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Mundo Diners al día

María Augusta Hermida o trascender sin heroísmos

por Mónica Almeida

María Augusta Hermida
FOTOGRAFÍA ® FERNANDA GARCÍA F.
TIEMPO DE LECTURA 12 MINUTOS

María Augusta Hermida, primera mujer rectora de la tradicional y supercentenaria Universidad de Cuenca, es una arquitecta apasionada del diseño arquitectónico moderno, una defensora de la educación pública y una feminista que habla de igualdad de género también para los hombres.

Sencilla, informal y de hablar rápido y directo, María Augusta Hermida Palacios es una de las arquitectas más reconocidas del Ecuador, cuya influencia ha trascendido a otras generaciones. Desde 2021 está al frente de la universidad estatal de su natal Cuenca, una institución con más de dieciséis mil estudiantes y 74 millones de dólares de presupuesto anual.

Aunque llegó después de un accidentado recorrido a la arquitectura, esta se convirtió en su pasión porque cree en un diseño al servicio del lugar y de la gente, un diálogo de ida y vuelta. Los proyectos de la empresa que creó junto a su ahora exesposo, Javier Durán, han ganado varios premios nacionales y regionales, al punto de que es la única firma de arquitectos ecuatorianos a quien se le ha dedicado el volumen de la publicación especializada TC Cuadernos (Barcelona, 2021).

En su familia siempre les dijeron a ella y a sus dos hermanas que eran capaces de todo y ha transmitido ese mensaje de elogio y seguridad a sus dos hijos, ya adultos: el arquitecto Martín Javier y el escritor Josué Augusto. Aspira a que las mujeres “hagamos lo que queramos con independencia, sin minimizarnos, ojalá en un momento dado ya no tengamos que ser heroínas”.

—Eres una reconocida arquitecta, aunque llegaste tarde a la profesión; ¿cómo fue ese recorrido accidentado?

—Mi familia fue bastante nómada porque mi padre era médico y, cuando era muy pequeña, fuimos a vivir en Zapotillo, conocido ahora por el florecimiento de los guayacanes, pero que en ese momento sufría una sequía increíble. Luego vivimos en Tocachi y La Esperanza, al norte de Quito, porque él hacía investigaciones sobre el bocio endémico con el doctor Rodrigo Fierro. También estuvimos en Londres mientras hacía su maestría. Después regresamos a Quito y me gradué en el colegio Spellman. Me gustaba mucho la arquitectura, pero en ese momento la facultad de la Universidad Central estaba cerrada y opté por la Politécnica Nacional, por Ingeniería de Sistemas. Cuando me tocaba iniciar el sexto ciclo me di cuenta de que no era lo mío. Se produjo una crisis personal y familiar.

—¿Y te cambiaste a Arquitectura?

—No, decidí irme a Sociología porque tenía muchos intereses sobre la sociedad y la equidad. Me cambié a la Católica de Quito a comenzar desde el primer ciclo. Ahí me enamoré de un casi arquitecto cuencano y nos casamos.

María Augusta Hermida
FOTOGRAFÍA ® FERNANDA GARCÍA F.

—¿Se conocieron en la universidad?

—Él estudiaba en Cuenca, allá lo conocí. De todas maneras, acabé el primer año de Sociología ya casada, él en Cuenca, yo en Quito. Javier me pidió que fuera a Cuenca hasta que terminara su tesis. Ahí nació nuestro primer hijo en 1991 y desde entonces vivo allá.

—Entonces, casada, con hijo y sin carrera.

—Empecé a buscar qué estudiar. Entré a Filosofía pura en la Facultad de Teología en la Universidad del Azuay que es la católica. Todos mis compañeros eran aspirantes a curas y yo era madre (risas). Después de un par de años, mi hermana menor, Carla, llegó a Cuenca e iba a estudiar Arquitectura. En ese momento me dije: “Voy a intentar Arquitectura que era lo que yo había pensado, pero que nunca fraguó”. Revalidé algunas materias, aunque igual tenía que comenzar otras desde el primer ciclo y después nació mi segundo hijo. En la carrera siempre fui madre y estudiante.

—¿Finalmente encontraste lo tuyo?

