Cristina Rodas no recuerda con exactitud qué llegó primero, si la militancia política o el teatro. Pero sí sabe bien que de la primera se alejó cuando tenía diecinueve años, mientras que la segunda se convirtió en el leitmotiv de su vida. Ahora es una de las productoras teatrales más renombradas del país y ha demostrado que no hay “pecado” en abrir salas de teatro en centros comerciales.
Cristina Rodas (Cuenca, 1967) vivió su adolescencia y sus primeros años de juventud convencida de que ella y su generación cambiarían el mundo, a través de la militancia política. Leyó a Marx y a Engels, pintó consignas en paredes y muros durante el Gobierno de Febres-Cordero y se acostumbró al picor del gas lacrimógeno que los policías lanzaban en marchas y manifestaciones estudiantiles.
Por esos años, mediados de los ochenta, también se enamoró del teatro. Enseguida descubrió que en la militancia no solo podía encontrar espacio en las calles, sino también en los escenarios. Entonces fue feliz como no lo había sido en la vida. Años más tarde volvió a experimentar ese sentimiento de plenitud con el nacimiento de sus dos hijos. Y algo parecido siente ahora que está dedicada a la producción teatral y al cuidado de una jauría, de todos los tamaños y colores, con los que vive en su casa.
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