Como muchos fotógrafos de su generación, Christoph Hirtz (Quito, 1959) ha capturado la cotidianidad de un país (Ecuador) que ha mutado durante los últimos cuarenta años. Pero hay tres cosas que lo distinguen del resto: que siempre ha tenido un pie en la cultura ecuatoriana y otro en la cultura alemana; que, a pesar del paso del mundo análogo al digital, su mirada siempre ha permanecido inquieta y atenta; y que no tiene estigmas sobre la fotografía de eventos, un mundo al que otros de su especie siempre rehúyen.
Para Christoph Hirtz la fotografía no solo es el oficio de toda su vida… es el cordón umbilical que, a sus 67 años, aún lo tiene unido a sus padres, y también es el puente que cruza todos los días para conectar con Verónica y Nina, sus dos hijas. Parafraseando al poeta inglés W. H. Auden, para él, bautizado protestante luterano, la fotografía es su norte, su sur, su este y su oeste, su semana de trabajo y su domingo de descanso, su mediodía, su medianoche, su palabra y su canción.
Es tanto así, que cuando se le pregunta qué otra actividad le gusta hacer cuando no tiene una cámara en la mano, piensa un poco y responde que para él la fotografía también ha sido un pasatiempo. “En una época de los años noventa me dediqué al parapente, pero básicamente con el propósito de hacer fotos desde el aire. En mis tiempos libres o cuando vamos de paseo con la familia, la cámara siempre está ahí. Es una presencia que nunca se va”. En los últimos años ha dedicado poco tiempo a la lectura y al cine. Lo único que compite, en desventaja, con su obsesión por la fotografía, es la música barroca, sobre todo, las piezas en las que la flauta —su instrumento favorito— está presente.
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