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Óscar Vela: el caballero oscuro

por Gabriel Flores Flores

Para Óscar Vela la escritura no solo es un refugio, es también un faro con el que ilumina historias opacadas por el paso del tiempo, relatos con los que juega al escapista.

Oscar Vela

En los diez libros que ha publicado desde 2002 hay una constante, la exploración del lado más oscuro de la condición humana. Él asegura que ese rasgo particular de su literatura es una herencia que le viene de leer a Sabato, Borges, Banville, Kawabata, Mishima, Murakami, pero sobre todo a Lawrence Durrell.

A diferencia de Juan Benigno Vela, su tatarabuelo, el espíritu combatiente de Óscar Vela (Quito, 1968) no está en la política sino en la escritura, en las reflexiones que cuenta en sus columnas y en las historias que ha rescatado del olvido, como la de Manuel Muñoz Borrero, el cónsul ecuatoriano que salvó a mil personas del Holocausto, o la de Nelson Serrano, un ecuatoriano condenado a pena de muerte en Estados Unidos.

Nunca ha tenido ganas ni intenciones de meterse en la política. Le han ofrecido ser ministro de Trabajo y de Gobierno, pero siempre ha preferido su paz y su tranquilidad. Como sucedía en la casa de su infancia, todavía le gusta hablar de libros, de toros y de fútbol, la única pasión de su vida que vive con fanatismo.

EL FANÁTICO

—¿Coincide con Jorge Valdano con que el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes?

—Sin duda eso ha sido el fútbol en mi vida. Muchos piensan que es trascendente y definitivo, pero no es así. De niño lloraba y me deprimía. Mi esposa dice que le encanta la pasión con la que vivo los partidos. Lanzo unos gritos espantosos, me cabreo, puteo; mis hijos menores se mueren de la risa. Pero cuando el juego se acaba, para mí se terminó la historia. Me duele si perdemos y me alegro si ganamos, pero enseguida me pongo a trabajar o a divertirme con la familia. He tratado de inculcarles eso a mis hijos, porque el fanatismo es bonito si lo vives así.

Óscar Vela y su familia.
Junto a su familia: Óscar, Stefanie, Óscar, Felipe, Julia e Ignacio, 2020. Fotografía: Cortesía O.V.

—¿Ese fanatismo futbolero se ha extendido a otras áreas de su vida?

—El fanatismo no me ha tocado en otras áreas de la vida. Lo que más me apasiona, sin duda alguna, es el fútbol. También la política, pero más por la angustia que representa, por ese futuro que a veces se ve negro o por ese abismo al que estamos a punto de saltar. Hoy, desafortunadamente, siempre vivimos momentos angustiosos y creo que nos queda poca esperanza.

Óscar Vela y sus padres.
Con sus padres, Hernán Vela Sevilla y María de los Ángeles Descalzo, y sus hermanos Juan Manuel y José Miguel, Quito, 1972. Fotografía: Cortesía O.V.

—¿Heredó de sus padres la pasión por los toros?

—Lo heredé de mi padre y soy muy aficionado hasta ahora. Cuando tengo la oportunidad de viajar a España siempre voy a una corrida. Me gusta mucho, pero me temo (y esto le duele a mi papá, lo sé porque lo hemos conversado) que es un espectáculo que va a desaparecer pronto y que probablemente ya no tenga asidero en las futuras generaciones.

—¿Es de los que les gusta ver los toros de lejos o de los que se lanzan al ruedo?

—Depende. Me he lanzado al ruedo en muchas cosas, para estar ahí de cerca. No me gusta dejar las decisiones a los demás. En el fondo no soy de mirar las cosas de lejos sino de ser protagonista. Y en cuanto a los toros, algunas veces he tenido la oportunidad de torear y me encanta, pero me ha ido mal porque soy muy grande, alto, desgarbado, torpe.

—¿Y el gusto por la lectura cómo apareció? ¿Fue un niño lector o eso vino luego?

—Fui un niño lector. En la casa de mis padres, en El Inca, había muchos libros. La buhardilla era una biblioteca muy grande, pero como éramos tantos hijos (yo soy el primero de seis) en un momento se convirtió en un dormitorio con las paredes forradas de libros. Por fortuna terminé durmiendo allí con dos de mis hermanos. Debo haber leído todos los cuentos de los hermanos Grimm, pero lo que detonó mi gusto por la lectura fueron las obras de Mark Twain, Emilio Salgari y Julio Verne.

