Cofundó Enchufe.tv, el canal de sketches en español más visto del mundo; dirigió Dedicada a mi ex, la película más taquillera en la historia del cine ecuatoriano; y trabajó junto a su amigo, Eugenio Derbez, en la serie nominada al Emmy Y llegaron de noche. Aunque es solo una muestra de su trayectoria, estos tres hitos bastan para entender por qué Jorge Ulloa (Quito, 1990) es una de las figuras más influyentes del audiovisual local en lo que va del siglo XXI.
En YouTube hay un video que dura dos minutos y 39 segundos. Los protagonistas son un grupo de adolescentes. Uno de ellos viste una camiseta de Superman: es alto, flaco y lleva el pelo desordenado. Se lo ve intentando llamar la atención de una chica, volando fuera de la Tierra, recibiendo impactos de bala y lanzando rayos gamma de sus ojos. Los efectos especiales son artesanales, pero la historia está clarísima: chico conoce a chica y chico lucha para que chica lo quiera. La trama incluye peleas con un puñado de villanos.
El video es el thriller de Supergeorgy 2, el primer largometraje de Jorge Ulloa. Hoy él reniega de esta película; dice que es malísima. Sin embargo, en este filme, que dura poco más de setenta minutos, está la esencia de lo que hará después de que se gradúe del colegio, estudie en el Incine y se convierta en uno de los fundadores de Enchufe.tv.
Pero antes de Supergeorgy 2, llegó el regalo que le hizo su abuelo cuando era un niño: una cámara de video de 8 mm. Esa cámara se convirtió en su juguete favorito, en la herramienta que le permitió sobrevivir a los años de colegio y el instrumento con el que comenzó a soñar con un Óscar. Al igual que su ídolo Steven Spielberg, Ulloa quiere hacer películas que ganen premios y que llenen salas de cine.
“Mis papás me inculcaron la idea de que se pueden inventar buenas historias para hacer más felices a las personas, y, al final, eso también hacemos los cineastas”.

—¿Cómo recuerdas tu infancia más allá de los juegos con la cámara de video de 8 mm de tu abuelo?
—Honestamente, tuve una infancia feliz. A veces me gustaría decir que por ahí hay algún trauma, pero la verdad es que no me pasó nada trascendental. La otra vez conversábamos con mi cuñada sobre si sería bueno hacerle creer a mi sobrino de tres años que Papá Noel existe, porque una de las cosas más bonitas de mi infancia, gracias a mis papás, es que estuvo llena de mentiras piadosas, como esa. Ahora sé que vivimos épocas de precariedad, pero ellos nunca me hicieron sentir que faltaba algo; tanto es así que yo creía que éramos ricos.
—¿Y qué hacían tus padres? ¿Cómo se ganaban la vida?
—Antes de que yo naciera, mi mamá era modelo y paracaidista militar, y mi papá daba clases particulares de matemáticas. Luego, él entró a trabajar en la bodega de Mercantil Garzozi y ella se dedicó a cuidarnos a mi hermana y a mí. Antes pensaba que mis papás no me habían heredado nada para mi profesión porque nunca les interesó el arte, pero ahora pienso que sí, porque me inculcaron la idea de que se pueden inventar buenas historias para hacer más felices a las personas, y, al final, eso también hacemos los cineastas.
—¿Cómo era la relación con tu hermana?
—Mi hermana Estefanía es dos años menor que yo y nos amamos mucho, pero sí siento que fue víctima de la atención que yo recibía de niño. Yo dibujaba desde chiquito, participaba en un montón de concursos y siempre ganaba; incluso recibí una beca de arte en el colegio. Con el tiempo entendí que es durísimo para un hermano menor no ser visto y tener que buscar en qué es bueno. Ahora ella, después de haber pasado por varias carreras y haber estudiado Producción de cine, encontró su vocación en la psicología.
—¿Y cómo era la relación que tus papás tenían con ustedes?
—Mis papás son conscientes de lo que pasó con mi hermana y lo hemos conversado en familia. Lo lindo es que ahora tenemos muchas cosas que celebrarle a mi ñaña, y eso es chévere. Además, mis papás fueron padres bastante jóvenes y no tenían todas las herramientas emocionales para lidiar con dos hijos; aun así, fueron increíbles con ambos.
