
Ivonne Baki comienza una nueva vida de embajadora en París siempre con un corazón dividido entre el Ecuador y Líbano, a los que considera sus dos países. Odia la palabra imposible y seguramente, gracias a su experiencia y sus relaciones, distintos Gobiernos ecuatorianos acuden a ella para abrir las puertas que a otros se les cierran.
Nacida en Guayaquil de padres libaneses afincados en Quevedo, Ivonne Juez conoció a su futuro esposo, Sami Abd-el-Baki, porque chocó con su auto en las calles de Beirut. Su visita a Líbano se convirtió en larga estadía. Ahí nacieron sus tres hijos, Mohammad, Faisal y Tatiana. La guerra civil de ese país, un largo conflicto entre 1975 y 1990, la marcaría para siempre.

A inicios de los años ochenta fue designada consulesa honoraria en Beirut y años después en Boston. Sus estudios en la Universidad de Harvard la vincularon con Jamil Mahuad y fue una persona clave en la firma de la paz con Perú en 1998. Inmediatamente fue nombrada embajadora en Washington hasta 2003, cuando regresó al Ecuador como ministra de Comercio. Bajo su dirección estuvo la organización de Miss Universo en Quito, franquicia manejada por el empresario Donald Trump. Años después participó en la fracasada Iniciativa Yasuní ITT y en 2017 asumió la Embajada en Catar.
El presidente Moreno la designó nuevamente en Washington a inicios de 2020 cuando Trump era presidente de Estados Unidos. Ahí permaneció hasta que el presidente Daniel Noboa la destinó a Francia.
Se ha instalado en un apartamento de hotel, cerca de la plaza del Trocadero porque, asegura, es práctico. Su vida sigue transcurriendo en aviones. Sus tres hijos y siete nietos viven en San Diego, Guayaquil y Washington. Además de velar por los intereses del Ecuador, Baki asegura que en París también trabajará activamente para lograr la paz en Oriente Medio.
—En tu despedida en Washington, en marzo pasado, la general Laura Richardson, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, dijo que gracias a ti se movieron montañas. ¿Por qué hizo ese comentario?
—Desde el primer día que nos conocimos hicimos un clic; hemos trabajado juntas para apoyar al Ecuador y ahí vino el tema de que las mujeres podemos mover montañas.
—Estabas a su lado, emocionada, pero no lloraste. ¿Te pesó mucho dejar Washington?
—No soy de países ni ciudades, no me da tristeza dejar los lugares; me sentí triste de dejar a mis amigos. Washington y París son mis ciudades favoritas, hechas en círculo, femeninas, con energías positivas de unión. Antes me preguntaban: ¿dónde te sientes mejor? Y respondía: en el avión. Por muchísimos años no pasé más de una semana en ningún lugar, mi esposo vivía en Líbano, mis hijos en distintas ciudades y yo era artista.
—Habían pasado veintidós años entre las dos designaciones como embajadora en Washington. ¿Qué diferencias hubo entre los dos períodos?
—Los dos maravillosos, fui embajadora con cuatro presidentes estadounidenses y los conocía personalmente a ellos y a sus familias antes de ser designada.
—¿Cómo sentiste que habían cambiado tus objetivos en 2020?
—Siempre he dicho que las cosas no han cambiado mucho porque Estados Unidos no le da la importancia que debería dar a Latinoamérica. No diría “patio trasero”, no, pero siempre nos han tomado como si fuéramos parte de ellos y no han ayudado a que la región se desarrolle para que sea una sola América unida. Europa sí lo logró, los países más fuertes ayudaron a los más débiles para hacerlos iguales, y abrir fronteras para productos y personas.

—¿Qué montaña no pudiste mover en estos últimos cuatro años?
—La montaña más grande que no he podido mover es la paz, viví la guerra del Líbano y dormíamos con la música de las bombas. Mi sueño era hacer la paz en el Medio Oriente. Regresé de embajadora y estallaron las guerras de Ucrania y Rusia, y de Palestina e Israel. Estamos creando sociedades en las que una persona no tiene nada que perder y cuando eso sucede se convierte en narcotraficante o bomba humana. Debe haber más mujeres en posiciones de liderazgo, actualmente tampoco hay liderazgos masculinos trascendentales como un Mandela o un Charles de Gaulle.
—Antes de pasar a la situación internacional, quisiera insistir en tu rol para abrir las puertas de los organismos internacionales durante el Gobierno de Lenín Moreno. ¿Cómo lo hiciste?
—Regresé a Washington en un momento en que se había cerrado la relación completamente. No se había renovado el convenio de la base de Manta, la Agencia de Cooperación Usaid se había ido del país, casi no había relación con los multilaterales. El tema económico siempre estuvo presente, Donald Trump nos ayudó muchísimo. Todos decían que era imposible conseguir lo que hacía falta. ¿Y cuánto hacía falta? Al menos diez mil millones de dólares y creíamos que conseguiríamos apenas 3500 millones. Entonces dije: “No, pongamos más para poder llegar”. Comenzamos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y con la ayuda de la Casa Blanca obtuvimos un “acceso excepcional” por 6500 millones. Eso allanó el camino con los otros y al final fueron más de 12 500 millones de dólares.

