
Diana Caiza fue la concejal más votada en las elecciones seccionales de 2019 y cuatro años después se convirtió en la primera alcaldesa de Ambato. Su incursión en la política fue a regañadientes, pero ya que está ahí no va a dejar que la violencia política le achique los pasos.
Aunque las responsabilidades le pisan los talones, su tono es suave y fluye sin prisas. Lleva un anaco oscuro sostenido por una faja en la cintura; sobre sus hombros descansa una bayeta (chalina) que le roba protagonismo a la blusa impecable, con bordados morados en el cuello. En su cabeza un sombrero blanco simboliza la conexión con el tayta Inti (sol) que representa el conocimiento. Diana Caiza lleva la vestimenta tradicional de Chibuleo, el pueblo donde nació y vivió su primera infancia, y al que vuelve por lo menos una vez cada mes, junto con su esposo y sus tres hijos. Lo hace porque ahí aún vive su madre y no quiere que sus hijos olviden de dónde vienen.
De hecho ella está anclada a sus raíces, conoce bien las necesidades de la ruralidad. De las carencias del campo podría dar cátedra, pero está consciente de que su rol es gobernar para las veintisiete parroquias de Ambato: dieciocho rurales y nueve urbanas. El combate a la corrupción encabeza su lista de prioridades pero, además, le apuesta a la generación de mejores condiciones para los emprendimientos, un plan maestro de movilidad y la protección, no negociable, de fuentes de agua y recursos no renovables del cantón.
En medio de su agenda, su trabajo contempla también rozar la mala hierba del machismo y la violencia política; una tarea que lleva a cabo con la responsabilidad y el respeto a la palabra aprendidos de su madre y su abuela: dos campesinas hurañas a cualquier discriminación por su condición de mujeres.
SU FAMILIA: LAS RAÍCES

Diana Caiza, junto a Juana, su madre, de quien aprendió que las responsabilidades
y el respeto a la palabra son la clave de la lucha política. Fotografía: Juan Reyes.
—Usted nació en el Chibuleo de hace 37 años, ¿cómo fue su infancia sin su padre en una sociedad en la que las mujeres únicamente debían obedecer?
—La primera preocupación era ganar el pan diario. Mi mamá salía a vender ajo y cebolla a Riobamba, Salcedo e incluso a la Costa. Entonces mi hermano se quedaba a cargo de mí. Me decía “yo te voy a cuidar siempre”. Hasta ahora lo sigue haciendo. A él le debo haber terminado la escuela, porque con diez años se fue a trabajar a la Costa y mandaba dinero para mis estudios. No pude ver cómo era el cariño de un padre, pero mi hermano hizo un buen trabajo; me dio seguridad, confianza y la certeza de que él iba a estar ahí para respaldarme.
—Buena parte de su adolescencia vivió con su abuela ¿qué aprendizajes le dejó?
—Desde los once años conviví con ella y a los doce teníamos que ingresar a la secundaria. Sin embargo, por ser mujer, mi destino era ir a limpiar casas. Pero yo soñaba con estudiar y ser profesional. Mi familia, incluida mi abuela, me apoyó. Entonces ingresé al colegio Natalia Vaca que quedaba aquí, en el centro de Ambato. Salíamos de Chibuleo a las cinco de la mañana pero, antes, una de las exigencias de mi abuela era que debía dejar el desayuno listo, dar de comer a los animales: las vacas, las ovejitas, el chancho y el cuy. Al terminar las clases, tenía que estar en la casa a las 13:00. Si me pasaba de esa hora, mi abuelita me reprendía; era muy estricta y decía que nos ponía responsabilidades porque esa disciplina íbamos a necesitar cuando fuéramos grandes.
Al llegar a la casa debíamos hacer la comida para los peones, lavar los trastes, verificar si los animales habían comido e ir a verlos en el páramo. Después de todas las actividades, en la noche, luego de cocinar la merienda, me ponía a realizar las tareas. Muchas veces me quedaba hasta la una o dos de la mañana para cumplir. Pero creo que eso ha sido muy importante porque con el pasar de los años he mantenido la disciplina y la responsabilidad.
—Su mamá cuenta que leía mucho. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?
—Antes, en las escuelas rurales regalaban unos libros con historias del campo: cómo cuidar a los animales, cómo sembrar y cómo realizar los trabajos diarios. Tomaba esos libros y me imaginaba lo que decían, porque aún no sabía leer. Con el paso del tiempo entendí que esas lecturas eran para encaminar la cosecha; abordaban el tema de la Pachamama y lo valioso que es saber los calendarios andinos.
—¿Cómo era la convivencia con las chicas mestizas en el colegio?
