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Mundo Diners al día

Carolina Sánchez: “Cocinar es estar en continuo movimiento”

por Eduardo Varas C.

Carolina Sánchez
Fotografía: ® JUAN REYES.
TIEMPO DE LECTURA 11 MINUTOS

¿Cómo se resiste la presión que hay en la cocina de un restaurante con una estrella Michelin? Para la chef ecuatoriana Carolina Sánchez, la solución está en poner buena cara a los momentos complicados; eso le ha ayudado a enfrentarse a la fama que le llegó por ser jurado de MasterChef.

La vida de Carolina Sánchez cruza, por el momento, tres lugares. El primero es España, donde tiene junto a su esposo, Iñaki Murúa, su restaurante Ikaro, en la ciudad de Logroño, al norte del país, un punto en el mapa que es parte del conocido Camino de Santiago. El segundo es Colombia, particularmente Bogotá, donde reside de dos a tres meses al año para grabar una temporada de MasterChef, programa del que es jueza desde 2019.

El tercero resulta una obviedad: Ecuador, el país donde nació, donde está su natal Cuenca, ciudad en la que llegó al mundo el 18 de julio de 1985. Mientras España es su hogar y Colombia es trabajo, el Ecuador es una presencia contundente. Es aquí donde ha abierto su segundo restaurante —Kriollo por Ikaro, en Quito— y donde vive una vida de reconocimiento público.

Carolina Sánchez es famosa aquí. Su rol en uno de los reality shows más vistos es la razón por la que la detienen en la calle, o donde sea, para saludarla, hablarle, pedirle un autógrafo o tomarse una selfi con ella. Porque la chef Caro —como la llaman— puede mostrar, a través de la pantalla, una serenidad y buena onda que impactan. Si los jueces de MasterChef están implementando una rutina, Carolina Sánchez sería la policía buena.

—¿Cómo crees que te percibe el público de MasterChef?

—Creo que sienten a una persona a la que no les da miedo acercarse. A veces pasa que con algunas celebrities a uno le da cositas acercarse porque las sentimos lejanas; pero, en mi caso, se me acercan, me abordan, me piden fotos y saludos. Es muy bonito ese cariño.

—Un cariño que no vives igual en España…

—No y es como si tuviera dos vidas paralelas. En España tengo mi vida de persona, de chef profesional, de ir por la calle y que nadie me pida ni media foto, y vengo aquí y vivo esto.

—¿Qué crees que te ayuda a lidiar con momentos complicados con fanáticos?

—Mi personalidad. Yo puedo lidiar con esa parte de la presión. Si me tocan situaciones de estrés, pongo buena cara y ya está. Soy una buena actriz y puedo pretender que todo está bien, aun cuando no sea así.

—¿Esa personalidad ha sido de ayuda para manejar una cocina?

—Sirve un montón, porque esta profesión tiene mucho estrés. En mi restaurante en España tenemos una cocina con una cristalera, entonces el comensal puede ver todo lo que pasa mientras preparamos los platos. No te escucha, pero te puede ver y, cuando pasa algo, siempre le digo a mi esposo: “No puedes ponerte a discutir ni a levantar las manos ni nada, porque la gente te está viendo”.

—No hay que mostrar que se la está pasando mal…

—La idea es hacer lo que sea, pero que no se den cuenta afuera de que estamos en una situación de estrés.

—¿Es importante eso?

—Sí, porque la vida real es así, a veces te toca salir a ver al comensal y pretender que todo está bien, a pesar de que adentro de la cocina todo ha sido una locura.

—¿Cuál es la idea de que se vea lo que pasa en la cocina?

—Queríamos dar esa sensación de transparencia, de confianza, de que no hay una pared que nos separa de los comensales. Esto, más allá de que queríamos que los clientes pudieran ver cómo se preparan los platos.

—Es una forma de tener cercanía…

—Y fue algo que siempre tuvimos en cuenta cuando construimos el restaurante. A la gente le encanta y a nosotros también, porque nos permite contemplar las sensaciones cuando los comensales prueban los platos, porque realmente es muy visual el tema, y podemos leer en sus rostros un poco lo que ellos están sintiendo al comer y eso es muy bonito.

—¿Es una retroalimentación inmediata?

—Sí, y te da alegría, porque piensas “Bueno, estoy haciendo las cosas bien y a la gente le está gustando lo que hago”.