—¿Cuál fue el libro con el que salió de esa línea infantil?

—De lo que recuerdo, fue El viejo y el mar. Debo haber tenido once años, ese libro me volvió loco y ahí decidí ser escritor. Antes ya había escrito cuentos que les enseñaba a mis papás, pero después de esa lectura escribí uno igualito, o sea le plagié a Hemingway. Lo tenía hasta encuadernado con unas grapas y cuando mi papá lo leyó me dijo: “Esto es demasiado parecido a El viejo y el mar”.

—Entonces, podríamos decir que su primera novela no fue El toro de la oración sino este plagio.

—Sí, ese vulgar plagio. Me encantaría ver de nuevo ese libro, pero no sé dónde quedó.

EL LITIGANTE

—¿Por qué decidió estudiar Derecho?

—Siempre me gustó el derecho, la idea de ser abogado. Inicialmente tuve una visión un poco inocente de la justicia. Me gustaban mucho los juicios y los procesos; por eso terminé siendo litigante (de casos comerciales y civiles) y es lo que más me gusta de la profesión. Me aburren el día a día, la burocracia y la tramitología, pero me encanta preparar alegatos y actuar en las audiencias judiciales y arbitrales. Soy árbitro de la Cámara de Comercio.

—¿Escribir alegatos finalmente no es otra forma de escritura?

—Sí, y me encanta. También me gusta actuar en los juicios, porque en un juicio actúas. De hecho, así se aprende a litigar en defensa de un cliente. Te estoy hablando más de juicios civiles y comerciales que penales. Nunca he incursionado en el tema penal, salvo en el caso de Nelson Serrano. Me habría encantado ser un abogado penalista.

—No se hizo periodista, ¿pero no cree que con sus novelas ha resignificado el legado de su padre?

—Creo que sí, me habría encantado ser periodista. Para mí es una profesión bellísima y de alguna forma he ejercido de periodista ilegalmente con mis artículos de opinión. Desafortunadamente, es una profesión venida a menos. Probablemente, en el primer mundo ser periodista todavía representa muchísimos valores. Acá no, porque fueron atacados, denostados, criticados, vilipendiados. Se les ha restado credibilidad y han pasado a ser frente al poder, los dictadores y el totalitarismo, la perversión en sí misma.

—El toro de la oración apareció en 2002, cuando tenía 34 años. ¿Siente que comenzó a publicar tarde?

—Sí, comencé a publicar tarde pero ya escribía unos años atrás. A raíz de una serie de cuentos salió la historia de El toro de la oración y desde ahí no paré nunca más. Es como un vicio que me terminó enganchando y que por suerte no puedo dejar. Hasta ahora no me ha pasado lo de la página en blanco y espero que no me suceda. Para mí, la escritura es estar acompañado permanentemente de algo que te saca de la realidad. Y hoy, que es tan importante escaparse un rato de esa realidad, no hay mejor manera que con la literatura. Cuando lees es evidente que te vas a otra parte, pero cuando escribes es más intenso, porque vives día a día esa historia. Escribir se ha convertido en el gran vicio de mi vida.

—Antes de sentarse frente a la computadora usted bocetea sus novelas en unas libretas, ¿cuántas tiene hasta ahora?

—Tengo una libreta por cada libro publicado. De alguna forma me ayudan a organizarme. Todo el desorden que tengo en la cabeza lo pongo ahí, líneas de tiempo, personajes, características, nombres. No podría escribir sin anotar en las libretas. El problema viene luego, cuando estoy terminando la historia y tengo un montón de cosas que no he usado. Son una suerte de caos ordenado por mí mismo.

—Además de escribir novelas y cuentos, también escribe columnas de opinión, ¿ahí también está presente la ficción?

—Está muy presente. Normalmente intento meter mucho la ficción o contar cosas en clave narrativa. Me gusta escribir de libros y también utilizarlos para hablar de la realidad.

—Sus novelas no son históricas, pero están cargadas de historia y memoria, ¿cuáles son sus referentes en la escritura?