—Hasta tercer curso, en el colegio había solo dos mujeres indígenas y una de ellas era yo. Los mestizos nos veían de forma muy diferente por nuestra vestimenta y por nuestra lengua. Sin embargo, a mí sí me aceptaron, pero conocí compañeras a las que se les dificultó e incluso algunas dejaron el colegio. En mi caso les recuerdo con mucho cariño, pero hubo fricciones fuertes, sobre todo en las juntas de grado, adonde iba mi abuelita. A veces se reían porque ella no podía fluir con el castellano. En una ocasión yo salí a defenderla y trasladaba (al español) todo lo que ella decía para opinar o dar su punto de vista en la reunión.
SU MADRE, SIEMBRE Y COSECHA
—¿Qué la acercó a la política?
—Fui forjando mi participación a través de los talleres con las mujeres lideresas de Dolores Cacuango. En esa época tenía alrededor de ochos años y mi madre era parte de esa escuela de formación y, al no tener con quién dejarme, me iba llevando. Ahí empezó todo, cuando escuché a muchas lideresas de todo el país expresarse, hablar sobre derechos e igualdad. Ellas debatían sobre la importancia de seguir educándonos y no solo quedarnos en casa cuidando guaguas, sino salir y prepararnos para, además, tener un espacio laboral y una independencia económica. Eso me marcó.
—Esos espacios le mostraron la posibilidad de una mujer más emancipada. Pero hablamos de una época en la que las mujeres no tenían visibilidad ni siquiera el interior de su familia.
—En las comunidades cuando llamaban a las mingas, las personas que representaban la casa o el hogar eran los hombres. En mi caso era difícil porque mi mamá, al no tener a mi papá vivo, se veía discriminada. Dentro de la comunidad, quienes podían opinar o dar una resolución de algún tema eran los hombres, y las mujeres solo escuchaban. Era un poco fuerte, pero las escuelas de lideresas le devolvieron la fuerza a mi madre.

Diana Caiza como madrina del equipo
de fútbol Chibuleo. Fotografía: Cortesía D.C / J.R.
—¿Cómo recuerda la lucha de su madre en aquellos años?
—Ella desde muy joven fue parte del consejo de gobierno de la comunidad de Chibuleo, fue cabilda, secretaria de la mujer y pasó por todos los cargos.
—¿Qué hace una cabilda?
—Es como la alcaldesa de la comunidad. Es la persona que pone orden ahí. Por ejemplo, yo, como alcaldesa de Ambato, cuando voy a esos espacios debo hacer caso de lo que resuelva el cabildo. No por tener este cargo soy mayor que el cabildo en las comunidades.
—En una sociedad en la que la mujer no tenía ni voz ni voto, su madre era cabilda.
—Ella luchó mucho. Me acuerdo que organizaba reuniones a escondidas, solo con mujeres. Como siempre fue parte de este consejo de autoridad comunitaria estaba ocupada y nosotros, sus hijos, le reclamábamos: ¿por qué no está en casa? Fíjese: no teníamos papá y nuestra madre estaba siempre en sus quehaceres y en su lucha. Entonces, una vez le dije que hasta cuándo iba a estar preocupada por la comunidad, porque no estaba ganando un sueldo, ya que ese no era un espacio donde le reconocían económicamente. Entonces, muy sabiamente, me dijo: “Mija, usted tiene que saber lo que es la responsabilidad. Yo debo ir porque es mi responsabilidad como cabilda”. Me dejó una gran lección, porque en la comunidad los famosos arreglos se hacen en la noche, a partir de la 22:00 hasta las cuatro o cinco de la mañana. Ella tenía que estar en esos arreglos porque era la cabilda.
—Estos arreglos que usted menciona ¿sobre qué temas eran?
—Sobre tierras, discusiones, diferencias internas del cabildo. Muchas veces eran también sobre violencia intrafamiliar. Obviamente allí se amanecían, porque se tomaban todo el tiempo para escuchar los testimonios. En esos escenarios la cabilda se convertía prácticamente en el juez que escucha a las dos partes, luego deliberaba y daba el dictamen, es decir, si debe ser ajusticiado o no. Hasta ahora existe esa figura.
—¿A qué tipo de justicia se sometía esa persona si era encontrada culpable?
—Se sometía a latigazos y a la vergüenza. En plena plaza llamaban a la comunidad, decían sus problemas y qué iba a hacer para solucionar ese inconveniente.
EL CARGO PÚBLICO, EL TERRENO DIFÍCIL
—Cuando usted ganó los titulares de prensa, sobre todo de medios locales, hacían énfasis en que se trataba de la primera mujer indígena que llegaba a la alcaldía de Ambato.
