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Mundo Diners al día

Milton Barragán: entre la arquitectura y la escultura

por Milagros Aguirre

TIEMPO DE LECTURA 11 MINUTOS
Milton Barragán
Fotografía archivo: Benjamín Chambers.

La vida profesional de Milton Barragán estuvo entregada a la creación artística y arquitectónica. En esta entrevista, publicada por Mundo Diners en 2005, recordamos varias facetas de esa particular existencia.

“La ausencia de una historia crítica del arte contemporáneo ecuatoriano es un vacío que perjudica al país”, opina Milton Barragán, arquitecto, profesor universitario, escultor, quién nació en Huigra y, siendo aún muy niño, vino a Quito a estudiar. Su padre trabajaba en el ferrocarril, cuenta el escultor de los metales. Los hierros, los durmientes del tren y el ruido de las máquinas de vapor, están entre sus recuerdos de infancia más preciados. Barragán dibujaba desde niño. Conoció el dibujo a través de Jan Schreuder, el modelado y la acuarela por Jaime Andrade. Pertenece a una generación de artistas plásticos de vanguardia que surge en los años sesentas y que marca las pautas del arte contemporáneo de hoy. Entre la arquitectura y la escultura, Barragán define a la creación como uno de los actos más sublimes del hombre.

–¿En qué está Milton Barragán hoy?

–Sigo ejerciendo la profesión de arquitecto pues al no hacerlo pasaría estrechez, pero sigo produciendo arte. Algo que me llena de satisfacción y que vengo haciendo desde hace 36 años sin tregua, es la escultura. También ejerzo la docencia universitaria, soy profesor de Diseño Arquitectónico, y lo he sido durante 42 años. También planifico edificaciones en todos los órdenes y edificios en propiedad horizontal. Actualmente, uno de los trabajos profesionales más importantes que realizo en consultoría tiene que ver con la rehabilitación arquitectónica del edificio del Congreso Nacional, que se quemó el año 2003 y que se encuentra ya en plena ejecución.

Esa tarea no ha sido fácil..., polémica incluida, con el tema del mural de Guayasamín, ¿no?

En efecto, mi decisión de reubicar el mural de Oswaldo Guayasamín del salón del Congreso Pleno a exteriores trajo polémica. Mi opinión, que la comparten muchísimos ecuatorianos, es que el salón del Pleno debe mantener la majestad y la sobriedad que corresponden a un foro de esa importancia, por lo que soy partidario de recuperar el diseño original con el que fue construido, teniendo como emblema de su dignidad solamente al máximo símbolo patrio que es el Escudo Nacional. Eso disgustó a quienes creen que el Congreso debe también admitir lo panfletario, este tipo de manifestaciones que agradan a unos y agravian a otros.

–¿No le gusta el mural?

–Creo que el mural del Congreso refleja una visión unilateral de la historia del país. Sin embargo, no discuto la importancia histórica y artística de la obra y por eso he planteado reubicarlo en un marco de honor, en el exterior del Pleno, para que sea el ciudadano común quien pueda observarlo, admirarlo y, en última instancia, juzgarlo por sí mismo.

–Usted habla del arquitecto y del escultor, ¿divide acaso su quehacer arquitectónico de su quehacer escultórico?

–Subsisto de mi profesión de arquitecto más que como artista. Sin embargo, creo que la arquitectura está considerada como madre de las artes plásticas pues es el continente de la pintura y de la escultura. Mi forma de practicar la arquitectura delata una fusión muy clara con la de hacer escultura, y viceversa. En la escultura se trabaja con la luz, el vacío, la materia, la textura, los ritmos, el espacio. También en arquitectura. Gran parte de mi obra arquitectónica es de alguna manera una manifestación de escultura monumental que refleja mi preocupación en cuanto a luz, espacio, textura, etc. El Templo de la Patria y el Templo de la Dolorosa son manifestaciones escultóricas monumentales, las hay también de menor escala y significado, pero todas llevan en su composición, en su estética y en su organización espacial, la preocupación primaria del objeto escultórico y el diálogo que aquel establece con el ser que las observa.

–¿El espacio público pertenece a la arquitectura y el espacio privado a la escultura?

–Yo no lo veo de esa manera. Creo que toda manifestación artística tiene que ver con lo público y tiene que dejar huella. Lo que pasa con la arquitectura es que en ella pesará siempre el interés del cliente, la idea es que el arquitecto tiene que interpretar la voluntad de aquel, sus gustos y caprichos, de lo contrario no se materializa. En cambio, manifestaciones como la pintura o la escultura dependen más del fuero y la inspiración de las que está investido el artista creador.