—La relación ha girado en torno a preferencias arancelarias, un fallido tratado de comercio y ahora la cooperación en seguridad. ¿Crees que con la ayuda de Estados Unidos vamos a enfrentar la crisis económica y el embate del narcotráfico?
—Estamos en el momento correcto, el presidente Daniel Noboa está clarísimo en esa línea de seguridad, sin dejar de lado el incentivo a las inversiones. En 2005 se nos fue el tren del TLC. Con el presidente Trump se adelantaron objetivos puntuales en el marco fijado por el Usmca, que es como se llama ahora el acuerdo de comercio de América del Norte, el anterior Nafta. Con el presidente Biden eso cambió, los demócratas no creen en los acuerdos comerciales. Como no se renovó el Sistema de Preferencias Arancelarias, al momento, los productos como rosas, atún y brócoli siguen con aranceles, el banano no paga.
—En el Congreso se ha presentado una Ley IDEA sobre el Ecuador. ¿Cómo fue ese proceso?
—Los demócratas y los republicanos se pusieron de acuerdo por el Ecuador. En ambas cámaras pasó la Ley de Asociación Estados Unidos-Ecuador 2022 y Biden la firmó en 2023. Pero como los temas comerciales no avanzaban, un grupo de senadores impulsó para que el Ecuador fuera beneficiario de una ley vigente para la recuperación del Caribe, a pesar de estar en Sudamérica. Así se presentó la ley IDEA que ya pasó el Senado y está en la Cámara Baja. La vamos a conseguir.
La negociadora ideal
—Se dice que no hay puertas que no puedas abrir gracias a tus amistades.
—No me gustan las puertas cerradas, aquí en esta oficina pido tener la puerta abierta. Odio la palabra imposible, solo tienes que encontrar a las personas correctas.

—¿Qué implica mantener estas relaciones?
—Estar con las personas en lo laboral y lo personal. Siempre los invito, cuando están arriba estoy con ellos, pero cuando están abajo, incluso más. Charles de Gaulle decía que consiguió sus mejores negociaciones sentándose a una mesa pequeña, mirándose a los ojos y degustando los mejores quesos y vinos franceses. A Mahuad le aconsejaba que invitara a Alberto Fujimori a una comida para conversar sobre un acuerdo de paz. Jamil me respondía: “¡Tú, con tus formas libanesas, crees que todo se arregla con eso!”. Finalmente, en una cumbre iberoamericana en Oporto (en 1998), ambos se sentaron sin mapas ni asesores. Se quedaron tres horas y se hicieron los mejores amigos. Ese fue el secreto para poder encontrar la solución; si no generas confianza, nadie te da nada.
—Para generar confianza debes ser natural.
—Esa es la palabra: natural. Debes ser auténtica, cuando no sé algo lo digo.
—Algunas de tus amistades, que han ayudado al Ecuador, están ahora acusadas, como el senador Bob Menéndez y el expresidente Trump. ¿Tienes sentimientos encontrados al respecto?
—Siempre pongo la duda y no los dejo. La esposa de Menéndez es libanesa, Nadine, muy amiga mía, no creo todas las cosas, tienen que comprobarse. Me llevo muy bien con Melania y hablaba con ella, no con Trump, porque como estaba de embajadora en Washington no era el momento. Hasta cuando una persona comete un crimen, pregúntale por qué. Yo aprendí a negociar cuando tenía diecisiete años, mi hijo estaba recién nacido, mi esposo estaba en la política y lo querían secuestrar. Un día tocaron a la puerta, la chica ecuatoriana que trabajaba conmigo me avisó asustada que había un grupo de gente armada afuera. Salí con mi hijo en brazos, había quince chicos armados con Kalashnikov, jovencitos.
¿Qué vienen a hacer?
Venimos a llevarnos a su esposo.
¡No está aquí mi esposo!
Nos dijeron entonces que a su hijo.
¡Sobre mi cadáver pasan aquí!