El camino de aprender a través de las frustraciones

La gastronomía llegó con naturalidad. De tener un cuaderno de recetas de dulces que empezó a escribir desde los siete años a hacer brownies para venderlos en el colegio, no hay mucha distancia. Antes de ingresar a la universidad, viajó de intercambio diez meses a Minnesota, en Estados Unidos, y, recibir ahí clases de cocina, le cambió la cabeza.

—¿No es agotadora la exigencia física y mental en las cocinas de restaurantes?

—A la mayoría de los chefs nos gusta esa parte, ese nivel de exigencia de la profesión, de saber que las cosas tienen que salir perfectas y que no puede haber fallos.

—Es un asunto de constancia…

—Sí, y cuando te metes en eso, ya no hay vuelta atrás.

“Puedo lidiar muy bien al estrés”.

—¿Siempre fuiste exigente contigo?

—Desde antes de estudiar Cocina… yo siempre me exigí mucho a mí misma.

—¿Fuiste buena estudiante?

—Cuando estaba en la escuela y en el colegio siempre intentaba sacar buenas notas, buscaba estar en el top. No es que mis padres me lo exigieron, yo sentía que debía demostrarlo.

—¿Y cuando las cosas no te salían bien?

—Me frustraba muchísimo. Eso es algo que me sigue acompañando en mi carrera porque todavía me frustro.

—¿Qué te motivaba más: el “oh, esto me salió muy bien” o un “esto está malo, debo mejorarlo”?

—Creo que me motivaba más lo segundo. Si algo no me salía bien, pues eso me movía a seguir aprendiendo. Me acuerdo clarísimo que hubo un concurso de gastronomía a nivel de universidades del país y me metí. Quise usar técnicas que no había hecho antes en mi vida y decidí hacer espuma, algo que es muy común hacer con el sifón.

—¿Y la hiciste de otra forma?

—Sí. Como no tenía sifón, se me ocurrió hacer esa espuma de tomates secos con claras de huevo. Lo hice y me salió algo asqueroso. Pero en mi cabeza yo seguía pensando: “Como esto es innovador, de seguro que clasifico”.

—¿Clasificaste?

—Obviamente, no. Y algunos de mis compañeras y compañeros sí, y yo me quedé superfrustrada. Pero me di cuenta de que solo quería llamar la atención haciendo cosas diferentes.

—¿Y esa frustración en qué se convirtió?

—En la certeza de que debía madurar profesionalmente. Con el tiempo entendí que no por hacer cosas diferentes o locas va a estar mejor o más rico. Lo que debe primar es el sabor.

—¿Qué descubriste cuando empezaste a estudiar Gastronomía?

—Me di cuenta de que era lo que más me apasionaba. Quizás ya lo sabía, porque siempre disfruté cocinar y hacer recetas, sea con mi madre o con mis primas. Bueno, además, siempre vi a mis abuelitas cocinando también y quería aprender de ellas.

—Entraste a ese mundo viendo cómo lo hacían otras personas…

—Sí, la parte gastronómica está metida en mi familia.

—¿Metida cómo?

—Mis dos abuelas siempre fueron muy buenas cocineras. Del lado de mi padre, mi abuela y su familia fueron parte de la vida culinaria de Cuenca, con restaurantes y libros de recetas.

—La gastronomía es un asunto genético…

—Sí, está en los genes. Tengo un hermano que le encantan las parrilladas y mi padre es experto en paellas; si hay alguna celebración, él tiene que hacer una paella y es famoso por eso. A mi abuelito también le gustaba la cocina y era chistoso porque él tenía su especialidad: un cebiche que hacía de patitas de chancho, o sea, nada que ver. Además, tengo que decir que desde chiquita siempre me ha encantado comer.

—¿Qué significa que te encantaba comer?

—Pues a mis tías les gustaba invitarme a la casa de ellas porque siempre comía con gusto. Tengo una tía que siempre dice que yo comía con unas ganas que amaba verme.

—¿Qué es lo que te mueve a crear un nuevo plato?

—Cuando pienso un nuevo plato me mueve la inquietud de hacer cosas diferentes, de no conformarme con lo que ya tengo porque eso es muy cómodo.

—Cocinar es no quedarse quieta…

—Cocinar es estar en continuo movimiento. En un continuo estado de creación, de investigación de platos. Es inspirarse en la comida que pruebas, viajar para probar cosas distintas, que es lo que hago cuando vengo al Ecuador, por ejemplo. Y cuando lo haces, piensas: “Bueno, quiero hacer algo en lo que estos sabores estén presentes”, pero buscas ese toque de identidad que es lo que a mí me mueve cuando quiero hacer una receta.

