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Martín Pallares: “Estamos regresando al imperio del miedo”

por Mónica Almeida

Martín Pallares
Martín Pallares. Fotografía: Juan Reyes.

Rebelde, curioso y arrojado son tres características marcadas en Martín Pallares Carrión. La vena política le venía de familia y el periodismo se le atravesó en el camino; ha conjugado este último hasta el cansancio. Su vida ha ido de la mano de los altibajos de la coyuntura ecuatoriana, su anecdotario basta y sobra para entretenidas conversaciones.

El correato lo marcó profundamente. Asegura que hay un antes y un después de haber sido blanco de las sabatinas de Rafael Correa, pero dejar de escribir nunca fue una alternativa. Con el fin del irreverente portal 4Pelagatos, Pallares quiere incursionar en la radio y alista un programa.

—¿Hubieras podido ser futbolista en lugar de periodista?

—Hay dos cosas que yo hubiera querido ser en la vida: torero y futbolista. Para torero no me daba la valentía, para futbolista no me dio el talento. Yo estaba en sexto curso de colegio y un entrenador del Aucas nos convocó, sería el año 1981. No duré más de tres días, era muy duro.

—En el colegio Americano eras conocido por rebelde, ¿cómo influyó en tu formación?

—Me sembró la idea de que la rebeldía no es algo de lo que uno tenga que avergonzarse, así como un profundo sentido del valor de la democracia. Se creó porque un día Galo Plaza, que era mi tío político, llegó a su casa y sus dos hijas, que estudiaban en el colegio Alemán, se le cuadraron como nazis. Llamó entonces a mi abuelo materno, Benjamín Carrión, y le propuso fundar un colegio porque sabía que mi mamá no estaba inscrita en un colegio. En ese entonces Estados Unidos representaba los valores de la democracia y el Americano se fundó en 1940.

—¿Benjamín Carrión era el intelectual lejano o el abuelo cariñoso?

—Era supercercano, muy cálido, involucrado en la vida emocional de sus nietos. Su mayor enseñanza fue la curiosidad intelectual.

—¿Cómo te la enseñó?

—Creo mucho en la fuerza que tienen las historias contadas por las personas. Alguien decía que el género literario de mi abuelo era la conversación. Y luego él tenía su biblioteca y ese para mí era el lugar más fantástico del mundo.

Martín Pallares con sus padres y hermanas.
Foto familiar de los Pallares-Carrión: Rodrigo, Catalina, Pepé, Martín y Águeda.

—Por el lado de tu papá, también vienes de una familia política e intelectual.

—De mi papá heredé una fascinación por todo lo que es estético, la estética de la naturaleza. La cultura viene por los Zaldumbide y la agricultura por los Pallares. Mi padre era nieto de Julio Zaldumbide, político y poeta. En mi casa siempre se habló de política.

—¿Cómo llegaste al periodismo?

—Quería ser historiador; por miedo de que no fuera un oficio rentable, opté por Derecho. No duré mucho porque se me cruzó el periodismo. Por sugerencia de mi cuñado, Francisco Febres Cordero, hice una práctica en el diario Hoy y ahí me quedé. Trabajé en las secciones cultural y policial.

El secuestro de AVC

—¿En esa época te secuestró Alfaro Vive Carajo?

—Sí. Ellos me mandaron un mensaje preguntando si quería ser secuestrado porque harían un anuncio. Acepté y me paré en una esquina. Me metieron en un jeep, acostado en el suelo. Al cabo de casi una hora llegamos a una escuela. Ahí estaban los alfaros, con sus rostros cubiertos por esas mascarillas de metal que usan los indígenas en las fiestas y armados. Éramos varios los periodistas y anunciaron el acuerdo con el futuro Gobierno de Rodrigo Borja y la entrega de armas. ¡Era un notición!

—¿O sea que nunca cubriste a León Febres-Cordero?

—No, era reportero policial, la mejor escuela. Para mí fue superimportante lo de los hermanos Restrepo Arismendi. En un acto de absoluta irresponsabilidad, mis papás no estaban, recibí una noche en mi casa a unos presos que acababan de salir del penal García Moreno y querían declarar que los habían visto vivos.

—¿Y era contundente?

—Absolutamente. Uno de ellos les había prestado una cobija en el penal. El trabajo de la prensa fue fundamental en este caso.

—¿Qué otro caso te tocó cubrir en judicial?