Me vieron con tanta fuerza; miré a uno de ellos, uno de los líderes, que seguramente tenía dieciocho años, casi como yo, y le dije: “¿Cómo pueden hacer esto? Deja tu arma que yo quiero conversar contigo”. Entró, cerramos la puerta, se sentó, yo le pregunté: “¿Por qué?”. Él me respondió: “Porque me han dado la orden, esto es pagado”. No sé cómo llegó a abrirse conmigo y terminó contándome que habían asesinado a sus padres, que él era el mayor de cuatro hermanos y lo hacía para sostener a su familia. Se quedó hora y media en mi casa, acogimos a los chicos en una fundación que teníamos con mi esposo para ayudar a todos los huérfanos de la guerra, sin importar su religión. Años después, él se vino a trabajar con nosotros.
—Has trabajado con varios presidentes ecuatorianos sin importar su partido. ¿Dónde te sitúas ideológicamente?
—Soy del centro del universo, soy de centro, no tengo ideología, no tengo religión. En el Ecuador era católica, cuando llegué a Líbano, a los trece años, me enteré de que mis padres eran drusos. Lo más importante es el ser humano, estamos en la política para servir.
—Los drusos son monoteístas y creen en la reencarnación. ¿Tú crees en la reencarnación?
—Sí. Hay personas que vienen donde ti, como la general Richardson, y con las que sientes algo, lo que los franceses llaman un déjà vu (ya vivido), es porque en otra vida estuviste con ellas. No puede ser que no exista una relación pasada; yo sí creo en la reencarnación.
—¿Has pensado en quién fuiste antes?
—Me hicieron una regresión, pero no voy a decirlo.
—Alguna gente critica tus eternos puestos de embajadora como si vivieras solo del Estado ecuatoriano, pero en realidad llevas un tren de vida de la jet set. ¿Es gracias a la fortuna de tu esposo que lo financias?
—Sí, es por mi esposo. No soy apegada a lo material, no me gusta tener nada, living lightly como dicen en inglés. Si no usas algo por seis meses, regálalo o véndelo, nunca he tenido nada a mi nombre. Lo que no se comparte está perdido.
—Has puesto plata y persona en tus cargos.
—Ponía tres veces más de lo que recibía. Antes de entrar en la política en el Ecuador, nuestra residencia en Líbano, que seguimos manteniendo, era como un hotel, todo el tiempo. Nunca he pedido ningún cargo. Mira, ahora Líbano quisiera que yo esté allá, porque también es mi país, ahí están enterrados mi padre, mi hermano y mi esposo.
—Alguna gente dice que eras una socialité. ¿Ivonne Baki se identifica con ese concepto o también con el de política y diplomática?
—Fui eso en el pasado, me molesta que fui un poco social life; es que me casé jovencita, vino la guerra y yo era artista. Después me di cuenta de que ese mundo de show off no era para mí y ahí empecé a dedicarme al arte verdaderamente. Vine a estudiar a Francia, en ese entonces conocí a Salvador Dalí, que me cambió la vida.
—¿Qué influencia tuviste de Dalí?
—De ser un poco loca, de poner lo que uno siente en el lienzo y hacer lo que quieres. Luego llegué al abstracto.