—¿Qué es lo que te inspira de la gastronomía del Ecuador?

—Que adonde vayas en el Ecuador, por las distintas regiones, realmente la comida es muy diferente y eso es algo espectacular. Hay muchísima variedad. Si vas a la Costa, la Sierra y la Amazonía, los productos son completamente diferentes y lo mismo pasa con las recetas tradicionales de cada región. Eso hace que sea una gastronomía muy, muy rica.

—¿Sientes que te has vuelto una embajadora de la comida ecuatoriana? En Ikaro utilizas ingredientes de aquí en las recetas…

—Sí. Eso es algo que a mí siempre me ha encantado y que intento promover. Es algo que me mueve internamente, el dar a conocer la gastronomía ecuatoriana en el mundo y que llegue a ser un pilar de la economía como la peruana y la mexicana, que ya están posicionadas en el mundo y la gente sabe lo que son y conoce sus platos.

—¿Quieres conseguir eso?

—Es uno de mis sueños, que la gastronomía ecuatoriana llegue a ser conocida y que cada vez más gente se interese por nuestra cocina, nuestros platos y nuestras recetas. Esto me hace hablar de la cocina ecuatoriana y cocinarla en mis restaurantes

—Hablando de cocina, ¿cuál es ese primer recuerdo que tienes de cocinar?

—Cocinando, cocinando… tenía siete años. Me acuerdo clarísimo que una tía tenía un jardín y nos puso ahí unas cocinitas de hierro, de metal, a mi prima y a mí, de esas que venden en los mercados. Y puso ollas de barro y nos dijo: pues hoy van a hacer locro de papas. Ahí estábamos cocinando con leña. Y claro, “preparamos” un locro de papas, así con comillas porque mi tía nos ayudó con todo, pero fue una sensación como de ¡guau!, lo hicimos.

La llegada a la meta

En abril de 2017 Carolina e Iñaki abrieron el restaurante Ikaro, en Logroño. Un año después, en noviembre de 2018, por ese espacio ambos ganaron una estrella Michelin; la primera vez que la cocina de un restaurante, codiseñada por una chef ecuatoriana, recibía ese galardón. Si hacemos caso a las películas y series, muchos y muchas luchan por tener una de esas estrellas: en el mundo de la gastronomía son la prueba irrefutable de calidad.

Juntos más de una década, en 2021, Carolina e Iñaki se casaron. El lunes 14 de julio de 2025, a través de su cuenta de Instagram, la chef Caro anunció que estaba embarazada. En una de las fotos, ella sostiene una prueba de embarazo, sonríe; a su lado, Iñaki también lleva una gran sonrisa. En la publicación ella escribió: “¡Vamos a ser papás!! Soñamos con nuestro bebé y ahora es una realidad”.

—¿Cómo llegaste a España?

—Cuando terminé la carrera en la Universidad de Cuenca, me fui a Perú a hacer un máster en el Cordon Bleu. De ahí volví al Ecuador y trabajé tres años como chef en un hotel, pero llegó un punto en que me dije: “Me quedo y ya me establezco en el Ecuador o me voy a estudiar a España”.

—¿La idea era regresar?

—Sí, yo solo iba por un año a estudiar otro máster, a aprender nuevas técnicas, desarrollar otras ideas y conocimientos que no estaban establecidos en el país.

—Y en el máster conociste a Iñaki…

—Conocí a Iñaki y como que fue cambiando el plan y decidí quedarme. Ya van a ser trece años viviendo en España.

—Si España es tu hogar, ¿qué es el Ecuador?

—Es mi segundo hogar. Me encanta regresar, me siento en casa. Cuando estás aquí, estás con tu gente, con tus amigos, con tu familia; sientes como que nunca te has ido. Sé que no vivo acá muchos años, pero estoy muy ligada al Ecuador, hasta en mi forma de hablar está el Ecuador.

—Es cierto, tantos años allá y tu acento cuencano no desaparece.

—Para nada, el acento sigue ahí. Obviamente, uso algunas palabras de allá porque, si no, no te entienden.

—También debe ser un acento que no identifican con facilidad…

—Nunca en la vida me han preguntado si mi acento es del Ecuador. Cuando me escuchan hablar, me preguntan si es de Argentina o de México, nunca del Ecuador.