—El intento de secuestro del M19 a uno de los Reyes Torres. Siempre me tocaba ir a las oficinas del Servicio de Investigación Criminal (SIC) en el centro, había un sargento buenísimo. Un día se fue y se demoró, entonces empecé a hurgar en su escritorio y vi los documentos. Los guerrilleros habían intentado el secuestro en una hacienda en la vía a Quevedo, Reyes se resistió, hubo un enfrentamiento, pero lo sometieron y lo embarcaron en un Range Rover. Salieron a toda velocidad y cuando llegaron a la carretera se estrellaron contra un bus lleno de militares que casualmente pasaba por ahí. Hubo refriega y hasta ahí llegó. No salieron a desmentirme.

—¿Cómo publicaste si no tenías pruebas?

—Me ayudó una cámara de fotos que siempre cargaba.

—Espera, ¿qué pasó con el anuncio de AVC?

—La rueda de prensa era para contar que iban a entregar las armas y que había intervenido el M19. Y luego nos dijeron que a las doce del día nos venían a recoger. El tiempo pasaba, se pusieron nerviosos, nos empezaron a dar vodka con naranja, nosotros también nos pusimos nerviosos.

—¿A qué hora saliste de ahí?

—A mí me dejaron en El Dorado a eso de las cuatro de la tarde y de ahí me fui en bus al diario. En el viaje se me pasó un poco el efecto del alcohol. Fui el único que contó el anuncio y el secuestro. En ese entonces no había redes sociales, el país se enteró al día siguiente. Y al día siguiente había un equipo del SIC afuera del diario. Jaime Mantilla no me dejó salir, los hizo pasar y ahí les conté, sin decir que el secuestro había sido acordado.

—¿Fue tipo interrogatorio?

—No, después me citaron al SIC. Me recibió un agente que tenía un cigarrillo en la boca mientras tecleaba en la máquina de escribir. Era como una escena de una película de los años setenta: esa oscuridad siniestra del SIC, querían saber todos los detalles.

—¿Y de ahí pasaste al periodismo político?

—Pasé a la Presidencia con Borja, es casi como un pasito más o menos que lo policial, uno cuenta lo que pasa. La Asamblea es la verdadera escuela, ahí uno se da cuenta de lo que hay detrás de la lucha por el poder y las lógicas de la política. Eso cubrí durante el Gobierno de Sixto Durán Ballén y el caso Flores y Miel fue mi exclusiva.

—¿Cómo fue eso?

—Un día llegué al Congreso y vi al fondo un montón de gente que hablaba con dos diputados. Se quejaban de una estafa. Luego uno de los afectados me contó que en la financiera tenían la foto de Sixto Durán Ballén y que era del esposo de una de sus nietas, Fabián Anda. Como en esa época uno podía entrar al Pleno, yo les pregunté a los diputados y con esa confirmación publiqué. Además, la Corporación Financiera Nacional (CFN) le había dado un préstamo a la empresa Flores y Miel.

Me fui a la dirección, me trepé una cerca para entrar a la fábrica y descubrí que las maquinarias estaban ahí, pero nunca se habían usado. Se armó el escándalo. Pero lo peor fue que un día se me acerca una señora con su sobrino que estudiaba en el colegio Aeronáutico y me cuenta que Anda se había subido en el avión presidencial y no había pasado por migración. Le dije que no podía publicar eso porque no había pruebas. Ella se puso a llorar desesperadamente, tuve un pálpito…

—¿Te la jugaste?

—Sí, pero lo publiqué como chisme. A la mañana siguiente, me llama mi editor y me dice: “Prende la radio y escucha a Diego Oquendo. Nos fregamos”. Oquendo comentaba que el presidente sería incapaz de irse en el avión con el esposo de su nieta. Pocas veces me he sentido tan mal, sentí que se me acababa el oficio. En ese momento Oquendo anuncia que va a recibir una llamada de Durán Ballén. En efecto, el presidente contó que “este joven” se había subido al avión y que él se dio cuenta cuando ya estaban sobrevolando Estados Unidos. En ese momento festejé como si hubiéramos metido un gol en la final del mundial.

—¿Qué distinto que es el panorama ahora?

—Creo que ahora no lo hubiera publicado, no tenía pruebas. ¿Un político hubiera aceptado ahora lo que el presidente aceptó en ese entonces?

—Alguna vez cubriste una campaña electoral.

—Me tocó ir a Guayaquil a cubrir el día de Abdalá Bucaram en la segunda vuelta de 1996 frente a Jaime Nebot. Fue fascinante porque vi cómo operaba su casa, era un desorden programado. Y por la tarde empezó a sonar eso de “Un solo toque, un solo toque”. Ahí me di cuenta de que estaban ganando. Ya de presidente no había cómo cubrirlo. Era un huracán. La gente sintonizaba el noticiero de la noche para verlo, se volvió una adicción.