—Tengo muchísimos. Siempre me ha gustado la literatura de Javier Marías. He sido un lector de todas sus obras, por eso lamento que se haya ido hace poco. Me gusta John Banville y he leído mucho a Kawabata, Mishima y Murakami. Pero a quienes, leo y releo con bastante frecuencia son a Borges y Lawrence Durrell, el autor de El cuarteto de Alejandría; para mí sus novelas son fascinantes y siento que me he inspirado mucho en ellas para mi forma de narrar.

—¿Se considera borgiano?

—Sí, tengo simpatía por él, por su literatura, sus poemas. No soy lector de poesía, pero si algo me gusta es la poesía de Borges. Era un genio, uno de los hombres más inteligentes que he leído en mi vida. Jamás leo o dejo de leer por posturas políticas. En esa línea, no me interesan las discusiones de que Vargas Llosa es un antipático; me parece una babosada. Me gustan sus novelas, más las anteriores que las de ahora, así como siempre me deslumbraron las de García Márquez. Me importa un carajo lo que pensaron o lo que fueron, así era su vida.

—Ganó los premios Gallegos Lara y Jorge Icaza. ¿Para qué le han servido esos reconocimientos?

—Los premios económicos han servido para pagar deudas y como alimento para seguir escribiendo, porque sé que hay alguien que me lee y que le gusta lo que escribo. Debe ser muy triste escribir para nadie o para uno mismo. Creo que dentro de lo poco que se lee en este país sí hay personas que se han enganchado con mis historias.

EL QUE RESISTE

—¿Por qué cree que lo eligieron para ser parte de la Academia Ecuatoriana de la Lengua?

—No tengo idea. Creo que más bien fue un tema coyuntural. Tengo muchos amigos en la Academia que son mayores que yo y que son lectores de mis libros y de mis columnas. Creo que la Academia tiene el deseo, pero al mismo tiempo la necesidad de abrirse a las nuevas generaciones. Es importantísimo darle frescura con voces jóvenes, porque todo está cambiando, la forma de hablar, de narrar, de escribir, de interpretar.

—En su incorporación dio un discurso titulado “Literatura y resistencia”, ¿cuándo la literatura se convierte en un espacio de resistencia?

—La literatura siempre es resistencia. Para mí también es denuncia y un arma poderosísima. Y eso es un poco a lo que me refería en ese discurso, en el que hablé de La resistencia de Ernesto Sabato, un libro maravilloso, lleno de grandes reflexiones. Creo que es el libro que más he rayado en mi vida. Todo en él me parece fascinante.

—¿Las historias de Nelson Serrano y del cónsul Muñoz Borrero son una forma de resistir, de apelar a la memoria en contra del olvido?

—En el caso de Nelson es una forma de darle a él esa voz que no podía tener porque está encerrado. En el caso de Manuel Antonio era la necesidad de dar a conocer a un personaje que es fundamental para nuestra historia. No tengo dudas de que él es el gran héroe del siglo XX en el Ecuador. La persona que de verdad hizo algo trascendente, además con una humildad, con un coraje, con un valor. Y sobre todo envuelto en el silencio, que es lo que más me atrapó de su historia. Nunca habló con nadie, ni de su vida íntima, que era muy atractiva, pero tampoco que salvó a más de mil personas del Holocausto. Lamento que los chicos y las nuevas generaciones no lo conozcan todavía.

—¿A qué más tenemos que resistir en estos tiempos?

—Para mí, lo fundamental hoy en día es resistir a la intolerancia, a la segregación y a la xenofobia. Hay que luchar por la libertad frente a todos los males de la humanidad que nos consumen.

EL DEFENSOR

—¿Cómo se vinculó con el caso de Nelson Serrano?

—Me vinculé por curiosidad. Escuché y leí alguna vez sobre la historia, luego vi el documental de Janeth Hinostroza y me impactó. Me llamó la atención que este hombre, un empresario exitoso, de una familia atildada, con prestigio, con dinero, de pronto se hubiera visto envuelto en un crimen cuádruple y que, además, saliera esta versión de la inocencia. Me contacté con Francisco (hijo de Nelson) y nos hicimos amigos. Le conté que mi intención era escribir la historia y me dijo que no había problema, pero que tenía que conocer a su papá, así que programamos un viaje a Estados Unidos.

