Este abogado quiteño es un camaleón que reconoce sus propias contradicciones y, lejos de avergonzarse, alardea de su capacidad de reinventarse. Se mide a los enemigos más depredadores, abraza el derecho, pero vive para la literatura.
Pese a sus nobilísimos 37 años, Felipe Rodríguez tiene un palmarés de casos ganados, que ha llevado a que —amigos y clientes que lo han visto litigar— lo califiquen como geniecillo. Se dedica al derecho penal porque le sale natural, para él es solo cuestión de lógica y listo. Quiere jubilarse pronto para perseguir un sueño que hasta ahora le ha sido esquivo: publicar novelas; de hecho, tiene dos inéditas buscando editorial. Quiere vivir de la literatura, pero sabe que para eso necesita seguir en el derecho un poco más. También quiere tener hijos con su esposa con quien comparte su profesión.
Su padre, que fundó la Comisión Nacional Anticorrupción (2015), se enfrentó junto a los demás miembros de esa entidad al mismísimo Carlos Pólit (2017) y en su cruzada perdió la empresa y los ahorros de su vida. Felipe no se la jugaría por nada, al menos, no así. No cree en eliminar a los corruptos, sino en formar gente honesta; por eso, otro de los espacios en los que se mueve son las aulas universitarias.
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