—¿Te has sentido alguna vez discriminada por ser mujer?
—No, lo contrario, me he sentido privilegiada. Nunca me molestaba si me hacían un cumplido. Cuando León Febres Cordero me nombró consulesa honoraria del Ecuador en Beirut, yo era la menor y la única mujer en el cuerpo consular, y siempre he andado con sombrero de paja toquilla ecuatoriano. Cuando llegaba, los hombres me decían: “¡Ay, qué bonito el sombrero!” o “¡Ay, qué bonito el vestido!”. Yo les respondía: “¡Ay, usted tiene una ropa muy linda también!”, “¡qué bien su peinado!”. Querían intimidarme quizás.
—¿Cómo llevaste tu vida en Catar, un país más conservador y con restricciones para las mujeres?
—El emir de Catar, Tamim bin Hamad Al Thani, pidió que hicieran un libro sobre mi experiencia. Este es. (Muestra el libro Mi destino, los horrores de la guerra y las aspiraciones de paz). Lo hice con ayuda del periodista Ibrahim Badawy. Hablo el árabe clásico y el dialecto libanés, pero escribo y leo muy despacio. El emir había conocido a mi esposo y llegué como embajadora del Ecuador en un momento en que todos los vecinos tenían bloqueado a Catar y ellos habían anunciado el Mundial de Fútbol. Fue una experiencia única, Catar es un país pequeño, pero sobrevivió. Poco a poco, el libro se fue convirtiendo en un relato sobre mis experiencias.
—¿Pero tuviste que usar túnicas y el hiyab?
—No, hay que mantener respeto y guardar las formas en la manera de vestirse, nada de escotes, pero no era obligatorio usar el hiyab, yo no me lo puse.
—Tu vida ha estado llena de giros inesperados, como cuando en Beirut chocaste con el auto que conducía el que luego se convertiría en tu esposo. ¿Qué otros episodios te han impactado?
—Definitivamente la guerra de Líbano. Pero hay otro: mi experiencia como candidata a la Presidencia, aunque sabía que no iba a ganar, conocí de cerca el Ecuador y me di cuenta de lo importante que era en mi vida. En los recorridos visité una zona en Esmeraldas, río arriba, y vi a un grupo de niños con el vientre hinchado; pensaba que era por desnutrición, pero era por la ceguera de los ríos (enfermedad parasitaria transmitida por las moscas negras). Pedimos ayuda a la Fundación Carter y vinieron médicos para ayudar a esas poblaciones. Eso me cambió.
El conflicto en Oriente Medio
—¿Cómo ves la situación actual en Oriente Medio y la guerra en Gaza?
—El ataque de Hamas del 7 de octubre pasado fue terrible pero, frente a una acción tan mala, puede haber otra peor, que es lo que ha sucedido, y es inaceptable. Eso es lo que crea generaciones con más odio, violencia y destrucción. Es difícil que se dé la solución de dos Estados: Palestina e Israel.
—¿Eres partidaria de esa solución?
—Sí, era mi sueño cuando fui a la Universidad de Harvard y estudié el curso de Negociación con Roger Fischer, no era por la paz entre el Ecuador y Perú, llegué como libanesa-ecuatoriana. Ahí plasmamos la idea del Arte por la Paz y comenzamos primero a traer artistas, luego llegaron los políticos. Ahí vinieron Ehud Barak y Yasir Arafat. Mi esposo le había dado su primer trabajo a Arafat.
—¿En serio?
—Sí. Sam y su hermano estudiaron Ingeniería en Egipto y el emir de Kuwait de ese entonces los invitó a que fueran a construir allá. Un día llegó a su oficina y vio a un señor sentado afuera. Le preguntó a su asistente qué quería el señor y Arafat solo había dicho que quería verlo. Entonces lo hizo pasar y así fue cómo le dio su primer trabajo de ingeniero. Mi esposo nunca me lo había contado. Pero muchísimos años después, en una recepción en nuestra casa en Beirut, asistieron varios políticos y llegó Arafat, quien para entonces ya era el jefe de la Organización de Liberación Palestina (OLP). Y al conocerme me dijo: “¡Tú eres la esposa de Sam, el que me dio la vida, si no fuera por él no sería lo que soy ahora!”. Y yo decía entre mí: “¿De qué está hablando?”. Luego, Sam me contó toda la historia. La idea cuando estudiaba Negociación era convertir Jerusalén en un territorio neutral para toda la humanidad.

—Con la reacción desproporcionada de Israel, ¿va a ser posible un diálogo?
—Benjamín Netanyahu debería salir, ese extremismo es muy dañino, la extrema derecha israelí no quiere la solución de los dos Estados. Nos hemos vuelto a reunir en el Conflict Management Group, el profesor Fischer ya murió, pero estamos trabajando en esto. Si no hay paz en Oriente Medio, no hay paz en el mundo.
—¿Cómo avizoras tu trabajo en París?
—Uno de los temas principales de la agenda es el ambiental: trabajar en conjunto para monetizar el cuidado de la naturaleza. Lo segundo es la seguridad, necesitamos de Europa cooperación en seguridad e inteligencia. Y el otro tema son las inversiones. Me voy a concentrar en eso porque solo tengo un año.
—Tienes 73 años…
—¿Ah, sí? (risas).
—Sí, ya los cumpliste (risas), ¿cuál es tu secreto para la eterna vitalidad?
—Nunca pienso en la edad, es un número. Vivo el momento intensamente. Hago pilates y medito; me siento con música clásica, cierro los ojos durante quince minutos, es como haber dormido horas. Soy nocturna, no como nada durante el día y ceno ligero.
—¿Sigues siendo una mimada de Dios, como dijiste en otra entrevista con Diners hace algunos años?
—Sí, no sé si lo estoy mimando más a él que lo que él a mí. Le agradezco a Dios por cada nuevo día, estamos en este mundo solo de turistas.