—Los años finales de la década de los noventa fueron bastante caóticos en el país. ¿En tu casa se hablaba de política?
—En mi casa no se hablaba de política, pero me acuerdo de que para un concurso dibujé el encuentro entre Alberto Fujimori y Jamil Mahuad. Ahora me apasionan bastante los temas políticos, incluso jodo las reuniones familiares por eso. Honestamente, de chico no sabía nada sobre ideologías políticas; ahora tengo clara cuál es la mía.
—¿Y cuál es esa ideología?
—Yo soy socialdemócrata. Creo en la necesidad de que se respeten los derechos fundamentales: educación, salud y seguridad, pero también creo en el libre mercado, en la industria y en las economías mixtas.
—¿Por qué andas tan apasionado por la política?
—Si hay algo que detesto, en la vida y en el cine, es la injusticia. Odio que haya gente muriéndose y otra que ilegítimamente se hace más rica. Siempre pienso que, si el mundo es tan injusto, la ficción debería darnos esa justicia. Ahora trabajo en muchos proyectos donde propongo historias con la posibilidad de un final feliz, algo mal visto dentro de la industria audiovisual local y regional, pero que siento que es necesario. La otra vez estaba con unos españoles y me decían que Pedro Almodóvar se había vuelto muy político y que por eso en España ya no lo quieren como antes; ahí me puse a pensar que, si sigo por el mismo camino, la gente me va a dejar de querer.
—¿Te importa mucho que la gente te quiera?
—No tienes idea de cuánto me importa. Tengo un problema heavy con eso. Yo fui un niño muy genérico: el gordito que dibujaba y al que no invitaban a la mayoría de las cosas. Cuando entré a estudiar en el Incine, me convertí en alguien seguro de lo que hace, con una voz, y de pronto la gente me comenzó a tomar en cuenta. Ahora me invitan a eventos donde sé que la voy a pasar mal, pero estoy ahí. No puedo permitir que alguien que ya me “quiere” me deje de querer. Pierdo la mitad de mi vida esforzándome para que la gente me quiera.
—Volviendo a los noventa, por esos años se popularizó la televisión por cable. ¿Qué veías?
—Muy poco, porque en la casa no teníamos cable. Básicamente me crie con las películas y programas que pasaban en la televisión nacional: Beethoven 1, 2 y 3, Mi pobre angelito 1, 2 y 3, Los cazafantasmas, La kombi, Vivos y El mundo de Beakman.
—¿Nunca te enganchaste con una telenovela?
—Muchísimas. Vi Yo soy Betty, la fea que es una locura de novela, Pedro el escamoso, Yo amo a Paquita Gallegos y, de más chiquito, veía Café con aroma de mujer con mi mamá.
—¿Y en qué momento aparece el dibujo en tu vida si nadie en tu casa estaba relacionado con el arte?
—Mis papás me cuentan que, como a cualquier niño al que había que entretener, un día me dieron papel y lápiz, y yo me dediqué a dibujar. Tengo unas fotos en la playa donde todo el mundo está jugando y yo estoy sentado en un tronco, dibujando. Retrataba a mi familia, amigos, compañeros de clase, profesores... También tuve mi época religiosa: dibujaba cosas que leía en la Biblia. Me encantaba hacer viñetas al estilo de Bonil.
—Gracias a tu obsesión por el dibujo ganaste una beca para estudiar en el colegio Alemán. ¿Cómo fueron esos años?
—Me sentía bastante ajeno al ecosistema estudiantil del colegio, quizás porque siempre fui una tapa para los idiomas. Hasta ahora tengo pesadillas con los exámenes de alemán. Mi carta de salvación fue presentar trabajos en video. En teoría mi ópera prima no es Dedicada a mi ex, sino una película que hice en quinto curso que se llama Supergeorgy 2; es malísima, pero tiene efectos visuales: nos lanzábamos autos, había persecuciones, volábamos...