—Me di cuenta de que era lo mío: combinaba la técnica, lo social y el arte. Me apasionó sobre todo el diseño arquitectónico, construir espacios, ver cómo las personas inciden en ellos y cómo estos inciden en el comportamiento humano. Me gradué en 1999 y me fui a hacer primero mi maestría y luego mi doctorado en Barcelona.

—La Arquitectura era una de esas carreras tradicionales de hombres y de egos, ¿fue muy difícil ese período universitario?

—Cuando entré ya había cambiado un poco, éramos algunas mujeres. Lo más complicado de la universidad de esa época era que había una suerte de violencia simbólica y más en las áreas técnicas. Era muy habitual escuchar a docentes decirle a cualquier compañera: “¡Uy!, usted con esos tacos, ¿cómo quiere subir la escalera?”, o “Usted no va a ser capaz de ser arquitecta porque vea con esas falditas que viene”. Eso nos parecía casi normal.

—¿Qué tanto te ayudó el esposo arquitecto?

—Me apoyó mucho, pero también era el principal crítico. Si elaboraba una maqueta, que seguramente estaba mal, no tenía ningún reparo en decir: “¡Está pésimo!”. Tenía razón y le hacía caso, pero era una situación complicada y conflictiva, por supuesto.

—¿Cuál fue tu primer proyecto arquitectónico?

—Fue a nuestro regreso de Barcelona hacia el año 2005. Abrimos Durán Hermida Arquitectos Asociados que aún existe, aunque ya no soy parte por mi función en el Rectorado. Esa primera obra fue bastante disruptiva en aquel momento, muy vanguardista. Es un edificio de cuatro niveles con un sistema constructivo pionero de muros de ladrillo artesanal mandados a hacer especialmente más grandes de lo normal porque son estructurales. Estábamos recién llegados, éramos desconocidos y teníamos que competir en costos con algo nuevo.

“El patrimonio a la larga es lo que vas construyendo de calidad”.

—¿Es el edificio Jacobo?

—Sí, lo reseñaron en varias publicaciones, mucho vidrio frontal en franjas y muros portantes de ladrillo laterales e intermedio. Fue un proyecto privado, fuimos promotores, diseñadores, constructores y vendedores. Fue controversial, decían: ¡pero eso no es parte del patrimonio de Cuenca!, y yo respondía: “Bueno, ¿y qué es patrimonio?”. A la final, el centro de Cuenca tiene muy poca arquitectura colonial y mucha más arquitectura republicana de influencia francesa, española y alemana. Lo nuestro tenía posiblemente influencia de Barcelona. El patrimonio a la larga es lo que vas construyendo de calidad, que perdura y se vuelve parte de tu identidad.

—Digamos que supera la época.

—Supera todas las épocas y obviamente toda arquitectura es influenciada por otros; nosotros también tenemos ruinas incásicas, entonces, ¿qué es lo propio?, ¿cuál es la identidad?, pues todo lo que se va haciendo, lo importante es que sea de calidad.

—¿Barcelona y el Mediterráneo influyeron en tu estilo?

—Barcelona totalmente, no tanto por el Mediterráneo, sino porque la Politécnica de Cataluña y particularmente su Escuela de Arquitectura tenían muy claros algunos conceptos sobre lo que es construir forma en arquitectura. Por eso creamos en 2005 una maestría en la Universidad de Cuenca, en la que ya se han formado 250 arquitectos de todo el Ecuador, con una reflexión teórica muy sólida y con orgullo debo decir que son de los mejores arquitectos que hoy están construyendo no solamente en Cuenca, sino algunos en Quito, en Loja y en el norte del Perú.

—¿Cómo se comunica eso con lo andino?

—Lo interesante de este marco conceptual es que tú no copias obras, porque un proyecto puede ser bueno en este lugar, pero muy malo en otro, la reflexión es que siempre partas de tus materiales, relacionando la estructura, el espacio y la función. Por ejemplo, el ladrillo artesanal del que te hablé no existe en Barcelona.

“A mí me empezó a dar muchas ganas de pensar cómo el diseño puede ayudar a una escala mayor, a nivel de ciudad, de calidad de vida, del espacio público”.

