
La escritora Gabriela Polit conversa sobre sus estudios, su trabajo de profesora de literatura en la Universidad de Texas y de cómo investigó en Medellín y Sinaloa para escribir su libro sobre la narrativa de los sicarios y los narcos mexicanos.
Para variar, la escritora quiteña Gabriela Polit es más conocida afuera que aquí. Profesora en la Universidad de Texas en Austin desde 2008, estudió primero las grandes novelas sobre los caudillos latinoamericanos.
Luego investigó in situ la narrativa de los sicarios que sacudieron Medellín en los años ochenta y noventa, así como el mundo del narco mexicano reflejado en la rica literatura de Sinaloa. De allí siguió a los periodistas que abordan esos conflictos y son asesinados.
Entre muchos trabajos, ha publicado tres libros clave: Cosas de hombres. Escritores y caudillos en la literatura latinoamericana del siglo XX (2008); Narrating Narcos. Culiacán and Medellín (2013) y Unwanted Witnesses. Journalists and Conflict in Contemporary Latin America (2019), luego traducidos al español. Ahora escribe ficción y dirige talleres de escritura creativa en Austin, donde la contacto por WhatsApp.
—Así que tienes raíces manabas.
—El papá de mi papá era un hacendado de Manabí que produjo lo que se llamó la pepa de oro, que era un cacao espectacular. Pero mi papá tenía cuatro años cuando se murió el abuelo, cayeron las plagas que mataron el cacao, cayó la bolsa en Nueva York y mi papá creció pobre, o sea, nunca halló…
—Nunca fue un gran cacao.
—Nunca, ya no vio esa historia, vivió en la leyenda.
—¿Por qué vino a Quito?
—Mi abuela se quedó viuda a los 36, ella tuvo nueve hijos y tenía cinco entenados digamos, los hijos de mi abuelo. Se fueron a vivir en Bahía y todos estos hijos, excepto una mujer que siempre vivió con mi abuela, se hicieron solos, cada uno fue buscando su vida, dos de esos tíos migraron a Estados Unidos. Mi papá vino a Quito a terminar la secundaria.
—¿Cómo conoció a tu mamá?
—Se conocieron porque la mami iba a ese colegio de monjas que quedaba detrás de Carondelet. Ahí había una monja manabita que era pariente de la mami. Ella fue la celestina. Mamá se casó jovencita.
—¿Y tú en qué colegio estudiaste?
—En el Spellman.
—También con las monjitas.
—(Ríe). Con las monjotas.
—¿Qué buscabas al entrar a estudiar Filosofía en la Universidad Católica?
—Quería saber, porque creía que sabiendo me iba a ser más fácil entender y vivir; me gustaba mucho leer y me gustaba entender las cosas, pero no ayudó mucho Filosofía.
—Era la época del rector Terán, que era derechoso.
—Sí, él fue mi profesor, Terán Dutari me dio clases de Kant que fueron fabulosas; era un tipo muy inteligente, pero era derechoso.
—¿Como así te fuiste a la New School for Social Research?
—En esa época quería salir de Quito, el Pichincha era una pared, quería saber qué había del otro lado de la pared. Nueva York era una ciudad que me atraía un montón. Entonces hice malabares para llegar a la New School.

—El último sitio donde daban marxismo todavía en Estados Unidos.
—Exacto, era la Escuela de Fráncfort y el pensamiento marxista estaba ahí, donde dieron clases Hannah Arendt y Erick Fromm; yo no llegué a ellos obviamente, pero había una tradición muy fuerte y jalaba a muchos latinoamericanos.
—¿Qué te atraía de la política después de la Católica?
—Al salir del colegio Spellman trabajé muy de cerca con el Juan Botasso que era nuestro capellán, mi interés en la política empezó con él y la teología de la liberación. A la política siempre la vi como una cuestión de dar, de compromiso. En los años de universidad había esta concepción de que tenías que trabajar para el otro; eso no existe más.
—¿Y cómo así fuiste a dar al tema de los caudillos?