–¿Qué dice usted de la arquitectura postmoderna, de los híbridos arquitectónicos, de la arquitectura del migrante?

–Creo que la revolución que puso en vigencia la arquitectura moderna fue tan apabullante y universal que ocasionó, luego de varias décadas, un aletargamiento en el mundo de los diseñadores, por lo que a partir de la segunda mitad del siglo XX algunos arquitectos buscaron nuevas formas, para terminar cayendo en ciertas expresiones neoclásicas, rebuscadas en el baúl de la arquitectura, con el afán de llamar la atención y de no aburrir con el racionalismo a rajatabla que imponía la arquitectura moderna. Sin embargo, ésta no ha sido aún superada, porque ha dejado huellas profundas en el racionalismo del diseño.

La arquitectura siempre está sometida, además, a la técnica y a sus avances. Un ejemplo es el famoso puente que se acaba de inaugurar en el sur de Francia, que tiene una autopista a 300 metros de altura sobre el abismo, una utopía que la coloca al nivel de maravilla del mundo... Esos son logros de la ciencia que van determinando cambios de concepto en la arquitectura y el diseño, y que un profesional consciente no puede ignorar. En arquitectura uno debería ser muy responsable de lo que diseña y construye, porque aquello permanece a veces demasiado en el tiempo, perdura no solo años, a veces siglos, dejando huella en la formación estética de los individuos, lo que lo hace peligroso. Prueba de ello son los híbridos y la pésima arquitectura que abunda y que no se destruye por causa de intereses económicos, por compromiso, o por vergüenza.

–¿La crítica ha dado la dimensión que merece su obra, tanto arquitectónica como escultórica?

–En el Ecuador la poca que ha habido está todavía en pañales. Los críticos realmente no han trascendido al nivel que lo han hecho los artistas. Hasta ahora no se ha escrito la historia del arte ecuatoriano ni de la pintura ni de la escultura. Eso no es solo responsabilidad de los críticos sino también de los artistas, quienes a veces procuran igualar hacia abajo en lugar de apoyarse y elevar su condición. Todo eso ha limitado la renovación de procesos creativos de lado y lado, tanto desde lo artístico y estético, como desde la crítica y la percepción sobre el arte. Y así como no se ha escrito una historia del arte, tampoco se ha escrito una historia de la arquitectura ecuatoriana y poco se ha dicho sobre los referentes de la arquitectura moderna en Ecuador, lo que nos deja en territorio de lo desconocido para el mundo exterior.

Pero el balance en escultura es muy positivo, cuando he podido exponer afuera he recibido comentarios críticos excelentes. Igual cuando han pasado por el país críticos extranjeros. En cuanto a arquitectura, la confrontación con la crítica se limita a lo local, con pocas manifestaciones de personalidades internacionales que acuden periódicamente a las bienales.

–¿El trabajo del escultor es más solitario que el del pintor?

–Es verdad, pero además la proporción entre escultores y pintores es de dos o tres por ciento para escultores y…los demás son todos pintores. En esa misma proporción los medios dan más espacio a los pintores que a los escultores, a pesar de que hay una tradición nacional que apunta a la escultura como una de las formas de expresión más importantes que ha cultivado el país desde la prehistoria. Como ejemplos están los vestigios cerámicos de culturas como Valdivia, Chorrera, Tolita, etc. y luego la magnífica producción de la época colonial.

–¿Cómo descubre la escultura?

–Soy de la generación de artistas y plásticos que se iniciaron en los años cincuentas y sesentas. Mis referentes están en Jaime Andrade, Jan Schreuder, Olga Fish, Lloyd Wulf, Guayasamín. Entre mis contemporáneos están Tábara, Maldonado, Viteri, los del grupo Van. Estudié urbanismo y planeamiento regional en Francia, Italia y Gran Bretaña. Esa estadía me puso en contacto con las expresiones artísticas de posguerra, de finales de los años cincuentas. Comencé haciendo cerámica, aprendiendo la técnica del torno, el horneado y el glaceado. Naturalmente, todo esto vinculado con la profesión, pues en la arquitectura uno tiene que trabajar modelos y maquetas a escala, es decir, pequeñas esculturas. Esto estimulaba mi interés creativo y a la vez me permitía aprender técnicas de la construcción, como la suelda, los metales, los mosaicos, el tratamiento del hormigón, que pesa mucho en la historia de la escultura contemporánea como es el caso de Chillida, y el mismo Picasso.

–¿Cómo fue el paso de la cerámica al hormigón, a los metales?