—Ambato es una ciudad con 203 años y en ese tiempo nunca tuvimos una mujer alcaldesa; eso, sin duda, es algo histórico y un paso gigantesco. Pero al mismo tiempo me siento con muchísima responsabilidad porque mi triunfo o mi fracaso abrirá o cerrará las puertas a otras mujeres. Este no es un espacio ganado por Diana Caiza, sino por una mujer.

Diana junto a Rodrigo Llambo, su esposo, y su hija (en brazos de Rodrigo) el día en el que se graduó. Fotografía: Cortesía D.C / J.R.
—Antes de llegar a la alcaldía usted ya conocía cómo era el manejo de lo público porque en 2019 llegó al municipio como la concejal más votada.
—Nunca planifiqué incurrir en el espacio político. Siempre formé parte de contextos organizativos, pero mi mentalidad siempre ha sido tener un emprendimiento propio para mi independencia económica. El espacio político se presentó en un entorno en el que me ofrecieron participar como concejal alterna. Luego, en el año 2018, me invitaron a ser candidata a concejal rural. No quería, pero luego de tantas insistencias dije que sí. Luego, en mi entorno, me preguntaban por qué me iba con “el eterno perdedor”, si el candidato a alcalde de mi lista había perdido en tres ocasiones. No podía retirarme porque ya había dado mi palabra; lejos de ello, di todo mi esfuerzo para ganar. En efecto, fui la vocal más votada y me eligieron como vicealcaldesa de Ambato. Trabajé sin mirar a un futuro político, sino más bien por la responsabilidad de legislar y fiscalizar. Fui incómoda para ciertos sectores.
—¿Qué lecciones capitalizó de ese proceso previo a su lanzamiento como candidata a la alcaldía?
—No quería participar, porque me desilusioné muchísimo de la política. En los dos años que estuve como vicealcaldesa acomodaron la normativa para que yo no siguiera en ese puesto, porque estaba siendo una piedra en el zapato. Además, decían que me había convertido en una figura más visible que el alcalde. Terminé mi período y no quise saber nada más de política.
—¿Qué la decepcionó?
—Me encontré con personas que no son de palabra, que se atreven a mentir para llegar a un espacio. Además, vi que era un tema por el que había sacrificado a mi familia y al emprendimiento de venta de vehículos usados que tuve desde 2008.
—Así las cosas, ¿qué la convenció de lanzarse a la alcaldía?
—Me visitaban todos los partidos para que vaya como candidata a la prefectura, a la alcaldía y a la concejalía. Por la prefectura iba ya una compañera indígena, así es que no quise entrar en esa competencia y la alcaldía no era algo que me interesara pese a que recibí ofertas de varios partidos. A mi esposo le había dicho que no iba a volver a un cargo público-político y que quería retomar mi vida. Pero luego, representantes de Pachakutik me visitaron en mi hogar y me propusieron participar. Me negué varias veces, pero perseveraron tanto que al final acepté.
—Antes de aceptar, usted hizo sus propias encuestas
—Tanto mi esposo como yo creímos que era importante realizar una data para conocer si tendríamos o no la posibilidad de participar y decidimos hacer una encuesta. En la primera salieron muy buenos resultados y no creímos. Pensamos que hicimos mal alguna parte de la metodología. Por ello, luego de un par de semanas, realizamos una nueva encuesta y esta seguía arrojando información positiva. Entonces dijimos que de pronto necesitábamos de una tercera persona, conocedora de datos estadísticos, para que nos guíe y así no tener una falsa esperanza. Fue cuando hicimos una tercera encuesta con alguien externo, a fin de evitar cualquier tipo de error. El resultado fue el 32,12 % de aceptación y la probabilidad de llegar a la alcaldía. Entonces tomamos la decisión de participar y no nos equivocamos porque gané con el 32,19 %.
—¿Qué ha sido lo más complejo de gobernar Ambato?
—Gobernar con varios detractores porque nada les cae bien. Realmente se oponen a absolutamente todo. De hecho, el presupuesto municipal 2024 no fue aprobado, porque en el Consejo Municipal hay varios representantes políticos de otras organizaciones que hacen oposición. Sin embargo, es importante mencionar que no soy de las personas que se rinden fácil. Los comentarios negativos o los memes me dan más valentía y coraje. Soy muy desafiante.
—¿Por qué cree que aún se mira con lupa cada una de las decisiones que toma una mujer en un cargo de poder?
—Porque sigue habiendo machismo. Por ejemplo, si hacemos un conteo de cuántas cabildas han sido elegidas en todas las comunidades, la cifra llega al 1 %. Sin embargo, no hay que desconocer que las mujeres hemos logrado un impacto importante. Un caso: en el consejo municipal de Ambato, de trece concejales, siete son mujeres. Se va ganando espacio político, pero eso no quiere decir que los problemas estén resueltos.