—Porque cuando terminé mi maestría de Ciencias Políticas dije: “No quiero hacer Ciencias Políticas”, y me fui a la NYU a hacer un doctorado en Literatura. Y para escribir mi tesis me interesaba el tema del caudillo, pero leído con clave masculinidad, o sea: ¿qué había de atractivo en ese personaje más allá de lo político? Y había una estética alrededor de esta masculinidad efectiva, poderosa, que atraía a los escritores.
Los protagonistas de las novelas de caudillos son poetas, estudiantes; es la figura que disputa, la que está en contra del poder. Las mujeres están ahí dando vueltas nomás.
—¿Dirías que los escritores de esas novelas son tan machistas como los caudillos y los protagonistas?
—No lo pondría en esos términos porque ya son términos gastados.
—Pero en esa época...
—Sí, totalmente, hay una escena de Luis Guzmán, en La sombra del caudillo, en la que están los hombres discutiendo de política, y las mujeres, él dice: “Sin entender de lo que hablábamos”. Hay escenas brutales, de muchas violaciones que están narradas de una manera que después ellas se terminan enamorando…
—¿Estabas obsesionada con los estereotipos masculinos y por eso querías estudiar estas novelas?
—Sí, porque en la universidad se hablaba de qué pasaba con las mujeres en la representación de la literatura, pero a mí me pareció muy interesante y novedoso ver qué pasaba con la representación de los hombres, qué había alrededor de la estética masculina que se reproducía y que era canónica.
EL MUNDO DE LOS NARCOS
—¿Qué ha cambiado en el siglo XXI de esa visión y de esa narrativa?
—La figura del caudillo, que era tan prominente, de alguna manera se transformó en la figura del narco. Ese hombre grotesco, que usaba la fuerza de manera inflexible para detentar su poder, es ahora la figura del narcotraficante.
—¿Por eso entraste a la narrativa del mundo narco?
—Por eso entré, porque dije aquí hay una estética. Estoy hablando a nivel muy de representación, no estoy hablando de la vida real, sino de cómo entra en la literatura: se reproduce la violencia, se reproduce el macho alfa, el poder, el tráfico de mujeres, una estética que ya no obedece a la nación, sino a este negocio transnacional que, además, se fortalece en el neoliberalismo. En algún trabajo escribí: “El narco es el ángel caído del neoliberalismo”.
Me fui a Culiacán y a Medellín, y quise entender las dinámicas locales, ver el campo cultural: de dónde salían, cómo se representaban.
—¿Qué opinión tienes del famoso Fernando Vallejo y La virgen de los sicarios?
—La novela no fue muy bien recibida en Colombia en su primer momento pero, cuando se tradujo al francés y se hizo muy famosa en Francia, regresó, como siempre nos pasa a los latinoamericanos, ¡ah, no! y fue la novela. Hay un desparpajo que caracteriza a la literatura de Vallejo, esa forma cruda de decir y que, además, es muy típica de Medellín, es muy paisa.
Me parece una novela problemática por el momento en que se publica, misógina, complicadísima, pero él se muere de la risa de todo eso; lo que en su momento fue bastante complicado por el lugar que ocupan los escritores en los imaginarios latinoamericanos.

—Se habla de Medellín como un ejemplo de haber manejado el problema de la violencia. Cuando llegaste, ¿ya lo habían logrado o no?
—Toda la gente de Medellín te dice que la violencia sigue. (Sergio) Fajardo fue el alcalde que se dio cuenta, y creo que las élites de Medellín, que son las élites económicas más fuertes en Colombia, también se dieron cuenta de que así tenía que ser: integrar, porque esa ciudad estaba extinguida. Fajardo comunicó a las comunas con el centro de la ciudad, puso bibliotecas públicas…
—Recuerdo que hizo unos teleféricos para ir a las comunas.
—Exacto. Antes, la gente tenía que subir dos horas para llegar a su casa y el teleférico les salvó la vida. Además, llegas al teleférico y hay una biblioteca pública. O sea, integró a la ciudad de una forma increíble.
