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Mundo Diners al día

Carlos Rosero pasea su arte por Moscú

por José Luis Barrera

Carlos Rosero flotando con su obra en Moscú.
Carlos Rosero en su muestra durante el XIII Festival Internacional de Bellas Artes de Moscú. Foto: cortesía.
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

La primera compradora de la obra de Carlos Rosero fue su madre. Ella impulsó una carrera, que este año fue reconocida con el Primer Premio Internacional del Festival de Bellas Artes de Moscú.

Por estos días, el taller del artista manabita Carlos Rosero se encuentra casi en la orfandad porque la mayoría de sus obras están en Rusia, viajando de una galería a otra. Para él el arte no es una opción, es una manera de ser.

"Hay un momento en la vida en el que comprendes que no puedes renunciar a eso, yéndote contra todo lo que impida dicha realización. Sufres cuando no estás en el camino”. El artista cuenta que su madre fue la primera compradora de sus obras, pese a creer que estas no eran más que una afición.

Con el tiempo y los premios, ¿ella llegó a aceptar su oficio?

“Sí, se conformó. Mi padre, no”.

¿Crear duele?

“Sí, duele. Pocas veces uno se ‘divierte’ en el sentido que normalmente se le da a esa palabra; es todo lo contrario: un sufrimiento por no avanzar del modo que se había pensado. Hay obras a las que he tenido que renunciar y eso frustra. La gente por lo general no lo entiende y piensa que la inspiración le llega al artista mientras espera entretenido el paso de las horas. No, es una lucha interna, es sentirte solo y emprender una aventura que ni uno mismo sabe adónde le llevará”.

Carlos Rosero explica la importancia del absurdo en su arte.
El absurdo está presente siempre en el arte de Carlos Rosero. Foto: José Luis Barrera.

Arte y destino

Carlos Rosero nació en Chone en 1952, pero muy pronto se estableció en Quito con su familia. Manabí, sin embargo, está presente en su arte, pero no de forma explícita, sino como una esencia:

“Mi madre es de esa provincia y su influencia emocional, su manera de sentir es, sin lugar a duda, manabita; esa poética secreta tiene que ver con mi decisión y mi amor por el arte”.

El camino de la pintura era ineludible. Por insistencia de sus padres ingresó a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central.

“Hice un año de la carrera. Me dijeron: ‘puedes pintar en tus tiempos libres’. Pero cuando vi que ya no podía seguir en esas condiciones, dejé la ‘beca familiar’ y me fui a trabajar en la facultad de portero.”

Este trabajo tenía una ventaja: mientras cuidaba de los galpones recién construidos en el edificio, el decano de Arquitectura le permitía asistir de oyente a las clases y le entregó un cuarto para que lo utilizase como taller.

“Lo llené de piezas de arte y los visitantes que recibía también eran artistas. Me rodeé de lo que amaba. Era una dinámica curiosa porque yo hacía la limpieza y, al mismo tiempo, era oyente en clases como las de dibujo. Incluso, los estudiantes acudían a mi taller para ver qué hacía”.

Carlos Rosero pintando en su taller de arte.
Carlos Rosero en su taller. Foto: cortesía.

Permaneció un año en la Facultad, allí conoció a Oswaldo Viteri, quien al igual que Carlos Rodríguez en los tiempos del colegio, le mostró técnicas. Preparó una serie de obras para su primera exposición individual en la galería más importante de entonces, ‘Altamira’, ubicada en La Mariscal.

Con más de cincuenta años de actividad, el maestro Rosero ha obtenido veintiún premios, dieciséis de ellos nacionales y el resto a nivel internacional. Asimismo, sus trabajos viajan por el planeta, visitando países tan diferentes como Japón, Rusia, Cuba, México, Francia o Puerto Rico.

El Tercer Premio del I Salón del Banco Central en 1977, el primero de su carrera, ¿fue un punto de inflexión?

“Mi destino ya estaba decidido desde antes. Los premios nunca me han marcado, claro que son un apoyo y un estímulo, pero lo decisivo es la actividad como tal: los temas, la búsqueda del artista y la necesidad de contar cómo entiende el mundo usando una estética propia”.

Justamente, su estética está marcada por el absurdo, ¿por qué?

“Vivimos en un mundo inexplicable, nadie lo entiende. Hay teorías para todo, pero ninguna ha funcionado realmente para decirnos qué nos está ocurriendo y cómo podemos mejorarlo. La normalidad es el absurdo”.

La aventura rusa

Carlos Rosero exhibe su arte.
En premio a su muestra de arte, Carlos Rosero recibió una estatuilla que simboliza al país y el derecho de que su obra se exhiba en diversas galerías de la Federación. Foto: José Luis Barrera.

Este año, sin esperarlo por el contexto político internacional, recibió una invitación para participar en el XIII Festival Internacional de Bellas Artes de Moscú. Evento que se realiza en el complejo Gostiny Dvor, apenas a cien metros de la Plaza Roja.

El festival reúne a artistas de más de treinta naciones con el impulso de la Fundación Pública para el Desarrollo del Arte Contemporáneo de la capital rusa y el Ministerio de Relaciones Exteriores de aquel país.

“Yo no conocía nada sobre el Festival porque lo que ocurre en el bloque Euroasiático es un misterio en Occidente; a finales de abril de este año me llegó un correo con una invitación desde Rusia para participar, pedí información a nuestro embajador en Moscú y él me dijo: ‘¿tienes al menos unas once obras porque te van a dar un espacio muy importante?’”

Entonces hizo acopio de trabajos dispersos en distintos lugares y empezó otros nuevos para luego trasladarlos a una región que hoy arde por la política y la guerra.

“No es fácil llegar, pues los costos son altos, hay bloqueos y los vuelos no van directamente: desde Estambul los aviones toman una ruta larga para evitar cualquier peligro. Pero en Moscú las sorpresas positivas empezaron a multiplicarse porque habían duplicado el espacio destinado a mi exhibición".

Al final, se exhibió una muestra de catorce obras titulada “Psicología de la gravedad”, donde esa fuerza es la protagonista, pero confrontada por el absurdo de la vida cotidiana, con hombres atrapados en teleféricos y ascensores o aplastados por el peso de sus propias emociones. La muestra obtuvo el Primer Premio Internacional “Vera” en la categoría “Diálogo entre Generaciones”.

Su carrera lo ha llevado a Rusia, pero también a otras partes del planeta, ¿qué diferencia ve en la forma de vivir el arte en Ecuador y en otros sitios?

“Me llamó poderosamente la atención que los rusos, por ejemplo, respetan todas las manifestaciones del arte: la tradición y también lo contemporáneo. Allá, les interesa mucho el presente, pero también su pasado. Ambos conviven. En Ecuador, hay una línea de pintura tradicional muy importante porque es el resultado de la historia y se ha perfeccionado con el tiempo.

Hace falta que se la estimule y en épocas como la de ahora, en las que hay un pesimismo tremendo en el país, es importante volver a ella y recordar que, por el talento existente, tenemos la posibilidad de competir al más alto nivel no solo en los deportes, sino también en el arte. En todo”.

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