—¿Cómo fue ese primer encuentro con Serrano?

—Fue tremendamente impactante. Él es un hombre imponente, un tipo que está probablemente en la peor situación en la que puede estar un ser humano y él sigue teniendo altivez y fortaleza, y te hace saber que no le estás haciendo un favor. Es un tipo soberbio y muy fuerte. Fue impactante estar con él y conversar durante horas. En medio de su débil estado de salud, me demostró que estaba entero y dispuesto a luchar. Después de esa primera reunión me metí de cabeza en el caso.

—En el proceso descubrió que la justicia estadounidense es tan cuestionable como la ecuatoriana, ¿eso lo frustra?

—Sí, me frustra. Es una justicia corrupta, racista y xenófoba. Donde aparecen un latino o un negro siempre hay este tipo de cosas, corrupción, encubrimiento, pruebas, testimonios falsos, tortura. Es un sistema que nació viciado porque funciona con elecciones populares y en la medida en que un juez logre más condenas, sobre todo penas de muerte y cadenas perpetuas, tiene más posibilidades de ser reelegido y de continuar su carrera. Y esto fue lo que sucedió en el caso de Nelson, porque fue clarísima esa intencionalidad de encontrar rápidamente un culpable. El caso iba a ser archivado, pero milagrosamente apareció esa prueba del estacionamiento que es falsa y por la que lo condenaron.

—¿Cuál debería ser el rol de la justicia en el Ecuador?

—La justicia es la piedra angular de toda democracia. Debería ser equitativa, firme, ágil y eso aquí no existe. Desafortunadamente está muy venida a menos, porque no es confiable. Cuando la justicia es más corrupta que las otras funciones, como sucede aquí, tendrás la institucionalidad más débil de todas. En la medida que no sea mínimamente confiable la sociedad no caminará.

EL LUMINOSO

—¿Cómo se define como padre?

—¿Cómo seré como padre? Creo que he sido cuidadoso y muy presente. He estado en todo desde que eran muy chiquitos. En el tenis, en el fútbol, en los bailes. Soy cariñoso y alegre, y no les reprendo mucho. Cuando soy bravo… soy bravo, pero eso pocas veces. Creo que sobre todo he sido un padre amigo.

—¿Qué es lo que más disfruta de paternar y que ha sido lo más complicado?

—Tengo cuatro hijos y he disfrutado todo desde el día uno. Si hay algo que es mi razón de vivir son ellos. Lo que más me cuesta es el miedo y el temor por la violencia que estamos viviendo. Me aterroriza que salgan, que no puedan hacer la vida tranquila que hicimos todos.

—Sus amigos lo definen como un ser luminoso; sin embargo, en su escritura muestra lo más oscuro del ser humano, ¿cómo se asume usted?

—Creo que me asumo con esa dualidad. Suelo mostrarme cariñoso y cercano con mis amigos, pero en cuanto a la literatura, y esa probablemente es la razón por la que soy un lector, me gusta explorar en el alma y en la condición humana, en el lado más oscuro. He leído mucho sobre eso y probablemente son las obras que más me han marcado. Sabato está ahí, Borges está ahí, los orientales están ahí y Durrell está ahí. Son esas oscuridades y esas tinieblas las que me gusta descifrar. Creo que no sería capaz de escribir una novela muy luminosa.

—A propósito de sus amigos, ¿cómo nació la logia? Cuentan que en ese espacio usted es una especie de líder.

—No soy el líder, no hay líderes en la logia. Es un espacio muy interesante y un grupo muy agradable entre periodistas, escritores, abogados y opinólogos, en el que sobre todo hablamos de dos cosas, de literatura y de política. También de música, porque uno es melómano consumado, nos enseña mucho y a veces hasta nos lleva a los conciertos. Nos reunimos una vez al mes desde hace siete años, tomamos unos tragos, comemos pizza y hacemos algo liberador, nos reímos muchísimo.

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Acerca de Gabriel Flores Flores

Periodista. Máster en Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana y Licenciado en Comunicación Social. Pasé por las redacciones del HOY y El Comercio. También fui librero. Desde hace más de una década escribo sobre literatura, teatro, cine, arte, series de televisión, gastronomía y coyuntura cultural.
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