Ahora, cuando te sientas con periodistas de allá, te dicen: “El narco sigue; no hay plata, digamos, del mercado legal que no esté ‘contaminada’ de la plata que viene del mercado ilegal”.
—Vivimos ya todos en el mundo narco.
—Es el mundo neoliberal: ahí está, tienes un mercado libre, cada uno tiene que sobrevivir como puede y tienes un commodity que, por ser prohibido, va a costar mucho más.
—Lo que venden es placer y estimulantes. Esas son profundas necesidades humanas, eso ha habido siempre y no se acabará nunca.
—Exacto, y hay muchos escritos sobre la necesidad de intoxicarse del ser humano, sea en búsqueda de una trascendencia o, simplemente, por evadirse; lo demás es un sistema económico perverso, que está poniendo en juego la vida de los más vulnerables.
EL PRI FOMENTÓ LA AMAPOLA
—Dices que en Colombia el narcotráfico nació con la guerrilla y los paras; en cambio, en México, vinculado con el poder. ¿Cuál es la diferencia?
—En Colombia, digamos, en la época de Pablo Escobar, nació con los gringos que descubrieron la marihuana en Santa Marta. Eran gringos que habían venido de Vietnam y fueron a hacer estancias…
—¿Los del Peace Corps?
—Exacto. Y sabían volar avionetas a nivel bajo. Entonces hay todo un saber que Escobar genialmente adopta. En cambio, en México, tienes plantaciones de amapola y de marihuana desde el siglo XIX. Era una cosa como muy normal, hay un montón de canciones y de corridos de la marihuana que se fumaba y estaba ahí. A medida que van creciendo las restricciones y las prohibiciones, se va fortaleciendo más el mercado. Pero en México gobierna un solo partido y ese partido quiere cooptar ese mercado. Todos los expertos mexicanos dicen que el asunto del narco crece como parte del PRI que preguntaba: ¿cómo controlamos eso nosotros?
Y en los años ochenta se descubre una plantación muy grande en Chihuahua, y se descubren grandes plantaciones y laboratorios en Colombia. Ese es el momento cuando los gringos dicen: acá atacamos como problema de Estado.
—En Sinaloa, ¿la literatura del narcotráfico fue un gran aporte a la literatura de la región?
—En estas ciudades pequeñas de provincia el narco era tu compañero de jugar al fútbol, el lenguaje del narco era el de la gente popular, las novelas están escritas en un lenguaje vernáculo de mucha riqueza y, al mismo tiempo, belleza y musicalidad porque la gente de esa región es muy alegre, muy chistosa, muy fregona.
—¿Cómo surge el estereotipo del personaje narco?
—En México se consolida en los ochenta y no en la literatura sino en la música.
—¿Con los narcocorridos?
—Sí, porque los corridos siempre han hablado de bandidos, de robinhoods locales; siempre hay alguien que está fumando marihuana. En los ochenta surge la música de un cantante que se llama Chalino Sánchez, muy, muy popular y es el primero que mete la estética de la 4x4, las AK-47; ahí se empieza a ver una estética alrededor del narco.
Y las novelas: no se puede, además, entender el personaje del narco sin el personaje del hombre del ejército o de la policía que lo persigue y que desde el principio aparece como corrupto, como alguien que juega las dos caras.
—Pero son las series de televisión, sobre todo, las que ya difunden esos estereotipos.
—Claro, al principio era Miami, porque era el puerto de entrada o sea Scarface, Miami Vice. Pero cuando se cierra Miami y empieza a ser la frontera de México el lugar de trasiego, tienes a los colombianos haciendo negocio con los mexicanos y la estética es otra.
ME ENCANTA MI TRABAJO

—¿Cómo pasaste a la investigación del libro Testigos no deseados, que va sobre el periodismo?