De lo privado a lo público

—A nivel de obra pública, la Escuela del Milenio Paiguara, en Gualaceo, los hizo muy conocidos. ¿Estoy en lo correcto?

—Hicimos algunas obras privadas y luego nos contrataron para readecuar el parque Víctor J. Cuesta en el centro histórico, que es Patrimonio de la Humanidad. Eso fue un reto inmenso. De ahí vino la Escuela del Milenio, en una de las zonas más pobres del Azuay, que era un terreno con pendiente, trabajamos en diferentes niveles siempre con vista al río Santa Bárbara, con unas conexiones de gradas y rampas para los estudiantes, con soleamiento en ambos lados. Cuando llegué a entregar mi última factura por el diseño arquitectónico a la Dinse en Quito, estaban desmontando toda la oficina. ¡Me quedé como loca!

“¿Por qué están cerrando?”. “Porque ahora todo se va a concentrar en el Instituto de Contratación de Obras”. “Pero acabamos de entregar el proyecto de la Escuela del Milenio”. “Ya no se va a hacer porque ahora se hará un único modelo para todo el Ecuador”.

No lo podía creer, el diseño ya estaba terminado y casi todo pagado. Entonces pedí cita con el gerente del Instituto de Contratación de Obras (ICO). Me recibió un señor superprepotente que lo primero que me dijo es que el proyecto costaba más que el modelo único. De todas maneras, lo convencí, pero me advirtió: “Bueno le voy a aceptar, pero usted me tiene que bajar quinientos mil dólares”. Como era un proyecto sistemático en pendiente, le quitamos un bloque para bajar el costo y se hizo. No nos contrataron para la dirección arquitectónica. A los seis meses visitamos la obra, la estructura estaba perfecta, con los acabados habían hecho medio barbaridades, pero el proyecto se sostenía.

—Se guardó la esencia inicial.

—Casi totalmente, yo me quejaba de las modulaciones de las ventanas, pero un amigo arquitecto me dijo: “¡La única que se da cuenta de eso eres tú!”. Y vino la inauguración a inicios de 2014, nadie me invitó, pero fui y se me salieron las lágrimas porque me emocioné tanto de ver una escuela de espacios lindos con niños pobres usándola.

—¿Cómo se dividían las tareas entre ustedes? ¿Hay proyectos en los que uno siente que hizo más que el otro?

—Para ese proyecto le pudieron contratar a Javier, pero me contrataron a mí. De hecho, sí trabajábamos mucho juntos. Cuando hemos construido las obras, por ejemplo, él se encargaba más de la construcción y de la solución de los detalles constructivos. Yo soy más del macroproyecto, de las visualizaciones. A mí la construcción, la verdad, no me encanta porque hay muchas variables que no puedes controlar, me suelo desesperar porque hablas con los maestros y luego no han seguido las indicaciones.

—¿Y cómo manejaron esa relación porque, además, vino el rompimiento?

—Trabajamos mucho tiempo juntos. Luego, a mí me empezó a dar muchas ganas de pensar cómo el diseño puede ayudar a una escala mayor, a nivel de ciudad, de calidad de vida, del espacio público, en fin. Con otros compañeros fundamos en la universidad un grupo de investigación interdisciplinario con geógrafos, sociólogos, economistas y arquitectos. Comencé a involucrarme más en la investigación. Después se dio el rompimiento y la separación definitiva, pero él decidió seguir con Durán Hermida porque ya es una marca, digamos.

—En efecto, es una marca reconocida internacionalmente porque les dedicaron un libro de la serie TC Cuadernos en 2021.

—El sueño de todo arquitecto es que te publiquen un libro en Europa, pues habíamos estudiado ahí. Mi hijo se involucró mucho para ayudarnos a documentar lo realizado. Fue un momento cúspide de nuestro trabajo. Ya estábamos separados y hasta ahí llegamos juntos.

—Perdón que te insista, ¿la ruptura fue muy dolorosa porque también fue profesional?

