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Jon Lee Anderson: “Los periodistas somos servidores públicos”

por Xavier Gómez Muñoz

Jon Lee Anderson. Ucrania, 2014.
Ucrania, 2014. Fotografías: Cortesía Jon Lee Anderson.

¿Han cambiado las guerras actuales? ¿Cómo es estar allí, qué hay que saber, por qué alguien arriesga el pellejo para contarlas? Uno de los responsables de renovar la forma en que se cuentan los conflictos armados hoy en día responde a estas y otras interrogantes.

Fotografías Cortesía de Jon Lee Anderson

Recuerdo de vez en tanto un taller que dio, hace una década, el editor peruano Julio Villanueva Chang en Quito. Conocí allí, por sus textos, a Jon Lee Anderson. Un tipo duro, nos adelantó Villanueva. Capaz de perfilar a caudillos, dictadores y demás especies de ese tipo, como Augusto Pinochet, Fidel Castro, Sadam Husein, Hugo Chávez, Charles Taylor o Muamar el Gadafi, lo mismo que de escribir la que es seguramente la mejor biografía de Ernesto Guevara: Che Guevara, una vida revolucionaria, haber pasado por casi una treintena de guerras en cuatro continentes e irse a los puños con un bravucón que orinó en la puerta de su casa y lo insultó, en Reino Unido, según contó él mismo en la desaparecida revista Etiqueta Negra: el texto se llama “El último caballero”.

Por el trabajo diplomático de su padre, Jon Lee Anderson vivió en al menos ocho países, la mayoría muchísimo menos prósperos que su natal Boston, Estados Unidos, antes de cumplir dieciocho años. Desde entonces se interesó por ese mundo periférico, dice, por el llamado tercer mundo. A los veinticinco cubrió sus primeros conflictos en El Salvador, Nicaragua y Guatemala. Ha escrito bastante sobre América Latina y publicado en los medios más importantes, entre ellos, The New Yorker, para el que trabaja como cronista de planta.

Cuando lo contacté, acababa de llegar a Panamá tras la pista de una posible historia sobre el poder y la minería. Estaba aún tomando notas, me dijo el reportero de 66 años.

—Hace poco un estudiante me preguntó cómo se hace para ser periodista de guerra, te traslado esa pregunta a ti: ¿dónde y cómo se aprende?

libro Che Jon Lee Anderson
Che Guevara: una vida revolucionaria. Jon Lee Anderson es el único biógrafo con acceso exclusivo a los archivos del Gobierno cubano y a la colaboración de la viuda del Che. Además, pudo descubrir un misterio guardado celosamente: el paradero del cuerpo del Che que luego pudo ser repatriado a Cuba. FUENTE: WWW.POLIFEMO.COM

—La respuesta a es la que corresponde a todos en cualquier rama del periodismo: de la mano de los mayores. Es decir, hay que acudir a los que ya saben, a los que te pueden ayudar a cuidarte. Eso es más importante aun cuando se trata de las guerras, pues he conocido a muchos periodistas que han muerto por ingenuos, por no saber, porque a nadie se le ocurrió decirles: mira, por allá hay un grupo que te va a emboscar, hay minas o te van a secuestrar y te van degollar. Estar en una guerra es a veces como estar dentro de una tormenta o un huracán. Tienes que saber por dónde soplan los vientos, cuál es el momento de mayor intensidad y dónde te puedes proteger, porque literalmente las guerras tienen dinámicas que cambian de hora en hora.

Además, es necesario saber por qué estás ahí, por qué quieres ser corresponsal de guerra. ¿Es por un sentimiento humanitario, por una curiosidad intelectual? Ojalá por ambas. ¿O eres un chico veinteañero y quieres probarte? ¿Es por cuestiones que todos tenemos un poco enquistadas, como querer probarnos la valentía o porque has visto películas o leído libros en los que se muestra con cierto glamur ser corresponsal de guerra? Hay que tener cuidado con eso. Hay muy poco de romántico en la guerra. Lo digo yo habiendo padecido de lo mismo.

—¿Te pasó también?

—Creo que todos tenemos ciertos referentes o cánones, y yo tenía muy claro cuáles habían sido las gestas, la gente por la que sentía admiración. En mi caso, siempre fui atraído por el legado de escritores, no solamente periodistas sino novelistas que habían incursionado en la vida real, que no habían pasado su vida detrás de un escritorio. Me acuerdo, por ejemplo, que siendo muy joven leía biografías sobre un sinfín de personajes y cuando me enteraba de que no se habían asomado a ver la guerra de su tiempo me sentía desencantado. Es decir, más allá de su legado o creación, me preguntaba por qué no habían querido vivir o atestiguar ese gran acontecimiento. Pero, en cambio, con los que habían abrazado a full esa experiencia… sentía que ese era mi camino.

—Y desde el punto de vista profesional, es decir, la respuesta b, ¿qué hay que saber para cubrir una guerra?

—A mí me ha tocado estar en un país como Iraq cuando mis conciudadanos lo estaban invadiendo y, sin embargo, mi cometido fue tratar de reportear la realidad de ese país, no solamente la realidad de las tropas de mi país (Estados Unidos). Yo no estuve enquistado con las tropas estadounidenses, yo conocía Iraq desde antes y, más allá de que si la guerra estaba mal concebida por los gringos, por aquello de las armas de destrucción masiva (que nunca encontraron), había otra realidad objetiva: el Iraq de Sadam Husein era una tiranía, no se podía criticar al presidente o a sus hijos porque por decreto oficial te amputaban la lengua (por ejemplo), pero yo pensaba que como periodista occidental mi deber era intentar entender esa psicología, no solo a las víctimas del terror, sino también a los cómplices del terror.