—Cuando hice trabajo de campo para el libro sobre los narcos, conversé con periodistas que fueron muchas veces mis guías, me ayudaron a recorrer barrios, y ellos me decían que es muy difícil narrar sobre esto. Javier Valdez me ayudó muchísimo en Culiacán. Yo estaba en la mitad de la escritura del libro de periodistas cuando lo mataron. Ese fue el salto y realmente ese libro lo escribí hasta como un tributo a los periodistas.
—Empiezas el libro con una larga lista de periodistas asesinados. ¿Quiénes los matan?
—Es una línea gris entre los narcos y las autoridades. Los matan porque hay una cosa que los periodistas saben. Ellos pueden reportar que hubo el asesinato, ponle, de la pobre señora que mataron ayer en Los Naranjales, pero no pueden decir el nombre, aunque lo sepan; el momento en que ellos dicen fue fulano de tal, los matan.
Javier venía con estrés, con muchas amenazas, se cuidaba mucho y dijo algo que no tenía que decir: la retaliación fue absoluta.
—¿También escribes textos de ficción?
—Sí, saqué una novela hace un año, saqué un libro de poemas, y ahorita estoy trabajando en Agujas, un libro de pocas palabras, es un libro de la pandemia nunca pensé que yo iba a poder hacer algo así y me salió; ahora sí estoy un poco más comprometida, tomo un taller de poesía con Malva Flores que es una poeta mexicana fantástica.
—Dices que extrañas muchísimo a la familia Polit Dueñas, que si te hubieras quedado en Quito no hubieras escrito nada porque te hubieras pasado en tés.
—(Ríe). Vengo de estas familias grandes donde en el té de ahora se planea el almuerzo de mañana y en el almuerzo de mañana el paseo de fin de semana, y si te sales de esas, preguntan: ¿por qué no viniste? Esta energía que sentía tenía que desarrollarse lejos de ellos; así es la vida.
—¿Qué es eso de “amar correctamente a los hijos” que confiesas en un libro?
—Uno erra amando, como en la película de Bergman The best intentions, uno a veces se manda cagadas. Hay una cierta sabiduría que no es fácil tener, creo que hoy personalmente puedo ser mejor mamá con estos chicos adultos de lo que fui con los adolescentes; hay gente que de pronto tiene una mejor capacidad para entender a los niños o a los adolescentes. Creo que hay un momento donde esa capacidad puede mejorar o empeorar.
—¿Eso se aplica también al marido? (Que es Javier Auyero, también ensayista y profesor en Austin).
—No, al marido no, con la pareja el amor es distinto, no hay un sentido de responsabilidad como hay con los hijos. Con la pareja es un compañerismo de cierto equilibrio, y requiere mucha madurez.

—¿Colaboras mucho en tus trabajos con Javier?
—No, alguna vez escribimos algo juntos, pero no; lo que sí tenemos es un rico diálogo de lo que él hace o lo que yo hago; nos ventilamos las ideas y eso es superimportante.
—¿Y cuándo vas a hacer la gran investigación sobre la literatura ecuatoriana?
—No quise hacer la investigación de la literatura ecuatoriana porque sentía que el campo era muy chiquito y, si me metía, terminaba hablando de amigos y me iba a resultar difícil.
—Hablando mal de los amigos.
—Eso es lo que pasa, como los campos no están tan profesionalizados, sonaría a que hablaba mal y no es así. En el taller de escritura sabemos que estamos criticando un texto, no al estudiante. Pero si publicas algo sobre la obra de tal o cual, se lo va a tomar como personal.
Ahora me darían ganas porque lo que están haciendo las autoras que han surgido es bien interesante, pero me jala más hacer mi propia escritura creativa.
—¿Vives contenta en Estados Unidos?
—Sí, porque me encanta mi trabajo, creo que eso es lo que me tiene contenta. Austin quizá es el mejor lugar, la biblioteca latinoamericana es la más grande de este país o del mundo, hay mucho latinoamericano. Hay cosas que no me gustan de vivir en Texas, porque te tienen en vilo estos tres chiflados que gobiernan el estado, pero a veces una tiene que bajar la cabeza y decir: “ok, tengo un buen trabajo”, y darle para adelante.