Carolina Sánchez
Fotografía: ® JUAN REYES.

“Quiero dar a conocer nuestra gastronomía”

—¿Te tomó mucho decidir lo de MasterChef luego de ganar una estrella Michelin?

—Cuando me llamaron dije que sí. Pero cuando me contaron que iban a ser tres meses, les dije enseguida que ya no podía ir. Era un momento en el que no podía dejar el restaurante, solo éramos Iñaki y yo, y no podíamos faltar ninguno de los dos.

—¿Qué te hizo cambiar de idea?

—Iñaki siempre me ha motivado a hacer cosas. Yo soy de pensar muchísimo, soy muy miedosa, pero su apoyo ha sido increíble. Él me dijo: “Piénsalo bien, esta es una oportunidad supergrande, nosotros ya veremos cómo hacemos en el restaurante”.

—Ya con eso aceptaste...

—Sí, contratamos más gente para el restaurante y con eso lo pude hacer. A veces me cuesta lanzarme a hacer cosas al principio, soy muy indecisa.

—¿Iñaki te ayuda en esos casos?

—Y al revés. Iñaki es muchas veces muy impulsivo y necesita que alguien le pare un poco y le haga pensar las cosas. Entonces nos complementamos superbién.

—¿Cómo te sientes al ser una de las personas que está abriendo la gastronomía al público en general?

—Es bonito. Al final todos comemos, pero a algunos nos gusta más y lo vemos como una experiencia; pero gracias a un programa como MasterChef, la gente entiende lo que hay detrás de un plato y eso ayuda a apreciar más esta profesión.

—Si pensamos un poco, no hemos tenido una relación con la comida basada en el conocimiento…

—No, antes la gente comía y lo máximo que decía era que estaba bueno y ya. Pero no sabía nada de lo que había detrás de un plato o el tiempo que lleva elaborar las cosas, la atención no estaba en temas de temperatura o de términos. Un programa como este ha hecho que se valore más la profesión.

—¿Por qué era necesario para ti poner en valor la cocina?

—Porque por muchísimos años el cocinero era algo que estaba muy por abajo. Pero hoy es al revés: los cocineros somos casi estrellas de rock.

—¿Pero el objetivo no puede solo ser que se vea al chef como un rockstar?

—No, claro. El sentido de todo esto es que hay que hacerlo para que la gente valore lo que hay detrás de una profesión como esta; está llena de esfuerzo, de sacrificio y de dedicación.

—¿En qué momentos disfrutas más cocinar?

—Depende. Me gusta mucho cocinar y cuando vengo al Ecuador y visito a mi familia y amigos, me encanta cocinarles, ver cómo ellos disfrutan de lo que hago y que compartamos en torno a la mesa. Pero la verdad es que cocinar en el restaurante es lo más cómodo porque tienes todos los utensilios y las cosas que necesitas.

—¿Le puede ganar cocinar en el restaurante a cocinar a tu familia y amigos?

—Bueno, si hablamos de compartir, pues me gusta cuando lo hago para mi familia y amigos. Hacerlo para comensales está muy bien pero, si me preguntas qué prefiero, sin duda, sería el momento de compartir con mis seres queridos.

—Tienes un restaurante con estrella Michelin, otro en un continente distinto, te reconocen en las calles de tu país, eres una chef con un espacio en televisión, ¿hay algo más que quisieras hacer?

—Muchas veces he dicho que algún día quiero abrir una cafetería en España. Es tonto, ¿no? Porque al final tienes un restaurante de estrella Michelin y luego quieres algo mucho más sencillo, pero siempre he querido una pastelería, una cafetería donde pueda hacer mis cosas. Yo siempre digo que cuando me retire, algún día, ese va a ser mi espacio.

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Acerca de Eduardo Varas C.

Escritor, músico y periodista. En 2011 fue seleccionado por la FIL de Guadalajara como uno de los "25 secretos mejor guardados de América Latina". Ha publicado "Conjeturas para una tarde" (BCE, 2007), "Los descosidos" (Alfaguara, 2010), "Faltas ortográficas (CCE, 2017), "Esas criaturas" (Cadáver Exquisito, 2021) y "Las tres versiones" (Cadáver Exquisito, 2022). Con este último libro ganó el premio de novela corta Miguel Donoso Pareja, de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Es docente universitario y editor adjunto del medio GK.
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