—Pero al final fuiste presidente del Consejo Estudiantil. ¿Te gustó esa probadita de poder?
—Esa relevancia que ganas en la vida cuando estás en un espacio de poder, por más pequeño que sea, sí empieza a suplir un montón de carencias. Te puedes volver adicto, porque el poder es alimento para el ego. Esa experiencia me hizo empatizar, más que con los políticos, con los administradores, porque es jodido administrar algo.
—En el colegio conociste a Cristian Moya, tu dupla creativa de toda la vida.
—El Moya es un tipazo. Creo que es un genio, y no solo a nivel audiovisual. A mí me tocó aprender; soy una persona que estudió y practicó demasiado para lograr lo que quería. Si al Moya hoy le dices que haga dirección de fotografía, lo hace de forma sobresaliente; si le dices que dirija, es el mejor director; y si le dices que actúe, es un Chaplin. Yo estoy obsesionado con ser un mejor director, y si mañana la IA me suplanta, mi vida se jode. El Moya seguro se reinventa. Además, tiene muy buen gusto y una capacidad increíble para descubrir cosas antes que los demás. Recuerdo que me enseñó el video de Gangnam Style cuando no era viral y me dijo que la iba a romper.
—¿Quién es Batman y quién es Robin en esta historia?
—Un día el Moya me dijo que no le gustaba ser el Steve Wozniak de la historia; yo no sabía quién era ese y me dijo: “Ahí está”. Honestamente, creo que él es el pilar de Enchufe. Toda la marca a nivel sonoro y visual es de él. Yo nunca busqué los reflectores, pero empecé a asumir responsabilidades y a dar la cara cuando había problemas. Creo que en esta historia no hay ni Batman ni Robin.
“Enchufe es un milagro audiovisual. Es el mejor gimnasio que alguien puede tener porque cada sketch es un universo diferente”.
—Luego de terminar el colegio, querías ser director de cine, pero no sabías que existía el Incine.
—Antes de graduarme del colegio les dije a mis papás que quería estudiar Cine en Argentina, pero como no podían mandarme, buscaron un lugar aquí y encontraron el Incine. Entrar acá fue la mejor decisión de mi vida porque, de sufrir por ir al colegio, pasé a no perderme una sola clase en el instituto. Mis compañeros hablaban de Bergman y Tarkovski, directores de los que no había escuchado hablar en mi vida, pero igual sentía que el cine era lo mío.
—Cuentan que en ese tiempo a Camilo Luzuriaga no le gustaban las propuestas con aires hollywoodenses.
—Eso es cierto, pero el prejuicio no solo era de Camilo, sino institucional. La otra vez me encontré con un maestro que me dijo que le parece muy poético que el estudiante al que no le quisieron aprobar ningún corto ahora esté al frente del instituto. No sé si eso sea verdad. Ahora, Camilo es una persona muy abierta; ha cambiado su forma de pensar por la influencia de sus graduados y de sus hijos.
—Sin embargo, dice que eres el estudiante más trabajador que ha pasado por el Incine.
—Yo diría que he sido el más obsesivo, alguien que todo el tiempo quiere que las cosas salgan perfectas. Me ha pasado que tenemos un sketch de Enchufe listo y luego me doy cuenta de que hay algo que podemos mejorar; si en ese rato hay un paseo familiar, no voy. Después pienso que lo más seguro es que nadie se iba a percatar de ese detalle por el que me quedé trabajando y que, quizás, me perdí el viaje más bonito con mi familia.
—¿Ser obsesivo a ese nivel no es un problema?
—Sí, el hecho de no poder soltar me ha privado de muchas cosas. A veces no solo sacrifico mi vida, sino la de los demás. Pero creo que el audiovisual se construye a base de detalles y nosotros queremos que todo lo que hacemos sea trascendental.
—Más allá de las cifras y el reconocimiento global, ¿qué es para ti Enchufe?
—Para mí es un milagro audiovisual. Es el mejor gimnasio que alguien puede tener porque cada sketch es un universo diferente. He hecho series y películas, pero todo el mundo me recuerda por Enchufe.
—Gracias a tu decisión de no irte a estudiar a Argentina y entrar en el Incine, también conociste a Nataly Valencia, tu esposa.
