Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) es, probablemente, el escritor colombiano vivo más leído fuera de su país. Novelista, ensayista, columnista incómodo, traductor y viajero, ha construido una obra que se mueve entre la ternura y la rabia. Su nombre quedó grabado con El olvido que seremos (2006), el libro en el que resucitó a su padre, el médico y defensor de derechos humanos Héctor Abad Gómez, asesinado en 1987 por paramilitares en plena calle.
La muerte llegó demasiado temprano a su casa y nunca se fue. Quedó rondando en la memoria, en el duelo interminable, hasta que en 2023 volvió a sentarse a su mesa. Esta vez en forma de un misil ruso que cayó sobre una pizzería en Kramatorsk, Ucrania, y segó la vida de una amiga cercana, la escritora Viktòria Amèlina, cuando ambos compartían una cena con otros colegas. Así nació Ahora y en la hora, un libro breve y fulminante.
Abad Faciolince ha hecho de la pérdida su materia prima. Transforma cada muerte en un acto de resistencia y de esperanza para que no vuelva a ocurrir y para que el olvido no borre la memoria. Llegó a Quito como invitado de la primera edición de Escribidores, el festival literario organizado por la Cátedra Vargas Llosa y la Universidad de Las Américas (UDLA). Tras un conversatorio en el que compartió varias de sus reflexiones sobre el oficio y la pérdida, tan solo quedaban quince minutos para entrevistarlo. Y el tiempo se achicaba aún más, porque no podía resistirse a firmar ejemplares y a abrazar a cada lector que se le acercaba con ojos emocionados.
A pocas horas de tomar su vuelo a Medellín, improvisamos: un counter de recepción se convirtió en estudio fotográfico y sala de entrevistas. A pesar de que las agujas del reloj lo tenían contra la pared, el cuarto de hora se estiró y, al final, fueron cuarenta minutos de charla.
—Tu padre fue un médico progresista y defensor de derechos humanos. ¿Cómo era el ambiente en casa?
—Mi papá tenía una vida pública y no había una diferencia entre lo público y lo privado. Era un luchador por la salud, por las vacunas, por el agua potable y el alcantarillado. Y eso también se vivía en casa. Se dedicó a la defensa de la vida y eso nos inculcó siempre.
—¿Participaban de su activismo?
—Nos enseñaba ante todo la libertad que él defendía, la justicia y la independencia. Precisamente, cuando escribí sobre él quise reflejar lo que era: un hombre sin diferencia entre la vida pública y la privada. Muchas personas se contradicen, pero en eso era un tipo excepcional.
—Así lo expones en El olvido que seremos pero, ¿es tal cual se cuenta? Hay cosas que no se dicen…
—Mi padre fue honesto y, al escribir sobre él, yo debía serlo también. La imagen más perdurable es su tolerancia y comprensión. Como todos, tenía sus dudas y fragilidades, insatisfacciones personales. Pese a ello, era un padre muy amoroso. No era una persona castigadora. Jamás nos pegó o nos insultó. En casa nunca humilló a nadie y pienso que tampoco fuera de ella. Eso es lo que más queda. Un hombre de confianza y mucha solidaridad, que en su mundo y en el de ahora resultan incomprensibles.
—Tenías mucha complicidad con él. ¿Qué decir de tu mamá y tus hermanas?
—Tuve la suerte de crecer en un hogar lleno de mujeres. Y si bien había una complicidad, andaba muy ocupado. Su vida pública le robaba mucho tiempo. Quizás, por eso, era tan amoroso en los momentos que compartíamos. De mi mamá y de mis hermanas tampoco tengo ninguna queja. Bueno, al ser ellas mayoría, se burlaban un poco de mí.
—¿En qué sentido?
—Quizás era un niño frágil e inocente. Y me hacían las clásicas bromas de familia, pero nada fuera de ciertas tomaduras de pelo.
—Y en medio de esa convivencia, ¿de dónde salió el lado creativo?
—Creo que siempre fui un niño creativo y con imaginación, y de eso sí nadie se burlaba. Las bromas venían de cosas como no saber bailar o de mi incapacidad para hablar en público. Era muy tímido. En reuniones familiares prefería hasta esconderme.
—¿Y ya bailas, porque en público ya hablas?
—Bailar es un mal necesario (risas). Ahora hablo. No sé si bien o mal, pero gracias a la libertad que me dieron digo lo que pienso.