–La cerámica demanda mucho tiempo y su proceso es casi mágico: uno no sabe lo que va a salir sino hasta que saca la pieza del horno. Yo necesitaba algo más inmediato, así que empecé a trabajar con la suelda eléctrica. Los dibujos se volvían formas, en cosa de horas. La cerámica puede demandar varios días. Con la suelda uno siempre puede rehacer, ensamblar, como si se tratara de un rompecabezas. Ahí fue donde encontré mi quehacer. Para dominar su oficio, el escultor ha de transitar de lo lleno a lo vacío y viceversa. Hacer escultura es una aventura que exige involucrarse, consciente y voluntariamente; manejar una profusión de símbolos, metáforas y mitos que, incorporados en la obra, son trasladados al observador, quien deberá descifrarlos –la mayoría de las veces– según sus propios códigos, su sensibilidad, inclusive su subconsciente.

Tallar, cincelar, soldar, fundir, modelar o jugar con la materia, es también penetrar los secretos de la creación. Quien no sabe acariciar no podrá modelar; quién no siente la materia, no puede sacar de ella la infinita gama de recursos que ofrecen el átomo, la molécula o la partícula que integran cada trozo de piedra o de madera. Sentir el punto de fusión del metal y actuar en la materia como actúan los factores físicos: el agua, el aire, el fuego, la oxidación, el tiempo, inclusive la polilla. Así lo entiendo yo.

–¿Barragán hace bocetos?

–Ocasionalmente trabajo bocetos en dibujo o en alambre, pero lo más común en mi trabajo es bocetear directamente con el material, con la suelda en el hierro o con pegas si es madera. La mayoría de veces del boceto surge la pieza definitiva. Otras veces, recurro al boceto para explicar una idea a mis colaboradores, pero en general la obra depende mucho de lo que previamente ya tomó cuerpo en la mente, en la memoria; en el consciente y en el inconsciente.

Normalmente trabajo solo y a veces con un ayudante. Dependiendo de la magnitud de la obra necesito de más ayuda, pues el material es pesado y, por supuesto, no siempre lo puedo manejar solo.

–¿Cómo define la escultura?

–La escultura tiene que ver más con la relación espacial y con el tiempo. La escultura y la arquitectura son variables con la luz, con el tiempo, con el clima, con el público. El escultor debe ser capaz de manejar el espacio, esa es su materia prima. La medida del espacio es la línea, el plano, lo lleno y lo vacío, la materia y la textura. Si el escultor no comprende la esencia del espacio no puede crear, ni escultura ni arquitectura. El espacio arquitectónico y el escultórico pueden ser vividos tanto por su creador, como por su público. Uno puede vivir la escultura, entrar en ella, físicamente como en la arquitectura –como en los penetrables de Soto, en donde el espectador forma parte de la escultura, entra en ella, juega dentro de ella– y también puede hacerlo mentalmente.

De la política a la buena música

–¿Qué piensa de la política de hoy en general y de la ID en particular?

–La política es una actividad que debe merecer la atención de quien se siente parte de un conglomerado humano. Quien desee vivir ermitaño puede desentenderse…

He participado activamente y apasionadamente durante un largo período de mi vida y creo haber entregado buena parte de mi capacidad en calidad de consejero provincial, diputado nacional alterno, concejal y presidente ocasional del Municipio de Quito y no quiero citar todas las funciones porque resulta inútil. Lo hice bajo una sola denominación –la Izquierda Democrática–, partido que ayudé a crear, formarse y obtener sus primeros triunfos en la arena política de hace 25 años. Nunca milité en ningún otro partido ni pienso hacerlo, porque creo que para militar políticamente debería confiar en alguna organización nacional y no encuentro ninguna actualmente que me inspire confianza.

Pertenezco a aquella generación que quiso sacudirse de cuarenta años de hegemonía del doctor Velasco Ibarra, pero que solo produjo algunos pequeños líderes ególatras que no han tenido trascendencia.

–¿Qué le queda a Milton Barragán de su paso por la política?

–Todos somos animales políticos. Todos tenemos una posición ante la vida, ante la sociedad. Como artista y como arquitecto tengo una formación humanista, y como tal me siento obligado a pensar y obrar en función social. Llegué a la conclusión de que si no se interviene en política –como ha ocurrido en nuestro país– ésta queda en manos de los intereses creados. No creo en una postura aséptica o de repugnancia frente a la política pues eso nos ha llevado a lo que somos hoy, a la crisis que vivimos hoy.

El tiempo en que actué en política activa me encontré con grandes barreras que tienen que ver con la inercia institucional, la burocracia, las camarillas del poder, los intereses particulares y el populismo, que se aprovechan de la ignorancia, del hambre y del descontento. Todo eso se erige en murallas infranqueables que impiden cualquier acción a favor de los más.