Martin Pallares entrevista a Heinz Moeller cuando cubría el Congreso para el diario HOY.
Entrevista con Heinz Moeller cuando cubría el Congreso para el diario HOY.

—Hasta que los quiteños lo botaron.

—Ahora viendo las cosas a distancia, creo que se actuó de manera irresponsable. La desestabilización de Bucaram se la acogió con entusiasmo.

—A ningún presidente destituido se le ha hecho un juicio con todas las de ley.

—Ahora pienso que todos los gobiernos deben durar los cuatro años. Nos ha hecho mucho daño esta idea de que uno debe sacar los presidentes como uno se saca los zapatos al llegar a la casa.

—Luego abandonaste el periodismo para dedicarte a la agricultura, ¿por qué?

—Mi papá tenía una hacienda, la crisis bancaria lo afectó muchísimo. Y comencé a ayudarlo en la finca en Santo Domingo de los Tsáchilas. Eso duró como un año.

—Fue cortísimo, entonces.

—Fue una etapa lindísima, soy un agricultor fracasado. Hice un cultivo de jamaica, cuando nadie la conocía. Me acuerdo haber mandado a traer semillas de estevia, pero no era para ese clima. Ahora tengo cacao.

El regreso al periodismo

—Guardaste tu traje de agricultor y regresaste a la capital como editor político de El Comercio.

—Sí, ahí regresé, conocí a una persona extraordinaria, Guadalupe Mantilla, una empresaria del periodismo como ya no hay. Ahí me tocó la caída de Gutiérrez y luego la ascensión de Rafael Correa.

—Correa ha marcado la vida de varios periodistas.

—Mi vida periodística, mi vida personal; fue traumático. Ante circunstancias como esas uno se da cuenta de lo importante de los principios y de aferrarse a ellos.

—¿Fuiste uno de los ilusionados?

—No. Cuando era ministro fue al diario, su mayor interés era reclamar porque una reportera había sacado unas declaraciones y él sostenía que no era cierto. Luego Guadalupe Mantilla pidió la grabación y la nota estaba bien. Pero Correa o sus asesores llamaban para saber si ya habían despedido a la periodista. Eso me produjo una imagen nefasta, pude ver una personalidad prepotente y enfermiza. Era deferente conmigo, me trataba de “Martín”, pero me parecía aberrante su ataque a la prensa.

—¿Cuándo se volvió personal el ataque?

—Fue por un viaje a Venezuela por el aniversario de la batalla de Carabobo en junio de 2009. La ceremonia fue un espectáculo militarista y nacionalista de una envergadura brutal. Correa, sentado al lado de Hugo Chávez, disfrutaba de un acto que duró seis horas y que era como lo más parecido que yo había visto en las películas sobre Mussolini. Al regreso escribí una columna en la que me preguntaba por qué un académico podría disfrutar de esto. A la sabatina siguiente me atacó. Y el problema es que no paró, se volvió recurrente.

—Pero a los pocos meses te fuiste a la beca en la Universidad de Standford por un año.

—Así es, no fue un escape porque había postulado antes. De ese período rescato muchas cosas. El año que pasamos juntos con mi familia en el corazón del Silicon Valley, donde tuve la libertad de tomar los cursos que quería; mi esposa que es periodista también lo hizo. Nunca había estado expuesto a un ambiente académico, así que también me permitió entender el boom de las tecnologías.

—¿Qué piensas sobre el efecto de estos cambios en la sociedad?

—Como toda transformación social tiene cosas buenas y malas, soy superoptimista. A pesar de que las redes sociales han pervertido muchos aspectos del debate y han polarizado la sociedad, la posibilidad de comunicación es brutal.

Martín Pallares en Machu Picchu con su esposa Manuela Botero y sus hijos Rosario y Antonio.
En Machu Picchu con su esposa Manuela Botero y sus hijos Rosario y Antonio.

—¿No sientes que tú te has polarizado?

—No, yo creo que lo más determinante ha sido la experiencia del autoritarismo en el correato. Soy un antes y un después sobre todo por ese tema.

—¿Puedes determinar un momento preciso?, ¿fue por el juicio penal?

—No, fue por los ataques en las sabatinas. Vi a mis hijos llorar y suplicarme que ya no hablara de Correa; eran niños de nueve y diez años. Después Correa comenzó a decirme “enfermo”. En esa época yo no les había contado a mis hijos que lo que tenía era grave.

—¿Qué tenías?

