parece que sí.
Volvamos a 1988...
El triunfo de la ID era un imperativo histórico en el 88. Era un imperativo nacional. Fue por eso que la campaña se hizo bajo el lema, que yo mismo escogí, de “Ahora le toca al pueblo”, que reflejaba exactamente lo que el Ecuador sentía.
¿Y qué tal presidente fue Rodrigo Borja?
Sinceramente, pienso que pudo ser mejor.
¿En qué falló?
Viendo las cosas con la perspectiva que da el tiempo, pienso que me faltó experiencia. Pude haberme ahorrado errores y pude haber aumentado los aciertos.
¿Qué errores tuvo y qué aciertos no tuvo?
Varios, varios. Por ejemplo, tuve la idea de imponer peajes en las carreteras, por administradores del Estado, no por concesiones. Es que a los propietarios de vehículos les resulta más barato pagar un peaje razonable, para mantener bien las carreteras, que sufrir el deterioro de sus vehículos por el mal estado de los caminos. Pero no lo hice. No puse los peajes por falta de experiencia.
¿No fue, más bien, por un cálculo político inmediatista y fácil?
Es probable que haya sido un cálculo político, que haya temido que se fuera a molestar mucha gente. Eso es, precisamente, falta de experiencia.
¿Lo que usted está diciendo es, entonces, que Rodrigo Borja en el año 2003 sería mejor presidente que en 1988?
(Risas)
No me ha contestado…
Es que no he tomado la decisión de ser candidato. Pero, ya que me lo pregunta, creo que sí. Y es que la Presidencia es un postgrado en ciencias políticas y también en ciencias humanas.
¿Y usted considera que, en ese postgrado, se graduó con buenas calificaciones?
Yo pienso que hoy, con la perspectiva y la moderación que da el tiempo, se han reivindicado ciertos valores de mi gobierno, especialmente por contraste con todo lo que vino después. Se vio que fue un gobierno de paz, de tranquilidad, de respeto, de honestidad, de trabajo, de crecimiento económico.
Pero a usted lo acusan de haber desperdiciado la mayoría legislativa que tuvo durante toda la primera mitad de su mandato.
Eso dicen quienes no conocieron interiormente el fenómeno. La famosa mayoría era parte de un entendimiento político con la Democracia Popular, pero la Democracia Popular no estuvo de acuerdo con todos mis planteamientos. Me apoyó en algunas cosas y en otras no. Y no se olvide de que votos de la DP censuraron y destituyeron ministros de mi gabinete. Yo no tuve ninguna mayoría.
¿Usted gobernó pensando en su popularidad o en el juicio de la historia?
No goberné, en ningún caso, pensando en mi popularidad.
¿Teme el juicio de la Historia?
No, no le temo. No tengo la menor idea de lo que la Historia dirá de mí. Pero no le temo porque no hay una Historia sino varias historias, según quien la escriba. Más me guío por mi conciencia.
¿Y qué dice su conciencia?
Mire, cuando camino por las calles de mi país lo que noto es que hay una cierta nostalgia por mi gobierno.
¿Incluso en la Costa?
Sí. E incluso en personas que cuando yo era Presidente me combatieron a sol y a sombra desde la trinchera de la empresa privada. Decían que el Ecuador se iba a acabar con mi gobierno. Y no sólo que no se acabó, sino que en 1991 batimos todos los records de inversión privada. Y es que se podía estar a favor o en contra de mi gobierno, pero se sabía que había normas, que había rumbos, el país sabía adonde iba. Eso daba seguridad, atraía inversiones y generaba crecimiento. En mi gobierno el Ecuador estuvo en plena marcha, sin privatizar nada.
Si todo iba tan bien, ¿por qué la Izquierda Democrática perdió tan rotundamente las elecciones de 1992?
−Por varios factores. Uno de ellos fue que no supimos comunicar bien los éxitos del Gobierno. Los medios tampoco comunicaron bien los hechos de mi gobierno, como que el Ecuador creció 5,4 por ciento anual durante mi administración. Y eso lo hicimos con la doctrina de hacer que la economía creciera de abajo hacia arriba, que es lo que enunció en los años treintas el economista inglés John Maynard Keynes, que fue también lo que hizo antes de la Segunda Guerra Mundial el presidente norteamericano Franklin Roosevelt.
Usted está citando a Keynes, doctor Borja, con lo que parece darles la razón a quienes lo acusan de que su pensamiento no ha evolucionado, sino que se quedó varias décadas atrás.
Eso dicen mis adversarios, pero yo les contesto que eso es menos malo que volver doscientos años atrás, a Adam Smith y a las categorías liberales.
Pero, siguiendo las ideas de Adam Smith y de otros pensadores liberales, en Occidente han surgido en los últimos años las economías más prósperas de la historia de la humanidad...
Esas grandes potencias que explotan al mundo entero naturalmente que están bien y que prosperan. Pero ese no es un índice. Claro que los Estados Unidos, con su neoliberalismo, ha llegado a la cúspide. Lo que hay que ver es qué pasa abajo, en la periferia, y qué nos pasa a los pueblos de Asia, África y América Latina. Claro que la economía norteamericana es muy próspera, pero sobre la base de la explotación del mundo entero.