—Pero, a veces, decir lo que se piensa trae problemas…
—Pero mejor decirlo, así uno hable disparates y cause risas. Reír siempre es bueno. Si bien en mi caso creo que la palabra burla es excesiva, pienso que debemos acostumbrarnos a que se rían de uno y disfrutarlo. Eso no significa desamor o desprecio. En muchas ocasiones conviene que la gente se ría de uno para recordarnos los ridículos que somos.
Odiar su país
—Centrándonos en un Héctor joven. Te fuiste por la medicina, la filosofía, el periodismo y, al final, terminaste abandonando todo. ¿Cuál es la enseñanza de lo inconcluso?
—Justamente, mucho se debe a unos padres muy amorosos, que terminan soportando todo. No sé si es una enseñanza, pero un escritor tiene que intentar saber sobre muchas cosas. Para escribir necesitas conocer de edición de libros, debes tener algo de librero y hasta saber venderlos. Y también se debe conocer sobre las cosas cotidianas. Mientras más rica, disímil y caótica parezca la vida de un escritor, más le puede servir en el momento de narrar un cuento o escribir una novela. Retomando la pregunta, aunque mis padres fueron excesivamente permisivos y me dejaban hacer saltos mortales en los estudios, el no concluir no significa que pierdes un aprendizaje ganado. Lo poco o mucho que aprendí antes del abandono, sigue dentro de mí. Lo inconcluso, muchas veces, es lo que te salva, porque el camino, más que la meta, es lo que sale a flote.
—¿Y qué salió a flote cuando te fuiste de Colombia? ¿Qué aprendizaje te dejó ir a México y estudiar en Italia?
—Nunca estuve fuera de Colombia hasta casi los veinte años. Mi primer viaje fue en 1978 a México, y ese mismo año fui por primera vez a Estados Unidos y a Cuba. Y luego vino el viaje largo a Italia que duró nueve años. Hablamos de un descubrimiento de otro mundo.
—¿Estando fuera es cuando aparece la identidad nacional?
—Hablamos de los ochenta y principios de los noventa. No creo que sea necesario salir del propio país para sentirlo. Muchas personas no salen y saben bien lo que es ser colombiano. Sin duda, fue una experiencia que me ayudó a ver que Medellín, comparado con Ciudad de México, era una aldea; solo hablando en lo literario, México era una metrópoli con grandes revistas, suplementos literarios, universidades importantes, grandes profesores. Y, luego, irme a un país con otra lengua me dio ventajas como el enseñar español que es a lo que me dediqué.
—¿Mantener la lengua no te volvió extranjero?
—Es que ahí entendí el español de otra manera. Tuve una comprensión más racionalizada de mi propia lengua. Ahora sí pienso que cuando vives muchos años afuera te vuelves de algún modo un extranjero. Y lo gracioso es que uno es extranjero en su propia patria, porque la ve con los ojos del que siempre ha estado ahí, pero también aparece una mirada crítica y notas ciertos defectos.
—¿Cómo cambió tu mirar tras volver de Italia? ¿Cómo incidió en la escritura?
—Es que mi mirada fue la de un traductor. Y eso te hace ser más cuidadoso, porque no solo miras, sino que tienes que dar voz. Es un ejercicio tan arduo como generoso. Creo que aprendí muchas mañas de las astucias y de las armonías de un país profundamente literario y de una cultura antigua. Sabes, en algún momento pensé que me había olvidado del español y te cuento que volví a Colombia con miedo de ya no poder escribir en mi lengua.
—Traducir es dar voz, has dicho. ¿Cómo hacerlo con alguien grandilocuente como García Márquez sin que se pierda?
—Complejo. Gabriel García Márquez y Jorge Luis Borges son grandes genios. Y no hablo del español, sino de la literatura universal. Se producen, generalmente, uno o dos en cada siglo. García Márquez tenía una ingeniosa y educadora manera de contar. Y Borges tenía una capacidad de pensamiento crítico, de rapidez mental y una cultura académica enorme, una geografía de talla gigantesca.
—Y, en cambio, ¿cómo fue darle voz a la figura de tu padre tras su asesinato?
—Hablamos del año 87, de una Colombia convulsa. Yo habitaba el luto y, además, no quiero llamarle un exilio sino un destierro, porque, pese al dolor, en realidad tuve muchos privilegios. Un destierro mezclado de la dulzura que me daba Italia y la tristeza de la ausencia de un padre muerto. Más que un duelo, lo que viví fue rabia. Volví a Italia a finales del 87 y estuve ahí hasta el 92. Lo que sentía era que odiaba a Colombia. Me era un país despreciable y ya no quería ser colombiano sino italiano. Sentía que no se merecía mi cariño, ni mi regreso, ni nada.
