
El escritor quiteño Francisco Estrella acaba de publicar El infierno de las vanidades, un libro que compila cerca de ochenta artículos sobre personajes de la política y del arte. El hilo conductor es la vanidad y también el brillo de un mundo contemporáneo que parece apagarse.
Francisco Estrella entró en el periodismo impulsado por la literatura. Esa aventura cumple casi un cuarto de siglo en su vida y para conmemorarla, escogió entre sus más de cuatrocientos artículos publicados en diferentes medios como la revista Mundo Diners. Con ellos armó El infierno de las vanidades.
¿La sociedad contemporánea vive dentro del ‘infierno de las vanidades’?
Creo que no. Y, sin embargo, las vanidades siguen siendo extremadamente seductoras: nos han dado mucho de que hablar, escribir y reflexionar a lo largo de milenios. Aun así, pienso que la vanidad es solo un aspecto de la vida, el más superficial. Sin embargo, cierto filósofo dijo que en la superficie se esconde la esencia de los seres y probablemente por eso me interesa tanto el tema.
¿La vanidad es mala o, más bien, necesaria?
Los hombres somos vanidosos por naturaleza: es la consolidación del ego, al que pulimos a partir de nuestras fortalezas. No me parece que eso sea negativo, sino un rasgo. A veces este sale de la belleza física, del talento intelectual o hasta de la cuenta bancaria, porque la humanidad saca partido de esas cosas para proyectarse en el ágora pública. Al fin y al cabo, la vanidad no tiene sentido solo frente al espejo de la alcoba, pues queremos mostrarnos ante los demás como en una pasarela.
¿El infierno, esa gran hoguera, es todavía una metáfora religiosa o llegó a materializarse por culpa de los dramas del mundo contemporáneo?
Si uno se queda solo con la vanidad, esta puede convertirse en una hoguera. Pienso en el título de la novela de Tom Wolfe – La hoguera de las vanidades- donde ese pecado es una llamarada que consume a los protagonistas. Y esto le pasa, por ejemplo, a Ava Gardner, a Sammy Davis Jr. o a Rita Hayworth, un ser entrañable, pero también patético. No obstante, aunque ellos formaron parte de una trinchera de vanidades, como lo es Hollywood, tuvieron su gran dosis de talento, humanidad y, fundamentalmente, amor. Este cúmulo de virtudes y defectos nos hacen humanos -hoy, ayer, siempre-. Es lo que me interesa desde el punto de vista literario.
A propósito del infierno, es imposible no pensar en el cuadro de Hernando de la Cruz que está en la Compañía. ¿A usted qué le suscita esa pintura?
Ese lienzo marcó mi vida porque desde los cuatro años mi abuela me llevaba con mucha frecuencia al centro histórico. Allí, lo veía sobrecogido. Me suscitó pesadillas el plomo derramado en la boca de los pecadores. Y, sin embargo, no he escarmentado. Probablemente, caí en la mayoría de los pecados, excepto los del espíritu -no soy envidioso, por ejemplo-. Así que sigo preocupado por esa imagen. Creo que los seres humanos aún vivimos la tensión entre pecado y santidad o entre pecado y salvación. Pero una fuerza que quizá proviene del instinto nos sume en el primero.
Una colección de ángeles y demonios
Rita Hayworth, quizá más conocida como Gilda, era una mujer que empezaba a desnudar su brazo como si fuera su sexo, mientras una legión de hombres la devoraban con los ojos, con la mente. Sin embargo, ni Rita ni Gilda eran su nombre real, sino seudónimos que el mundo del cine impuso a Margarita Carmen Cansino, una actriz que, pese a su belleza, nunca pudo ser feliz.
Este y otros personajes aparecen trazados con algo de humor y mucho de tragedia en El infierno de las vanidades (Casa Editora Universidad del Azuay, 2025). No hay entre las páginas de este libro ensayos de psicología, sino perfiles y notas de prensa con aroma a cuento.