–¿Cómo define la experiencia de haber pasado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana en calidad de presidente?

–Me llevé una de las decepciones de la vida. En el mundillo cultural encontré no solo barreras institucionales sino un conglomerado intelectual egoísta. Pretender hacer gestión y obtener recursos para la obra cultural que resta por hacer en el país resulta casi imposible por la estulticia y falta de interés de los beneficiados. Creí que el espacio intelectual y artístico era terreno abonado para hacer obra, pero me declaro insatisfecho por no haber logrado lo suficiente. Priman los egocentrismos, las susceptibilidades, las pequeñas soberbias.

–¿Prefiere entonces la docencia a la burocracia cultural?

–Definitivamente sí. Llevo años como profesor. El contacto con las nuevas generaciones es fundamental en la renovación del proceso creativo. Los jóvenes empiezan titubeando pero finalmente encuentran su propio proceso creativo. El contacto con ellos enriquece y pienso que la vida es comunicación y entrega; que siempre hay una nueva generación que nos empuja hacia adelante y que te hace ver las cosas de otra manera…o sea, humildemente, aprender.

–¿Qué dice del matrimonio?

–Es como un complemento indispensable. Imposible existir sin afectos, en todos los órdenes, siempre apasionados y siempre conflictivos. Amores, amistades y familia, a todos en su momento debe dárseles cabida en el corazón y entregarles el tiempo que cada uno demanda.

–¿Los hijos?

–El principio y el fin de la existencia, y si no se los tiene, hay que fabricarlos, adoptarlos, imaginarlos. También son hijos las creaciones intelectuales y artísticas, por ello soy partidario de hacer hijos y no vivir una vida estéril.

–Sus hijos están en el medio artístico, ¿cómo ve su tarea?

–Con admiración, con respeto y con mucho amor. Así los quise y tuve la suerte de que todos, en sus respectivos campos de acción y en sus diferentes disciplinas, han sido sobresalientes. Cómo no estar orgulloso de tus hijos, si sabes que les importa más el aportar a su colectividad y a su entorno, el cultivar su intelecto y su capacidad creadora antes que otros valores.

–¿Barragán es vanidoso?

–La vanidad que puede ayudar a hacer mejores generaciones de ciudadanos, más cultivados y amantes de las artes.

–¿Su mayor logro?

–Superar complejos y alcanzar niveles de reconocimiento en disciplinas diversas y difíciles.

–¿Y su mayor decepción?

–Constatar la dificultad de muchos conciudadanos para lograr esas metas, por la deficiente calidad de nuestra educación. Mirar el deterioro del país mientras su pueblo ve indiferente lo que ocurre delante de sus narices.

–Su comida favorita.

–La buena cocina se encuentra en todas partes, pero hay que darse el trabajo de buscarla para encontrarla y aprender a disfrutarla…y luego, enriquecerla. El “savoir vivre” o arte de vivir incluye el buen comer y buen beber, el buen vestir, el arte, la música, la literatura, la danza, el teatro, los viajes y más.

–¿Es cierto que le gusta la cocina?

–Me entusiasma seleccionar los más frescos y buenos productos en el mercado; prepararlos luego personalmente, con las mejores especies y aderezos. Compartir finalmente una creación inigualable con seres queridos y amigos, incluso disfrutando de las virtudes afrodisíacas que ellos pueden poseer. Sin olvidar los mejores vinos que puedan encontrarse, conociendo como es de rigor sus calidades y sus cualidades

–¿La música que escucha?

–Jazz del bueno, con los intérpretes mejores y en cualquier época; ópera y música lírica con las mejores voces del universo: Cecilia Bártoli, la Callas y la Tebaldi; la Caballé…. los barítonos, los tenores y los castrati. Entre los maestros de la música: Bach, Vivaldi, Mozart, Brahms, Rachmaninoff. Sin olvidar lo mejor de la música vernácula y popular de nuestros países latinoamericanos.

–Si no hubiese sido escultor, ¿qué le hubiese gustado ser?

–Pienso que si no fuese escultor, sería músico; en la escultura presiento e identifico los tiempos, los ritmos que ella genera y los éxtasis que provoca. Creo que siempre es bueno detenerse y buscar nuevas pautas, reconociendo que lo más importante no está en lo ya realizado, sino en lo que queda por hacer.

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Acerca de Milagros Aguirre

Periodista y editora, autora de varios libros sobre la Amazonía. Actualmente, Editora General de Abya Yala.
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