—Ella es de la primera generación del Incine. Empezó a dar clases a mi grupo, que era la cuarta, y en ese entonces no pasaba nada entre los dos. Me mandaba a la mierda a cada rato, pero yo la respetaba y la admiraba mucho. Cuando regresó de España después de estudiar un máster en Dirección, se sumó a Enchufe; se enamoró del proyecto y del director.
—¿Y ahora cómo es su relación de trabajo?
—Me encanta trabajar con ella. P#t@s redes sociales, que es nuestra primera serie para una plataforma grande, fue idea suya. Ojitos de huevo la escribimos juntos. Es de las mejores escritoras con las que he trabajado en todo el mundo, y no lo digo porque sea mi esposa, sino porque tiene una sensibilidad increíble para la escritura. Trabajar a su lado me ha hecho crecer profesionalmente y sé que con ella llego al Óscar.
—¿Por qué quieres ganar un Óscar?
—Probablemente, dentro de la industria haya muchas personas a las que no les interese ganar un Óscar y lo entiendo. Para mí el Óscar es el premio que recibes cuando hiciste una obra de arte que, además, le encantó a la gente. Imagínate la fiesta nacional que sería ganar uno; además, seguro después de eso llegan otros.

“Uno de los talones de Aquiles del cine ecuatoriano es que no es consciente de su identidad”.
—A ti y a tus colegas de Enchufe la fama les llegó muy jóvenes. ¿Cómo fue ese proceso?
—A unos la fama les pegó duro; otros lo manejaron mejor. Naty, por ejemplo, se volvió más tímida después del reconocimiento, porque antes de eso hablaba con todo el mundo en la calle. A mí me encanta cuando alguien se me acerca y me dice que ve lo que hacemos, porque ahí digo que valió la pena quemarse las pestañas. Siempre quise que en el país se consumiera más ficción.
—¿Perdiste amigos en el camino?
—No he perdido amigos por la fama, pero sí por el proceso empresarial. Empezamos la empresa cuando yo tenía diecinueve años y, hasta el día de hoy, nunca me he ocupado de las finanzas ni de la administración; eso lo han hecho otras personas. Además, no creamos una empresa para administrarla, sino para poder hacer los videos y las películas que queríamos.
—¿Es fácil la convivencia entre el Jorge que quiere dedicarse a contar historias y el empresario?
—Muchas veces me digo que ya no quiero ser empresario. Incluso, a veces siento que gano más plata sin serlo y dedicándome solo a contar historias. Pero, si quiero crear industria audiovisual en el Ecuador, tengo que comprarme el pleito de ser empresario.
—Por otro lado, la fama también te ha hecho ganar amigos, entre ellos Eugenio Derbez.
—Eugenio Derbez y Jorge Enrique Abello me han apadrinado, y eso ha sido una bendición increíble para mí. Cuando entras al mundo audiovisual internacional te das cuenta de que a muy poca gente le interesa la comedia. Muchos la hacen porque les da plata o como pretexto para luego hacer su “gran película”. Si te encuentras con alguien como Eugenio, que se dedica a la comedia de manera obsesiva, es inevitable que nazca el amor.

—¿Qué has aprendido de él?
—Eugenio es impresionantemente trabajador. A nivel técnico hemos tenido muchísimas conversaciones sobre cómo contar un chiste a nivel audiovisual. Según él, hay que acercar la cámara; según yo, hay que alejarla. Eso es interesante porque ambos comenzamos a cuestionarnos cosas que creíamos que estaban clarísimas. Eugenio, para sacarte un chiste, lo sangra, no lo escupe, y eso es genial.
—Hace poco estuvieron juntos en los Emmy, esas ya son las grandes ligas.
—Estuvimos nominados a los Emmy por Y llegaron de noche, donde Eugenio y yo fuimos directores y Alejo Chauvín, que también estudió en el Incine, fue el director de fotografía. Nunca había estado en Nueva York y, cuando llegué empecé a llorar porque en los edificios veía un montón de referencias audiovisuales: Spiderman, las películas de Woody Allen, El abogado del diablo... En la ceremonia me di cuenta de que el equipo con el que trabajo en el Ecuador es igual de arrecho que cualquiera de los equipos que estaban ahí. Salí convencido de que tenemos que crear una serie que gane un Emmy.