El lector asiste a su lectura como si estuviese escuchando un chisme sobre esas criaturas inalcanzables de la ‘dolce vita’ romana de los años cincuenta o sesenta. Pero con un efecto adicional: estos semidioses están humanizados por la literatura y el lector puede abrazarlos pues son como él.
En los textos aparecen políticos, por ejemplo Kissinger o los Kennedy, pero sobre todo músicos del estilo de Julio Iglesias o David Bowie y estrellas del cine como Humphrey Bogart, Marilyn Monroe o Elizabeth Taylor. Y es que El infierno de las vanidades tiene algo de un cuadro alocado de El Bosco donde las criaturas que lo protagonizan son a un tiempo ángeles y demonios.

En su libro menciona que cuando empezó a escribir sobre artistas para los medios lo hacía con algo de incomodidad, como si el periodismo lo alejara de la literatura. ¿Es esta una forma de vanidad que suele atacar a los que empiezan en la escritura?
Sí, yo creo que incluso más que una vanidad es una tontería. Con el paso del tiempo, uno se da cuenta de que el periodismo y la literatura son compatibles y, además, se enriquecen y alimentan. Yo estuve en una redacción no más de un mes y cuando era muy joven. Después ejercí como redactor o editor de revistas siendo mi propio jefe. Me parece que me faltó ese sacrificio de las redacciones imprescindible para el buen oficio. Salvo eso, me siento muy cómodo en el periodismo. Sin embargo, creo que terminó esa etapa para mí con la publicación de El Infierno de las vanidades: estoy enfocado en escribir libros, ensayos y alguna novela para continuar mi trabajo literario.
Justamente en El infierno de las vanidades usted compila alrededor de ochenta artículos sobre políticos y artistas, ¿existe una inclinación especial que lo llevó a escoger esta galería de personajes en particular?
Creo que los personajes escogidos son entrañables para mí por más controvertidos que sean. Es el caso de Henry Kissinger, que está considerado uno de los hombres más inteligentes en la estrategia política del mundo, pero también uno de los hombres más nefastos y perversos de la historia. Pero yo lo admiré desde que era niño, y lo digo sin exageración porque, entonces, veía fotografías o caricaturas suyas en las revistas y me daba cuenta de su influencia en la política del orbe. Me dio mucha satisfacción publicar ese artículo sobre él.
De modo que sí: hay afinidades personales muy íntimas con todos los personajes que aparecen en el libro. Mas, también creo que ellos marcan el fin de una época -lo noté cuando estaba terminándolo-, ya que brillaron en las décadas del 50, 60, 70. Aquello era otro mundo.
¿Las estrellas se apagaron?
Esta época es diferente: las estrellas perdieron su encanto. Eso lo leí en una entrevista a Graydon Carter, editor de Vanity Fair. Él dice que, antes, el mundo de las celebridades era exclusivo y secreto porque no existían las redes sociales. Sin embargo, si ahora vemos que Kim Kardashian aparece en una fotografía en Instagram semidesnuda o preparándose un batido de frambuesas ya no hay misterio. La magia se diluyó.
Volvamos al cuadro del ‘Infierno’, usted mencionó que lo sobrecogía, ¿le preocupa a Francisco Estrella la atracción que hay en esa hoguera de las vanidades?
Todo el tiempo. Por ejemplo, soy vanidoso y lucho contra ese pecado siempre, pero también tengo otros como la pereza -que hoy llaman procrastinación- y que me hace desviar la atención de lo importante. Esto en particular me desespera. Pero lo importante no es eso: la misión de cada persona debería ser conocerse a sí misma con sus cualidades y defectos; es un trabajo que no termina nunca y que no siempre produce felicidad, pero nos ayuda a actuar de forma adecuada y afectando lo menos posible a los otros.
Tal vez por eso escribo libros, este y los demás, es una forma de conocerme. Sí, tengo miedo de ser víctima de las vanidades, pero creo que un individuo, cuando entra en su etapa de madurez, tiene como objetivo, entenderse y ponerle freno a los pecados que pueden dañar a los demás.