—¿Por qué volver?
—Es que soy y seguiré siendo colombiano, lo quiera o no. Ese odio se ha ido disolviendo, incluso con el recuerdo de mi padre, que siempre fue una persona muy patriota. Mira, eso sí me criticaba: cuando hablaba mal de Colombia. Para él era el país que nos había dado todo y al que no podíamos criticar, sino luchar por mejorarlo. Entonces, desde el 92, con algunos paréntesis por invitaciones y becas, he vivido siempre en Medellín, donde nací y donde acaban de nacer mis nietos. Colombia es mi asilo y, probablemente, mi tumba.
—¿Eres más amoroso como padre o como abuelo?
—Siempre he tratado de emular a mi padre. Creo ser un padre amoroso pero, como abuelo, uy, es un amor inmenso. Creo también que mi padre era bueno, pero como abuelo era extraordinario. Me derrito con mis nietos mellizos que nacieron a principios de este año. Es un amor tan desmedido, que portarme bien con ellos es espontáneo y natural.
—Has vivido la Colombia del miedo, de la ira, del duelo, del desencanto… ¿Cómo es la Colombia de ahora y cómo es tu amor hacia ella?
—Es que como bien dices, Colombia no es una, sino muchas. Está la Colombia de tu familia, la de tus hijos, la de tus amigos y la gente que quieres. También está la Colombia de la violencia. Está el país de tus adversarios, y hay adversarios leales y otros tramposos y mentirosos. Está la delincuencia común, la corrupción, las mafias y el narcotráfico. Está la violencia que proviene de la izquierda y también de la derecha. Colombia es nociva. Pero, teniendo en cuenta la Colombia de los ochenta y noventa, es mucho mejor ahora. Claro, tiene sus síntomas de que hay cosas malas, pero ahí se me viene la imagen de mi padre y pienso que todos tenemos la responsabilidad de criar a nuestros hijos y nietos con algo de esperanza, de que se puede mejorar. Si ya la situación de Colombia, Ecuador y América Latina es dura, nos toca hacerle frente al pesimismo y derrotismo de alguna manera. Y si las cosas andan mal, estamos hablando de que todavía quedan cosas por que luchar.
Encarnar la ficción


—¿No estamos cayendo en una ficción?
—Es que debemos vivir en la ficción de que el mundo puede.
—Ya que hablamos de ficción, vamos a tu literatura. Arranco con Angosta. Si bien das una mirada feroz de Medellín, ¿sientes que te faltó algo por describir?
—Los libros son como la vida: generalmente les falta más de lo que les sobra. En estos días por el Ecuador se me acercó una señora y me contó que era descendiente de un escritor ecuatoriano muy relevante como (Juan) Montalvo. Y él tiene un libro titulado Capítulos que se le olvidaron a Cervantes. Algo se nos olvida, aunque ahora no recuerde qué (risas).
—De tus libros, El olvido que seremos llegó a la pantalla, creo que sería divertidísimo ver una adaptación de Angosta.
—Concuerdo y te voy a confesar algo. Hay una persona en Bogotá que está obstinada en hacer una película o una serie de Angosta. Por ahí entiendo que hay unos guiones y gente de productoras de Brasil e inglesas que están interesadas. A mí me encantaría. Sí, es un libro que lo veo en la pantalla. Pero hacer una película requiere mucha plata y mucha gente. Hay cientos de personas de por medio. Concretar una película demanda un problema económico y empresarial.
—En La oculta abordas el deseo, la represión, la sexualidad. ¿Cómo se dan los giros temáticos para tratar en las novelas?
—Escribí Angosta a inicios de 2000. El olvido que seremos salió en 2006. Y hasta llegar a La oculta pasaron algunos años. Me demoré. Pienso que los libros son como la vida. La mirada cambia con la edad. Esperamos evolucionar con los años, aunque no sabemos si lo logramos. Siempre resulta difícil escribir un libro y más cuando el que le antecede tiene éxito. Más que pensar en los temas, llegó un momento en que dije que me quiero dedicar a esto por completo. Resolví escribir hasta que mis neuronas más o menos funcionen. Los intereses van cambiando, en mi caso siempre trato de experimentar. Ir de lo que se ha vivido a lo que desconocemos, ir del campo a lo urbano. Si yo abordara siempre los mismos temas, me aburriría y los lectores también. Agradezco el tiempo de los lectores. No es que escribo con condescendencia un tema, sino que trato de encararlo de la mejor manera por respeto al tiempo.