—Es difícil. Cuando trabajas con la pareja nunca sabes realmente si eres capaz de no llevar el trabajo a la casa o la casa al trabajo; además, los dos somos apasionados con la arquitectura, entonces sí llevábamos a la casa los proyectos y los problemas. En cierto momento, cuando la relación ya se iba enfriando, sí me cuestionaba que, si rompía la relación sentimental, ¿cómo iba a seguir en la oficina? Cuando nos divorciamos, al cabo de 32 años de matrimonio, ya la había dejado casi totalmente. De hecho, me divorcié al primer año de ser rectora.

—¿Cómo describes tu estilo?

—Básicamente, es una arquitectura moderna. La arquitectura es lograr una interrelación armónica entre tres cosas: entender el lugar donde se levantará la obra, los materiales y la estructura, y entender cómo va a funcionar ese espacio, reconociendo al otro y propiciando ese diálogo intrínseco.

—De todos tus proyectos, ¿en cuál consideras que se consiguió ese diálogo?

—Hay un proyecto muy personal que son las casas de los faiques, en Yunguilla, en un terreno que era de mis abuelos, donde sembraban caña de azúcar. Ahí había una loma muy seca con un bosque de faiques, que no son apetecidos porque no son frutales ni ornamentales y tienen espinos. Nos propusimos respetar los árboles. Me gusta mucho porque las casas se abren casi completamente, ves todo, estás adentro y afuera al mismo tiempo. Como ya llegó el agua, los árboles se engrosaron, hay faiques hermosos. Pusimos cubiertas verdes, con huicundos, de la familia de las bromelias, y están asentados sin tierra. Desde el cielo solo ves una zona verde. Usamos muros de hormigón, son varios que se desplazan entre ellos.

—Esa es tu concepción de lo moderno.

—Voy a ponerte un ejemplo: si compras un auto, abres el motor y te encuentras una colita de cerdo; tú te preguntas: ¿por qué me quieren vender con una colita de cerdo? Y si no te dicen para qué sirve, dudas de que sea un buen diseño. Así mismo es la arquitectura, nada puede sobrar.

Primera rectora de la Universidad de Cuenca

—En enero de 2021 te convertiste en la primera mujer rectora de la Universidad de Cuenca, ¿cómo labraste ese éxito?

—Siempre recalco que muchas otras abrieron el camino, desde la primera estudiante mujer, Matilde Hidalgo, hasta las primeras vicerrectoras. La Ley de Educación Superior propende a la paridad de género en Rectorado y Vicerrectorado, si no, hubiera sido muy difícil. Llego como parte de un proyecto labrado ocho o siete años antes, cuando un grupo de colegas nos planteamos repensar el rol de la institución con cara al futuro. Desde su creación en 1867, la universidad ha estado muy ligada a la ciudad, Cuenca es lo que es gracias a la Universidad de Cuenca. Nos presentamos en 2016 y perdimos. En 2021 consideramos que era un buen momento para que una mujer fuera candidata. Algunos compañeros decían que la universidad no estaba preparada.

“En 2021 consideramos que era un buen momento para que una mujer fuera candidata al rectorado de la Universidad de Cuenca”.

—En Cuenca, la simbiosis universidad pública-ciudad es casi completa, a diferencia de Quito y Guayaquil.

—Así es, eso es algo maravilloso y hemos repotenciado el orgullo de ser Universidad de Cuenca. Desde su origen, la universidad dirigió los espacios de la ciudad, sus graduados fueron alcaldes y gobernadores, la gente que desarrolló Cuenca.

—Aquellos preocupados por rescatar los ríos, cuidar el patrimonio.

—Exacto y eso proviene de una reflexión y de una formación universitaria, pero hay muchos otros temas.

—Más allá del mérito colectivo, ¿cuál ha sido tu particularidad?

—Lo importante para mí es verme como lideresa, sirviendo; un liderazgo no confrontativo, sino de servicio y de cuidado. La palabra cuidar ha sido parte de nuestros proyectos, nos cuidamos entre todos en todos los sentidos, ya tenemos lactarios, el kínder campus.

—Has puesto mucho énfasis en el control del acoso.