—En California me extirparon un tumor, pero quedaron unos quistes que debían ser tratados. Yo todavía no había compartido eso con mis hijos. Como en siete sabatinas, Correa mencionó la palabra “enfermo” y “enfermito”. No es normal. La perversidad del correato llegó al punto de que en el Seguro Social tenían miedo de darme la medicina. A mi regreso en 2010 las cosas marcharon bien, pero poco a poco se fueron complicando, salí del sistema del IESS y no había manera de regresar. Gracias a una amiga, tuve una cita con una funcionaria en un piso desocupado de la matriz del IESS, que estaba en obras; ella no quería tomarme los datos por teléfono. Así pude volver al sistema. No creo que Correa haya dado la orden; era la psicosis colectiva.

—¿Nunca pensaste en dejar de escribir?

—No tenía alternativa, no es heroicidad.

—¿Crees que el autoritarismo nos hizo valorar más la libertad de expresión?

—Sí, es traumatizante. Creo que, si uno fue rebelde de chico, eso no se pierde.

—Pero no todos los periodistas son rebeldes.

—El correato castró a toda una generación que no era partidaria del Gobierno, pero que incorporó en su mente lo que se manejaba como verdades: que no hay que opinar, y que había que limitarse a registrar las declaraciones y los hechos. Eso es una fórmula pre años setenta.

—¿Cómo fue la salida de El Comercio?

—Guadalupe Mantilla se lo vendió a Ángel González, El Fantasma, a finales de 2014. Con el cambio me dieron el mensaje de no postear en Twitter; confieso que caí en la autocensura. En agosto siguiente hubo las protestas que coincidieron con la actividad del Cotopaxi. Y en una sabatina, Correa declaró el estado de excepción nacional. Estaba de turno y alguien llamó porque la gente estaba en pánico, había habido choques, pero no había flujos piroclásticos por ningún lado. Acudí a mi Twitter, puse que era el colmo que se le hubiera quitado la vocería al Instituto Geofísico y que la emergencia se extendiera hasta Galápagos. Vinicio Alvarado me mandó un mensaje directo por Twitter, fue un intercambio fuerte de palabras. Sabía que eso me iba a costar el trabajo, pero creo que hay cosas que a uno le brotan del alma. El lunes cuando iba al diario me llamó Carlos Mantilla a decirme que estaba fuera.

—¿Cómo anunciaste tu salida?

—No dije nada. Al día siguiente fui a ver a mi mamá y de pronto prendí el teléfono y tenía como quinientos mensajes. Si algo sentí los días posteriores, fue una simpatía impresionante, la gente se tomaba fotos conmigo.

—¿Y de ahí formaste 4Pelagatos?

—Me senté a conversar con José Hernández, ya estaba Roberto Aguilar y luego lo invitamos a Crudo Ecuador. El nombre no era porque éramos cuatro, sino por la idea de que las minorías tienen derecho en democracia. Creo que hicimos un periodismo distinto, le perdimos el miedo a la opinión y a la defensa de los principios; somos profundamente antiautoritarios. Y tuvimos un éxito impresionante. Hemos sido políticamente incorrectos.

—¿Y no sientes que en este Gobierno se volvieron demasiado lassistas?

—Conceptualmente hemos sido los más críticos del presidente Guillermo Lasso. Pero no hay un acoso estatal contra los que piensan distinto y obviamente la actitud cambia frente a eso.

—Y ahora terminó esa aventura, ¿qué te queda de ese ejercicio de periodismo de opinión frontal que no pudo ser autosuficiente?

—De los siete años, si tuvimos sueldo, fueron dos años y medio; nos consumimos nuestros ahorros. Hubo gente que nos ayudó, pero me queda una tristeza de que no exista una clase empresarial que quiera dar la cara por los temas que en privado dicen defender. Conforme el correísmo se ha ido recuperando, tienen miedo. El Gobierno ha decepcionado mucho y eso ha provocado una añoranza por esa etapa autoritaria de Correa. Estamos regresando al imperio del miedo.

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Acerca de Mónica Almeida

Periodista independiente con más de 35 años de trayectoria. Becaria del programa Journalistes en Europe, en París, y de la Nieman Foundation for Journalism at Harvard University. Realizó la mayor parte de su carrera en el periódico El Universo. Está asociada a las plataformas periodísticas Connectas, Clip e ICIJ, con esta última formó parte del grupo mundial de periodistas que publicó las series Panama Papers y Pandora Papers. Coautora de los libros El séptimo Rafael (2017), Migrantes de otro mundo (2021) y La revolución malograda (2023).
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