—¿Usted ha vivido violencia política?
—De hecho, viví un episodio de violencia política que hice público. Obstaculizaban mis propuestas y me atacaban a través de cuentas trolls. Fueron momentos difíciles en los que la ofensa a mi dignidad era recurrente. Dentro de este espacio político, los hombres creen que porque una es mujer pueden hacer cualquier cosa; están convencidos de que las mujeres somos más “suaves” para debatir o dar criterios.
—¿Cómo ha enfrentado esto?
—Trato de tener la mente bien centrada, no perder el horizonte y tomar decisiones con coherencia, no por ningún tipo de rivalidad, sino más bien pensando siempre en el bien común. Eso hace la diferencia en estos espacios.
EL PRESENTE, SOL Y AGUAS
—¿Cuál es su análisis sobre la situación que vive el país?
—Lo que pasa en este momento es un cúmulo de situaciones que fueron engordando el problema de la violencia, como una bomba de tiempo.

Diana Caiza, (centro) junto a su esposo Rodrigo Llambo (izq.), su hermana, sus hijos Kerly (der.), Erik (centro) y su mamá Juana (der.). Fotografía: Cortesía D.C / J.R.
—¿De qué se ha ido llenando esa bomba?
—Se fue llenando de cosas como ignorar el derecho de los niños y jóvenes a una vida digna. Cuando ellos tienen oportunidades no son presa fácil de las bandas delictivas, pero el Estado desatendió territorios que luego fueron captados por las organizaciones criminales. Los gobiernos no se preocuparon por desmantelar ese vínculo que se estaba creando desde la periferia y que ahora ya llega a las ciudades.
—Si el presidente se para acá y le pide un consejo que ayude a resolver la situación, ¿usted qué le diría?
—Le diría que tome decisiones con firmeza. Hay muy poco tiempo. Es decir, no tiene cuatro años, sino algo más de un año para realizar un acuerdo. Que se alíe con otros países que ya han tenido experiencia en manejar este tema de la seguridad y que por supuesto tome decisiones que velen por los intereses de la mayoría de los ecuatorianos.
—¿Por dónde deberían ir esas decisiones?
—Reformar las leyes y endurecerlas. También deberían apoyar a que la educación sea realmente gratuita para grupos de extrema pobreza, porque solo la educación hará que sobresalgamos y que seamos parte importante del desarrollo. También está la dotación de presupuesto para agua potable, alcantarillado y vías de primer orden. Y que vuelva la mirada al agro, que se ha dejado de lado y que es el sector que, entre otras cosas, alimenta al país.
RODRIGO Y LOS HIJOS: LA COSECHA
Rodrigo Llambo es el gerente de la Cooperativa Chibuleo y también el esposo de Diana Caiza. En sus palabras, no concibe la vida sin ella y, en palabras de Diana, él es su admiración. La primera vez que lo vio tenía quince años y había sido electa Inti Ñusta (Reina del Sol). No fue un flechazo, pero él persistió, llevan dieciocho años de casados y tienen tres hijos.

Diana con su acreditación como concejal rural de Ambato. Fotografía: Cortesía D.C / J.R.
—¿Qué la enamoró de Rodrigo Llambo?
—Su inteligencia, su paciencia y sobre todo su naturalidad. Es una persona muy humilde que siempre trata de apoyar a las personas que están con él.
—Él dice que no imagina su vida sin usted, se lo dijo a un medio de comunicación nacional.
—(Sonríe con timidez). Considero a Rodrigo como mi amigo, mi confidente, una persona con la cual me puedo expresar con espontaneidad porque sé que me va a escuchar. Admiro muchísimo a mi esposo y pienso que esa es la clave para llevar un matrimonio.
—Tiene tres hijos, ¿cuáles son los principios de su maternidad?
—Primero, no olvidar mi rol de madre. Me levanto temprano, hago el desayuno para mis hijos, luego, les preparo para que vayan al colegio. Les recuerdo que en casa todos tenemos responsabilidades que debemos cumplir con disciplina. Por eso, cuando llegan de clases me cercioro de que hagan sus deberes, que después organicen su cuarto y que siempre tengan algo qué hacer en la casa.
—Usted tejía cuando era niña, ¿mantiene esa actividad con sus hijos?
—Cuando era niña tejía para sumar ingresos al hogar. También vendía funditas de canguil en el colegio y después compraba pollos chiquitos para criar y vender. En un inicio lo hacía porque quería comprarme una máscara de Kimberly, de los Power Rangers, pero después fue para ayudar a sostener el hogar. En tejido elaboraba carteras, zapatos y ese tipo de cosas. Pero ahora lo hago como un pasatiempo que me permite compartir con mi hija, a quien esta actividad le resulta desestresante.