—¿Por qué siempre te atrajo tanto el trabajo de Steven Spielberg?
—Las películas de Steven Spielberg son una obra de arte y, al mismo tiempo, son historias que ve todo el mundo. Hay muchos directores que son buenísimos pero, si llevo a mis papás a ver sus películas, seguro se duermen. Spielberg piensa en sus espectadores y les tiene empatía. Ha sido prejuzgado por la industria, pero sus películas son superpopulares y han ganado un montón de reconocimientos. Yo no quiero ganar premios y que la gente no vea mis películas, pero tampoco quiero ser irrespetado por la industria.
—En 2019 apareció Dedicada a mi ex, hasta la fecha la película ecuatoriana más taquillera de la historia. ¿Siempre tuviste claro que querías hacer cine comercial?
—Sí. Nunca quise hacer cine que no fuera comercial. El audiovisual requiere el trabajo de tanta gente que me parece poquito que lo vean mil personas.
—¿Cuál es el peor defecto del cine ecuatoriano? ¿Su talón de Aquiles?
—Creo que tiene varios. Uno de los talones de Aquiles más grandes es que no es consciente de su identidad. Queremos ser extranjeros en la forma de contar una historia, en cómo hablan los personajes e, incluso, en la forma en la que se hace el casting. Ves la mayoría de películas ecuatorianas y todas son personas que no te encuentras en la calle. Además, se requiere una industria y la presencia de la academia; por eso, es importante que exista el Incine.
—A Jorge Enrique Adoum le fue mejor como poeta que hablando de la identidad ecuatoriana. ¿Por qué en tus charlas y entrevistas te has empeñado en hablar del tema?
—Hicimos una temporada que se llamó Enchufe.tv México-Ecuador, con unos actorazos, guionistas de primera y la factura de lo que se ve es increíble, pero la conexión con la gente fue muy baja y era porque a esos sketches les faltaba identidad. Cuando estuve en Japón entendí que allá todo en el audiovisual se basa en la identidad: el ánime, el manga, el cine... Tienen tan claro lo que son que lo único que hacen es retratarse. El problema acá es que tenemos una autoestima baja en relación con nuestra identidad. Acá todo el mundo habla como la gente de otros lados, menos como ecuatorianos, y eso sí me da pena y hasta miedo. Imagínate que en cuarenta años ya no exista ni el “chuta”.

—¿Cómo definirías tú al ecuatoriano promedio?
—Yo creo que el ecuatoriano promedio es buena gente; ahora un poco menos por el miedo y la desconfianza, pero siempre te quiere ayudar. A mí la otra vez se me dañó el carro y de la nada había cinco personas empujando. Como hemos tenido que pasar por un montón de situaciones de supervivencia, también somos superrecursivos. Por otro lado, creo que en el país se legitima y se premia la “sapería”.
—Otra cosa que repites en tus charlas es que para ser universal hay que pasar por la aldea.
—Eso me lo dijo Gerardo Fernández, un maestro de dramaturgia que ya falleció. Estaba escribiendo un proyecto con él y quería presentar una sitcom ambientada en un barrio medio gringo, porque así se ven los barrios de las sitcom en mi cabeza, y me dijo que Lorca fue superlocalista y eso lo hizo universal. Entendí que la única forma de ser original es asumiendo la identidad de uno y esto no tiene nada que ver con lo folclórico.
—Pero vivimos en una aldea que está medio jodida o que, por lo menos, no es esa “isla de paz” de los años de tu infancia.
—Una de mis series favoritas es Evangelion. Ahí aparecen unos robots gigantes que pelean con unos ángeles. Todas las historias son una analogía de las bombas atómicas que les lanzaron a los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Sus dolores son parte de su identidad. Nosotros vivimos en un dolor constante que es real; por eso la comedia aquí es inagotable. No hay que tener miedo de contar las cosas que nos están pasando.