También esa teoría de la relación dominación-dependencia es de los años sesentas…
Claro. Pero negar eso es cerrar los ojos a la realidad. Y yo pregunto si es verdad o no que existen países dominantes y países dominados. Y esa relación se ha agudizado por las ideas neoliberales. Yo no me he quedado en los años sesentas, pero creo que lo peor que le puede pasar al tercer mundo es entregar el comando de sus economías a las grandes empresas privadas.
¿Por qué?
Porque van a gestionarlas en su propio provecho, no en provecho de la comunidad.
Para evitar eso existe, en los Estados modernos, el papel regulador y controlador del Estado.
Pero en todo caso el Estado debe tener un papel preponderante. No soy estatificador. Yo no estaticé nada. Pero el Estado debe ser el orientador de la economía. Si desaparece o se debilita el Estado, ¿quién va a defender a los pobres?
Tal vez el mercado, por su capacidad autoreguladora.
¿El mercado? ¿Que se autoregula? Esa es la falacia más grande. El mercado no tiene ninguna sensibilidad para la gente más pobre. El mercado sólo habla de eficiencia. El Estado es el único que puede defender a los pobres. Los empresarios privados, por respetables que sean, no son filántropos.
¿Los burócratas sí son filántropos?
Tampoco. Por eso hay que controlarlos, ponerlos en vereda y hacerles entender que están al servicio de la comunidad, que ganan su sueldo del sudor del pueblo, y que deben servirle, no tiranizarlo.
¿No sería mejor aplicarle esos controles a los empresarios, para así evitar excesos pero al mismo tiempo liberar toda la iniciativa del sector privado?
Por supuesto. Eso es lo que yo hice en mi gobierno y esa es la senda correcta: los empresarios sometidos a las normativas que da el Estado. Pero fíjese lo que está pasando ahora: con la dolarización, el Banco Central son actualmente los exportadores. Tendremos aquí los dólares que ellos quieran que tengamos. Ellos decidirán cuál será la liquidez que tenga la economía.
Si usted volviera a ser Presidente, ¿daría marcha atrás en la dolarización?
No, ya sería imposible: este es un camino sin retorno. ¿Quién entregaría sus dólares para que le vuelvan a dar sucres?
Y las privatizaciones, ¿también son un camino sin retorno?
Yo creo que no. Pero además no creo que el país vaya a permitir las privatizaciones en sectores básicos.
Pero ciertos sectores, precisamente porque son básicos, ¿no requieren la eficiencia del sector privado?
No crea usted, Jorge, que lo privado es sinónimo de eficiencia. Vea usted el servicio telefónico celular. ¿Usted diría que es un buen servicio? ¿Verdad que no? Es un servicio malo, muy malo. Y muy caro. Y es privado.
Y las empresas públicas, ¿son eficientes?
No, también son ineficientes.
¿Todos los ecuatorianos somos, entonces, ineficientes?
−Por supuesto, porque desde hace 25 años ha fallado la educación. El sistema educativo es pésimo y está produciendo malos profesionales. Sólo por excepción salen buenos. Por esfuerzo propio. Por eso somos ineficientes. Pero vaya a Francia: si usted quiere el mejor colegio para su hijo, tiene que ir al colegio público. Y la electricidad es manejada por el Estado, y los trenes, y el metro, y los aviones. Y son eficientes. Entonces no es cierto que el administrador público es necesariamente ineficiente. Aquí somos ineficientes, pero tanto en el sector público como en el privado.
Sigamos en los caminos sin retorno: el acuerdo de paz con el Perú, ¿es un camino sin retorno?
Ese acuerdo fue una cesión, una entrega, que no me gustó para nada. Pero es irreversible, porque cualquier intento de volver atrás traería grandes riesgos de orden militar.
Doctor Borja: toda esta dedicación de tantas horas al día, durante tantos años, a la política, en detrimento de la familia, de los amigos, de las lecturas, del descanso, ¿valió la pena?
Sí, valió la pena. Claro que valió la pena. Cuando se considera a la política como una actividad altruista, de servicio, de entrega, siempre vale la pena.
EN DOS PALABRAS…
−¿León Febres Cordero?
−Mal presidente, buen alcalde.
−¿Jaime Nebot?
−Hombre inteligente y de decisiones, pero profundamente equivocado en sus ideas políticas y muy limitado por los intereses económicos.
−¿Osvaldo Hurtado?
−Hombre culto y bien preparado. Un teorizante de la política, al que le faltan anclajes con la realidad.
−¿Sixto Durán Ballén?
−Simplón.
−¿Abdalá Bucaram?
−Bufón impreparado.
−¿Jamil Mahuad?
−Corrupto e inepto.
−¿El gobierno de Mahuad?
−Corrupto e inepto.
−¿Gustavo Noboa?
−Tenía mejor concepto de él hasta que salió la ley Trole.
−¿Los militares?
−La organización militar es uno de los pocos elementos coherentes que tiene el Ecuador.
−¿Los sacerdotes?
−Hay buenos y malos, porque detrás de la sotana está el ser humano, con sus vicios y virtudes.
−¿Los empresarios?
−Los hay también buenos y malos: los que ayudan a resolver los problemas sociales y los que solamente rinden culto al dinero.
−¿Los sindicalistas?
−Unos no salen de la estrechez de los intereses sindicales, otros tienden a entender la complejidad de la sociedad.
−¿Los indígenas?
−Después de haber sido los olvidados de siempre, han asumido un importante protagonismo político.