—Es decir que hace falta no enquistarse, como tú dices, con un solo bando, para no mostrar la realidad de una guerra (o de lo que sea) de manera sesgada…

Jon Lee Anderson. Líbano, 2006.
Líbano, 2006.

—Por supuesto, a eso iba. Yo soy muy crítico con aquello, porque al final es como con el síndrome de Estocolmo: si vas a una tierra extranjera con las tropas de tu país y ellos son los que te cuidan y te guían y la población es hostil y lingüística y culturalmente no la entiendes, ¿con quiénes te vas a identificar? Además, son chicos de tu país. Entonces el o la que está escribiendo se identifica y eso colorea sus reporterías. Por eso, siempre miré de reojo aquello del enquistamiento, aunque lo hice de vez en cuando y reconozco que quizás algunos colegas hicieron cosas grandes aun cuando se identificaron con las tropas de su país. Algunos lograron superar el sesgo e hicieron grandes reportajes que yo no hice, justamente por intentar esquivar siempre esa situación y andar un poco en las tinieblas, pero independiente, con muchas dificultades y riesgo.

—¿Qué lleva en la mochila un periodista de guerra?

—Según la guerra, puedes llevar un chaleco antibalas y un casco, pero eso te sirve solo si hay plomo volando por el aire. Si te van a secuestrar y degollar delante de una cámara, no te sirve de nada. Ese es uno de los grandes riesgos de ser periodista occidental reporteando en tierras musulmanas en los últimos años. Antes de ir debes hacer buenos contactos, tener alguien que, si no sabes bien el idioma, te acompañe para que sepas sobre las carreteras, adónde se puede ir para estar cerca del frente, que te maneje. Básicamente necesitas también un sleeping, quizás una carpita y agua, agua, agua. Siempre agua. Agua y lo que tienes en los pies es lo más importante. Te tienes que cuidar mucho los pies. Alguna medicina y saber cuándo agacharte para… (Hace una seña indicando que las balas suelen pasar sobre la cabeza).

—¿Sientes que las guerras actuales han cambiado?

Jon Lee Anderson. Libia, 2014.
Libia, 2014.

—Sí, mira, la tecnología ha cambiado mucho las guerras en los últimos años. Hoy en día ya es ineludible el tema de los drones, que te aparecen encima y son capaces de asesinarte, te supervigilan, no hay escapatoria. Hay implementos robóticos armados que han cambiado mucho la forma en que se libran las guerras. Cosas que se mueven por el aire, el agua, por la tierra, y te matan. Están también los teléfonos móviles que, si no te cuidas, dan una señal y pueden vigilarte en cualquier lado. Con eso y la cámara que llevan, nosotros (los periodistas) ya no somos tan “necesarios”. El terror viene a través de los smartphones también. Acuérdate de Hamás, de Isis, de lo que han hecho (se refiere a actos terroristas). Todo filmado por ellos y compartido en las redes sociales. Por ahí se da también la batalla por la simpatía o antipatía públicas. En ese sentido han cambiado las guerras; en su esencia no han cambiado en nada.

—Te han llamado el “heredero de Kapuściński”. ¿Te sientes cómodo con esa etiqueta?

—Sí, me han dicho eso durante varios años y me siento hasta cierto punto halagado, pero me considero Jon Lee, es decir, yo no soy hijo de nadie, sino que creé mi propio estilo de hacer periodismo y, aunque reconozco que con Kapuściński comparto algo de su mirada o interés por ese mundo de la periferia, yo no ficcionalizo mi reportería como hizo él. Yo soy un gran admirador de su prosa, él era un gran escritor, más allá de si ficcionalizaba o no su trabajo. Ojalá yo fuera un gran escritor como él. No sé cómo medirlo como periodista, pero yo sí creo que merezco ser medido como periodista por mi cuenta. “Mírame por mí mismo” es básicamente lo que yo diría.

—También está el caso de García Márquez (lo siento Gabo) y otros tantos que fabularon. En ese sentido, ¿crees que ahora, debido a internet y las tecnologías digitales, es más difícil ficcionalizar o inventar?

—Estoy de acuerdo en que hoy en día es mucho más difícil inventar así nomás, como lo hizo algún día, como periodista, el gran Gabo o el mismo Kapuściński. Eran otros tiempos donde lo que uno decía podía ser leído sin ser cuestionado o desafiado por los lectores. A partir de (Donald) Trump se empezó a hablar de fake news, de las cuales él fue el principal propagador. Los periodistas debemos tener cuidado con eso, pero también de no ser utilizados por servicios de inteligencia (de tu país u otros) que filtran información robada a través de maniobras informáticas, lo cual sucede cada vez más. Yo soy de los que tiende a decir: ojo con las filtraciones, ¿sabes por qué te han mandado esa información? Si te están filtrando documentos secretos es por algo, porque quieren que los publiques. Entonces, ¿para quién estás trabajando?

Jon Lee Anderson. Afganistán, 2007.
Afganistán, 2007.

—Después de cuatro décadas de guerras, ¿qué has aprendido?

—Que lo más importante es ser honesto con uno mismo y con el público. No hay nada más. En ese sentido el oficio es sagrado. Una cosa es si estás cubriendo un partido de baloncesto, el cual no digo que has de falsear, pero, en ese caso, el compromiso moral es menor que si has tenido acceso a un líder político en un país donde hay muchas desigualdades o en una guerra donde la vida y la muerte están en juego. El deber moral y el compromiso social son muy grandes. Los periodistas somos servidores públicos del ciudadano y, si no estamos, quién cuenta la verdad a las sociedades.

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Acerca de Xavier Gómez Muñoz

Periodista, docente e investigador especializado en nuevas y viejas narrativas, cultura digital, periodismo y medios. Compiló cinco años de periodismo narrativo en su libro Crónicas (Dinediciones, 2019).
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