—Sin duda, hay un cariño de tus lectores pero, ¿qué sucede con algunos de ellos que, en cambio, pueden sentirse aludidos por tus columnas periodísticas? ¿Ha habido amenazas?
—Si bien alguna vez viví en el destierro o, como unos dicen en el exilio, nunca me he sentido amenazado. Llevo años radicado en Colombia. Estos paréntesis que te decía por becas e invitaciones me obligan a viajar por México, Holanda, Alemania, España, Italia, y me permiten que algún enemigo crea que no soy muy fácil de encontrar.
—No les revelemos que estás por acá…
—Para cuando salga la entrevista, seguro, ya no estoy por el Ecuador (risas).
—¿Tienes enemigos?
—No lo sé, pero mejor no revelar nada.
Aferrarse al oficio

—Una vez mencionaste que “escribir es fallar mejor”. ¿Cuál ha sido tu mayor falla literaria?
—No sé si sea una falla, pero sabes que mi primer libro de cuentos nunca se volvió a publicar. Quizás lo primero que escribí es algo modesto y no ha causado más interés. Se llama Malos pensamientos y le tengo cariño porque fue el primero.
—¿Lo escribiste de joven?
—Yo no he sido un escritor joven. En términos literarios empecé a publicar ya más grande, cuando tenía alrededor de treinta años.
—¿Qué tipo de escritor es Héctor Abad?
—Uno que sabe que puede tener muchas fallas y se angustia. García Márquez tenía una genialidad para contar, pero hay otro grandísimo escritor como Vargas Llosa que, más que un talento natural, tenía una gran disciplina, casi militar. Creo que concuerdo en que la literatura y el arte se sirven de un talento, pero lo que prima es un ejercicio de esfuerzo y superación. Debes tener una rutina constante como los nadadores o los tenistas o los guitarristas o los pianistas. Cuanto más lo practiques, más puedes pulir el instrumento. Eso no te va a garantizar ser el mejor, pero te permitirá presentar un trabajo sólido. Siento que tengo algún talento, pero, sobre todo, tengo muchísima disciplina. Me esfuerzo para que, más allá de ser un buen escritor, al menos se me entienda.
—Se publica El olvido que seremos y es un éxito. Pasan los años, se hace la película y hay una gran recepción. ¿Cómo convive el triunfo con la muerte de tu padre?
—La novela y la película son la lucha para evitar el olvido tras la muerte. Primero, fue una gran suerte que la película saliera. Estuvo en medio de la pandemia y tuvo muchos premios muy importantes, pero no tuvo mucha distribución ni la cantidad de público que pudo tener. Para el cine, como para todo, la pandemia fue nefasta. Mucha gente dejó de ir a las salas y se dedicó a ver películas en su casa. Pero en su paso por España tuvo como su gran renacimiento. La película ha ayudado a que siga habiendo más lectores y eso se notaba en las ferias, porque me decían que compraban el libro tras ver la película.
—¿Participaste en el rodaje?
—Traté de estar lo más alejado posible del rodaje para no molestar a Fernando (Trueba), a quien le estoy agradecido, así como a las grandes actrices y actores que trabajaron. Sí estuve cercano en la producción, pero más me encantó ver el resultado. Fernando y su esposa Cristina (Huete) son gente muy querida. Él me dijo que quería hacer la película para que el libro se leyera más y es de las cosas más bonitas que me han dicho. Y, regresando a la anterior pregunta, creo que esto me permite cumplir con la premisa de nunca olvidar.
—Por eso también escribiste Ahora y en la hora, para no olvidar a Viktòria Amèlina…
—En las guerras los ciudadanos son los objetivos finales y quienes sufren las consecuencias. Yo salí ileso, pero hubo muertos y, entre ellos, Viktòria. Estando en Ucrania, el día de nuestra despedida, cayó esa bomba en un lugar de civiles. Es falso lo que dice el Gobierno ruso de que ese sitio era un puesto de las Fuerzas Armadas de Ucrania. Era un restaurante donde estaban civiles y periodistas. El libro es para recordarla pero también para denunciar un crimen de guerra.