—Nos hemos preocupado por hacer bien las cosas en el sentido de que todo se investigue, que tengamos comisiones imparciales, en tener un plan de transversalización del enfoque de género, desnormalizar la violencia, capacitar a los docentes y también, cuando ha ameritado, sancionar. Eso no se había dado nunca en la Universidad de Cuenca y hemos sancionado cuando ha correspondido.

María Augusta Hermida
De izquierda a derecha, las hermanas Tania, María Augusta y Carla Hermida en un parque de Londres. Fotografía: CORTESÍA ® M. A. H. / F. G. F.

—¿Muchas veces?

—A mí me parecen muchas, espero que nunca más tengamos que sacar a ningún profesor, pero ha sucedido con cinco personas, luego de un debido proceso. Hemos tenido casos de todo, hay mucha violencia entre pares. La sensibilización, la capacitación y la desnormalización es fundamental para que entendamos que no es normal que te digan lo de la faldita o lo de los tacos, que son cosas simples, pero hay otras obviamente mucho más graves. También hacemos muchos programas de mentorías en ciencias para mujeres.

—Mucha gente destaca tu estilo frontal. ¿Has tenido problemas por eso?

—Te debo ser sincera, más bien he sido respetada por ello. Si soy rectora de una universidad pública, tengo que defenderla. Creo que la educación pública es el camino para un equilibrio social, es ahí donde la gente que está en estratos sociales bajos puede mejorar. Cuando nos han recortado el presupuesto, he salido a los medios de comunicación a hablar del tema y eso se ha viralizado un poco a nivel nacional.

—Ha sido más de una vez.

—En el Gobierno de Guillermo Lasso nos pasaron la competencia del examen de admisión, pero se presentó de una manera tan confusa que la gente creía que había libre ingreso. Ahora lo tenemos que hacer nosotros, no se nos pasó el presupuesto y el número de cupos tampoco ha aumentado. Anualmente, la universidad tiene 4250 cupos y veinte mil aspirantes; es decir, unos quince mil chicos se quedan fuera y no todos pueden pagar una educación privada. Aumentaría los cupos feliz pero necesito pagar a los profesores, ahora tenemos unos 16 500 alumnos.

—¿Cómo hacer que la universidad cumpla su rol en tiempos de crisis?

—La universidad tiene la responsabilidad de ser pertinente, haciendo autocrítica y a todo el sistema de educación superior; hemos estado muy desvinculados de la sociedad, sin responder realmente a lo que esta necesita, en todos los sentidos. Nos hemos encapsulado, hemos mejorado el nivel de producción científica, ¿pero eso está resolviendo los problemas de la sociedad? No necesariamente. En mi gestión la universidad ha abierto carreras tecnológicas, tenemos tres y queremos tener quince. Hay grupos de investigación que, agrupados por departamentos, son los que dictan los doctorados que son fundamentales para generar el conocimiento local. Toda mi generación fue a hacer doctorados en el extranjero, a responder problemas importantísimos, si quieres, pero de otras realidades. No digo que no me haya servido, pero no responde a este país.

—En tu manejo diario de la universidad, ¿te sitúas como más política, técnica o gestora?

—Para mí la universidad es un espacio de debate político. Defendemos la educación pública y la excelencia, por eso, trabajamos con una visión de una universidad para 2050. Lo principal es aceptar que la universidad es un espacio de diversidad, he palpado que se vuelve más gobernable cuando llegas a acuerdos, si tienes un buen plan estratégico, todos reman en esa dirección.

—¿Entre tus aspiraciones políticas está la Alcaldía de Cuenca?

—No tengo aspiraciones políticas externas. Mucha gente me ponía como candidata a ni sé qué. Ese es un tema de redes sociales por mis posiciones de defender la educación pública. Mis aspiraciones son universitarias.

—¿Vas a una reelección en el rectorado?

—Sí, probablemente, las elecciones son en enero de 2026. Digo “probablemente” porque eso va a depender de lo que la universidad quiera.

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Acerca de Mónica Almeida

Becaria del programa Journalistes en Europe, en París, y de la Nieman Foundation for Journalism at Harvard University. Está asociada a las plataformas periodísticas Connectas, Clip e ICIJ, con esta última formó parte del grupo mundial de periodistas que publicó las series Panama Papers y Pandora Papers.
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