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Mundo Diners al día

Xona Bastarda: 20 años de un teatro con 'sabrosura'

por Damián De La Torre Ayora

Xona Bastarda
Obra 'Déjame caer'. Foto: Analu Zapata
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

Xona Bastarda cumple dos décadas en las tablas. El colectivo mezcla la danza y el teatro con elementos audiovisuales. Una atmosfera kitsch invade a su propuesta escénica.

Xona Bastarda ha logrado que perros disecados, imágenes de fetos gigantes, monigotes y luces made in Taiwan se conviertan en parte del lenguaje escénico. También han conseguido insistir en un teatro que incomoda, que no pide permiso y que se alimenta de lo bastardo para sobrevivir. Pero, para entender cómo un colectivo de nombre maldito logró resistir al hambre cultural de un país que casi nunca reconoce a los suyos, hay que ir al inicio…

Pablo Roldán (Quito, 1980) recuerda con nitidez el día en que debutó en las tablas: fue una ardillita en una obra escolar. Un disfraz de felpa barata, unos dientes de cartón y los aplausos de sus compañeros encendieron una obsesión. 

Desde entonces, en las reuniones familiares dirigía a primos y hermanos para montar adaptaciones de leyendas quiteñas. Los guiaba con la convicción de que aquello era teatro y que las historias de Quito eran su escenario personal. La infancia fue su primera sala experimental.

Más tarde vino el paso fugaz por la carrera de Comunicación Social en la Universidad Salesiana, donde igual montaba obras y su madre, viendo su trabajo, con lágrimas de emoción le dijo: “deje no más el periodismo, siga teatro”.

Llegó la Central, el título en Artes Escénicas y, sobre todo, el Malayerba, con Gerson Guerra como gurú. “Eso fue mi maestría. No te dan título, apenas un papel que dice: ‘usted pasó por aquí’. Pero eso pesa más que cualquier diploma”. 

Allí aprendió la línea recta del teatro serio, para enseguida torcerla con placer. No quería la pureza: prefería lo bastardo, el cruce con el audiovisual, la danza, el arte objeto, la instalación. “Yo ya quería ensuciarlo todo, que el teatro se mezclara con cualquier cosa, que se volviera un animal sin raza”.

Xona Bastarda

  • Fue fundada en 2005. Su primera obra fue ‘Desecho común’.
  • Han montado 22 obras hasta el momento.
  • Su propuesta mezcla lo audiovisual, danza, objetos, performance y lo kitsch urbano. 
  • En 2023, su obra ‘Kintsukuroi: flor de cemento’ ganó el Premio Francisco Tobar García.

De la tradición a lo bastardo

Todo nació con ‘Desecho común’, una obra inspirada en extractos de ‘Hamletmachine’. Pablo y algunos compañeros del Malayerba plantaron en escena un ojo inmenso que vigilaba al público, muñecas gigantes y un aire de feria popular. Esa obra fue la transición para que empiece a formarse Xona Bastarda.

Vino una segunda apuesta: ‘El relato de la criatura’, donde subió al escenario un perro disecado y un feto gigante, imágenes grotescas que olían a formol y a morgue. Con esa pieza rodó por Latinoamérica “como un Rolling Stone del mal gusto”. 

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'Kintsukuroi / Flor de Cemento. Foto: Analu Zapata.

Después se estrenó ‘Testimonio del centauro plateado’, donde el cuerpo se cruzaba con pantallas, proyecciones, voces deformadas. Lo visual y lo sonoro no eran decoración: eran la carne y los huesos de la obra. 

Las presentaciones de esos trabajos y las investigaciones consolidaron a Xona Bastarda, cuya propuesta fue que el teatro se vuelva rave, misa y velorio al mismo tiempo. 

Lo suyo es exceso puro. Roldán lo llama “sabrosura performática”: meter en escena lo más kitsch de la ciudad, monigotes de año viejo, luces chinas, plástico made in Taiwan, santos fluorescentes. Quiere que el espectador sienta el golpe de una estética barata que se vuelve sublime a punta de acumulación. “Ahí está nuestra cultura, lo que somos. Quiero reconocer lo que está en mi ciudad y me afecta. Si no te reconozco, dejo de existir”. Lo bastardito convertido en poética.

Trabajo en el tiempo

En ‘U.I.O: Del país que somos’ tomó el asesinato brutal de Samuel Chambers para mostrarnos un país anestesiado frente al crimen, mucho antes de la ola de violencia que ahora nos aqueja. En ‘Impacto S.H.A.R.O.N’, la muerte de la diva popular se convirtió en espejo del morbo mediático y del femicidio que arrasó su cuerpo como espectáculo. 

Con ‘División de gozo’, un hombre encerrado en un cubo de 7x7 metros se hundía en su fracaso, mientras el público, reducido a voyeurs, miraba sin intervenir, como si fuera un show de tortura transmitido en prime time. Roldán no ofrece consuelo ni moraleja: abre heridas y las deja supurar en escena.

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'Déjame Caer'. Foto: Analu Zapata.

Veinte años de carrera y el entusiasmo intacto. Pero junto al vértigo creativo, la realidad: “Una obra como las que monto cuesta unos quince mil dólares. Nunca se logra, nunca alcanza. Con lo que se tiene, se hace”. 

Roldán habla de fondos concursables que llegan tarde y trueques de favores. Dice que la cultura en Ecuador es un cuerpo famélico, desnutrido, sobreviviendo a punta de migajas. Y, aun así, “lo bastardo sigue vivo”.

Bastardos en busca de gloria

El colectivo nació en La Bastardilla, una casita en la plaza del Tingo que parecía un laboratorio clandestino. Hoy trabajan en un galpón en el Ilaló, medio templo, medio guarida. Allí, Verónica Castillo, Juan Benítez, Francisco Ordóñez y Andrea Estrella se suman a la cruzada. Una “cooperativa teatral” que mezcla teatro, danza, audiovisual, objetos y rituales de pueblo. Una especie de familia disfuncional que se alimenta de la precariedad y la transforma en obra.

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'Kintsukuroi/Flor de cemento'. Foto: Analu Zapata.

Roldán dice que ‘bastardo’ no es insulto, sino una declaración de principios. Es “existir en un lugar donde no te reconocen, donde la gente piensa que tu trabajo es hobby”, donde para ser tomado en serio hay que montar Shakespeare o Chejov. “Eso es lo más bastardito: que negamos a nuestros propios artistas, los invisibilizamos”. Roldán se ha encargado de recordarlo con cada montaje.

Su teatro incomoda porque muestra lo que escondemos debajo de la alfombra: los cuerpos, la basura, los santos de yeso, la violencia de barrio. Porque revela que el Ecuador no es un país de postal, sino un collage kitsch hecho de plástico, sangre y devoción. Pablo Roldán, la ardillita que se volvió director, insiste en que nadie aquí es puro. Todos, sin excepción, somos bastardos.

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Acerca de Damián De La Torre Ayora

Estudió Ciencias de la Educación, Lengua y Literatura y Comunicación Social. Fue editor y jefe de información de Diario La Hora y condujo el programa radial In-Cultos. Ganador del Eugenio Espejo UNP y Artes Vivas de Loja.
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